Fe de vida, a paso de Trapiello – A propósito de «Fractal del Salón de pasos perdidos», de Andrés Trapiello – José Biedma López

Fe de vida, a paso de Trapiello – A propósito de «Fractal del Salón de pasos perdidos», de Andrés Trapiello – José Biedma López

Overview

Fe de vida, a paso de Trapiello – A propósito de Fractal del Salón de pasos perdidos, de Andrés Trapiello

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Fe de vida, a paso de Trapiello – A propósito de Fractal del Salón de pasos perdidos, de Andrés Trapiello

“El pobre más pobre de todos es el que pide atención,
y ni se la dan ni se la prestan”

A. T., Fractal

El Fractal (Alianza, 2024) del “Salón de los pasos perdidos” escrito por Andrés Trapiello es fe de vida y antología de diarios personales: ¿Dianovela, Novelario, Vidario de Soñabundo…? No sé, porque no hay ciencia cierta. En cualquier caso, sí son estos pasos prodigio de espontaneidad afable, de facundia amena, de humor constructivo en buen castellano (aunque le sobren algunos leísmos y laísmos), alarde de claridad y naturalidad que no renuncia a la riqueza del léxico del español que se habla. En este florilegio o miscelánea no faltan ironías, parodias (de Pere Gimferrer, de Fernando Arrabal…), el guiño de la sátira y, entre col y col de episodios autobiográficos, la lechuga del aforismo, que ha de ser como iceberg, con gran masa de fondo, para valer algo –según dictamen del autor‒. Las anécdotas, muy dorsianamente, se elevan a veces a categoría y, eventualmente, el detalle de la vida cotidiana se sublima en lirismo entrañable y familiar, de padre de familia apegado al campo (a sus Viñas de La Somoza), pero también de observador urbanita de marginados, de raros, de locas solitarias, de bohemios, de señoras de postín, pues, como dejó escrito Hannah Arendt y cita Trapiello: “Sólo al margen de la sociedad podemos llevar una existencia digna de un ser humano, y todo ello con humor, porque nos arriesgamos a ser lapidados o condenados a muerte” (en Las inclemencias del tiempo).

Recoge el autor de Fractal curiosidades relativas a políticos decentes, que los hay, como Julio Anguita, secretario general de Izquierda Unida, el cual, cuando perdió a su hijo, reportero de guerra en Afganistán, soltó: “Gracias a él no le temo a la muerte…, si él ha dado ya el paso, no me importa seguirle”. Son las palabras de amor más hermosas que un padre puede decir de su hijo, comenta Trapiello, que recoge también anécdotas de literatos eminentes, como la carta que su mujer dirige a Rubén Darío mientras el poeta gallea en París, mujer con la que nunca casó, hija de guarda de la Casa de Campo a la que el artista nicaragüense enseñó a leer y escribir… Él, un hombre importante, ministro plenipotenciario, cónsul, embajador…, considerado el mayor poeta de América (pace Neruda) y uno de los más importantes del mundo entonces, se fijó en una mujer “de baja condición”. “La mujer, agradecida hacia su príncipe, le fue fiel toda su vida”. Su carta está llena de faltas de ortografía. Se duele de que a Darío no le haya gustado el nombre que ha puesto a su hijo, Feliz, que era el santo del día en que nació. Extraña a Trapiello la distancia en que vivían entonces las parejas, como en mundos diferentes, sin hablarse de cosas tan elementales como el nombre de un hijo.

Otra historia interesante es la del pintor Eduardo Vicente, cuya muerte en la miseria sus amigos adornaron con el invento del suicidio. Una vez se lo encontró Eugenio d’Ors por la calle, en la posguerra, vestido de pintor de brocha gorda, al hombro su escalera y en la mano el cubo de pintura, y Vicente le pidió que no le delatara, que no relatara su encuentro fortuito a nadie. D’Ors, jerarca del régimen, consiguió normalizar la situación del artista con la policía, pues había sido pintor de milicianos, y Eduardo Vicente pudo volver a pintar en lo suyo. “Tenía una visión barojiana de la realidad”, se fijaba en los arrabales, “en los puestos del Rastro y en los borrachines, en las mujeres del pueblo, laboriosas y dicheras, de caderas anchas, muñecas fuertes y pantorrillas potentes”, pero le podía más la caricatura que anda un paso por detrás de la realidad, por lo que –según Trapiello‒ los caricaturistas en pintura o en literatura tienen mucho más éxito que escritores y pintores realistas, porque la gente los comprende antes. Según Trapiello, este fue el caso del quesadeño Zabaleta (caricatura de Picasso) y de Palencia (caricatura de la vanguardia).

