Sobre hojas de humo [de «Cardiopatías»] – Un relato de Juan Miguel Contreras Camarena

Sobre hojas de humo [de «Cardiopatías»] – Un relato de Juan Miguel Contreras Camarena

Overview

Sobre hojas de humo [de Cardiopatías] – Un relato de Juan Miguel Contreras Camarena

***

***

Sobre hojas de humo

Se podría decir que Ramón Fernández fue mi único amigo, o al menos lo fue durante un tiempo, concretamente entre los 13 y los 18 años. Durante esa época fue la única persona a la que admiré, quise, respeté, maltraté y necesité sin desear acostarme con él, es decir, un amigo. Desesperadamente distante, Ramón pocas veces se sinceró conmigo, aunque seguramente lo hizo alguna vez más de las que yo recuerdo pues también por esos años, él, yo y casi todos los que conocíamos, nos lanzábamos a unas maratonianas, exaltadoras, luminosas y tristes borracheras todos los fines de semana. A veces me arrepiento, no de las borracheras (¿qué otra cosa podíamos hacer los fines de semana en el pueblo donde vivíamos?) sino que de lo que realmente me arrepiento es de no poder recordar muchas de las conversaciones que tuvimos durante ese intenso trasiego de cerveza y tequila. Nosotros éramos de los que llamaban borrachos viejos, esto es, bebedores de tasca, dados y conversación –poca, más bien poca conversación, pero que quiero recordar como clara y acaso esencial– y si alguna vez terminamos la noche en alguna discoteca fue seguramente por culpa de alguna mujer (o tendría que decir chica, adolescente, púber, nínfula o compañera de instituto).

Ramón y yo nos juntábamos en uno de los bares más menospreciados de Almarga, el Complot, bar pequeño y ciertamente angosto, cuyas paredes estaban cubiertas por dibujos hechos por amigos y clientes con tendencias artísticas de temática reivindicativa y de estilo tal vez tosco, inspirados en los cómics que a mediados los ochenta proliferaban (recuerdo vagamente amontonados en la barra del Complot ejemplares de Cimoc, Tótem, El Víbora y la increíble serie Paracuellos) y que nunca me expliqué cómo conseguían llegar a ese pueblo donde, excepto en las ferias veraniegas, nunca llegaba nada que realmente nos atrajese de veras. El dueño y único camarero del Complot, Santi, era el arquetipo de heavy de pueblo, es decir, proletario, brutote, tímido y socarrón a la vez, melómano a pesar de las limitaciones económicas, confiado y plenamente consciente de pertenecer al grupo de los que silenciosamente eran repudiados dentro de un pueblo de nueve mil habitantes de la original España de siempre. Es posible que tal vez fuese por ese tibio carácter sectario del Complot por lo que Ramón y yo éramos vistos allí, no ya como fuera de lugar, sino ajenos, como si fuésemos parte de un collage mal ideado, sobre todo Ramón, pues su tendencia a vestir de adusto profesor de inglés (pero sin corbata, afortunadamente) y a simpatizar con la música hecha por cantautores como Serrat, Aute y Silvio Rodríguez hacía que al verle allí pareciese extraviado, como si estuviese dentro de una burbuja que alguien había dejado allí por equivocación. Yo al menos daba un poco más el pego, sobre todo en una primera impresión, despistado imberbe de pelo tosco y descuidado cuyo escaso repertorio de camisetas heredadas de un primo de la capital de grupos de rock con mascotas sacadas directamente del mismísimo infierno me disimulaban perfectamente dentro de la habitual clientela.

Durante los años en los que fuimos amigos estuvimos pagando a Santi a cuenta, es decir, al entrar por la puerta le pagábamos lo que debíamos de la noche anterior y acto seguido nos ponía sobre la barra dos tercios de cerveza y dos tequilas sin sal ni limón (no porque no supiésemos que se tomaba con sal y limón, sino porque un día a Santi se le acabó la sal y el limón y nunca más compró de nuevo, así que no nos quedó más remedio que acostumbramos a esa mezcla). Después nos daba el cubilete y los dados y ya sabíamos que directamente nos fiaba todo lo que bebiésemos ese día hasta que volviésemos otra vez. Después, mientras golpeábamos la barra con los dados, fumando como locos (él tabaco negro y yo rubio) y apostándonos lo que no teníamos e incluso las cosas más inverosímiles (si alguna vez tengo un cadillac no me quedará más remedio que compartirlo con él), hablábamos a jirones sobre mujeres, fútbol, compañeros de instituto y sobre todo (cosa que nunca comprendí por qué) sobre la bondad o maldad natural del hombre, tema sobre el que dimos infinitas vueltas con una ingenuidad alarmante.

