«Je suis ivre non pas de ce que je connais, je suis ivre de tout ce que je ne connais pas. Ce que je connais est fini, ce que je ne connais pas demeure infini» – Místicas en la Edad Media, o de la simplicidad del alma – I – Virginia Fernández Collado

«Je suis ivre non pas de ce que je connais, je suis ivre de tout ce que je ne connais pas. Ce que je connais est fini, ce que je ne connais pas demeure infini» – Místicas en la Edad Media, o de la simplicidad del alma – I – Virginia Fernández Collado

«Je suis ivre non pas de ce que je connais, je suis ivre de tout ce que je ne connais pas. Ce que je connais est fini, ce que je ne connais pas demeure infini» – Místicas en la Edad Media, o de la simplicidad del alma – I

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«Je suis ivre non pas de ce que je connais, je suis ivre de tout ce que je ne connais pas. Ce que je connais est fini, ce que je ne connais pas demeure infini» – Místicas en la Edad Media, o de la simplicidad del alma – I

I

Por el Año Nuevo esperamos
una nueva estación,
nueva floración
y mucha alegría nueva.
Que viva dichoso
Quien sufre por Amor,
¡pues no escapará!
En su riqueza y poder,
siempre afable y dulce en su acción,
Amor compensa con su dulzura
todas las penas nuevas

Hadewijch de Amberes, El lenguaje del deseo

La Edad Media y la mujer

La época patristica que sentó las bases de lo que sería la Edad media europea va desde la muerte del último apostol de Jesús hasta el año 750 aproximadamente. El nombre patrístico se debe a los Padres de la Iglesia que fueron figuras notables que hicieron una teología en el género literario propio grecorromano. En la patrística se encuentran figuras como San Atanasio, San Basilio, San Cirilo de Jerusalén, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Jerónimo y San Agustín. Hacia el siglo II empezaron a aparecer los primeros tratados de teología con la finalidad de la cristianización del mundo helénico y romano. La herencia de los Padres de la Iglesia es fundamental para la comprensión de la teología y la evolución y doctrinas que se adoptarán en la Edad Media.  La Edad Media va a suceder entre un mundo antiguo y uno moderno. Durante diez siglos, predominará el sistema político, económico y social feudal. Surgirá el Imperio bizantino, el carolingio, el romano germánico y la civilización musulmana. Durante estos diez siglos se puede decir que la sociedad se estancó de cierta manera, por lo que, a veces, ha sido definida como la edad del “oscurantismo” o de las “tinieblas. El término en sí define lo que sucedió entre la Antigüedad y la Modernidad. Su desarrollo fue importantísimo para el desarrollo de épocas posteriores. La Iglesia, por su parte, desarrolló en este tiempo una labor doctrinal. El hábitat de la Edad Media era el campo, la villa o las pequeñas ciudades donde se desarrollaban actividades de comercio y artesanales. Predominaba el pensamiento y transmisión oral. La riqueza intelectual se desarrolló en los monasterios y surgió la universidad donde se estudiaron las artes, la filosofía, la teología, el derecho o la medicina, aunque el pensamiento universitario irá de la mano de las escuelas de teología. La Edad Media va a tener dos períodos definidos: la Alta Edad Media y la Baja Edad Media. En la primera, va a prevalecer lo rural, y en la segunda, la vida urbana y la aparición de la burguesía. En toda esta época fue importante la lucha que libró la Iglesia contra las herejías, o los movimientos del Libre Espíritu. Fue Inocencio III el que otorgó a los dominicos Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, profesores de teología, la potestad de la Inquisición.

En esta difícil época las relaciones entre hombres y mujeres fueron desiguales. La mujer tuvo poca o nula visibilidad. No como había sido en épocas anteriores, por ejemplo, en sociedades como la griega o romana, en la que la mujer tuvo más protagonismo y gozó de cierta igualdad de derechos.  A pesar de que en las Santas Escrituras hay múltiples mujeres importantes y con grandes hechos en su haber, la Edad Media se caracterizó por el silenciamiento en torno a la mujer, quedando relegada a un segundo plano. Estuvo a merced de las decisiones de los hombres y de lo que ellos pudieran considerar. (Pernoud, 1999, p. 89) definió el papel de la mujer en la Edad Media en los siguientes términos:

La mujer es relegada a un segundo plano; ya no ejerce influencia si no es clandestinamente, y se encuentra, sobre todo, excluida de toda la función política o administrativa. Incluso es considerada, sobre todo en los países latinos, incapaz de reinar, de suceder al feudo o al dominio, y finalmente, según nuestro código, de ejercer un derecho cualquiera sobre sus bienes personales.  