Trapiello reivindica a escritores poco conocidos o injustamente olvidos, como Paco Vighi (1890-1962), ultraísta, innovador y humorista. Le editó y prologó sus Nuevos versos viejos (Granada, Comares 1995), que ilustró Eduardo Vicente en la edición original de 1959. De los poemas de Vighi dice Trapiello que tienen la gracia de las melodías de acordeón. La gente desprecia esa poesía porque es difícil  convencer al partidario de lo sinfónico de que un acordeón pueda ser instrumento noble. Francisco Vighi, que además de poeta fue ingeniero como su padre, reivindicó haber sido el primero en introducir el haiku en España.

Las referencias a nuestros clásicos son constantes. Trapiello ha leído en profundidad a los del noventa y ocho, sobre todo a “los azorines, d’orses, ramones, galdoses, barojas, riscos, cunqueiros, unamunos, machados, solanas”, a los que visita provechosamente en ediciones desconchadas, aunque no le importó pagar 25.000 pesetas por las obras en piel de Valle Inclán, para “llevarse luego en las entretelas del alma pequeñas y grandes joyas secretas, de las que ni siquiera los salteadores del momento, los cacos intelectuales del día, se han percatado aún”. Es lector infatigable, coleccionista de primeras ediciones y cartas espigadas como tesoros ocultos en el rastro madrileño. Describe la escritura de Valle: “prosa de taracea en maderas perfumadas de oriente (sándalo, alcanfor, palo de rosa)”, uno queda hipnotizado por esa letra, aunque no le interese lo que cuenta, y vuela página tras página, “como nos ocurre a veces con un charlatán callejero especialmente dotado para su oficio”… “A Valle-Inclán se le va la fuerza por las barbas”.

Cuenta Trapiello mucho más que filosofa, mas tropieza con las Meditaciones de Marco Aurelio en una de esas casualidades que semejan destino, tras la muerte de un tío al que precisamente le entusiasmaba el emperador estoico, autor que no rehuía –como el fallecido‒ los compromisos con que la vida nos desafía. En sus diarios, que dirige a sí mismo, escritos en griego, lengua que ama, nos habla de la brevedad de la vida, lo efímero de todo, de la excelencia (areté) y del modo en que un ser humano puede ser feliz: siéndole fiel a los dioses y a su propia naturaleza. Incluso en su relectura, las palabras de Marco Aurelio, austero y desengañado (como las de nuestro Jorge Manrique), escritas en los interludios del combate contra bárbaros y bajo bosques sombríos, siguen valiendo como bálsamo para las tortas que da la vida. El sabio recomienda:

“Recorre este pequeñísimo lapso de tiempo obediente a la naturaleza y acaba tu vida alegremente, como la aceituna que, llegada a la sazón, caería elogiando a la tierra que la llevó a la vida y dando gracias al árbol que la produjo.”

De este modo ofrecen paz y serena gratitud los clásicos, como victoria de sus tiempos remotos sobre las obscuridades, estreses y ansiedades de esta poderosa fábrica de los tiempos modernos y su vertiginoso e incierto progreso. Bálsamo hecho de aceite de oliva ‒comenta Trapiello‒, de hierbas montaraces y leche de cabra.  En estos soliloquios del emperador estoico “la muerte no es más que un semitono en la melodía completa de nuestra vida”.

Hablando de sabios, en el libro 2 de Fractal (“El tejado de vidrio”), describe sin nombrarlo a Fernando Savater, con el que Trapiello, que no le conocía, se encuentra casualmente y cena en un restaurante familiar de Madrid: Describe su marcada bizquera» y sus manos cargadas de bisutería. De él dice Trapiello que es muy inteligente y que los artículos que publica en los periódicos son como fueron los oráculos de Unamuno y Ortega… Lo describe como ensayista que piensa claro, pero cargado con la armadura de su inteligencia, y como persona simpática, bienhumorada y feliz. Se pregunta si dejará la armadura y se quitará los anillos para dormir.

