Parole, parole, parole… [Catulo contra Calímaco] – Santiago Blanco del Olmo

Parole, parole, parole… [Catulo contra Calímaco] – Santiago Blanco del Olmo

Overview

Parole, parole, parole… [Catulo contra Calímaco]

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Papyrus fragment of Callimacus’ Aetia [II CE – P. Oxy. XI 1362] [Source: B.P. Grenfell & A.S. Hunt, The Oxyrhycnhus Papyri: Part XI. Plate IV – London: The Egypt Exploration Society, 1915]

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Parole, parole, parole… [Catulo contra Calímaco]

A Sagra Gómez Huete

Es de todos conocido que Catulo se influyó en el epigrama 25 de Calímaco para escribir el célebre poema 70 de sus Poesías. Quisiera analizar la estructura de ambos poemas en este escrito así como dar noticia, además de sus concomitancias, de sus profundas diferencias, como corresponde a dos poetas de diversa mentalidad y pertenecientes a culturas distintas. Por último, deseo aportar mi punto de vista acerca del valor de la originalidad en la Antigüedad.

  Veamos en primer lugar el epigrama de Calímaco:

Ὤμοσε Καλλίγνωτος Ἰωνίδι μήποτ’ ἐκείνης
ἕξειν μήτε φίλον κρέσσονα μήτε φίλην.
ὤμοσεν. ἀλλὰ λέγουσιν ἀληϑέα τοὺς ἐν ἔρωτι
ὅρκους μὴ δύνειν οὔατ’ ἐς ἀϑανάτων.
νῦν δ’ ὁ μὲν ἀρσενικῷ ϑέρεται πυρὶ, τῆς δὲ ταλαίνης
νύμφης ὡς Μεγαρέων οὐ λόγος οὐδ’ ἀριϑμός.

(El oráculo de los megarenses fue una consulta en Delfos en la que los megarenses preguntaron al dios cuál era la ciudad más importante de Grecia, pensando que tal honor les correspondería a ellos. La Pitia empero respondió que ellos no eran los terceros en importancia, ni los cuartos ni los duodécimos.)

A continuación ofrezco mi traducción del epigrama: “A Jónide juró Calígnoto que jamás tendría amigo o amiga mejor que ella. Juró, pero dicen verdad cuando afirman que los juramentos de amor no penetran en los oídos de los inmortales. Ahora éste se abrasa de pasión por un efebo y de la pobre, como de los megarenses, no hay cuenta ni consideración.”

Se trata de un epigrama que consta de tres dísticos elegíacos y que se estructura en tres partes; la primera, el primer dístico, nos expone el juramento que un tal Calígnoto (“Conocido por su belleza”) hace a Jónide de amarla siempre y de no preferir nunca a nadie antes que a ella. El nombre de Jónide es un gentilicio de Jonia, y era frecuente entre los antiguos llamar a los esclavos por su país de origen, de manera que bien podría tratarse de una esclava o liberta. El segundo dístico, que coincide con la segunda parte del poema, comienza con la anáfora del verbo ὤμοσεν, que en su repetición no hace sino poner en tela de juicio el aserto del primer dístico. En efecto, poco después, tras la adversativa ἀλλά, afirma que los dioses no tienen en cuenta estos juramentos amorosos. Es de reseñar aquí que el poeta Ovidio en la elegía VIII de su libro primero de los amores, versos 85-86, viene a decir otrotanto:

“Nec, siquem falles, tu periurare timeto,
Commodat in lusus numina surda Venus.”

Traduzco al castellano: “Y, si engañares a alguien, no temas tú cometer perjurio, pues Venus hace a los dioses sordos en este tipo de juegos.”

En esto de que dé lo mismo engañar a alguien en cuestión de amores se muestran igual de cínicos el de Cirene y el de Verona.

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En el último dístico, que es a la vez la tercera parte del poema, el protagonista se apasiona por un chico y se olvida de la pobre Jónide, no dándosele un ardite de su persona. Es una composición anular en la que el final contrasta y anula lo dicho en el primer dístico. El poema cierra dejando un aura de humor al comprobar que el enamoradizo perjuro ha optado ahora por un muchacho. Recordemos por un instante que nos hallamos en la Alejandría del siglo III a. C. donde la bisexualidad y la homosexualidad, bajo algunas condiciones, no está mal vista. Hemos de tener en cuenta así mismo que la mayor parte de la producción lírica griega amorosa se dedica a los amores homosexuales.  Pero con todo, yo creo que la elección de un muchacho en el texto que nos ocupa no hace sino aportar un plus de distanciamiento y de frivolidad a la conclusión del poema.

