Que vienen las hadas – César Rodríguez de Sepúlveda

Que vienen las hadas – César Rodríguez de Sepúlveda

Overview

Que vienen las hadas

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Arthur Rackham – Titania & Her Fairies [Illustration for William Shakespeare’s A Midsummer Night’s Dream – 1908] [Source: https://en.wikisource.org/wiki/A_Midsummer-Night%27s_Dream_(Rackham)/Act_II,_Sc._1]

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Que vienen las hadas

Hace mucho, mucho tiempo, cuando no se había inventado la palabra posverdad y no existían los ordenadores ni el ubicuo mefistófeles artificial, dos niñas de pueblo consiguieron engañar al mundo con trucajes fotográficos caseros.

Las niñas eran dos primas, Elsie Wright y Frances Griffiths, que vivían en el pueblo de Cottingley, en Yorkshire, unos trescientos kilómetros al norte de Londres, muy cerca de los desolados páramos en los que Emily Brontë soñó su apasionante novela de amor y muerte, Cumbres borrascosas.

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Arthur Wright – Frances Griffiths and Elsie Wright on a snapshot take by Arthur Wright in june 1917, with the «midg» camera he had just obtained. The two girls are known through the Cottingley fairies. Taken with a Midg quarter plate [First published in Conan Doyle’s 1922 book: The Coming of the Fairies] [Source: https://archive.org/stream/comingoffairies00doylrich#page/n39/mode/2up]

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En el verano de 1917 Elsie tenía dieciséis años, y su prima Frances, diez. Contaron a sus padres que habían visto hadas en un arroyo que había en el jardín de su casa. Ante la incredulidad de los adultos, Elsie le pidió prestada la cámara a su padre. Cuando revelaron el carrete ―el padre, Arthur Wright, era aficionado a la fotografía y tenía en casa el material necesario―, pudieron ver una imagen de la pequeña Frances, mirando pensativa a la cámara, detrás de cuatro diminutas criaturas aladas que danzaban graciosamente.

Esta primera fotografía de las hadas es una imagen evocadora y bella. El detalle que punza, el punctum del que hablaba Roland Barthes, está probablemente en la expresión de la joven Frances, ensimismada e indiferente ante lo que supuestamente ocurre ante sus ojos. Son precisamente sus ojos, la ensoñación en la que está sumida, lo que acapara nuestra atención.

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Frances Griffiths – The second of the Cottingley Fairies photographs, showing Elsie Wright with a fairy [1917] [Source: https://www.sothebys.com/en/buy/auction/2020/english-literature-history-science-childrens-books-and-illustrations/cottingley-fairies-complete-collection-of-five]

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Dos meses después, las niñas repitieron la travesura. Esta vez fue Frances la que disparó el obturador. Aparece Elsie, sentada en la hierba, con sombrero de mago, dando la mano a un hada masculina ―en castellano la palabra hada es femenina, pero el inglés fairy se refiere tanto a criaturas masculinas como femeninas―. Es curioso, porque el montaje fotográfico está indudablemente más logrado que en la primera placa, puesto que la niña humana y el ser sobrenatural interactúan entre sí. Y, sin embargo, la imagen resulta bastante más aburrida y menos sugerente.

Que ambas imágenes han sido construidas es algo evidente para el espectador de hoy. De hecho, el padre de Elsie, que sabía de lo que su hija era capaz, no aceptó nunca que las hadas fueran reales. Pero su madre sí, y eso lo cambió todo.

Nunca habríamos oído hablar de las niñas que retrataban a las hadas si la madre de Elsie, que había ido a la cercana ciudad de Bradford para asistir a una conferencia sobre el tema, no se las hubiera mostrado, con orgullo de madre, a un miembro de la Sociedad Teosófica.

