«Raíces bajo el tiempo». La posesión del tiempo y del espacio – Gloria Jimeno Castro

«Raíces bajo el tiempo». La posesión del tiempo y del espacio – Gloria Jimeno Castro

Raíces bajo el tiempo. La posesión del tiempo y del espacio

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En los últimos años hemos podido apreciar los tenaces esfuerzos de los investigadores por rescatar del olvido, debido a la incuria del tiempo y a factores de otra índole, relacionados con el papel de la mujer en la sociedad, a una serie de escritoras y artistas españolas adelantadas a su tiempo: las mujeres de la Generación del 27, también llamadas Las Sinsombrero.

Sabido es que la Generación del 27 fue un movimiento cultural, merced al cual fructificaron concepciones capitales de nuestra literatura, algunas de las obras que más enaltecen nuestras letras.

Nombres como los de Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego de todos son conocidos, y han sido estudiados pormenorizadamente. Ahora bien, cierto es también que en esos años surgen nombres femeninos, autoras y artistas de vigorosa personalidad que crearon obras de pródiga inventiva y de calidad, y que, por fin, despiertan vehementes comentarios y reciben las alabanzas que les hacen merecida justicia [1].

Margarita Manso, Maruja Mallo, Concha Méndez, María Teresa León, María Zambrano o Josefina de la Torre son sólo unos cuantos nombres de todos aquellos que gestaron ese mito de Las Sinsombrero.

Este movimiento transgresor recibe su nombre, a raíz de aquella conocida anécdota que alude a cómo paseando por la madrileña Puerta del Sol, Salvador Dalí, Federico García Lorca, Margarita Manso y Maruja Mallo decidieron quitarse el sombrero como gesto de rebeldía hacia la sociedad y las convenciones por ella establecidas desde antiguo.

La reacción ante tan insólito hecho no se hizo esperar, los viandantes les lanzaron toda clase de vituperios por no cumplir con las reglas celosamente observadas desde tiempos inmemoriales, por salirse de lo convencional [2].

La amistad de estas singulares mujeres fue acrisolándose con los años, tras agruparse en el Lyceum Club Femenino, fundado en el año 1926 y dirigido por la eminente María de Maeztu, donde se discutían los derechos de la mujer, se organizaban conferencias e intercambiaban pareceres al respecto de cualquier asunto relacionado con la cultura [3].

En honor a la verdad, yo fui conocedora de la ímproba labor de estas mujeres, debido al curso de doctorado impartido en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense por una investigadora y profesora vinculada, precisamente, por lazos familiares a la Generación del 27: Margarita Smerdou Altolaguirrre. Aquel memorable curso recibió el nombre de Escritoras de la Generación del 27, y cumplió sobradamente todas las expectativas.

Margarita Smerdou iba mostrándonos de modo docto y pausado la aportación inconmensurable de estas mujeres, subrayando cómo alguna de ellas, ligadas por los lazos del matrimonio a miembros de la Generación del 27, coadyuvaron en la composición de sus obras más señeras.

Realizaba un incesante esfuerzo por resaltar las cualidades artísticas de cada una de estas escritoras, adentrándonos en sus apasionantes biografías y ofreciendo útiles referencias bibliográficas, merced a las cuales podíamos descubrir por nosotros mismos su enorme valía. Y de este modo, poder concluir que hora es ya de que toda la crítica rinda merecido tributo a estas artistas únicas, que rompieron con todos los cánones que las mujeres no debían vulnerar para ser estimadas en sociedad y ocupar el lugar a ellas destinado.

De María Teresa León, así, por ejemplo, Margarita Smerdou nos recordaba cómo, aparte de ser la gran compañera y colaboradora de su esposo, Rafael Alberti, poseía una extraordinaria formación filológica, debido a sus estudios de Filosofía y Letras y a todo lo que aprendió de sus copiosas lecturas de la biblioteca familiar, no en vano su madre era María Olivia Goyri, sobrina de Ramón Menéndez Pidal, que, como cabría esperar, le proporcionó a su hija una esmerada educación [4]. Ponía de relieve, además, ella que, precisamente, era una experta en materia cervantina, cómo María Teresa León investigaba y componía con abnegada complacencia, acusando el influjo de Miguel de Cervantes en muchos títulos, como, pongamos por caso, en Cervantes. El soldado que nos enseñó a hablar.