 También crítica los Diarios de Jaime Gil de Biedma, explicando por qué se negó a escribir su reseña literaria. “A los poetas, decía JRJ [¡Juan Ramón, por supuesto!], se les descubre siempre en la prosa”. Compró y leyó los Diarios del poeta y señorito catalán con impaciencia y antipatía. Piensa que si el librito no viniese tan avalado socialmente no lo leería nadie…

“Pero no, uno es carne del tiempo, de la publicidad, a uno también le deslumbran los destellos nocturnos como a los calamares”.

Trapiello tiene la sensación de que…

“se ha pasado a valorar el ser de comunión diaria a ser gay, y a uno ambas cosas le dejan indiferente. Alguien puede darle un dólar a un niño de doce años para llevárselo a la cama, pero no creo que pueda venir luego a predicarnos con orgullo que se emociona oyendo La internacional.

Disonancias cognitivas, o esas contradicciones en que cabalgamos con cinismo posmoderno o posturismo izquierdoso (neocristiano inconfeso). Enseguida, denuncia también un artículo publicado en ABC, nada más morir María Zambrano, en el que se destilaba rencor infamante (6 de febrero de 1991). Por lo que sé, alude, sin nombrarlo, a Aquilino Duque, “un hombre roído por la desgracia”, que se atrevió a afirmar que a la filósofa de la “razón poética” nada le servía “cuanto había escrito o conversado sobre la palabra o la virtud de la palabra”, o que la autora de Claros del bosque (1977) “jamás entró, por terror, al fondo oscuro de la humana experiencia”. Con desdén humorado añade Trapiello que ¡no es normal este odio fiero e irracional!, que debe tener una explicación porque no es frecuente ir a los entierros para ver si los muertos están bien muertos y para decir “¡ahí te pudras!”. Lo achaca a la vanidad y a que el articulista le debía tanto a María que no podía soportarlo y “de ahí su desesperación, su sentimiento trágico”. A mí me duele esta reacción de Aquilino porque aprecio sus invectivas contra la modernidad y sus dicterios contra el progreso, me he deleitado con algunos de sus poemas y he escrito sobre su novela El mono azul. ¡Me parece intolerable e increíble que escupiese de ese modo despiadado sobre la tumba de la sabia piadosa! He buscado el artículo de la infamia ¡sin éxito!, pero he encontrado otro de abril de 2015 en la Tercera del ABC, titulado “Zambrano y los fundamentos de Europa”, en el que Aquilino Duque, tras reivindicar el papel de los intelectuales que no se exiliaron, reconocía: “yo he aprendido mucho de María Zambrano, sobre todo de su palabra hablada”; y celebraba “la suerte de haberla escuchado” y de que la política no hubiese lastrado su pensamiento: “pocas personas tan bien situadas como ella para opinar sobre el conflicto entre filosofía y religión”. Acaba este artículo Duque citando las palabras de la sabia María pues “resumen la verdadera sabiduría de Occidente”. 

 Vuelvo al Fractal de Trapiello, que ofrece, aquí y allá, estimulantes alicientes para la reflexión, como cuando se pregunta si la verdad ha de ser necesariamente amarga y desagradable en proporción directa y creciente a su valor; hace bien en combatir el prejuicio según el cual se ha creído que los asuntos dramáticos y pestilentes son más artísticos y verdaderos que los tranquilos y dichosos: genocidios, locuras, inmundicias (tan asociadas estas últimas a las noticias de cada día…, “Señor, repítenoslas hoy”). Savater ya insistió en que lo violento y perverso es más espectacular que lo pacífico y normalizado. Y vivimos en la Sociedad del Espectáculo.