El epigrama comienza con una afirmación rotunda y taxativa que parece ir difuminándose gradualmente; en primer lugar, con la consideración de que los dioses no atienden a los juramentos de los mortales cuando son de amores. Por último, el mismo que juraba amor eterno (así, en aoristo de indicativo, aspecto acabado y acción real) se encapricha ahora de un efebo (en tiempo presente de indicativo medio). Y todo este cambio se nos narra con tal brevedad, casi telegráfica, que se nos da a entender que el tránsito de los amores de Jónide a los del efebo ha sido raudo. Todo ello provoca la sonrisa del lector, que se sitúa en un ambiente lúdico de una superficialidad cortesana. La idea de un amor únicamente heterosexual y con pretensión de durabilidad es propia de otras sociedades. En la ciudad de Calímaco pareciera, antes bien, que cuadrase al poeta estar a menudo enamorado, ya sea de mujer, ya de varón, y que este comportamiento promiscuo estuviese bien visto, es decir, que entrase a formar parte de la elegancia, de la nonchalance del modus vivendi alejandrino: un mundo culto que no parece tomarse nada demasiado en serio.

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Clodoveo Barzaghi, con l’assistenza dello scultore Pompilio Villarubbia Norri – Monumento a Gaio Valerio Catullo [Piazza Giosuè Carducci – Sirmione – Brescia – Lombardia – Italia] [Fonte: https://wanderlog.com/es/place/details/6745488/monumento-a-gaio-valerio-catullo]

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Pasamos a continuación al poema de Catulo, en concreto al epigrama 70 de sus Carmina, doscientos años aproximadamente posterior al poema de Calímaco. Catulo era un poeta neotérico romano de la primera mitad del siglo I a. C. que tenía a Calímaco como maestro y que pretendía introducir las características de la poética alejandrina en las letras del Lacio.

“Nulli se dicit mulier mea nubere malle
Quam mihi, non si se Iuppiter ipse petat.
Dicit: sed mulier Cupido quod dicit amanti
In uento et rapida scribere oportet aqua.”

En mi español queda como sigue:

“Mi amada me dice que ella no querría casarse con ningún otro que no fuera yo, aunque se lo pidiera el mismísimo Júpiter. Dice: pero lo que dice una mujer a su deseoso amante debería escribirse en el viento y en el agua que corre.”

Lo primero que observamos, ateniéndonos a la forma, es que aquí el de Verona escribe tan sólo dos dísticos elegíacos que vamos a dividir en dos partes. Al igual que sucedía con el epigrama de Calímaco, las partes en que se divide la estructura formal se corresponden con los dísticos, sólo que el latino escribe dos donde el griego escribía tres.

En la primera parte se nos dice que su amada Lesbia le hace a él mismo, es decir, al poeta,  una promesa de amor e incluso de matrimonio (nubere es verbo que se usa en latín para casarse las mujeres, siendo así que los hombres utilizan la expresión uxorem ducere), afirmando que no querría substituirlo ni siquiera por Júpiter, padre de dioses y hombres y divinidad más importante del panteón romano. A la narración en tercera persona del epigrama griego, que nos habla de dos personajes desconocidos a quienes no se nos describe, la sustituye un texto latino con un protagonista masculino que es el propio poeta Catulo, mihi, que trata a su amada de mea mulier; y resulta que sabemos que esa mujer amada es Lesbia, sinónimo de Clodia, mujer destinataria de un número importante de poemas de la colección de Catulo en los que se nos describe una relación amorosa desde el principio, pasando por multitud de gozos y sinsabores hasta su distanciamiento final. Por otro lado la elección del dios Júpiter como hipotético candidato a una boda con la mujer que el poeta ama, en palabras de ella, se nos antoja como fuente de oscuros presentimientos. Todos los amantes de la mitología saben que dicho dios era un picaflor despreocupado por todo tipo de fidelidad, que se encaprichaba de todas las hembras que veía, ya fueran mortales o inmortales. Con Catulo entramos en el terreno de lo personal.

En el segundo dístico (que empieza con la repetición del verbo dicit y al que sigue la conjunción coordinante adversativa sed) se nos hace una consideración amarga de tintes melodramáticos y pretensión de aforismo, mediante la cual se nos pone en duda, o mejor se desdice, lo afirmado en el primero: las palabras de amor de una mujer son en absoluto fútiles. Y con este rasgo de misoginia termina el poema, no siendo necesario nada más. En efecto, la mala experiencia de Catulo con la fidelidad de Lesbia, que conocemos por otros poemas, torna innecesaria la incorporación de un tercer dístico que contradijera la taxativa afirmación del primero. Todo esto, incluida la reticencia, consigue crear una tensión en esos cuatro versos que deja un regusto amargo en el lector, algo de trágico. Nada de frívolo o chistoso asoma aquí como en el poema de Calímaco.

