El olvido de los durmientes – XII – Dormir, soñar, narrar un sueño – María Elena Arenas Cruz
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El olvido de los durmientes – XII – Dormir, soñar, narrar un sueño
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El olvido de los durmientes – XII
Dormir, soñar, narrar un sueño
Duerme el amado cercado de preguntas ante nuestros ojos insomnes, duerme el oscuro objeto de deseo al que se pretende violar, duermen los niños inocentes, duermen los que están fatigados después del trabajo, los que van a ser traicionados y hasta las diosas duermen…, pero su estar dormidos no es un mero estado de quietud e inacción, sino que sabemos que, más allá de nuestra mirada, quienes duermen están viviendo otra extraña y fabulosa vida: sabemos que están soñando. Ya decía Paul Groussac, en la irónica y maravillosa prosa que desplegaba, que el asunto de los sueños no era tan baladí como parecía, sobre todo si se estudiaba debidamente, esto es, “entre duerme y vela”. Y ello porque “El sueño no es el paréntesis de la vida, sino una de sus fases más curiosas, como que nada en el misterio y confina en lo sobrenatural” (“Entre sueños”, en El viaje intelectual, 1904).
El hecho de soñar distancia aún más a los durmientes de sus atónitos espectadores. No solo están olvidados de sí, del espacio que los rodea o de la eventual presencia de los mirones, sino que precisamente por ello, “el alma, olvidada del cuerpo, juega”, como decía Petronio en un verso citado por Addison en su ensayo “Sobre los sueños”(Cum postrata sopore / urgit membra guies, et mens sine pondere ludit). Los que duermen fabulan, inventan, conectan imágenes siguiendo una peculiar y extraña lógica fundada en las asociaciones que establecen las emociones en el subconsciente. Ese otro mundo que paralelamente viven puede llegar a ser más intenso que el de la experiencia cotidiana: puede ser el cielo, puede ser el infierno, pero emana de ellos sin que de ninguna manera puedan intervenir. La pasividad del sujeto que sueña es absoluta, pues todo lo soñado lo construye autónomamente su psique. Solo al despertar pueden hacer la pregunta clave: por qué.
Hay mucha literatura escrita a propósito de los sueños, pero sobre todo a propósito de las posibilidades y métodos para interpretarlos, pues si algo hay en lo que todo el mundo está de acuerdo es en que los sueños son, como decía Penélope, “ambiguos y oscuros” (Odisea, XIX, 560), por lo que hay que decodificarlos, hay que descifrarlos. Pero, cuidado, dedicarse a interpretar el enigma que parecen encerrar los sueños puede ser pernicioso; contra esta manía ya se advertía en el Eclesiastés (5, 1-2) al quitar trascendencia y valor al contenido de lo que soñamos: “De la muchedumbre de las ocupaciones nacen los sueños y de la muchedumbre de las palabras nacen los despropósitos”.
Sin entrar en detalles, las dos perspectivas o modos de interpretación que se han adoptado en el intento de dotar de sentido de los sueños son que: o bien encierran previsiones sobre el futuro, o bien delatan deseos y miedos gestados en un pasado (inmediato o ya olvidado, como el de la infancia). No está de más recordar en este punto el citado episodio en el que Penélope le dice a Ulises que hay dos puertas, una de cuerno, por la que llegan los sueños que “se le cumplen de cierto al mortal que los ve”, y otra de marfil por la que llega la mentira, los sueños que “nos engañan trayendo palabras que no se realizan” (vv. 560-567). Virgilio, al final del Canto VI de la Eneida, recoge esta misma creencia:
Sunt geminae Somni portae, quarum altera fertur
cornea, qua veris facilis datur exitus umbris,
altera candenti perfecta nitens elephanto,
sed falsa ad caelum mittunt insomnia Manes. […]
AENEIDOS LIBER SEXTVS, vv. 893 – 896
Dobles son las puertas del Sueño: la una de cuerno
dicen, que fácil salida les da a las verídicas sombras;
la otra, labrada en marfil de albura toda luciente,
pero que falsos ensueños al cielo las ánimas mandan.
Eneida, Libro VI, vv. 893 – 896 [Versión de Agustín García Calvo]
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Los antiguos siempre creyeron que los sueños podían ser proféticos, es decir, los interpretaban como anuncios de acontecimientos que después se cumplirían. Estos son los sueños que salen por la puerta de cuerno. Sin embargo, si rastreamos por la literatura fácilmente se comprueba la mayor suerte estética que ha corrido el tópico de los falsos sueños que llegan a nosotros por la puerta de marfil. Así se lamenta Albanio en la Égloga II de Garcilaso (vv. 113-118):
¿Es esto sueño, o ciertamente toco
la blanca mano? ¡Ah, sueño, estás burlando!
Yo estábate creyendo como loco.
¡Oh cuitado de mí! Tú vas volando
con prestas alas por la ebúrnea puerta;
yo quédome tendido aquí llorando.