No sólo su talento se aprecia en su capacidad para novelar, pues otra cualidad suya bien notoria era la habilidad que poseía para la composición de obras dramáticas, que se manifestó de modo palmario cuando colaboró con Federico García Lorca en Los títeres de cachiporra [5].

De Ernestina de Champourcín, esposa de Juan José Domenchina, se ponía de relieve su facilidad para versificar, tanto en francés como en español, con ese estilo que en sus inicios evocaba el Modernismo de Juan Ramón Jiménez.
Sus poemas, ciertamente, al ser leídos y declamados, atraen por la ductilidad del verso, la cadencia suave o la intensidad del sentimiento. Aunque, claro es, varias son las etapas de su poesía, y su temática evoluciona hacia nuevos senderos, imponiéndose, a la postre, como tema axial el religioso [6].

Por lo apuntado en líneas anteriores, no es de extrañar que las alusiones a Concha Méndez, mujer de Manuel Altolaguirre, fueran numerosas en las clases de la doctora Smerdou. Se profundizaba en su aportación a las Vanguardias con sus primeras obras, Inquietudes, Surtidor de voz [7], para pasar a analizar la presencia de esos temas universales y recurrentes en la literatura desde sus albores, como son la muerte, el amor, la fugacidad de la vida en títulos como Niño y Sombras [8].

Entre toda esa nómina de mujeres de la Generación del 27, en la que no nos es dado detenernos por cuestiones de espacio, Margarita Smerdou nos pedía a los doctorandos como trabajo para su curso investigar sobre una de estas autoras, centrándonos en una de sus obras. No recuerdo bien por qué caprichos del azar acabé recabando información sobre otro nombre de autora, digno también de encomio: Eulalia Galvarriato.

Hube, así pues, de realizar un trabajo sobre una escritora, de la que lo único que sabía de antemano era que fue la valiosa esposa de Dámaso Alonso, y que colaboró con él en sus minuciosas labores de investigación de tanto rigor filológico.

El título sobre el que debía investigar, por tanto, y realizar un análisis pormenorizado era Raíces bajo el tiempo.

Eulalia Galvarriato nace en Madrid en el año 1905 [9], y, al igual que Dámaso Alonso se licenció en Filosofía y Letras, ello explica que colaborase con él en obras como Primavera y flor de la literatura hispánica o La poesía de San Juan de la Cruz [10].

Con su novela Cinco sombras quedó finalista en el Premio Nadal en el año 1946 [11], toda vez que trenza con suma delicadeza y destreza una historia sobre cinco mujeres, ahondando en sus sueños, sus deseos de felicidad, y perfilando de forma morosa y efectiva la psicología de sus protagonistas.

Raíces bajo el tiempo, publicada en 1985, es una obra conformada con una serie de escritos que fue elaborando Eulalia Galvarriato desde los años 40 hasta los 80 [12]. En consecuencia, nos hallamos ante unos escritos de tintes biográficos, entreverados de elementos oníricos, poéticos y de gran hondura de sentimiento.

Estos escritos rezuman nostalgia, angustia por la brevedad del vivir, dolor por lo que se fue y no volverá. Aparecen, además, divididos en cinco partes bien diferenciadas.

En la primera parte, intitulada Cuentos, Eulalia Galvarriato compone delicados relatos inspirados en los sentires consustanciales al vivir cotidiano. Tal es el caso de Descanso en la primavera, donde refleja la soledad de una mujer madura, envuelta en ese simbólico color gris, con connotaciones de hastío, melancolía, y que se duele de la pena de no haber podido ser madre, como la propia Eulalia.

La protagonista, por designios del destino, acaba muriendo simbólicamente bajo las pezuñas de un negro caballo. En estos relatos en que el vigor plástico y el cromatismo son del todo notables, se advierte de modo inconfundible la huella de Federico García Lorca, especialmente, en el símbolo del funesto caballo azabache, pero también en el relato titulado Las tres hermanas. En este último escrito vemos cómo el luto, la opresión de las férreas reglas sociales frustran el futuro y las relaciones amorosas de sus protagonistas.

En la segunda parte de Raíces bajo el tiempo, que aparece bajo el epígrafe de Momentos vividos, la autora recrea instantes dichosos de su pasado, resultando especialmente emotivos los relacionados con su infancia y su querido padre. Particularmente brillante resulta, a mi modo de ver, Encuentro de las flores, donde a raíz de la contemplación de un retrato suyo de la infancia rememora vivencias de aquella época, y plasma con eficacia y con una plétora de imágenes lo que para todos nosotros es la niñez.

