El olvido de los durmientes – X – Tareas interrumpidas – María Elena Arenas Cruz

El olvido de los durmientes – X – Tareas interrumpidas – María Elena Arenas Cruz

El olvido de los durmientes – X – Tareas interrumpidas

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El olvido de los durmientes – X – Tareas interrumpidas

Pero ¿cómo es que a menudo el sueño nos atrapa cuando estamos realizando una faena laboriosa, un trabajo? Hay muchos cuadros que parecen responder a la fascinación que suscita el momento en que alguien es súbitamente alcanzado por el sueño mientras trabaja. La labor queda de pronto suspendida por un intervalo más o menos prolongado, una pequeña siesta que alivia el esfuerzo o el cansancio de la tarea, que habrá de ser retomada al despertar. Un hermoso cuadro con este tema es La Fileuse endormie, de Gustave Courbet.

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Gustave Courbet – La Fileuse endormie [1853 – Musée Fabre – Montpellier – France]

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Es este un sueño no buscado. Esta hilandera estaba ocupada, como las muchas costureras, bordadoras, encajeras que encontramos en la historia de la pintura; como ellas, estaba atenta a su labor, de la que no se ha apartado para irse a dormir: es el sueño el que furtivamente ha salido a su encuentro y la ha atrapado sin aviso. Es curioso este proceso por el que el sueño llega sigiloso entumeciendo y debilitando todos los miembros; cuando esto sucede, solemos intentar resistirnos, procuramos realizar la tarea con mayor esmero y atención, pero un placer suave nos inunda poco a poco y lenta pero indefectiblemente, nos vamos olvidando del yo y con él, de todo aquello que lo mantiene ocupado. Y no hay fuerza humana, o eso sentimos, capaz de resistir estas importunas acometidas del sueño, que se enseñorea feliz por nuestro cuerpo. Es lo que parece haberle sucedió a esta exquisita Tricoteuse endormie, de Jean-Baptiste Greuze:

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Jean-Baptiste Greuze – Tricoteuse endormie

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El pintor ha captado justo el primer momento de ese silencioso sueño que llega sin avisar, pues la pequeña mantiene delicadamente su sencilla labor todavía recogida con sus manitas: casi podemos decir que acaba de dormirse justo en este instante, como si mágicamente su presente remoto se hiciera presente en el nuestro.

Hay en castellano una expresión extraordinariamente atinada para referirse a la sensación de sumirse en este sueño transitorio: quedarse traspuesto. Uno se queda traspuesto cuando se queda dormido por poco tiempo, de manera que al despertar no tendrá la sensación de que hayan transcurrido muchos minutos, sino, al contrario, sentirá que la pérdida de la conciencia ha sido tan ligera que puede sin más continuar con aquello que hacía antes de que el sueño lo atrapara. Dice el Diccionario de la Real Academia que transponer es ‘poner a una persona o cosa más allá, en lugar diferente al que ocupaba’. La definición no aporta nada que no supiéramos, es decir, que el sueño breve e imprevisto que nos prende mientras trabajamos nos transporta a otro espacio, cambiante e inasible, el formado cada vez que nos dormimos por las extrañas asociaciones de nuestro subconsciente. Sin embargo, lo curioso e interesante de la expresión viene, para mí, determinado por la perífrasis perfectiva, que resulta de la combinación del verbo quedar, que significa ‘estar, detenerse forzosa o voluntariamente en un lugar, con propósito de permanecer en él o pasar a otro’ (DRAE), con el participio, forma no personal que siempre indica que la acción está acabada. Suele, además, conjugarse en los tiempos del pretérito: me he quedado traspuesto, o me quedé traspuesto, decimos, casi disculpándonos por habernos marchado sin querer a otro lugar más íntimo y apartado, ajeno al que compartimos con los demás, como si todo se quedara parado y suspendido hasta que regresemos: sin embargo, esta ausencia es por tan breve tiempo que cuando volvemos nada habrá cambiado porque nada se habrá movido.

Otro cuadro con el mismo asunto es Het Slapende Meisje (ca. 1656 / 1657), de Johannes Vermeer, que se puede contemplar en el Metropolitan Museum de Nueva York. En él aparece una muchacha que, aparentemente, ha estado ocupada en algún tipo de actividad que no se hace explícita, pero que la ha fatigado lo suficiente como para bajar la guardia y permitir dejarse vencer por el sueño reparador.

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Johannes Vermeer [Jan Vermeer] – Het Slapende Meisje [ca. 1656 /1657 – Metropolitan Museum of Art – New York City – USA]

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Es interesante observar cómo, a diferencia de las imágenes antes recogidas, Vermeer llena el primer término del espacio de muebles y objetos con los que inevitablemente choca nuestra vista: una silla y una mesa sobre la que se dispone un tapiz doblado, una jarra tapada y un plato con frutas, junto al que yacen lo que parecen vaporosas servilletas. Detrás hay una puerta que se abre a otra estancia, un portal o zona de paso, de manera que el espacio donde la joven se ha quedado traspuesta es a todas luces privado. Todo parece indicar que se ha retirado a esta habitación por unos minutos, bien para descansar, bien para dejarse llevar por el pensamiento, como delatan la cabeza inclinada y apoyada en la base de la mano y los dedos que poco antes podemos imaginar jugueteando con el dibujo del mantel. Devanando en su memoria pensamientos, recuerdos, experiencias recientes… se ha olvidado del entorno y al abandonarse, el sueño la ha atrapado; pero es tan inestable la postura adoptada que no puede durar mucho tiempo y es fácil conjeturar que cualquier ruido ligero o leve movimiento la despertará. En todo caso, el pintor parece haberse sentido fascinado por la visión de ese intemporal instante detenido en la mujer traspuesta y ahora fijado para siempre en la pintura.

