Los sabores de la literatura. Las cocinas literarias, a través de las narraciones de las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX – Literatura y gastronomía en la Edad de Plata – I – Gloria Jimeno Castro

Los sabores de la literatura. Las cocinas literarias, a través de las narraciones de las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX – Literatura y gastronomía en la Edad de Plata – I – Gloria Jimeno Castro

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Los sabores de la literatura. Las cocinas literarias, a través de las narraciones de las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX – Literatura y gastronomía en la Edad de Plata – I

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Los sabores de la literatura. Las cocinas literarias, a través de las narraciones de las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX – Literatura y gastronomía en la Edad de Plata – I

Cuando se pasea por el centro histórico de las ciudades de España, por sus pueblos más señalados, debido a su importancia artística, por haber sido protagonistas de grandes acontecimientos a lo largo de los siglos, o por ser mero marco desarrollador de obras de gran relieve como, por ejemplo, de Don Quijote de la Mancha, se acaba haciendo una parada protocolaria en los mesones, tabernas o tascas centenarios del lugar, deseando degustar los platos que alimentaron a nuestros bisabuelos y tatarabuelos, y a todas esas generaciones que nos precedieron.

La comida, las viandas son también tradición, una seña de identidad de un pueblo y una nación, son una herencia que pasa de generación en generación, con recetas preservadas minuciosamente en la memoria de las familias, y que forman parte de nuestra vida, de nuestra historia y de nuestra literatura. Tal es su importancia que en las obras más destacadas de nuestras letras siempre hay una cita, una alusión a los gustos y preferencias gastronómicas de los personajes literarios, como reflejo de la realidad de la España que se traza en esas páginas.

En  Madrid hay tabernas y mesones centenarios, que me consta, frecuentaron mis abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, y al visitarlos, me conmuevo pensando en que estoy pisando en un mismo centímetro en que posaron sus pies mis antepasados, siento que por una centésima de segundo nos fundimos todos en un mismo ser y conectamos. Y, claro está, deseo probar aquellos sabores centenarios que ellos degustaron allí mismo.

Cuando viajo por pueblos de la Mancha, igualmente, me siento llamada a emular al más célebre de nuestros caballeros andantes, y a probar viandas referidas y detalladas por Miguel de Cervantes, que fue un gran viajero, y quien realmente degustó y disfrutó los platos a los que hacen mención don Quijote y Sancho.

Y es que nadie puede negar, que la literatura despierta con sus descripciones, emociones, mas también, sensaciones, sabores, olores, y obviamente, nuestra curiosidad de experimentar todo aquello que se refiere en esas páginas memorables de nuestros autores. Por todo ello, no faltan estudios sobre este particular, y me parece relevante detenerse a analizar, a partir de nuestras obras literarias, testimonio de una España real e histórica, su gastronomía, dado que nuestros gustos y preferencias culinarias también construyen nuestra esencia.

La vida y muchas escenas y obras de nuestra literatura se desarrollan alrededor de una comida compartida en familia, con amistades, o vecinos en los pueblos y zonas rurales; ventas, tabernas y fondas constituyen el escenario de la trama de numerosas novelas españolas, como reflejo de la vida que fluye alrededor de una mesa con productos gastronómicos de España.

A raíz de haber realizado una tesis sobre una colección de novelas de 1914-1916, analicé no sólo aspectos literarios, sino que me detuve en los usos y costumbres, incluyendo, claro está, la gastronomía. 

Si bien, existen libros y artículos que abordan estos aspectos, en mi investigación me limité a detallar la gastronomía que figuraba en los relatos de la colección por mí estudiada, así como a tomar nota de lo que la gente real de esa época comía en la España de 1914 a 1916.

Partiendo de mi análisis e investigación, llevada a cabo durante años de los relatos de la colección titulada  La Novela de Bolsillo, donde cada semana se publicaba la novela breve de un autor español, detallo cuáles eran los alimentos que los españoles consumían y compraban diariamente en los mercados y tiendas de comestibles, cuáles eran sus hábitos en materia de alimentación [1].