Me cuesta recordar cuándo fue exactamente la primera vez que hablamos de nuestras tenues intentonas con la escritura pero si sé que fue durante una de las borracheras del Complot, imagino que el salir ya de madrugada camino de vuelta a casa, moderadamente eufóricos o moderadamente deprimidos, pues acaso esa sensación es la misma cuando se ha bebido más de la cuenta y el suelo es menos firme y las ideas vuelan raudas sin poder retenerlas y sin que dejen huella en una memoria devaluada por una lengua poco firme y un léxico a la par surrealista y de una lógica aplastante. Creo que fui yo el primero que sacó un papel arrugado por el desden y doblado con cuidado, manuscrito, arrancado de un cuaderno de anillas que eran los que por aquel entonces yo utilizaba y se lo tendí con toda la firmeza de la que fui capaz. Toma, he escrito esto y me gustaría que lo leyeras luego y me dijeses. Gracias, yo también te quería enseñar algo pero al final no lo he traído. Pues vamos a tu casa y me lo das.

No, no puedo, no lo he pasado a limpio. No jodas, Ramón, conozco perfectamente tu letra como para que ahora me salgas con eso. No es por eso. Vamos hombre. Que no, joder, no insistas, cómo vamos a ir a mi casa ahora, ¿quieres que nos mate mi padre? Yo te he dado una hoja. ¿Qué quieres decir con eso? Pues que tú me tienes que dar la tuya. Tú no me la has dado esperando que yo te diese otra. Me lo debes. Una mierda te debo, el que ha perdido hoy a los dados ha sido tú. Porque eres un tramposo de mierda. Ya, no sabía que era capaz de mover los dados con la mente. Los mueves cuando no miro. Y un huevo, igual los mueve Santi, que quiere que le debas una caja de botellines. Vale, pero vamos a tu casa y me das lo que has escrito. Que no insistas, coño, que aunque quisiera no podría; mañana nos vemos en el instituto y te digo qué me parece esto que me has dado.

Por mucho que hubiera sido capaz de imaginar, nunca hubiese adivinado dónde y qué escribía Ramón. Pasaron varios días hasta que volvimos a hablar de ese tema. Él no me decía nada y yo no preguntaba por temor a que me dijera lo que yo ya intuía y creía que me iba a decir y que finalmente me dijo. Deja de leer a Bukowski que vivimos en un pueblo, te conozco perfectamente y eso que has escrito no hay por dónde cogerlo (se notaba a la legua que esa frase la había ensayado, él no hablaba así, aunque hablaba mejor que yo, supongo que su afición por Umbral y Cela tenía bastante culpa de ello). Lo sabía. Ya, pero eso no quiere decir que no sigas escribiendo. Tu padre va a seguir. Y tú te vas a ir a tomar por culo. Habrá que ver lo tuyo, so listo. Lo mío no cuenta, es un diario. No jodas, ¿un diario? Sí, qué pasa. Nada, nada. Vale, además ya sabes que los diarios no se dejan. Si te mueres, sí. Tu madre se va a morir. A mi madre no la metas. Pues no me toques las pelotas. Yo no he sido el que he dicho que copio mal a Bukowski. Yo no he dicho que lo copies mal. Arréglalo ahora. No insistas, no te pienso dejar mi diario. Yo no he dicho que me lo dejes. Si me muero, sí te lo dejo. Entonces, vale.

En aquel momento yo era incapaz de imaginar la magnitud del diario de Ramón y en cierta medida todavía hoy es algo que no consigo comprender del todo. Cuando años después recuerdo estas cosas, sobre todo después de irme lejos a estudiar y vernos cada vez menos, después de los primeros premios ganados, de los viajes, de la nueva gente conocida, después de vender la casa de mi madre y no volver a pisar en años Almarga, después de pasar de una columna semanal en un periódico comarcal a escribir una diaria en uno nacional al ganar aquel premio, el primer premio verdaderamente importante y el primero después de conseguir un agente literario, después, ahora después, me río y me causa tristeza todo lo que me rodea, me río y me entristezco a la vez, me miro y me entristezco, y lo hago de un modo que me impide saber qué es primero, si mirarme o entristecerme; después, siempre después, recuerdo el diario de Ramón y me sonrío al saber que entre tanta mierda soy capaz de encontrar una cosa, si no sincera, sí al menos cercana a la sinceridad de verdad.