Cita Trapiello a Schopenhauer para aseverar que “la tarea del novelista no es narrar grandes acontecimientos, sino hacer interesantes los pequeños”. Convoca a Ortega, cuyos libros son “silos colmados de semillas germinadoras”, pero cuya lectura le deja cierta insatisfacción, a pesar de “la habilidad de su birladora prosa barroca”, porque ofrece para apagar la sed toda clase de bebidas refinadas, todas, menos agua ; y convoca a Wittgenstein para explicarse y contarnos que su hijo pensase que si no creía en los Reyes Magos no habría juguetes en Navidad, porque –según el filósofo austríaco‒ la creencia es imprescindible para generar realidad (Ortega también sostuvo tesis similar); y a la inversa: una falta de creencia puede llegar a eliminar mundos perfectamente reales, por eso el nene de Trapiello –como Pascal‒ le daba carta de naturaleza al Paraíso, por temor a la muerte, “que es, como se sabe, una falta de creencia en la vida”. Por momentos, Trapiello se pone profundo, sin embargo, en general, prefiere el realce sincero y el brillo sencillo a la turbiedad sofisticada; y la belleza, a la fealdad monstruosa… Al final de su breve e intensa “nivola” San Manuel Bueno, mártir (1931), Unamuno desprecia a los que se indignan de que se llame “novela” al Evangelio, cuyos textos el españolísimo vasco conocía tan bien. A Unamuno dedica Trapiello semblanza recordando cómo epistolaba con  medio mundo y de qué manera, durante los últimos diez años de su vida, escribía poema diario…

“Mi amado Unamuno, tan imperfecto, tan discutible e intratable, tan distinto de todos, incluso, naturalmente, de uno mismo, pero siempre tan disponible. Ni siquiera le reprocha uno que no tuviera sentido del humor. De haberlo tenido hubiera sido como Chesterton. Pero era un hombre triste. Por eso hoy, casi sesenta años después de su muerte [ya son bastantes más], aún puede conmovernos, tanto o más que su inteligencia, su talante melancólico y solitario.” (Libro 1, pg. 178).

Mi mentor en latines, Andrés Castillo, me recomendó los ensayos del rector de la Universidad de Salamanca allá por 1975. Mi querido filólogo paralítico tenía esos textos por los mejores que se habían escrito en español durante el siglo XX. Compré los dos tomos de Aguilar, que conservo prójimos y familiares. Siempre que a ellos vuelvo, como a los textos de Ortega, aprendo. Pero hoy seguramente prefiero la prosa limpia e irónica del Juan de Mairena, profe de Retórica y de metafísica de las creencias.

Tampoco faltan en las páginas de Fractal las anécdotas sabrosas sobre intelectuales, escritores y literatos: Eugenio d’Ors acostumbraba a quemar la noche de año nuevo una página inédita, “la más bella”, aseguraba, y veía en ello una forma de sacrificio a sus manes particulares; la ultimísima entrevista a Azorín, “el escritor más fino que ha dado la prosa española del siglo XX”, según Trapiello. Su poeta favorito ‒le preguntan a José Martínez Ruiz‒, y el de Monóvar responde: Berceo; su ocupación predilecta: releer; su diversión favorita: dejar pasar el tiempo; su animal preferido: el pobre perro perdido (“charnego”, le llaman los catalanes); el animal que le produce horror: la carcoma en el libro; ¿figura histórica?: Santa Teresa; ¿paisaje entrañable?: el gris suave; ¿su mayor ambición?: no tenerla; de no haberse consagrado escritor famoso, ¿qué le hubiese gustado ser?: cartujo.

¿Firmó Alberti sentencias de muerte en la cheka de Bellas Artes? Torcuato Luca de tena lo afirmaba, el poeta comunista lo negaba airadamente, pero lo cierto es que nunca denunció tales abusos.

“Y aunque no las firmara personalmente, estuvo de acuerdo con los que lo hicieron… De hecho jamás criticó la cheka generalizada en que Stalin convirtió la Unión Soviética durante su mandato, con millones de muertos y deportados, ni renunció a los honores que le tributó el tirano, sino muy al contrario. Cuando se vino abajo el muro de Berlín y se disolvió la Unión Soviética, Alberti comentó a un periodista: ‘Para mí la Unión Soviética es eterna, siempre seguirá viva en mi corazón’” (libro 2, pgs. 226ss).