El triste pastor dormido soñaba con la blanca mano de su pastorcilla cuando Salicio se acerca a despertarlo. Era tan clara y vívida la imagen soñada que no podía sino ser cierta, de ahí la frustración y la pena al abrir los ojos y comprobar que lo tan intensamente sentido y visto eran vanas sombras. Las quejas contra el sueño burlador y mentiroso se repiten en la tradición literaria occidental, pero pronto se convierten en uno de los recursos más interesantes para expresar con sutileza temas prohibidos o que no deben hacerse explícitos, como, por ejemplo, el deseo erótico. Y es que por la puerta de los sueños que “nos engañan trayendo palabras que no se realizan” (Odisea, XIX), se cuelan los miedos o deseos insatisfechos que nos acosan (Freud dixit), es decir, los que precisamente nos gustaría que se realizaran. Son, sin duda, estos últimos los que paradójicamente mejor nos delatan o explican, porque, entre otras cosas, reflejan lo que querríamos que nos pasara. Cuando se encarnan en figuras de aspecto reconocible, que transitan por espacios familiares, esos sueños los vivimos como si pertenecieran al orden de nuestras experiencias cotidianas. Penélope se alegra de ello:
[…] νύκτας δ᾽ ὕπνος ἔχῃσιν—ὁ γάρ τ᾽ ἐπέλησεν ἁπάντων,
ἐσθλῶν ἠδὲ κακῶν, ἐπεὶ ἄρ βλέφαρ᾽ ἀμφικαλύψῃ—
αὐτὰρ ἐμοὶ καὶ ὀνείρατ᾽ ἐπέσσευεν κακὰ δαίμων.
τῇδε γὰρ αὖ μοι νυκτὶ παρέδραθεν εἴκελος αὐτῷ,
τοῖος ἐὼν οἷος ᾖεν ἅμα στρατῷ: αὐτὰρ ἐμὸν κῆρ
χαῖρ᾽, ἐπεὶ οὐκ ἐφάμην ὄναρ ἔμμεναι, ἀλλ᾽ ὕπαρ ἤδη.
Ὀδύσσεια, XX. vv. 85 – 90
[Bien de cierto tolerable desgracia es pasar entre llantos
los días con el pecho angustiado]
si el sueño en las noches nos toma,
que una vez que nos cierra los ojos ahuyenta el recuerdo
de: venturas y males; no obstante, el destino me envía
tristes sueños también, que yo vi en esta noche a mi esposo,
que a mi lado llegaba a dormir con su propia figura,
como era al partir con su hueste. Con todo, mi alma
se alegraba: decía que era aquello verdad y no ensueño.
Odisea, XX, vv. 85 – 90 [Traducción de José Manuel Pabón]
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Si los sueños son un espacio propicio para que se cumplan los deseos, esto es, para que al menos alcancen corporeidad y concretada hechura, es porque los deseos, por su propia condición imaginaria, hipotética o subjuntiva, no pueden ser evocados como experiencias alguna vez vividas: los deseos son deseados, lo cual supone saber que, estrictamente, solo pertenecen al futuro. Al tener su residencia en los abismos del yo, los deseos a menudo ni siquiera alcanzan a ser formulados con palabras, primera toma de conciencia de que los tenemos, sino que se quedan en un vago sentir oscuro y extraño que, sin embargo, determina muchas de nuestras decisiones o de nuestras acciones, tanto las que consideramos más serias como las inocentes o inocuas. Por eso, si hay un ámbito especial en el que se encarnan los deseos este es el de los sueños, espacio hipotético por definición. Por esta razón, Quevedo, como Penélope, se mostraba agradecido a las lisonjas mentirosas de un sueño en este conocido soneto:
¡Ay, Floralba! Soñé que te… ¿Direlo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en tu desvelo.
Y dije: “Quiera el Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte”.
Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.
En estos versos, el mundo deseado solo se cumple en forma de sueño, de manera que, al despertar, la vida se torna tan banal e insatisfactoria, tan pobre e infernal que el yo poético la identifica con la muerte. En su genialidad, Quevedo parece darle otra vuelta de tuerca al tópico de la vida como sueño: despertar y sentirse vivo es como estar muerto (porque el beso y la sombra soñada de la amada han desaparecido), mientras que estar dormido y soñar es vivir la verdadera vida (porque en ese “dulce desconcierto”, el amor se ha cumplido).
