¡Qué pocos somos! – Heliodoro Fuente Moral

¡Qué pocos somos! – Heliodoro Fuente Moral

¡Qué pocos somos!

 

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Me lo decía mi madre tras la procesión de San Isidro, a la que todo el pueblo, como santo patrón que es de los labradores, suele acudir, diría que en masa, si no sonara sarcástico aplicar la idea de masa a esa cincuentena escasa de personas que constituyen hoy el pueblo.

¡Huy, qué pocos somos…! Si antes las procesiones eran como una riada de gente por la calle, ¡y ahora vamos en un puñejo de nada…! ¡Huy, huy, huy…!

Hacía tiempo que venía yo dándole vueltas en la cabeza, y en el corazón, a esa vivencia de progresiva inanición en que viene sumiéndose el pueblo; primero de manera lenta, pero mantenida; y ahora ya en un picado abiertamente visible cada vez que muere alguien y todo el pueblo lo acompaña al cementerio. Y no solo el pueblo, sino gente de todos los pueblos vecinos, que ahora acude en pleno a todos los entierros con un sentimiento de acompañamiento y solidaridad que antes no se daba, o no  con esta intensidad. Y con una actitud como de personal despedida –ahora se conocen y tratan todos más-, y calladamente de esto se acaba, en la intimidad del pensamiento.

Es verdad que en el verano, o en algunos fines de semana largos, todo parece revivir –casi un espejismo- con la afluencia de hijos del pueblo bilbaínos, madrileños, vitorianos, barceloneses…; o de la capital de la provincia; o hasta franceses, belgas, alemanes… Generación intermedia entre el pasado y el futuro, hijos de los que se fueron y, a la vez, padres de quienes ya no vendrán por el pueblo, el pueblo de sus padres… Así es hoy. Y eso mismo te hace pensar que el futuro del pueblo pertenece a la diáspora, a ese conjunto de raíces rurales (más pronto o más tarde el pueblo serán ellos) que, como los plantones de los viveros, se han hecho árboles de ciudad, beben de otras aguas y se aclimatan a otros suelos y funciones. Que los pueblos habitan ya en las ciudades…

 

 

 

 

No era ir a la guerra, pero sí marchar.

Aquí ya sabéis lo que hay. Mirad a ver si estudiáis y os colocáis bien para ser hombres de provecho. Aquí no hay futuro. ¿Quién no oyó esto en su casa? No es que fuera una invitación a que te marcharas de casa, a que sobraras (eso vino más tarde, con los tractores y las máquinas); era un sentir y un pálpito de que los tiempos estaban cambiando y de que ya no valían las antiguas fórmulas de repetir el recorrido de los abuelos y los padres, heredar y acrecentar la heredad de tierras labrantías. Ni se querían aquellos esfuerzos para los hijos, ni se veía que aquella forma de vivir expuesta a la intemperie de inestabilidades de todo tipo fuera deseable para ellos.

Y quien salía a estudiar sabía y sentía –y esto último dolía bastante- que su vida habría de estar en adelante ya fuera del pueblo; y había una salida, en algún momento ilusionada; y en otros muchos, de ruptura difícil, tan jóvenes, tan casi niños aún, que dolía en la cabeza y en el corazón, por muy bien que fueran las cosas. Y, ¿qué hacer en el pueblo con estudios? ¿O algo similar a aquel trabajo encontrado en la ciudad, por el que se recibía a fin de mes un dinero contante y sonante, que en el pueblo no se tocaría hasta septiembre, si las penalidades del año agrícola no eran muchas? Eran otras las miras, los prototipos y referentes. Y el pueblo empezaba a quedarse atrás; no diremos lejos, pero se llamaba vacaciones, temporalidad, unos días de paso, para volver a marchar. Ese era, frecuente y doloroso, el verbo que anidaba en tu cabeza: marchar.

 

Volver.