Al mirar con detenimiento la foto, lo primero que le viene a la cabeza a Eulalia Galvarriato desde el pasado es un peculiar olor: el olor a charol. Y es que una particularidad sobresaliente de estos escritos que llama la atención es cómo los sentidos en estos relatos actúan como auxiliares de la memoria, en especial el olfato, toda vez que los inmarcesibles recuerdos de la autora poseen una fragancia, que de modo inopinado se adueña de su mente, de su ser, procedente de esas remembranzas pasadas; es lo que, indefectiblemente, desencadena su proceso de evocación del pasado y hace factible reconstruir la atmósfera de su ayer, viajar no sólo con la mente, sino también con los sentidos a esa época de su vida.

Como ya mostrara Proust en su En busca del tiempo perdido, una experiencia sensorial remite a un recuerdo, desata una cascada de sensaciones [13].

En este recuerdo en concreto, el ver su retrato le trae a las mientes el olor a charol de sus zapatos: “no puedo decirte lo que era para mí aquel olorcillo suave, a nuevo, a diminuto, a niña, a arena de paseo, a crujir de hojas, a sol, a griterío de niños, a la sonrisa de mi madre, a la mano en la mía de mi padre… Todo eso era sin saberlo yo, el olorcillo aquel suave, dulce, a piel suave de mis zapatos de charol” [14].

Es, obviamente, un léxico lleno de efectos evocativos, máxime cuando emplea de forma reiterada las sinestesias, esa poética combinación de las impresiones procedentes de diferentes sentidos, para así tratar de expresar lo inefable de la niñez y el feliz pasado.

Lo que, sin embargo, justifica el título de este relato es que, observando el retrato, también le vienen a la memoria las fragancias de las plantas y flores que adornaron su infancia. De este modo, rememora sus paseos infantiles y dominicales por el madrileño Parque del Retiro, y la suave fragancia de los mirtos: “Este olor a mirto era otra cosa. Y no se sabe de dónde venía; lo sentía flotar, llegaba, se me iba, y era como un milagro. Y me daba angustia como si en él, desconocido, presintiera yo todo lo que era desconocido para mí, todo lo que podía ser la vida; era, y aún es hoy para mí, como un presentimiento. Luego, al salir del Retiro, veía las bolitas de las que te hablaba antes, pendientes de los árboles, y me daban risa y alegría; me parecían juguetes que alguien – ¿un ángel tal vez?- nos regalaba a los niños” [15].

Eulalia, pues, a lo largo de estas páginas, intenta desentrañar los mensajes que la Naturaleza envía al hombre con su lenguaje natural y secreto. Ella, en concreto, al revivir estos instantes por el Retiro interpreta ese aroma a mirto, tan fugaz, con la brevedad del vivir, con su fragilidad, con lo efímero de todas las cosas valiosas del existir, toda vez que no parece casual que en la poesía de los clásicos latinos, el mirto o arrayán era un símbolo ligado a Venus, y que, según los antiguos poetas, simbolizaba felicidad, paz, y estaba presente en esos escenarios bucólicos de la poesía grecolatina, en el locus amoenus [16].

Otro aroma vinculado a su niñez es el de las glicinias, flores presentes en sus veranos y en su casa en Cabezón de la Sal, que en forma de arreglos florales que adornaban sus balcones, le resultaban la más bella de las creaciones, un recreo para su vista curiosa y ávida de sensaciones.

Es la niñez, entonces, para la autora, al igual que para Jorge Guillén, al que trae a colación, un jardín perdido, un paraíso irrecuperable, al que no se puede retornar físicamente, aunque sí con la memoria, y recuperándola mediante el poder de la palabra, ya que, como decía el poeta en sus versos: “sí, mi niñez, ya fábula de fuentes (…) Tiempo en profundidad: está en jardines…”

En la tercera parte, Poemillas en prosa, la autora registra sus observaciones sobre la naturaleza circundante, que la abocan a angustiosas reflexiones sobre la vida y la muerte, generalmente, se desarrollan durante el crepúsculo, el momento del día en que todo fenece, y que invita a la reflexión sobre lo fugaz de la existencia humana.

En la parte cuarta, Sueños, empleando símbolos e imágenes trata de interpretar sus inquietudes, las que acometen a su subconsciente, mostrando conocimiento de Freud [17], y dejando ver claramente ese contenido manifiesto de sus sueños (lo que recuerda) y ese contenido latente, que está presente con esos símbolos de los que habla el psicoanálisis.

