Hannah Arendt: el valor de la política [Con motivo del quincuagésimo aniversario de su fallecimiento: 4 de Diciembre de 1975 – 4 de Diciembre de 2025] – Sebastián Gámez Millán
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Hannah Arendt: el valor de la política [Con motivo del quincuagésimo aniversario de su fallecimiento: 4 de Diciembre de 1975 – 4 de Diciembre de 2025]
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Hannah Arendt: el valor de la política [Con motivo del quincuagésimo aniversario de su fallecimiento: 4 de Diciembre de 1975 – 4 de Diciembre de 2025]
Durante años, a la pregunta “¿quién eres tú?”, Hannah Arendt no tuvo otra respuesta que esta: “`una judía´. Al contestar así no hacía referencia a una realidad distinguida por la historia. Sólo reconocía un suceso político a través del cual el hecho de pertenecer a este grupo pesaba más que todas las otras preguntas sobre la identidad personal o más bien las había inclinado hacia el anonimato”. En la denominada “cultura de la cancelación –válganos el oxímoron–, donde acostumbramos a andar enredados en cuestiones identitarias, con demasiada frecuencia reducimos la multiplicidad de aspectos de los que se compone la identidad humana a uno solo que, mira por dónde, se rechaza y condena: “machista”, “feminista”, “fascista”, “comunista”… como antes “judío”, “negro”, “esclavo”, “mujer”… A falta de otros conceptos uno lo llamaría “juicios totalitarios”, cuando la identidad, repito, es múltiple y está en proceso de cambio mientras vivimos, incluso más allá en el caso de que el personaje trascienda la historia.
¿Qué era Hannah Arendt (Linden-Limmer, 14 de octubre de 1906 – Nueva York, 4 de diciembre de 1975), una filósofa, una historiadora, una politóloga, una socióloga, una profesora, una escritora? Probablemente todas estas cosas y bastantes más; en todo caso una pensadora inclasificable que con Virginia Woolf, María Zambrano, Simone Weil, Simone de Beauvoir, Ayn Rand, Germaine Tillion y algunas más brilla entre las figuras femeninas –y no sólo: ¿qué significa esto? ¿Existe lo femenino sin lo masculino y viceversa? ¿Posee sexo o género el pensamiento?– del siglo XX. Incordia a los pensadores de izquierda y a los de derecha. Bien entendida, la democracia no es ni de unos ni de otros, sino un equilibrio reflexivo que se alterna en el poder. Jürgen Habermas la definió como una demócrata radical.
Discípula y durante su juventud amante de Martin Heidegger, su pensamiento no puede situarse sino en las antípodas: mientras que según el autor de Ser y tiempo somos seres para la muerte, para Arendt lo que singulariza a los seres humanos es el incesante renacer de la natalidad con la que se renueva de esperanza la vida; mientras que el pensamiento del maestro es peligrosamente apolítico o, en vista de que en rigor esto es imposible, nacionalista y racista, según el filósofo Julio Quesada, el de ella es profundamente político. A juicio de Ágnes Heller, “Arendt fue la única filósofa representativa que ha mantenido durante toda la vida una adhesión al concepto de lo político y que nunca se vio comprometida en los extremos del radicalismo político” –María Zambrano es otra de esas memorables excepciones–.
Al menos desde 2008 las democracias del mundo padecen una grave erosión que amenaza el futuro de la humanidad, pues aun siendo manifiestamente perfectibles –perfectos sólo son los regímenes donde no es posible la crítica, como en las dictaduras y los Estados Totalitarios–, de las diversas formas de organización social y política es la que defiende y desarrolla valores más en consonancia con los Derechos Humanos. Actualmente en no pocos lugares esto se cuestiona, y no sólo por los jóvenes. Junto con los nacionalismos, incompatibles con el pluralismo democrático, los populismos y extremismos son algunos de los principales desafíos.
Hannah Arendt, que lo padeció en sus carnes, escribió Los orígenes del totalitarismo (1951), que es lo contrario a las democracias, formas de organización social que requieren una división de poderes. Se caracterizan, pues, por pretender un control absoluto sobre todo los aspectos de la sociedad mediante un partido único, un líder carismático, una ideología oficial que no admite críticas y que usa la propaganda, la censura y la violencia del Estado para reprimir a la oposición y controlar a la ciudadanía.
En cambio, las democracias, según Robert Dahl: 1) evitan la tiranía; 2) preservan los derechos esenciales; 3) mantienen las libertades generales; 4) permiten la autonomía moral; 5) la autodeterminación personal dentro de un marco jurídico común; 6) fomentan el desarrollo humano; 7) protegen los intereses personales esenciales; 8) defienden la igualdad política; 9) buscan la paz; 10) y la prosperidad de los ciudadanos y de la comunidad.
Otro de sus conceptos más célebres de Arendt es “la banalidad del mal”, aplicado a Adolf Eichmann, desde 1942 encargado del transporte de judíos a campos de concentración y exterminio en Polonia. En lugar de descalificarlo con designaciones como “enfermo”, “psicópata”, “monstruo”, ella procuraba comprender, lo que no significa justificar. Las ideologías, como el nazismo, anestesian el pensamiento. La banalidad del malvado brota de la ausencia de juicio crítico.
Firme defensora de la polis, “el espacio donde se manifiestan los actos libres y las palabras de los seres humanos, la que puede dar esplendor a la vida”, en esta época de desprestigio intelectual, definió a “una persona culta como la que sabe elegir compañía entre sus semejantes, entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado”. Murió hace medio siglo, sí, pero la vida de su pensamiento nos sigue iluminando en tiempos de oscuridad.
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Sebastián Gámez Millán
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