Igualmente recuerda el de Manzaneda de Torío (León), o sea Trapiello, los feos traspiés que dio don Pío, tan ácrata él, en ese rigodón de la guerra y la posguerra y que ya hubo revelado en Las armas y las letras (1994) (revelación que le costó un pleito).  Baroja se plegó a la voluntad de los militares fascistas y juró por el Ángel Custodio en Salamanca, en 1938, lo que le pusieron por delante… “El miedo no duerme”, como ha escrito el poeta Guillermo Fdez. Rojano en su refugio de Orcera. Las guerras desatan a la bestia que todos llevamos dentro, y lo peor es que las guerras las hacen mejor los malos, como dijo Erasmo. Buena razón tiene Pérez Reverte en recomendar por su valor educativo el prólogo de Chaves Nogales de A sangre y fuego (1937)cuando hay tanto resentido ignaro, empeñado en reabrir para reinfestar viejas heridas que cicatrizaban en paz gracias al bálsamo del conveniente perdón y la santa piedad recomendados por Azaña y gracias también a un voluntario y sano olvido, el que se impusieron durante la modélica Transición las dos partes, de sendos colores. Y desde luego hubo y hay una tercera España [y una cuarta, y una quinta, y una sexta…], que se niega a comulgar con sectarismos o a la que, como decía Ortega, le funcionan ‒políticamente se entiende‒ las dos partes del cerebro.

Trapiello es hombre centrado, caballero de paz, y está convencido de que todas las revoluciones han empobrecido a todo el mundo, antes que mejorar las realidades históricas, las violentan y más bien retardan avances morales convenientes (ahí tenemos la revolución reaccionaria de los ayatolas y la retrógrada de los talibanes, sin ir más lejos). También Kant acabó prefiriendo un proceso de reformas como garantía de progreso, antes que una revolución. Desconfía el escritor leonés igualmente de las vanguardias, aunque añade con ironía próxima al sarcasmo que “han enriquecido al menos a unos cuantos”. Picasso tuvo la suerte de haber nacido en el único siglo en el que dar vueltas en el aire se ha considerado una de las grandes obras de arte, dice, sin negar por ello su categoría de artistazo. Sobre el comunismo y sus desastres y genocidios lo tiene muy claro; por ejemplo, sobre el fraude cubano: “Era el burdel de Estados Unidos, y ahora es el burdel de Canadá, de Alemania, de Italia y de España”. Esto a finales del siglo pasado, y las cosas han ido a peor.

“Le sobran putas y le sobran comunistas, lo mismo que a la Habana de Batista le sobraban putas y le sobraban gánsteres. Antes, al menos, el dinero de las putas se lo quedaban ellas o sus chulos, ahora se lo queda el Estado, que lo necesita para comprar petróleo.”

Describe indignado la desvergüenza con que los progres españoles se hospedaban en hoteles de cuatro estrellas a cargo del presupuesto, ciegos y sordos para ver, oír, aceptar y comprender la miseria y el fracaso del régimen totalitario que impuso la casta militar de los barbudos. “Y se dicen de izquierda”, lamenta. “Cuando se tienen prejuicios por la derecha y por la izquierda, no se llega a parte ninguna”. Total, en España, ni el obrero ni el patrono leen libros y a los dos les gustan los mismos programas de televisión. Sabe que es un hecho que en nuestra cultura progre, y dominante, medran más y mejor los de izquierdas, aunque sean ineptos y ladrones, que ineptos y ladrones los hay de izquierdas y de derechas.

“La política no deberían hacerla ni los parias ni los burgueses amantes de la buena mesa, sino hombres austeros del talante de don Gumersindo de Azcárate y don Alberto Jiménez Fraud, que entendiesen la patria como un monasterio laico” (I, pg. 93).

Lo cierto es que la Habana de 1959 estaba mejor que Haití y toda América Latina, y hoy, los miserables que quedan en ella, salvo gerifaltes, soplones y turiferarios del partido único, malviven en la basura… A propósito de la caída del muro de Berlín:

La enfermedad infantil del comunismo, tituló Lenin uno de sus opúsculos (si no recuerdo mal), sin comprender que la enfermedad infantil era el mismo comunismo, con toda su secuela de crueldades sin cuento, como esos niños que se dedicaban con una cuchilla de afeitar a pelarle la piel a una lagartija viva, o a cortarle una a una las patas a una mosca. Los comunistas han hecho algo parecido al pueblo ruso, sus patitas morales, su pellejo moral, sus ojos, todo lo han despellejado, todo lo han vaciado. Los recalcitrantes dirán: el capitalismo también. De acuerdo: pero con anestesia” (I, pg. 132).