En sus sueños, de los que no siempre ofrece una interpretación, hay unos motivos recurrentes que apuntan hacia los mismos temores esbozados en otras partes del libro, los mismos que todos nosotros sentimos en algún momento de la vida: el miedo a la muerte; la angustia por la percepción de la irremediable fugacidad del existir; la tristeza por la pérdida de la juventud; la preocupación por si hay vida tras la muerte, y el dolor por la maternidad frustrada.

Entre los sueños más curiosos, cabe destacarse aquel que señala la autora que tuvo cuando frisaba en los ochenta años. Soñó con un dedal de plata que le regaló a su hermana María Dolores, ya fallecida, y que a Eulalia se le cae en las aguas de un río. Trata de acercarse a la orilla para recuperarlo, pero es imposible. Cruza un frágil puente que atisba en la lontananza y cree así poder acceder a él; empero, una joven se le adelanta. Lo coge del río y lo coloca sobre un árbol, donde queda como levitando y reluciendo. Sobra decir que ese río como el mitológico Leteo habla del olvido, del miedo a no recordar a los seres fallecidos, sus rostros y voces que van desdibujándose entre nuestros recuerdos por el aniquilador correr de los años. La joven que recupera aquel significativo objeto, bien pudiera ser su memoria, en la que está presente su querida hermana, siempre en su corazón, le acompaña aún en su vejez, y el subconsciente le alerta de ello. Y, a fin de cuentas, la autora, con la palabra, con su verbo sonoro y cuidado resucita a su hermana, la hace regresar del ayer y pervivir por siempre.

Llamativo es igualmente el sueño de la vocal “I”, que se hace presente en sus sueños una noche, iluminando con su fulgor toda su habitación, ya que de ella emanaba una luz especial. Eulalia cree que aquella era la “I” mayúscula de Iesus, de Jesús, al ser la luz que da sentido a su vida. Manifiesta de modo claro su inmensa fe en Jesús, su devoción. En relación con ello, la vocal “i” predomina en el texto: “vi delante de mí, cerquísima, brotando de la misma habitación, una I mayúscula, inmensa, maravillosa, hecha luz, bellísima; un haz de luz encendida; pero no fuego, allí a dos pasos míos y se alzaba poderosa y blanquísima hacia lo alto…” [18]

En la última parte, Recuerdos de viaje, recoge lo vivido durante los siete meses que recorrió América en compañía de su esposo. Expresa, fundamentalmente, su entusiasmo por lo diferente de esas tierras, por su rico exotismo, su exuberante naturaleza, por todo lo que posee de singular.

Su admiración por todo lo que encuentra de diverso y único en esos paraísos visitados se plasma con el polisíndeton y las reiteraciones sintácticas, con un estilo acumulativo, siendo especialmente relevante la parte dedicada a describir un día de mercado: “Nosotros andábamos de puesto en puesto (…) tratando de descubrir lo desconocido; con cuidado no se nos escapara ningún fruto, y creo que probamos todos: la pitaya, blanda y oscura por dentro, llena de pepitillas pequeñas; aquel otro anaranjado y suave, la curuba…” [19]

Estas páginas de Eulalia Galvarriato, llenas de hallazgos y sugerencias reveladoras de su personalidad, presentan al ser humano, por tanto, como un árbol, cuyas profundas raíces se conforman con las vivencias pasadas, son nuestro ayer, y, gracias a ellas, se va nutriendo el presente, vamos creciendo interiormente. Escarba la autora entonces, entre sus raíces para no olvidar quién es, cuáles fueron los cimientos de su vida, sus principios; en suma, para preservar su esencia con orgullo. Y eso es lo que debiéramos hacer todos, de vez en cuando, remover entre nuestras raíces, observarlas y nutrirlas para no sólo sentirnos vivos, sino también para sentirnos dignos de nuestra procedencia, de nuestras familias, del cariño y amor recibidos, de los sacrificios que hicieron por nosotros; en definitiva, debemos mostrarnos orgullosos de nuestra raigambre.

¿Somos, en fin, dueños de nuestro pasado, de nuestra vida, de nuestro tiempo?, ¿realmente llevamos las riendas de nuestra vida?, o ¿tal vez la vida nos conduce a nosotros por los senderos que se le antojan más adecuados?

