«Manifiesto por una vida verdadera», de Luis Roca Jusmet – Sebastián Gámez Millán

«Manifiesto por una vida verdadera», de Luis Roca Jusmet – Sebastián Gámez Millán

Manifiesto por una vida verdadera, de Luis Roca Jusmet

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Manifiesto por una vida verdadera, de Luis Roca Jusmet

Precedido por un prólogo, el manifiesto se estructura en tres partes: “La vía filosófica”; “La vía psicoanalítica” y “La apuesta ética y política por una vida verdadera”, y concluye una “Bibliografía recomendada”, de la que este libro por su extensión y su carácter de manifiesto puede interpretarse como una suerte de introducción. El prólogo se titula “La verdadera vida está ausente”, el célebre verso de Rimbaud, que si por una parte posee resonancias platónicas, por otra posee resonancias nietzscheanas. No es casualidad que unas páginas más tarde cite al autor de La genealogía de la moral y el diagnóstico de “la Muerte de Dios”, “la caída de todos los valores que habían orientado al hombre europeo, y el advenimiento del nihilismo”. Por tanto, desde una perspectiva filosófica estamos atravesados por el nihilismo, lo queramos o no.

Desde una perspectiva económico-política, como certeramente describe también en el prólogo, “el poder neoliberal no se opone a subjetividad, sino que la atraviesa con la propuesta de ser gobernados empresarialmente. Los sujetos contemporáneos somos incitados a vivir como si estuviéramos llevando a cabo un proyecto de nosotros mismos, optimizando nuestro valor como si fuéramos una empresa: calculando bien la inversión, los recursos, el capital, los beneficios, las pérdidas, el precio y el riesgo… El sujeto ha de ser emprendedor con respecto a sí mismo y aparece un problema de desarrollo personal e identidad psíquica”. Salvando las inevitables diferencias, este análisis coincide con el de otros reconocidos filósofos contemporáneos, como el de Nuccio Ordine y el de Byung-Chul Han.

Ante este desértico y desolador panorama, al igual que otros filósofos, Luis Roca formula la pregunta radical de raíces socráticas: “¿qué quiere decir hoy vivir una vida verdadera?” Tengo para mí que es una pregunta que nunca dejará de interpelarnos, pues ser humano implica interrogarnos por cuál es el estilo más adecuado y, por consiguiente, es de una imperecedera actualidad. Y a la manera de Wittgenstein o de Foucault, nos ofrece una caja de herramientas para pensar una ético-política en torno a una vida verdadera, que, a pesar de lo que puede sugerir el título, en singular, no es incompatible con el pluralismo de las democracias modernas.

Durante “La vía filosófica” expone con claridad y rigor el pensamiento de Pierre Hadot (1922-2010), Michel Foucault (1926-1984) y Francois Jullien (1951). Es bien sabido que el primero inspiró al segundo sus últimos cursos en el Collége de France: “Subjetividad y verdad” (1980-1981), “La hermenéutica del sujeto” (1981-1982), “El gobierno de sí y de los otros” (1982-1983) y “El gobierno de sí y de los otros: el coraje de la verdad” (1983-1984), además de los tres volúmenes de Historia de la sexualidad. Los conceptos, no exentos de equívocos, de la filosofía como “ejercicios espirituales” y, en consecuencia, como “forma de vida”, con los que Pierre Hadot reinterpreta la filosofía, desde la antigua Grecia hasta nuestros días, desde Sócrates a Wittgenstein, pasando por Marco Aurelio, Plotino o Goethe, ha ejercido una poderosa impronta.

Hasta tal punto que, del mismo modo que hablamos del giro lingüístico a partir del Tractatus y de Heidegger, con claros precursores en los siglos XVIII y XIX, como Hamann, Humboldt y Nietzsche, es decir, de la creciente conciencia de que nuestra relación cognitiva con la realidad está atravesada por el lenguaje, podemos hablar de los años 80 del siglo pasado en adelante de “giro práctico”, teniendo en cuenta la abundante bibliografía que se ha originado en torno a esta concepción de la filosofía: sin pretender ser exhaustivo pienso en autores como Whilelm Schmid, Alexander Nehamas, Ángel Gabilondo, Miguel Morey, Francisco Vázquez…

Ahora bien, tengo para mí que si los conceptos son más o menos nuevos, la práctica se remonta por lo menos a los antiguos filósofos. Primero es la acción y luego viene si acaso la palabra, aunque la palabra puede ayudarnos a comprender mejor, incluso a ensayar y perfeccionar la acción. Quiero decir que buena parte de aquellos que cultivan la filosofía, si les interesa determinada teoría, es en la medida en que esta puede contribuir a cambiar de percepción, de comprensión, de forma de estar y actuar en el mundo, en definitiva, a una transformación de sí.