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Еле́на Петро́вна Блава́тская / Helena Petrovna Blavatskaya [Екатеринослав / Yekaterinoslav (Российская империя / Russian Empire) – 12 August (O.S. 31 July) 1831 – London – 8 May 1889]

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La Sociedad Teosófica, fundada por la célebre Madame Blavatsky en 1875, tenía como objetivo principal hallar la sabiduría primordial que subyace a las diferentes tradiciones esotéricas (hinduismo, budismo, neoplatonismo, magia renacentista: de todo). Los teósofos estaban convencidos de que el desarrollo espiritual de los adeptos les permitiría acceder a planos invisibles de la realidad y ver con sus propios ojos a los espíritus invisibles. En 1913, cuatro años antes de que Elsie y Frances hicieran sus primeras fotografías, el teósofo británico Charles Webster Leadbeater (1854-1934) había publicado El lado oculto de las cosas (The Hidden Side of Things), donde se describe con precisión entomológica todo tipo de espíritus elementales: por supuesto, Leadbeater incluía entre ellos, en un lugar de honor, a las hadas.

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Cuando Polly Wright mostró las fotografías tomadas por las niñas a los miembros de una sociedad que creía firmemente en la existencia de estos seres volátiles e inaprehensibles, saltó la chispa. Los teósofos se felicitaron, no solo por haber hallado evidencias que rubricaban sus ideas, sino porque el hecho de que por primera vez las hadas pudieran ser vistas ―y fotografiadas― demostraba que iban por buen camino, y que la Humanidad estaba alcanzando nuevas cotas de desarrollo espiritual.

Edward Lewis Gardner, miembro destacado de la Sociedad Teosófica, se entusiasmó con el hallazgo. Cauteloso, sin embargo, hizo que los negativos fueran examinados por un profesional. Las conclusiones del examen fueron inequívocas: «los dos negativos son fotografías completamente genuinas, sin falsificaciones… [sin] ningún rastro de trabajo de estudio con modelos de cartón o papel». Albricias.

En uno de los Cuentos de Canterbury, la comadre de Bath, relatando su historia, explica que «en los antiguos días del rey Arturo, / de quien los britanos hablan con gran honor, / toda esta tierra estaba llena de hadas». Después afirma, con mordaz ironía, que las pobres hadas han terminado siendo desplazadas por los frailes, tan ubicuos entonces como otrora los traviesos espíritus del bosque.

Pero las hadas nunca abandonaron Inglaterra. Las encontramos a lo largo y ancho de toda la historia de la literatura inglesa. Las frecuentaron, entre otros muchos, Shakespeare (El sueño de una noche de verano), Spenser (que escribió un poema épico llamado The Faerie Queeene, o sea, La Reina de las Hadas) y Keats («La Belle Dame sans Merci»).

Durante la segunda mitad del siglo XIX, todo lo relacionado con las hadas se convirtió para los súbditos de la reina Victoria en una verdadera obsesión. Bien es verdad que las hadas victorianas son hadas domesticadas, nada temibles, que se encuentran a sus anchas en las tarjetas de felicitación, en las ilustraciones de libros infantiles y en la fairy painting («pintura de hadas»), un género (algo kitsch) que alcanzó su apogeo entre 1840 y 1875. Son diminutas, amables y, por supuesto, inofensivas. Que unas niñas las encontraran en sus expediciones podía resultar poco creíble, pero con seguridad no entrañaba ningún riesgo. Aunque algunas, como la célebre Campanilla de Peter Pan (publicado en 1904) tuvieran mucho carácter.

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Arthur Rackham – The Fairies have their Tiff with the Birds [1906 – Illustration for Peter Pan in Kensington Gardens by J.M. Barrie] [Source: http://poulwebb.blogspot.no/2013/07/arthur-rackham-part-2.html]

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En la conocida obra de James M. Barrie, que con toda probabilidad las niñas conocían, Peter Pan le asegura a Wendy que un hada muere cada vez que un niño deja de creer en las hadas. Dicho de otro modo, para que ellas existan, hay que querer que existan.

Los miembros de la Sociedad Teosófica, aunque no fueran niños, querían.  Y creían. Como dice el famoso póster en el despacho de Mulder, en Expediente X, «I want to believe» Todo es cuestión de fe.