La mujer medieval se expresó, a pesar de estar silenciada por el hombre y la sociedad, a través de la poesía, las cartas, o las canciones, entre otros géneros literarios. Véanse, por ejemplo, las cartas de Helosía, los escritos de Hildergarda de Bingen u otros de tantas otras maestras místicas que se han podido conservar.  Esto nos hace ver algo que no debe pasar desapercibido.  Las mujeres tuvieron acceso a la educación (Power, p. 100-101).

En la Edad Media había varias maneras, por lo menos cuatro, mediante las cuales la mujer podía conseguir educación literaria: por medio de la instrucción en colegios conventuales para la nobleza y para las clases superiores de la burguesía; siendo enviadas al servicio de grandes damas donde era posible que tuviesen buena crianza y, sin duda, adquiriesen algunos logros intelectuales; mediante la educación técnica y general que suponía el trabajo como aprendizas o al servicio de una casa burguesa, a la que podían optar las chicas de la clase artesanal en las ciudades: a través de colegios elementales para niñas de clases más pobres en la ciudad y el campo.

Las mujeres místicas narrarán en sus textos, poniendo de manifiesto su intelectualidad y su formación, su amor apasionado y su deseo de Dios. Narrarán las experiencias místicas que las lleva a conocer a Dios a través de su cuerpo, expresarán dolor, sufrimiento, belleza, ausencia y presencia de lo divino. Cada una de ellas, a través de su experiencia plasmará sus sentires más profundos a través de los textos cuya fuente de inspiración fueron las Sagradas Escrituras. Por otra parte, las trobairitz, especialmente en el S. XIII, fueron las mujeres que en lengua occitana cantarán versos de amor dedicados a caballeros, trovadores u otras mujeres, nunca a sus maridos.

El concepto de mística

La mística cristiana se puede entender como “el acogimiento” del misterio, la representación de Dios en el ser humano. Se es místico si se vive en libertad y se posee un espíritu despojado. Margarita Porete define las almas místicas como aquellas que son capaces de: “Vivir en libertad de caridad, pues se han desasido de todo” (2005, p. 110).  La mística se puede entender como una experiencia que el ser humano tiene con Dios, se da en el interior de uno, en una profundidad al que no todo ser llega, este lo identifica, reflexiona sobre ello y después lo comunica, bien de modo oral o por escrito. Los grandes místicos, que desde el S. XII ponen en valor su experiencia por escrito, han sido algunos de los que se tratarán en el presente artículo, tales como Hildegarda de Bingen, Hadewijch de Amberes, y Margarita Porete que destacan en el movimiento laico denominado begardos y beguinas, a estas seguirá Santa Teresa, que no será tratada en este estudio. Esta última vivió en el S. XVI e inmortalizó la mística cristiana, nos dejó una experiencia de unión y amor con Dios, a través de diálogos, poemas de amor y consejos. Santa Teresa afirmó que el camino de la perfección está en la capacidad de hablar con Dios. (Santa Teresa, 2009, p. 425):

Pues todavía quiero, hijas, declarar- como lo he oído platicar, o el Señor ha querido dármelo a entender, por ventura para que os lo diga- esta oración de quietud, adonde a mí me parece comienza el Señor, como he dicho, a dar a entender que oye nuestra petición y comienza ya a darnos su reino aquí, para que de veras le alabemos y santifiquemos su nombre y procuremos lo hagan todos.

Si pensamos en la pureza del alma, elemento fundamental para poder acoger a Dios, no nos podemos olvidar de los amantes del Medievo Abelardo y Heloísa que después de su desgracia, vivirán en la pureza de la palabra y de la carne. (2007, p. 91).

A su señor o, mejor, su padre;
A su esposo o, mejor, su hermano;
Su servidora o, mejor, su hija;
Su esposa o, mejor, su hermana;
A Abelardo,

Heloísa

Afirma, sin embargo, Simone Weil que no puede haber contacto personal entre el hombre y Dios si no es a través de un Intermediario, sostiene que fuera de esto la presencia de Dios en el hombre no puede ser sino grupal. En sus palabras (2007, p. 198): “No puede haber contacto personal entre el hombre y Dios si no es a través de la persona del Mediador. Fuera del Mediador, la presencia de Dios en el hombre no puede ser sino colectiva, nacional”. Y después afirma “El hombre que tiene contacto con lo sobrenatural es por esencia Rey, porque él constituye la presencia en la sociedad, en forma de lo infinitamente pequeño, de un orden trascendente en lo social.