Tampoco muestra condescendencia respecto a “esa tontería de teatro hecha por unos burgueses con ganas de componer un poco la figura y hacerse la foto” en el mayo del 68… A nosotros, sin embargo, nos gustó la compatibilidad de aquel movimiento con el humor, al menos el de algunas de sus proclamas. Normalmente, los revolucionarios son malhumorados. Cristo lloró en tres ocasiones, pero no se sabe que riera nunca por nada –recuerda Trapiello‒, a quien la religión le parece incompatible con el humor, aunque en todas las religiones –reconoce‒ hay santos bien humorados, “pero las religiones son tristes”. Las religiones políticas, también ‒añado yo.

Fractal contiene homenajes memorables a artistas fallecidos, como la despedida fúnebre de Carmen Martín Gaite, primera esposa de Sánchez-Ferlosio y amante de los clásicos del XIX, que “nunca tuvo la admiración sincera de aquellos a los que ella respetaba más. De su generación ninguno la admiró de verdad, ni su marido ni nadie”. Trapiello luce con orgullo y agradecimiento los regalos que recibió de la escritora, “muy dichera” y “muy inteligente”. Viajó a Valladolid al entierro de Rosa Chacel (1898-1994) con un amigo de la escritora “aristada y fría, para quien el estilo en literatura es sobre todo la inteligencia”; o traza panegírico de Victoria de los Ángeles, “¿cómo viviremos nosotros sin su música?”; y, sobre todo, asistimos al obituario elegíaco de su mentor y amigo, Ramón Gaya; también homenajea con la descripción del sumario procesal a Miguel Hernández, “alma noble”; lamenta de corazón la muerte en 1994 de Liliana Ferlosio Vitale, italiana, hija de un banquero del Vaticano, esposa del escritor y político falangista Rafael Sánchez Mazas, padres este y Liliana del autor de El Jarama y de Alfanhui.

Liliana era consciente del valor literario de la obra de su marido, corresponsal de ABC en Roma en los años veinte y al que conoció en un museo. A pesar de la diferencia de edad, el galante español, hijo de una vasca, Rosario Mazas Orbegozo, e inventor del grito “¡Arriba España!”, fue capaz de convencer a la importante familia de Liliana de que era buen partido y de que haría feliz a su hija. Se casaron e instalaron en Madrid. Cuando estalló la guerra incivil Liliana y sus hijos regresaron a Roma. Sánchez Mazas fue un hombre prudentemente rico, pero las relaciones familiares nunca fueron buenas. González-Ruano contó en cierta ocasión: “Qué familia tan rara, todos hablan mal de todos, y todos llevan razón”. Liliana se había ilusionado con la reedición de la obra de su marido, al que consideraba sobre todo poeta. Trapiello reeditó sus Poesías en la editorial Comares de Granada en 1990. Escribió también novelas: Rosa Krüger, que compuso refugiado en la embajada de Chile en Madrid durante la guerra y que publicó póstumamente Liliana en 1984, y La vida nueva de Pedrito de Andía, 1951. Sánchez Mazas fue ministro sin cartera de Franco durante menos de un año y miembro de la Real Academia. Al parecer consiguió la conmutación de la pena de muerte de Miguel Hernández, lo que, desgraciadamente, no sirvió para evitar el deceso en prisión del poeta.

Trapiello cuenta en Fractal su vocación de “trapero de la historia”, recogiendo en el Rastro lo que no es leído por la historia oficial de la Literatura, recuperando a autores que la Academia había tirado a los contenedores, como muebles viejos para sustituirlos por otros infinitamente peores, y estamos hablando de autores como Galdós o Manuel machado. Qué cómico, ver a los árbitros de la elegancia o apóstoles de la utopía tratando de recuperar a escondidas todo aquello que un día tiraron por la ventana, dice. Y si vuelven a JRJ o a Galdós, a Baroja o a Azorín, ahora, vuelven a los nombres, no a sus obras, lamenta.