Unas informaciones que nos llevan a inferir que, a pesar de haber transcurrido un siglo desde entonces, apenas han variado los gustos y las costumbres de los españoles en cuestiones gastronómicas [2].

Transcribamos, pues, como prueba, los datos recopilados, así como las citas que acreditan este aserto.

Las comidas más copiosas, más variadas y pantagruélicas eran aquellas con que se agasajaba a los habitantes de los pueblos y a los forasteros durante las fiestas patronales.

En el relato titulado Un ángel patudo (n.º 17) de Pedro de Répide, se explica en qué consistía el banquete preparado por las mujeres del pueblo de Valflorido para los festejos celebrados en honor de la Virgen de la Azucena.

La descripción de los ingredientes empleados por las afanadas pueblerinas para confeccionar el menú de aquel día grande del lugar, por momentos nos lleva a recordar las ingentes cantidades de alimentos devorados por aquellos personajes de François Rabelais, ciclópeas criaturas cuyos nombres se hicieron universales: Pantagruel y su padre Gargantúa.

Cuatrocientos de huevos van a traerme ahora mismo, y anoche mataron ya las dos terneras que han de consumirse aquí, amén de otras friolerillas. Si viera usted los canastos de truchas que van a llegar aquí dentro de una hora. ¿A usted le gustan las natillas? Habrá para bañarse en ellas con las que van a hacer. Pues, ¿y el arroz con leche? Ya verá usted que barreños llenamos (p. 57).

En la novela que lleva por título La Casablanca (n.º 59) se refiere que don Manuel, gran hacendado de Olvera, para celebrar el nacimiento de su hijo varón organizó un gran festín, en el que se sirvieron sus mejores vinos, aquellos caldos obtenidos de sus fértiles viñas, sus más jugosas olivas, así como los mejores productos de su granja: “Festejó el acontecimiento matando  el mejor cabrito y retorciendo el cuello a la más pinturera gallina de sus corrales…” (p. 25).

Los pastores presentados en las páginas de la colección, según lo manifestado por los autores en las novelas que retratan el mundo del campo, solían alimentarse con un plato muy típico, las migas, con el cual estas gentes trashumantes aprovechaban el pan duro acumulado para satisfacer su estómago durante los días que durara su éxodo. Al pan le añadían tropezones, restos de los productos de la matanza del cerdo que llevaban en el zurrón, para de este modo aportar grasas al cuerpo y resistir mejor los fríos de la montaña. Durante el verano, el gazpacho era el alimento básico de cabreros y ovejeros, elaborado con las verduras recogidas de sus huertos; y que, amén de permitirles reponer con su ingesta energías, les refrescaba.

A los señoritos madrileños de fino paladar les entusiasmaban estos manjares de campesinos y pastores, tal como se revela en Las mujeres fatales (n.º 16) de Cristóbal de Castro. A estos aristocráticos forasteros les resultaba una aventura excitante degustar los mismos platos que los rústicos campesinos:

  • Almorzaremos en la fuente del Zarzal, bajo los nogales. Tú, Salomé ¿no tenías capricho de comer migas?
  • Sí, hijo, sí. Me despepito por las migas. No las he probado nunca, pero me despepito […]
  • Pero señorito, si las migas son en invierno, cuando la molienda. Ahora lo que pega es el gazpacho… To lo más, to lo más, alargándose mucho, un salmorejo (p. 18).

En el festejo que organizan los personajes trianeros del relato de Gloria de la Prada, titulado El encierro (n.º 86), para conmemorar la llegada de la primavera degustan, amén del vino de la tierra y algunas sabrosas frituras, los dulces más típicos de Sevilla: los pestiños.