Miguel de Molinos escribirá la Guía espiritual, editada en 1974 por Valente, como búsqueda de la nada y del desasimiento. A este místico nacido en Muniesa (España) le costó, como antes a Margarita Porete y a muchos otros, un juicio frente a la Inquisición y la cárcel donde murió el 28 de diciembre de 1696. Así en su guía nos mostrará el camino para llegar a Dios. Dirá: (Zolla, 2000, p. 371)

Por el camino de la nada has de llegarte a perder en Dios, que es el último grado de perfección, y si así te sabes perder, serás dichosa, te ganarás y te acertarás a hallar. En esta oficina de la nada se fabrica la sencillez, se halla el interior e infuso recogimiento, se alcanza la quietud y se limpia el corazón de todo género de imperfección. ¡Oh, qué tesoro descubrirás si haces en la nada tu morada!

Así, como podemos ver, la experiencia mística va a ser un diálogo con Dios, una experiencia que va a ser difícil de expresar o, siquiera de pensar. Muchos de los místicos que escribieron sobre sus experiencias místicas fueron perseguidos y condenados por la Inquisición.

Las beguinas

Las beguinas son mujeres que vivieron en la Edad Media, entre finales del S. XIII y principios del XIV. Fueron mujeres laicas que desarrollaron una profunda vida espiritual. Extendieron el movimiento en los Países Bajos, aún hoy en día se conservan algunas de las casas donde vivieron. La particularidad de estas mujeres en la sociedad medieval es que rompen esquemas, pues se construyen con el rol de personas que hacen teología al hablar de Dios y de la experiencia con Dios, cosa que tuvo un gran impacto, primero por ser mujeres, y segundo por atreverse a hablar en primera persona sobre su experiencia mística o experiencia con Dios, algo que siempre levantó sospechas.

Vivían organizadas en comunidades llamadas “beguinatos”. Hacían labores sociales y escribían en su lengua, en lugar de en latín. No estaban sujetas a reglas monásticas, pero tenían, en principio, buena relación con la institución eclesiástica. Interpretaban la Biblia y la enseñaban. Su concepción del mundo libre las hizo ser consideradas, en algunas ocasiones, como herejes y a veces simpatizantes de los Hermanos de Libre Espíritu. Se hizo una llamada de atención sobre su forma de predicar la religión, pero no se las inhabilitó.

Lamentablemente, el Concilio de Viena, en 1312, dirigido por Clemente V, dictó que su modo de vida debía de ser prohibido y excluido de la Iglesia, ya en 1310, la beguina Margarita Porete había sido quemada en la hoguera. Muchas de ellas corrieron la misma suerte. En el Concilio de Viena, “Regnans in coelis”, podemos leer en el Decreto 16:

Las mujeres comúnmente conocidas como beguinas no prometen obediencia a nadie, ni renuncian a las posesiones, ni profesan ninguna norma aprobada, no son religiosas en absoluto, a pesar de que llevan el traje especial de beguinas y se adhieren a ciertos religiosos hacia los que tienen una atracción especial. Hemos escuchado de fuentes confiables que hay algunas beguinas que parecen estar dirigidas por una locura particular. Sostienen y predican sobre la Santísima Trinidad y la esencia divina, y expresan opiniones contrarias a la fe católica con respecto a los artículos de la fe y los sacramentos de la Iglesia. Estas beguinas así atrapan a mucha gente sencilla, llevándolos a varios errores que generan numerosos otros peligros de las almas bajo el manto de la santidad. Con frecuencia hemos recibido informes desfavorables de su enseñanza y justamente se miran con recelo. Con la aprobación del Sagrado Concilio, se prohíbe permanentemente su modo de vida (…), se prohíbe a estas y otras mujeres, bajo pena de excomunión, que sigan enseñando (…), aun cuando la comisión las aprobó hace mucho tiempo.

A partir del S. XVI no se volverá a hablar de las beguinas.

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Virginia Fernández Collado


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