Cuenta Trapiello sus aventuras de escritor nómada, de aquí para allá, de presentación de libro a curso o congreso de literatura, de reuniones con editores, obtención de premios, todo ese mundillo de libros, concejales de cultura y glorias mundanas, se ríe de él a la vez que lo disfruta… Aprovecha para describir sus experiencias de visitante ocasional en Málaga, Cádiz, Cáceres…, o en Úbeda:

“Nos marchamos a andar por el pueblo. Es hermosísimo, con mucho carácter, como para vivir en él, si se pudiera vivir en una de esas casas nobles que hay allí por todas partes. Imagina uno que serán casas para que las describa Azorín [o Gabriel Miró], con patios, naranjos, huertos y jardines traseros, salas espaciosas, silenciosas, aljimofradas, puertas de cuarterones, pozos de brocal renacentista.”

Preguntó Trapiello en la ciudad de Úbeda (“ciudad” desde tiempos reconquistadores) a su guía si había en ella algún aljabibe, algún almonedista, algún chatarrero… Se le dijo que anticuarios, sí; y, cual ratón de biblioteca, halló con uno de ellos números de las revistas Ahora y Crónica, de los años veinte y treinta, y compró dos de 1936 con fotos de Bergamín, de Prados y de Durruti…

En una de sus breves parábolas, ejemplifica Trapiello su poética:

<< “Un hombre que camina por el campo, / y ve extendido entre dos troncos verdes / un hilillo de araña blanquecino / balanceándose un poco al aire leve. // Y levanta el bastón para romperlo, / y ya lo va a romper, y se detiene”. Es este un poema que encuentro en un libro del argentino Fernández Moreno. Lo ha titulado: “El poeta”, y no creo que haya podido ser explicado mejor de qué está hecho un poeta >>  (Libro 2, pg. 411).

Respecto al “triste oficio nuestro de palabristas”, sentencia que “literato es a escritor lo que picapleitos a abogado”. ¡Se agradece la modestia! Trapiello es un palabrista que aprecia sobre todo, y muy paradójicamente, el silencio y el canto del gallo:

“El silencio lo hablamos todos, sin distinción de razas, edades, clases. El silencio es lo que tenemos en común los hombres con el árbol y el aire, con el fuego y el agua, nuestro idioma común. En el silencio se han escrito las obras más hermosas.”

“Si yo fuese marino, no sé si podría sobrellevar la nostalgia de amanecer en alta mar sin oír el canto del gallo.” (Libro 2, pg. 412).

En una de sus reflexiones, divide Trapiello a la gente en cuatro grupos: Los que no necesitan nada de nadie (misántropos, locos y tontos); los que necesitan todo de todos (políticos y estrellas del espectáculo). Ambos grupos son minoritarios. Están también, tercer grupo, los que necesitan mucho de unos pocos (neurasténicos e infelices), y, por fin, los que necesitan poco de muchos (los únicos felices). “En los cuatro casos la enfermedad es incurable y la tendencia no se corrige jamás”. Acepto la división a burlaveras, porque es evidente que nadie puede vivir sin necesidad de los demás, a no ser, como decía irónicamente Aristóteles, si comparece como dios o como mal bicho.

Trapiello asocia el subtítulo “Salón de los pasos perdidos” al “salir por ahí, a comisiones misteriosas” (usando una expresión masónica), pero más parece su enorme diario, tan ameno, resultado de un saber recogerse dentro, en lo familiar y en la charla de sobremesa. Y puede que esta revelación de intimidad sea su principal mérito como espejo de su tiempo y fe de vida…; la vida, como ramera a la que Jesucristo no quiso ni lapidar ni acusar:

“La vida es tan hermosa que aquí querríamos quedarnos todos, incluso los longevos…, un poco más, no por avaricia, sino por pundonor, por creer que podremos saldar así con la vida la deuda que contraemos con ella a cada instante. Para pagar el gallo que le debemos a Esculapio.” (Libro 3, pg.765).

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José Biedma López

En La Esperilla, Agosto del 2026

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Nota

Andrés Trapiello. Fractal del Salón de pasos perdidos. Alianza Voces, Madrid, 2024. ISBN: 978-84-1148-760-3

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