¿Qué cosas son las que coadyuvan a enmarcar el poema LXX de Catulo en un ámbito de tristeza? Tal vez la ruptura de la fides, es decir, la confianza mutua o la lealtad, esa relación cuasi sagrada que anhelaba Catulo tener con su amada y que se refleja en el verbo nubere del primer verso con todas las connotaciones religiosas que ello conlleva. Parece evidente, por lo que sabemos, que para Lesbia nunca hubo voluntad de concebir su affaire con Catulo más que como una aventura más, siendo a la vez imposible que fuera de otro modo, pues ella era una aristócrata de la estirpe de los Claudios, además de estar ya casada con Mesala, mientras que Catulo era un chico de provincias menor que ella en edad y que tan solo descollaba por su destreza en el  trovar. Pero Catulo siempre se imaginó que esa relación suya con Lesbia tenía rango de matrimonio, de la misma manera que la Dido del libro IV de la Eneida se imaginaba lo suyo con Eneas en términos de himeneos (bodas), unos himeneos que se celebraron extraoficialmente en la cueva, y que al igual que Catulo, nunca pudo admitir ni comprender que el troyano zarpara en busca de su propio destino y la abandonara. Sabemos el triste fin de Dido y así también respiramos un aura de tragedia en las palabras de Catulo.

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Claude Gellée dit Le LorrainVue de Carthage Didon et Énée de chasse [1676 – Hamburger Kunsthalle – Hamburg – Deutschland]

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Frente al poema de Calímaco hay algunas variaciones relevantes; el de Cirene no menciona nada sagrado ni sacramental en la relación de Calígnoto con Jónide, por otro lado se nos dice cínicamente en el segundo dístico que los dioses no prestan atención a los juramentos de amor de los mortales, es decir, que está permitido mentir en el amor. Catulo en cambio afirma que son las palabras que una mujer dice a su enamorado las que carecen de firmeza y de fiabilidad, y dice específicamente “una mujer”, mulier, es decir, que todas las mujeres son perjuras en el amor como Lesbia. Pareciera este epigrama más bien cruce entre queja y arrebato misógino, más propio de un adolescente contrariado en amores que de una persona adulta. Es curioso que en el poema de Calímaco el perjuro sea un varón, mientras que en el del latino es una mujer. Tampoco especifica el epigrama LXX si el distanciamiento creado entre Lesbia y él ha sido debido a la intromisión de otros amantes, como sí ocurre en Calímaco. No era necesario. Cualquier lector culto tendría conocimiento del modelo calimaqueo y daría por sentado ese tercer dístico que el latino omite. Los lectores de Catulo, además, sabían cabalmente el desenlace de la historia de los amores de Lesbia que el propio poeta narra en sus Carmina, en ocasiones de la manera más grosera (vide poema LVIII), y eran por tanto sabedores de esas infidelidades.

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Gaius Valerius Catullus – Carmina [ca. 1475 – MS in Latin on vellum – Padua – Italy / XIXth Century – Blindtooled russia gilt, sewn on 5 cords, by Charles Lewis – England] [The present MS was probably written by Bartolomeo Squara for his own use. It is the only known Catullus in private ownership] [Source: https://www.schoyencollection.com/literature-collection/classical-roman-literature-collection/catullus-carmina-ms-586]

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Acerca de la originalidad en las literaturas antiguas

La poesía romana no es sino un conjunto de variaciones de un mismo motivo tradicional establecidas entre un texto poético (texto) y otro anterior (pre-texto) que goza de prestigio y que le sirve de modelo. Se trata de un guiño cómplice e inteligente dirigido al lector u oyente del texto poético más reciente, quien al punto lo identifica y lo relaciona con el pre-texto del que toma su forma. Sin embargo el significado del texto nuevo varía en relación con el de su modelo y puede llegar a provocar en el lector u oyente un extrañamiento, como sucede al comprobar, valga como ejemplo, que unos acordes musicales comunes den lugar a melodías diferentes. La diferencia entre texto y pre-texto puede ser patente o puede permanecer casi oculta, puede basarse en matices o ser sustancial, con amplificatio o con reductio, pero siempre habrá una clave en el texto que nos permita relacionarlo con su pre-texto, una especie de clau provenzal del trobar clus. En el caso del poema de Catulo la clave escogida es la repetición del verbo dicit, que refleja el griego ὤμοσε de Calímaco, y la conjunción coordinante adversativa sed detrás del segundo verbo, reflejo a su vez de ἀλλά. A esto se une por supuesto lo parecido del tema y del metro elegido para exponerlo, los dísticos elegíacos.

A partir del momento en que establecemos esa relación en sendos textos, disponemos ya, en nuestra memoria de lectores cultos, de muchos datos que el poema secundario no tiene por qué repetir. El poeta del nuevo texto tiene así una manera de decir no diciendo, y esta reticencia o economía del lenguaje redunda en su elegancia. Así comprobamos que el poema de Calímaco tiene seis versos, donde el de Catulo necesita tan sólo cuatro.