A pesar de lo dicho, la elucidación del sentido de los sueños no es lo que me guía en estas breves notas, pues considero que no hay clave alguna que permita afirmar que se da con la verdadera interpretación, de manera que los significados que otorgamos a los sueños pueden estar tan acertados como errados. Esto es así porque, en la mayoría de las ocasiones, al despertar solo disponemos de imágenes sueltas, de fragmentos y ecos de palabras, pedazos que nos esforzamos en enlazar para formar un relato al que pretendemos dar coherencia con los instrumentos de la razón consciente. Esas narraciones o reconstrucciones verbales suelen ser más o menos confusas, más o menos lógicas, casi siempre novelescas, porque los únicos instrumentos de los que disponemos para elaborarlas son la memoria, esa mentirosa, y el lenguaje, ese constructor de ficciones. Por tanto, lo que me interesa no es la interpretación o sentido de los sueños, sino aproximarme, en la medida de mis posibilidades, a la iconografía o representación pictórica de los mundos soñados cuando en el cuadro hay personajes dormidos. Y esto porque, sea cual sea la intención del artista, los sueños son, como dice Kundera, no solo un mensaje cifrado, sino “una actividad estética, un juego de la imaginación que representa un valor en sí mismo” (1984: 66). Joseph Addison se sorprendía de “la agilidad y perfección” de las actividades de la mente cuando se desliga del torpe y pesado cuerpo: “no hay acción más penosa de la mente que la invención; no obstante en los sueños funciona con una facilidad y diligencia que no se dan cuando estamos despiertos”. Que los sueños sean una peculiar y sugerente actividad estética es una intuición que adquirió carta de naturaleza en uno de los tópicos más interesantes del Barroco, el del sueño como teatro. Aparece expresado con exactitud en un famoso soneto de Góngora:
Varia imaginación que, en mil intentos,
a pesar gastas de tu triste amor
la dulce munición del blando sueño,
alimentando vanos pensamientos,
pues traes los espíritus despiertos
sólo a representarme el grave ceño
del rostro dulcemente zahareño
(gloriosa suspensión de mis tormentos),
el sueño (autor de representaciones),
en su teatro, sobre el viento armado,
sombras suele vestir de bulto hermoso.
Síguelo; mostraráte el rostro amado,
y engañarán un rato tus pasiones
dos bienes, que serán dormir y cuello.
Y por las mismas fechas, Quevedo lo utiliza para introducir un género también propio de la época, la visión o sueño: “[…] Me quedé dormido. Luego que, desembarazada, el alma se vio ociosa sin la traba de los sentidos exteriores, me embistió de esta manera la comedia siguiente, y así la recitaron mis potencias a oscuras, siendo yo para mis fantasías auditorio y teatro” (1627). En ese teatro de sombras somos el autor, el espacio, la trama y los personajes. Pero también los espectadores, pues asistimos al espectáculo que nuestra psique construye de manera espontánea con los materiales de que dispone.
En la misma línea, pero invirtiendo los términos de la comparación, Shakespeare no tuvo reparos en sugerir que si los sueños son ficciones teatrales, las ficciones teatrales son, a su vez, sueños. Esa es la curiosa propuesta que el entrañable Robin Goodfellow, Puck, hace a la audiencia en los últimos versos de El sueño de una noche de verano:
If we shadows have offended,
Think but this, and all is mended,
That you have but slumber’d here
While these visions did appear.
And this weak and idle theme,
No more yielding but a dream,
Gentles, do not reprehend:
if you pardon, we will mend:
And, as I am an honest Puck,
If we have unearned luck
Now to ‘scape the serpent’s tongue,
We will make amends ere long;
Else the Puck a liar call;
So, good night unto you all.
Give me your hands, if we be friends,
And Robin shall restore amends.
A Midsummer Night’s Dream, Act V, Scene 1 [Puck’s Final monologue]
Si nosotros, vanas sombras, os hemos ofendido,
pensad sólo esto y todo está arreglado:
que os habéis quedado aquí dormidos
mientras han aparecido esas visiones.
Y esta débil y humilde ficción no tendrá
sino la inconsistencia de un sueño;
amables espectadores, no nos reprendáis;
si nos perdonáis, nos enmendaremos.
Y, a fe de honrado Puck,
que si hemos tenido la fortuna de escaparnos ahora
del silbido de la serpiente,
procuraremos corregirnos de inmediato.
De lo contrario, llamad a Puck embustero.
Así, pues, buenas noches a todos.
[Give me your hands, if we be friends,
And Robin shall restore amends.]
El sueño de una noche de verano, Acto V, Escena 1 [Monólogo final de Puck]
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En definitiva, la representación pictórica de los sueños, al igual que el relato de los mismos que a menudo aparece en novelas y cuentos, es una interesante manera de poner a trabajar la fantasía: los artistas imaginan personajes, establecen relaciones entre objetos antagónicos, cambian la lógica de los espacios y, a la vez, en todo momento, procuran que los simulacros de los mundos soñados que imaginan sean a la vez hermosos, en ocasiones de una belleza aterradora, pues solo así podrán ser admirados y recordados. En la mayoría de las ocasiones, los sueños pintados, esto es, narrados (ut pictura poiesis), tienen una función, sirven para transmitir informaciones sutiles o paradójicas difícilmente comunicables. Su interpretación más o menos ajustada dependerá de la impresión que causen en quienes miran o leen y de la capacidad de estos para ponerlos en relación con el contexto general del relato. Por tanto, como recuerda Cicerón, los sueños imaginados y contados en la poesía (vale aquí decir también los trazados por la pintura, en definitiva, los sueños ficticios), “no dejan de parecerse a la materia corriente de los sueños”, esto es, se construyen para que parezcan sueños reales.
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María Elena Arenas Cruz
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