Sumida en este mar de reflexiones, tras desempolvar los apuntes y trabajos de aquel curso de doctorado de Margarita Smerdou, decido internarme en el bosque de libros de una cercana librería, a la caza de un buen ejemplar con que ofrecer alimento a mi alma inquieta y ávida de nuevos conocimientos.

Al solicitar a la dependienta un título de Eulalia Galvarriato, ésta me señala con suma amabilidad lo siguiente:

-Ese libro está detrás mía.

Ello me devuelve de nuevo a mis inquietantes cavilaciones, pues si, en ocasiones, no somos dueños ni de nuestro tiempo, ¿acaso podemos serlo del espacio circundante?

Este tipo de expresiones que surgen con profusión en la lengua hablada, una y otra vez, llaman mi atención en ese momento, dada su imparable extensión, y debido a que desconozco su posible origen, por lo que me propongo consultarlo.

Lo primero que aprendemos y enseñamos sobre las categorías gramaticales es que las hay variables e invariables, y el adverbio, ocioso es repetirlo, es invariable.

Señala la RAE que el adverbio es una clase de palabras, “cuyos elementos son invariables y tónicos, y están dotados generalmente de significado léxico, y modifican el significado de varias categorías, principalmente de un verbo, adjetivo o de una oración o palabra de la misma clase”. Quiere ello decir que en “detrás suya”, no tiene sentido alguno que este posesivo esté en femenino, y estableciendo una concordancia que, en principio, se lleva a cabo con los sustantivos a los que determina, toda vez que acompaña en este caso a un adverbio de lugar, lo cual no entra dentro de los cánones gramaticales.

Es por ello, que la RAE subraya que es “impropio del habla culta combinar adverbios como detrás, encima o delante con posesivos que sólo modifican al sustantivo”. De lo cual se colige, que lo correcto ha de ser “detrás de mí”. A renglón seguido, la RAE especifica que tal error es posible que obedezca a que hay hablantes que establecen un paralelismo entre las estructuras que poseen un sintagma preposicional con función de complemento del adverbio (por ejemplo, detrás de la profesora”), con aquella otra en que el núcleo es un sustantivo, y que aparece acompañado de un sintagma preposicional con función de complemento del nombre (“la casa de la profesora”).

Ambas, cierto es, guardan semejanza formalmente, y como la estructura “la casa de la profesora” equivale a “la casa suya”, inconscientemente, hay quien establece un paralelismo idéntico en el caso del complemento adverbial. De tal suerte, que piensan que “detrás de la profesora” es equivalente a “detrás suya”.

Sobre este asunto pueden arrojar mucha luz las precisiones realizadas por Leonardo Gómez Torrego, que disipa muchas dudas morfológicas y sintácticas en sus útiles e imprescindibles estudios, especialmente, en Análisis morfológico (Teoría y práctica) [20] y Gramática didáctica del español [21].

Este especialista de nuestra lengua opina que pudiera ocurrir que se crease una analogía en estas erróneas estructuras adverbiales con aquellas otras que también funcionan como complemento circunstancial de lugar, pero cuyo núcleo es un sustantivo que lleva a su lado un posesivo [22]. Así, pongamos por caso, pudiera ser, que los hablantes considerasen equivalentes estructuras del tipo

está al lado mío

está de parte mía

con aquella que concita nuestra atención:

está detrás mía, en lugar de detrás de mí.

Con la intención de recabar más datos sobre este asunto podemos recurrir a la autoridad de María Moliner, quien se pronuncia sobre estos pormenores. En sus páginas se pone de relieve que “detrás” es un adverbio, cuyo significado es el de “parte posterior de alguna cosa”, y agrega que se usa con prodigalidad en nuestro idioma la locución adverbial “detrás de”, que expresa las mismas relaciones que el adverbio aludido anteriormente. Además, recuerda que cuando la preposición “de” va precediendo al adverbio en ejemplos como “sal de detrás”, éste se usa con un valor sustantivo. Seguidamente, añade que es anómalo desde el punto de vista gramatical sustituir por un posesivo el complemento del adverbio que sigue a “detrás”, no es correcto, pues, “detrás suyo”[23].

Por lo que atañe a la procedencia y datación de este adverbio en nuestra lengua, Joan Corominas en su imprescindible Diccionario etimológico de la lengua castellana recuerda que el adverbio “detrás” procede de la unión de las preposiciones “de” y “tras”, y aparece fechado en nuestra lengua en el año 1163 [24].