No hay por lo tanto motivos originales en la poesía helenística y romana, todo lo más hay reelaboraciones o mutaciones de un conjunto de motivos sancionados por la tradición, que consiguen crear nuevos matices y abrir sensibilidades nuevas. La originalidad en un poeta romano se cifra en el conocimiento e imitación de toda la literatura anterior griega y romana, eso que con palabras de G. Highet llamamos la tradición clásica. Esta tradición o cadena se puede continuar sine fine, de esta manera el texto de Catulo se convierte en pre-texto de un soneto que Lope de Vega incluye en su Arcadia, en concreto en el libro tercero donde el pastor Brasildo canta:

“Merezca yo por tus graciosos ojos
Que de los míos, dulce Tirsi, creas
Aquestas puras lágrimas, y seas
Templado en el rigor de tus enojos.
La arena y hierba en áspides y abrojos
Se me convierta cuando tú me veas
Mis plantas ocupar en obras feas,
O por necesidad o por antojos.
Fálteme el bien, y el mal me venga junto,
Si en el mudar mi firme pensamiento
Engaño contra ti mi pecho fragua.”
Esto juraba Alcida; Tirsi al punto
Hizo de aquella fe testigo al viento,
Y escribió las palabras en el agua.

La tesis de Gordon Williams en su magistral Tradition and originality in roman poetry es precisamente ésa, que ni tan siquiera las descripciones del paisaje o de la naturaleza se hacían a partir de una contemplación directa, como pintaban sus cuadros los impresionistas, sino que beben de textos clásicos anteriores. Así la tormenta que sufren Eneas y su escuadra en el libro I de la Eneida no es sino un trasunto de Odisea VI, y el resultado es brillante, aunque poco realista, pues si la tormenta homérica está justificada por la zona marítima que Ulises atravesaba con su almadía en ese preciso momento, la confluencia de los mares Jónico y Adriático, con un estudio riguroso de los vientos y de las corrientes de esta área marítima, no sucede así en Virgilio, donde la tempestad sobreviene en la costa occidental de Sicilia, ni en el resto de las tormentas literarias.

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Callimacus – Aetia / Book III – Victory of Berenice [Fr. 54b Harder (= 176.21-34 Pf.; SH 257, = 148 Mass.) / 24-43 P. Lille 79 – Lille. l’IPEL (Institut de Papyrologie et d’Egyptologie de Lille) – © Image Thomas Nick [LABORATOIRE HALMA (UMR 8164)] [Source: https://dcc.dickinson.edu/callimachus-aetia/book-3/victory-berenice]

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Sólo en este sentido podemos llamar originales a poetas como Catulo, Virgilio u Horacio, no porque pongan su arte en funcionamiento imitando de manera directa la realidad tal y como se les aparece, sino porque, entrando en diálogo constante con los clásicos griegos, hacen literatura a partir de literatura.

El respeto que aquellos poetas hacia los maestros que les habían precedido era tan grande que Calímaco, por ejemplo, no creía necesario volver a escribir poesía épica después de Homero, porque ya existía, y era inmejorable.

Es de esta manera como siguiendo un mismo motivo obtenemos un poema gracioso y frívolo, como el de Calímaco, pero también uno grave y sentencioso, hijo del desengaño, como el de Catulo, y en el poema de éste último leemos también el del primero.

So all my best is dressing old words new,
Spending again what is already spent:
For as the sun is daily new and old,
So is my love still telling what is told.

En versión libérrima de estos últimos cuatro versos del soneto LXXVI de Shakespeare:

“trasiego en odre nuevo añejo vino.
Usando lo ya usado redivivo
Cual Febo, anciano y joven, yo me siento,
Diciendo lo ya dicho de contino.”

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Santiago Blanco del Olmo

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Bibliografía

Fernández Corte, J.C.  y González Iglesias, J.A. (2006)  Catulo, poesías  Cátedra Letras Universales

Dolç, M. (1990) Catulo, Poesías  CSIC Alma Mater

Clayman, D.L.  (2022)  Callimachus, Hecale, Hymns, Epigrams  Loeb Classical Library

de Cuenca y Prado, L.A. y Brioso Sánchez, M. (1980) Calímaco, himnos, epigramas y fragmentos Biblioteca Clásica Gredos

Sánchez Jiménez, A.  (2012) Arcadia, prosas y versos, Lope de Vega Cátedra Letras Hispánicas

Onians, J.  (1996) Arte y pensamiento en la época helenística  Alianza Forma

Ramírez de Verger, A. y Socas, F.  (1991) Ovidio, obra amatoria I Amores, CSIC Alma Mater

Williams, G.  (1968) Tradition and originality in roman poetry Oxford Clarendon Press

Highet, G.  (1978) La tradición clásica I y II  Fondo de Cultura Económica

Categories: Hortus Hesperidum

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