Y digo esto porque resulta interesante que este cuadro se vendiera en 1696 con el título de “Sirvienta borracha”, lo que ha llevado a algunos críticos a pensar que se trataba de una pintura con afán moralizador o didáctico, línea de interpretación que también otros han seguido al remitir a la iconografía tópica de la pereza, tradicionalmente representada como una mujer dormida que se apoya sobre el brazo. Si bien no hay por qué descartar esta intencionalidad, coincido con el profesor Valeriano Bozal cuando señala que se trataría de “una moralización poco enfática y, para nuestro gusto, casi imperceptible, muy alejada del exceso que era propio del género cuando abordaba estos asuntos” (1993: 37). Para argumentar su tesis pone la pintura de Vermeer en relación con una versión parecida de Nicolas Maes, la Slapende keukenmeid (1665), que se exhibe en la National Gallery de Londres. Aquí el sentido moralizante es claro y viene determinado por la mujer que, con una sonrisa y la mano extendida, señala a la joven traspuesta para llamar nuestra atención sobre la pereza que le ha impedido colocar en su sitio los cacharros dispersos en el suelo. “La mirada que esta mujer nos dirige, el gesto que realiza […] es con nosotros, espectadores, con quienes establece diálogo y complicidad, y a nosotros a quienes puede resultar útil la reflexión moral que encierra” (ibidem: 40-41).

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Nicolaes Maes – Slapende keukenmeid / Interior with a Sleeping Maid and her Mistress [«The Idle Servant»] – [1655 – The National Gallery – London – UK]

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Entre todas las diferencias que el profesor Bozal establece entre ambos cuadros, la que más me ha llamado la atención, por estar en la línea de lo que vengo diciendo, es la noción de ruido. Así, mientras la pintura de Maes está llena de ruido, esto es, de elementos anecdóticos, morales, “la obra de Vermeer es, por el contrario, silenciosa, y no solo porque nadie hable en ella, porque no exista otra protagonista que la muchacha dormida, con la habitación vacía al fondo, sino porque no hay elementos extravisuales, narrativos, que introduzcan ruido” (ibidem: 41). Lo que el profesor Bozal apunta con tanta perspicacia es que los temas del pintor holandés resultan, a la vez, precisos e imprecisos, y esto es así porque no disponemos de elementos suficientes para determinar con claridad cuál es la intención de un gesto o de una escena; cualquiera de las explicaciones es plausible, ninguna manifiesta (ibidem: 76). En el caso que nos ocupa, la muchacha, ¿está dormida profundamente o solo traspuesta? ¿Estaba trabajando y se ha sentado a descansar o ha sido el aburrimiento o una preocupación la que la ha invitado a retirarse? ¿Es una criada o una señora? ¿Es su casa? En fin, los interrogantes se pueden multiplicar, así como las respuestas posibles y dispares.

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Vincent van Gogh – La Méridienne ou La sieste (d’après Millet) [entre 1889 et 1890 – Musée d’Orsay – Paris – France]

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Frente a estas muchachas a las que parece que el sueño subrepticiamente las ha asaltado, raptándolas de sí mismas y haciendo que se olviden por un corto espacio de tiempo de lo que estaban haciendo, el sueño reparador del cansancio puede buscarse voluntariamente. Es lo que hacemos cuando nos echamos la siesta, esa curiosa operación por la que nos abandonamos al sueño a plena luz del día, a la hora sexta, según reza la etimología latina, que en el antiguo cómputo de las horas se correspondía con el intervalo del mediodía, entre las doce y las quince. Ya Steiner hizo notar que “una cultura en la que tienen cabida las siestas de la tarde difiere significativamente de una en la que la economía del reposo es casi en su totalidad nocturna” (1983: 220). Es lo que propone Jean-François Millet en “La siesta” (1866), el cuadro que se haría célebre al copiarlo Van Gogh en 1889 y que reproducimos a continuación:

No parece ese cielo azul cobalto el cielo del mediodía, sino que más bien evoca un cierto matiz nocturno, ese azul que solo se ve en primavera en la hora que está próxima a la madrugada o a la noche, al menos así se tiñen los cielos de la llanura manchega. Ese extraño y onírico cielo azul armoniza con los atuendos de los jornaleros, las hoces y los zuecos, pero establece un violento y brusco contraste con los tonos ocres y marrones de la mies ordenada en haces y almiares y del campo recién segado, al que sí llega plenamente la luz del sol en su cenit. Ese cielo irreal solo puede ser soñado. Quizás es un efecto de la canícula que, al tiempo que ha obligado a los campesinos a detener su labor por una hora, se enseñorea del cansancio y hace que la fatigada imaginación soñadora proyecte colores tersos, puros, casi de pesadilla. Después de la breve siesta, reanudarán la tarea interrumpida y los colores opacos, vulgares, de la tarde veraniega serán los que sus ojos sencillamente contemplen.

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María Elena Arenas Cruz

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