Hay muchas formas de retorno. Bueno, y de permanencia. Hay desarraigos físicos y pervivencias emocionales. La mayoría de los que salieron conservan su alma rural, a veces bajo la ceniza de apariencias de seriedad, de contención expresiva, de vivencia interior de pérdida. Duele a veces el sesgo que ha cobrado la vida lejos de los espacios de infancia, de juventud. Más de uno ha pensado, sin renunciar a su actual vida y lugar de residencia, y en cierto estado de sentimientos encontrados, aquello de quién sería yo y qué hubiera sido de mi vida si no hubiera marchado del pueblo. No se añora, quizá; pero, como en el de muelas, subyace el dolor en las raíces.

Y la vuelta al pueblo en vacaciones -o a entierros-, siempre de paso, nos hace ver la erosión del tiempo en las personas –nosotros incluidos en el espejo de ellas-, en las casas, en las formas relacionales, en el bullicio y vitalidad que va perdiéndose. ¿En qué pueblo no predomina desde hace tiempo la imagen de los jubilados, las viudas y los mozos viejos o solterones a los que recordamos jóvenes, activos, trabajadores incansables…? ¿O no se ven gastados los adobes o arruinadas  viejas tapias de huertas o pajares, bodegas y graneros, e incluso viejas viviendas que en nuestra memoria y sentimiento siguen teniendo dueño con nombre y apellidos? Hay calles enteras pobladas por fantasmas, por así decirlo: imágenes mentales de quienes fueron dueños o habitaron estas casas hoy cerradas y sin vida, que parece que van a salir al sol o a la puerta o asomar a la ventana a ver quién era ese que pasaba por la calle. Y no habrá, no hay, nadie, pero seguimos diciendo aquello de la casa del tío o de la señá… Duele volver, porque en cierta forma sabes que vuelves ya otro y a otro pueblo -que es el mismo y que es otro-; que el mismo tren o coche de línea, si aún lo hay, ya no para en el mismo lugar; y que como dijo el filósofo Heráclito, nadie repite baño en las aguas del mismo río. Duelen las despedidas solitarias, y los retornos al paisaje querido.

 

 

 

 

Los adioses.

Nos ha tocado gestionar muchos adioses: uno, camino del colegio o de la marcha a la ciudad en busca de trabajo o mejor futuro; otro, el de asumir el adiós físico –y relacional-, vital al pueblo, al mundo rural y su sabiduría y su forma de vivir; otro, la separación de unas generaciones de historia familiar, de sudor que ha fecundado la tierra erigiendo el edificio de un apellido, de una forma de ser, de un patrimonio sobre todo emocional y de afectos; otros, al fin, los adioses de nuestros abuelos y padres que permanecieron o permanecen en el pueblo y cuyo adiós viene a suponer el del fin de nuestra presencia en el pueblo, el último giro de la llave en la puerta de la vieja casa, la toma de posesión del frío en sus estancias. Con ellos todos nos vamos un poco, nos vestimos no ya de luto, pero sí de ausencia: es el adiós al niño que fuimos y que seguía vivo en la mente de ellos, con sus anécdotas y primeros pasos, palabras y letras; es el adiós a aquel preadolescente que se fue un día en el tren o en el coche de línea; es el adiós a las tierras, a las huertas y prados, a las eras, a las viejas fuentes del campo, a los regueros frescos, hoy posesión del abandono que todo lo bebe; es el adiós a la vacada, la yeguada, los rebaños, el queso hecho en casa, y la matanza y su celebración compartida y a las historias relatadas a la lumbre; es el adiós a la función, a las fiestas, a los paisajes familiares, a los parajes o términos con nombre, a los caminos carreteados con un fin agrícola, a los árboles y espinos familiares, a los nogales apreciados; es el adiós a las caras, miradas cálidas, serias, dolidas, falsamente indolentes e inexpresivas, a las que nos parecemos; es el adiós a las campanas de la torre, solidarias con la alegría y el dolor que hemos sentido; es el adiós de la procesión de San Isidro en que mi madre, viuda y sola en el pueblo, se percató, y dolorosamente sintió, la imparable fugacidad del pueblo y de la vida. ¡Qué pocos somos! ¡Qué poco somos!

 

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Heliodoro Fuente Moral

27-1-2015

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Comments

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