Doña Eduvigis pasa toda la mañana amasando, friendo los dulces sevillanos,“pues no podía faltar la fuente de pestiños” (p. 48), con la que obsequiar a sus visitas, y, sobre todo, a los invitados más pequeños y golosos.

Los jóvenes burgueses de Europa tiembla… (n.º 35), originarios de Bilbao, mostraban preferencia a la hora de pedir su comida por los platos de la tierra, por los variados pescados capturados en las aguas del vecino Mar Cantábrico. “Se bebía tan buen chacolí y se tomaban buenas rajitas de merluza frita” (p. 38), que estos jóvenes intelectuales no paraban de repetir, de demandar a los camareros que les llenasen nuevamente sus platos con este suculento producto del mar.

En otras ocasiones, se decantaban por un menú no menos exquisito, por “una buena bacalada rústica capaz de tumbar de espaldas a un ser más ahilado y anímico que Weissmartz” (p. 30).

Para hacer la digestión de tan pesados platos, estos bilbaínos optaban por trasladarse a la terraza del restaurante del casino. Allí charlaban mientras tomaban “una copa de kummel o curaçao y arrojando al aire espirales de humo de un habano caro” (p. 30).

Un caballero adinerado como Manzanares, quien figura en el relato De rositas de Díez de Tejada (n.º 56), alardeaba de ser un sibarita, de poseer un paladar muy selecto, de ahí que derrochara su capital comprando exquisitas viandas en los establecimientos más escogidos de la capital. No es de extrañar, por esta razón, que Clara, modesta muchacha de los barrios bajos, a la que este joven conquistador invita a su casa para probar algún plato, crea estar degustando el manjar de los dioses paganos, del que tanto se hablaba en los libros. Delicias como aquellas con las que le agasajaba su conquistador, jamás las había visto ni probado, ni tan siquiera imaginado, esta garbosa madrileña:

Todo le chocaba a la cendolilla; lo mismo las lonjas de los cerditos dulces, que los luquetes de embuchados alemanes, rosados, grises, negruzcos, carminosos… picantillos todos, todos salados, agujitas buenas para enhebrar vino…

Las galletas de mil formas, unas que sabían a limón, […] otras, a fresas de Aranjuez; otras a madera, acaso la del cajón pues no conocía ella la vainilla. Rico era el aroma de Jerez, que entonaba el estómago, y que Clarita creía que solo se le daba a los enfermos, por dentro, a cucharaditas, en el caldo; y, por fuera, mojando bizcochos para reparos… Y no digo nada de espuma aquella del champán […] ¡Qué cosas comen y beben los ricos! (p. 31).

En refinados tés de la capital, como el celebrado en casa de las protagonistas de la novela Los ladrones y el amor de Hoyos y Vinent (n.º 2), al que concurrían condesas, marquesas y baronesas muy cosmopolitas, la mesa aparecía surtida de los mejores dulces de las confiterías madrileñas.

Las amistades de estas damas acudían “en tropel […] a comerse de paso las ensaimadas y las lenguas de gato que, con fastuosidad digna de Trimalción, había adquirido el señor Faldilla” (p. 46).

La protagonista de El despertar de Brunilda (n.º 97) prefería, en cambio, acompañar el té con unos dulces franceses: “y mientras yo preparaba el té y untaba de mantequilla los brioches…” (p. 41).

Los pequeños de la familia para merendar preferían el chocolate, sus rostros se iluminaban de entusiasmo cuando las madres les daban, como hacía la protagonista de Maternidad con su hijo, “unas sopas de chocolate” (p. 53).

A los madrileños noctámbulos que gustasen de una buena taza de chocolate podían degustarla en Fornos, según se advierte en La última querida (n.º 65) de Francisco Flores: “Desde poco después de medianoche hasta las primeras luces de la aurora […] unos iban a cenar; otros más modestos, a tomar chocolate o café…” (p. 26).