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Había mucha gente, después de la Gran Guerra, que andaba en busca de certezas espirituales. Entre ellos estaba, y se convertiría en el principal adalid de las hadas de Cottingley, un escritor que era entonces muy conocido y continúa siéndolo hoy en día: el creador de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle.

No es insignificante la paradoja. Sherlock Holmes, quizá el detective literario más conocido de todos los tiempos, resuelve sus casos aplicando el método científico y descartando lo sobrenatural. Desmonta con eficacia las supercherías supuestamente sobrenaturales (por ejemplo, en su conocida novela El perro de los Baskerville). El ilustre detective nunca se hubiera dejado embaucar.

Su creador, en cambio, era un firme creyente en el espiritismo, sobre todo desde 1918, cuando murió su hijo Kingsley a los veinticinco años. Sir Arthur, como Mulder, quería creer: no solo que su hijo seguía viviendo, sino que podía comunicarse con él. Se entregó entonces con fervor a la investigación y difusión del espiritismo, convencido de que los médiums ofrecían pruebas de la supervivencia del alma tras la muerte.

Cuando supo de las fotografías estaba precisamente escribiendo un artículo sobre las hadas para la revista The Strand. Entusiasmado, se puso en contacto con Edward Lewis Gardner. Llevaron los negativos a otros dos laboratorios fotográficos. Los técnicos consultados expresaron sus dudas, si bien no afirmaron taxativamente que las fotografías fuesen falsas. Ese margen era suficiente para que tanto Gardner como Conan Doyle siguieran creyendo que eran auténticas. Para corroborarlo, Gardner viajó a Cottingley; al regresar dijo estar totalmente convencido de que las fotografías no podían ser falsas, porque las niñas pertenecían a una familia honesta y respetable y, además, no tenían ni los conocimientos ni los medios técnicos necesarios para hacer un trucaje tan ―desde su punto de vista ― elaborado.

Para salir definitivamente de dudas, en una visita posterior el ilustre teósofo les prestó a Elsie y a Frances su propia cámara. Con ella, durante el mes de agosto de 1920, ni cortas ni perezosas, las niñas tomaron tres fotografías más.

En una de ellas aparece Frances, de pie, colocada de perfil, mirando sonriente a un hada que revolotea muy cerca de su rostro. En la segunda, Elsie, que tenía ya diecinueve años, posa de medio lado, mirando con seriedad a un hada que le ofrece un ramillete de campanillas. La más curiosa de todas es la tercera fotografía de 1920, en que solo aparecen tres hadas. En esta última placa las figuras tienen una textura etérea, brumosa, mucho menos nítida y decididamente mucho más feérica que en las imágenes anteriores.

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Elsie Wright – Frances and the Leaping Fairy, the third of the five Cottingley Fairy photographs [1920] [Source: https://en.wikipedia.org/wiki/File:CottingleyFairies3.jpg]

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Cabe imaginar el entusiasmo con que tanto Gardner como el creador de Sherlock Holmes recibieron las nuevas evidencias.

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Arthur Conan Doyle – Fairies Photographed [First page, by in page 463, The Strand Magazine – 1920 – Vol. Jul-Dec] [Source: https://archive.org/stream/TheStrandMagazineAnIllustratedMonthly/TheStrandMagazine1920bVol.LxJul-dec#page/n483/mode/2up]

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En diciembre, Conan Doyle publicó su artículo, titulado «Hadas fotografiadas», en la revista The Strand (la misma en que habían aparecido sus relatos sobre Sherlock Holmes). Ilustrando el texto, reproducciones de las dos fotografías de 1917.

El autor está convencido de la trascendencia del descubrimiento, que compara con el de Cristóbal Colón:

Habiendo descubierto esto, al mundo no le resultará tan difícil aceptar ese mensaje espiritual, respaldado por hechos físicos, que ya se le ha presentado de forma tan convincente. Todo esto lo veo, pero puede que haya mucho más. Cuando Colón se arrodilló en oración en los confines de América, ¿qué ojo profético vislumbró todo lo que un nuevo continente podría hacer para influir en los destinos del mundo? También parece que nos encontramos al borde de un nuevo continente, separado no por océanos, sino por sutiles y superables condiciones psíquicas.