Meditemos, entonces, no sólo sobre nuestra existencia, sino también sobre nuestras raíces, pero en particular, sobre nuestras raíces lingüísticas, ya que el idioma, la lengua nos la enseñaron también nuestros padres, nuestros abuelos, y a ellos quienes les precedieron, otorgándonos así un legado nada desdeñable, que es nuestra esencia, parte de nuestros ancestros. Nuestras palabras, nuestro refranero y dichos fue suyo antes, y ellos, a través de su amorosa educación nos los transmitieron ufanos para preservar las raíces de la lengua, sin errores, con toda su pureza y grandeza.

Un poeta y filósofo americano como era Ralph Waldo Emerson afirmó con contundencia, y en relación con lo anteriormente tratado que “El lenguaje es la ciudad para cuya edificación cada ser humano ha aportado una piedra”. Huelgan más explicaciones.

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Gloria Jimeno Castro

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Notas

1. Es conveniente realizar una lectura atenta de las investigaciones acerca de la nómina de este grupo, que en los últimos tiempos ha sido revisada para incluir otros nombres en la llamada Generación del 27, resultando del todo interesantes en este sentido las apreciaciones realizadas por Barreras, J. M.: “Glorias y miserias de  la  Generación  del  27, en   El Correo de Andalucía, Sevilla, 20 de abril 1990, págs. 25-26.

2. Buena parte del mérito de devolver a estas mujeres al lugar que les corresponde en el panorama histórico y cultural español hay que atribuirlo a las investigaciones recogidas por Balló, T.: Las Sinsombrero. Sin ellas la historia no está completa. Madrid. Espasa. 2016.

3. Hurtado, A.: “El Lyceum Club Femenino (Madrid 1926-1939)”, en Boletín de la Institución Libre de Enseñanza”, Madrid, número 36, II época, 1999, págs. 23-40.

4. Atiéndase a los detalles que sobre la autora se ofrecen en Torres Nebrera, G.: Los espacios de la memoria. La obra literaria de María Teresa León. Madrid. Ediciones de la Torre. 1996.

5Ibidem.

6. A este respecto consúltense los estudios de:

                – Comella, B.: Ernestina de Champourcín, del exilio a Dios. Madrid. Rialp. 2002.

                – Mabrey, M.C.: Ernestina de Champourcín, poeta de la Generación del 27 en la oculta senda de la tradición poética femenina. Madrid. Ediciones Torremozas. 2007.

7. Para conocer en profundidad la obra de esta autora debemos remitir a:
                – Ulacia Altolaguirre, P.: Memorias habladas, memorias armadas. Madrid. Mondadori. 1990.

8. Ibidem.

9. Smerdou Altolaguirre, M.: Imagen de Dámaso Alonso y Eulalia Galvarriato.  Madrid. Ícaro. 2006.

10. Ibidem.

11. Sobre las calidades poéticas de esta obra se ahonda en Junquera, M.: El intimismo poético de Eulalia Galvarriato en Cinco sombras. Toledo. Diputación de Toledo. 1987.

12. Para conocer detalles de esta obra debemos remitir a Janés, C.: “Raíces bajo el tiempo de Eulalia Galvarriato”, en Ínsula, 472, 1986, pág. 8.

13. Acerca de la influencia de este autor en nuestra narrativa ha de atenderse a los estudios de Varela Jácome, B.:  Renovación de la novela en el siglo XX. Barcelona. Destino. 1967.

14. Galvarriato, E.: Raíces bajo el tiempo. Barcelona. Destino. 1985. Pág. 135.

15. Ibidem, pág. 136.

16. Resulta de muy interesante al respecto, la lectura de Bérchez, E.: Mirto y ajenjo en la poesía romana”, en Minerva 23, 2010, págs. 127-142.

17. Acerca de la presencia de las teorías de Freud y de su influjo en nuestra literatura del siglo XX es recomendable atender a: Druet, A.C.:  “La introducción del psicoanálisis en la literatura española a través de su representación”, en Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y la Ciencia, CSIC, 2013.

18. Ibidem, pág. 205.

19. Ibidem, pág. 225.

20. Gómez Torrego, L.: Análisis morfológico (Teoría y práctica). Madrid. SM. 2007. 

21. Gómez Torrego, L.: Gramática didáctica del español. Madrid. SM. 1998.

22. Ibidem.

23. Moliner, M.: Diccionario de uso del español. Madrid. Gredos. 2008. Pág. 578.

24. Corominas, J.: Diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid. Gredos.1990. Pág. 581.

 

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