Domingo de Carvajal, el modesto y morigerado profesor de Santa Cigüeña, mártir (n.º 46) acostumbrado a realizar comidas frugales, a saborear platos humildes y castizos como “una ración de judías con rabo” (p. 58), a no probar el alcohol y beber únicamente té inglés; cuando se convierte en un nuevo rico sustituye las nutritivas legumbres de las tierras castellanas por fiambres franceses, por caros mariscos regados con “sauternes y moet & chandon”(p. 42).

La tacita de té que todas las noches paladeaba en el café de camareras para pasar un rato junto a Lolín, a partir de entonces es remplazada por “capazos de aguardiente”, por sibaritas limonadas, puesto que compraba “perlas buenas para disolverlas en una copa de zumo de limón” (p. 54), que luego libaba con complacencia.

Las gentes más humildes, a tenor de lo comprobado en la colección, solían alimentarse diariamente a base de cocina de puchero; preparaban, sobre todo, legumbres como garbanzos, especialmente los madrileños, lentejas y judías, al ser comestibles relativamente asequibles para todos los bolsillos.

La adivina madrileña de La sibila de Juanelo (n.º 14) de Fernando Mora, siente predilección por la “bolsa de garbanzos de los tenderos de Mesón de Paredes”, toda vez que “son como manteca, los como cuasi todas las noches” (p. 8) con “un Rute completamente revolucionario” (p. 9). Su vecina prefería “una fuente de judías” (p. 32) para la comida del mediodía, en tanto que los miembros del círculo republicano solicitaban al cocinero “cerveza alemana, brebaje antipatriótico, y las judías antihigiénicas y flatulentas” (p. 48).

Si había que realizar un largo viaje en tren, los viajeros podían comer los platos ofertados en el coche-comedor, donde los más demandado eran los cafés con bocadillos de tortilla de patatas; o bien bajar de los vagones durante las paradas realizadas por el tren, al objeto de aprovisionarse de embutidos en las cantinas de las estaciones, tal y como se aprecia en La Casablanca (n.º 59):

En el comedor, los camareros parecían ejecutar juegos malabares; los platos en sus manos tenían movimientos rotativos.

  • Tortilla para el señor.
  • ¡Café aquí!
  • ¿Qué desea?

Los viajeros asemejábanse a los pavos en lo de engullir sin masticar. Sobre una bandeja, que uno de los mozos asomaba por entre las cabezas de los comensales, se imponía el precio de los almuerzos. Algunos –hombres y mujeres–, de mayor parsimonia, una vez provistos de fiambres en la cantina, marchábanse a sus coches, para una vez allí, con toda tranquilidad, satisfacer las necesidades de sus estómagos (p. 51).

Los viajeros más precavidos traían preparado el almuerzo desde su lugar de partida, sacaban “de su alforja un chorizo y un trozo de pan moreno y comenzaba una ardua tarea de incrustación de ambas materias alimenticias” (p. 48). Vicente Díez de Tejada crea, incluso, un verbo para definir a esa actividad, a la que se dedicaban los españoles en los trenes, cuando llegaba la hora de la comida. Este verbo de propia invención era tortillear, así nos lo relata en El reservado de señoras (n.º 43):

Y para cenar tortilleó igual que Weyler, demostrando al hacerlo una gran práctica; brindándonos obsequiosos con el pringoso condumio, prisionero como una ostra en sus valvas, entre las dos mitades de un penecillo y envuelto todo ello en un mugriento periódico ilustrado… (p. 35).

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Gloria Jimeno Castro

Doctora en Lengua Española y sus Literaturas

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Notas al texto

[1] Consúltese mi tesis Gloria Jimeno Castro: La Novela de Bolsillo (1914-1916), una colección literaria de transición. Leída en la Universidad Complutense de Madrid el 1 de febrero de 2021.

[2] Sobre este asunto nos resulta de suma utilidad para añadir algunos apuntes y comparar, las informaciones recopiladas en José del Corral, Ayer y hoy de la gastronomía madrileña, Madrid, El Avapiés, 1992.

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