Y hubo quienes se rieron de la candidez de Sir Arthur, pero también muchos que creyeron en la autenticidad de las fotografías, sobre todo porque venía respaldada nada menos que por el padre del muy científico y racionalista Sherlock Holmes. En todo caso, ni las críticas ni las burlas hicieron cambiar de opinión al escritor, que en 1922 publicó un libro, La llegada de las hadas (The Coming of the Fairies), en el que reitera las razones por las cuales cree que las fotografías son fiel reflejo del mundo espiritual de las hadas. Examina las cinco: las dos de 1917 y las tres de 1920; rebate con acritud a los escépticos; y apuntala su credibilidad con las opiniones de un vidente del que no da el nombre, pero de quien sabemos que era otro teósofo, Geoffrey Hodson (1886-1983). Como en el verano de 1921 las niñas no habían logrado nuevas instantáneas de las hadas, Gardner lo invitó a visitar la zona: los testimonios de Hodson de lo que pudo ver en Cottingley gracias a sus poderes psíquicos son mucho más barrocos y exuberantes que las sencillas fotografías tomadas por Elsie y Frances. Vio gnomos, elfos, hadas danzantes y hasta una preciosa ninfa acuática bañándose desnuda en una cascada. Sin embargo, no hubo forma de obtener nuevas imágenes de las hadas.

Conan Doyle, que falleció en 1930, no admitió nunca que las fotografías de Cottingley pudieran ser falsas. En sus últimos años se fortaleció su creencia en el espiritismo y en la existencia de las hadas y otras criaturas sobrenaturales. De hecho, protagonizó una sonada polémica con su amigo ―que dejó de serlo después del affaire― Harry Houdini, cuando la señora de Doyle pretendió hacerle creer que había logrado contactar con su madre (la de Houdini) en una sesión espiritista. Al ilusionista no la cuadró que su madre, que apenas hablaba inglés cuando murió, se expresase en esta lengua con aristocrática corrección; y, más aún, que, siendo judía, hiciese uso en sus mensajes de ultratumba de símbolos cristianos.

Indudablemente, Houdini no tenía la misma voluntad de creer, contra viento y marea que caracterizaba a Sir Arthur.

Después de la muerte del escritor, el caso de las hadas de Cottingley cayó en el olvido. La prensa volvió a contactar en los años sesenta con las niñas (que, cincuenta años después, claro está, ya no eran tan niñas): ellas reiteraron que las hadas eran auténticas. Solo a principios de los ochenta, cuando nuevas investigaciones dejaron meridianamente claro que las fotografías no podían ser auténticas, las dos primas admitieron el fraude. Todo había empezado, dijeron, porque los adultos se burlaban de que Frances, la pequeña, creyese en las hadas. Elsie quiso darles una lección. Para la primera y enigmática fotografía, recortó las hadas de un libro y las sujetó ingeniosamente con alfileres; Frances se colocó detrás.

¿Por qué no admitieron la broma? ¿Por qué dejaron que la gente creyera que las primeras fotografías eran auténticas e incluso fabricaron otras nuevas? Tal vez porque, como el propio Doyle, y a diferencia del escéptico Houdini, ellas querían que las hadas existieran. Y creían que, aunque las fotos fueran falsas, en el arroyo vivían hadas verdaderas. Hasta su muerte, Frances, siguió defendiendo que, en aquel jardín, en aquel arroyo, había tenido encuentros reales con las hadas. Si las hadas existen, pero, tercas, se niegan a dejarse fotografiar, ¿no es tentador echarles una mano?

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Elsie Wright – Frances with Fairies [Taken in 1917, first published in 1920 in The Strand Magazine] [Source: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Cottingley_Fairies_1.jpg]

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César Rodríguez de Sepúlveda

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