Si bien no conozco suficientemente la obra de Francois Jullien, creo que a pesar de las inevitables diferencias existe un aire de familia con la de Hadot y Foucault. Y, desde luego, es un buen contrapunto, pues me resulta muy sugerente que sea sinólogo, ya que no sólo conocemos más profundamente una cultura a la luz de otra –no hay razón sin comparación–, sino que además puede servirnos para la búsqueda de universales antropológicos a partir de ejercicios ascéticos y de la práctica de la filosofía como ejercicio espiritual o forma de vida.

Por lo que se refiere a la vía del psicoanálisis, seré muy breve: no sé hasta qué punto puede contribuir a una vida verdadera. En la medida en que con la práctica psicoanalítica se logra que el inconsciente advenga a conciencia, como quería Freud, el psicoanálisis amplía nuestros márgenes de autodominio y libertad. Sin embargo, permítanme los beneficios de la duda. Wittgenstein, que mantuvo una postura ambivalente hacia esta práctica, anotó en una cuaderno de 1939: “Hacerse psicoanalizar es en cierta forma semejante a comer del árbol del conocimiento. El conocimiento que así se obtiene nos plantea (nuevos) problemas éticos; pero no aporta nada para su solución”. Habrá, pues, quienes se inclinarán por el camino de Yocasta: evitar conocer la verdad por temor a descubrir lo insoportable de la existencia; otros, por el contrario, se inclinarán por el camino de Edipo: no dejar de buscar la verdad a pesar de que puede arruinarnos la vida. Sin duda el espíritu filosófico está más cerca del camino de Edipo que el de Yocasta.

Relacionado con el psicoanálisis, en la tercera parte el autor critica “el capitalismo devastador en el que vivimos”, “el reino del consumismo efímero y para ello nos traslada a un ritmo vital basado en la aceleración. Pero la aceleración nos lleva del instante de ver al momento de concluir sin pasar por el tiempo de comprender. Esto tiene profundas implicaciones. La primera implicación de este tiempo acelerado es que no hay posibilidad de elaborar experiencias”. Tengo para mí que este vertiginoso tiempo que cae enseguida en lo que a falta de otros conceptos llamo “la tiranía de la inmediatez” produce, para formularlo en palabras de Julia Kristeva, “nuevas enfermedades del alma”. El poeta T. S. Eliot lo expresó de forma esclarecedora en Cuatro Cuartetos: “Tuvimos la experiencia, pero perdimos el sentido”. Es lo que sucede cuando no tejemos, no interpretamos o no contamos adecuadamente lo que nos pasa. Respecto a este asunto sugiero la lectura del que tal vez sea el principal teórico de la aceleración de la vida durante la modernidad, el sociólogo Harmut Rosa.

Por último, en “la apuesta ética y política por una vida verdadera” resume cuatro ejercicios fundamentales: 1) la lectura; 2) la escritura; 3) el examen de conciencia; 4) la visión global. Este cuarto, que Hadot lo denominó “mirar o contemplar desde lo alto”, lo designa antes “conciencia cósmica”. Es interesante resaltar que autores tan dispares y alejados en el tiempo y en la cultura como Marco Aurelio, Bertrand Russell, Albert Einstein, Karl Popper, Octavio Paz, Eduardo Chillida o Jesús Mosterín han descrito experiencias semejantes acerca de ello. A pesar de nuestras irreductibles diferencias, ¿poseemos aspectos de una condición humana común? Además del reconocimiento incesante de la ignorancia y la consiguiente búsqueda del saber o de la sabiduría, ¿hay ejercicios espirituales que cultivamos pero que acaso por la falta de conceptos no los reconocemos como tales? Desde luego, la “praemeditatio malorum” es equiparable a lo que María Zambrano denomina “pesimismo estratégico” en su introducción a El pensamiento vivo de Séneca.

Para quienes no tengan el gusto de conocerle, Luis Roca Jusmet ha ejercido durante décadas de catedrático de enseñanzas medias y profesor asociado en la universidad. Es autor de dos libros anteriores, Redes y obstáculos (2010) y otro estrechamente vinculado con el que hoy presentamos, Ejercicios espirituales para materialistas. El diálogo (im)posible entre Pierre Hadot y Michel Foucault (2017). Ha escrito numerosos artículos en libros y revistas en medios con los que colabora habitualmente: Paideia, Dorsal, Enrahonar, Grand Place, Barbarie: pensar con otros y más recientemente en Café Montaigne. Revista de Artes y Pensamiento, donde nos hemos conocido. Antes me habló de él una amiga común de Ciudad Real, Cruces Aldea, como si se cumpliera una vez más el principio de transitividad matemático: los amigos de mis amigos son asimismo mis amigos. Además gestiona el canal de YouTube, Luis Roca Jusmet: la actualidad de la filosofía.

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Sebastián Gámez Millán

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Nota

Luis Roca Jusmet. Manifiesto por una vida verdadera. Ned Ediciones, 2023. ISBN: 978-8419407085

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