La primera vez que por fin pude ver su diario no lo reconocí como tal, y si no me tomé todo aquello como una broma fue por la ingenuidad con la que Ramón me miró cuando al fin puso en mis manos una gigantesca bolsa negra de basura llena de lo que parecían trozos de papeles o de cartones arrugados. ¿Qué coño es esto?, le pregunté. Mi diario, ahí guardo mi diario. Puedes echarle una ojeada si quieres.

Lo que Ramón guardaba en esa bolsa de basura eran paquetes de tabaco vacíos, algunos desarmados, otros cuidadosamente aplastados y otros simplemente arrugados; había un par de cientos, y todos de Ducados, la marca que siempre había fumado desde que le conocía. La verdadera peculiaridad de todo aquello no era que yo hubiese descubierto la oculta obsesión de Ramón por coleccionar paquetes de tabaco vacíos, hecho que sin duda rozaba lo extravagante (y más viniendo de alguien tan prudente como él) sino que lo llamativo estaba en comprobar que todos y cada uno de esos paquetes estaban minuciosamente escritos por él mismo.

De caligrafía dispar pero siempre minúscula, en los paquetes de tabaco que fumaba Ramón escribía su diario, un diario sintético pero esencial, un diario que no era realmente un diario (siento ser tan simple pero no encuentro otro modo de decirlo) pues solamente escribía cuando terminaba uno (cosa que podía variar según el día, su estado de ánimo, su ansiedad, su salud o cualquier otra circunstancia) obligándose a recapitular las cosas que había hecho mientras fumaba cada de uno de los veinte cigarrillos del paquete. Así, mientras que en el paquete del 1 de marzo de 89 podía leerse la escueta y abatida frase “este pueblo es un asco”, el paquete del 6 de febrero de 1988 era menos parco y más sutil: “cumpleaños de Fran, nada particular salvo que lo celebramos en la casa del campo de Luís. Por primera vez conduje la moto de Silvia, con ella detrás, agarrada a mí. Mi padre el lunes me pidió un cigarro después de comer y aprovechó para preguntarme por los exámenes. Hacía frío en la calle pero me fumé el último en el poyete de casa antes de entrar e irme a dormir. Miro el reloj antes de apagar la luz y veo que son las tres de la mañana”.

De entre la multitud de páginas (si es que a lo contenido en esa bolsa se le puede llamar así) de ese diario, las que llamaban más la atención eran las escritas sobre un grupo de paquetes en los que una vez despegados y desarmados Ramón había escrito por la parte blanca del interior. En algunos era como si además estuviese buscando la mejor tinta para esas hojas ligeramente satinadas que se emborronaban con demasiada facilidad. No te molestes, dijo, no creo que encuentres nada interesante, pero yo hice como si no le hubiera escuchado y seguí sacando paquetes de aquella bolsa sin saber realmente qué hacer, si leerlos, ordenarlos por fechas, por tamaños o simplemente volver a meter esa bolsa dentro del armario y darle un abrazo. Abrumado por aquello que sólo alcanzaba a catalogar de genialidad o de locura, conseguí preguntarle por qué. Cómo que porqué, dijo él. Bueno, ¿por qué se te ha ocurrido esto, cómo? No lo sé, me contestó mientras se dejaba caer en una de las camas y encendía otro cigarrillo, una noche al volver del Complot, antes de llegar a casa, saqué el ultimo cigarrillo del paquete y, sin saber por qué, me puse a recordar las cosas que había hecho desde que me compré ese paquete de tabaco, tuve ganas de escribirlo y lo único que encontré a mano fue eso. Al día siguiente vi en mi mesita la cajetilla vacía y me gustó haberla emborronado. Desde entonces he seguido haciéndolo. ¿Y si quieres escribir más y no tienes sitio?, le pregunté. Pues me jodo, el límite de lo que puedo escribir es el del paquete. ¿Y por qué no los ordenas?, insistí. Porque entonces perdería todo el sentido y dejaría de tener gracia. ¿El qué, escribir?, pregunté un tanto perdido. No, Pablo, me contestó despacio como si de golpe hubiera crecido veinte años y se compadeciera de mi ingenuidad, lo que dejaría de tener gracia sería recordar.

Después creo que estuvimos un rato largo sin decir nada. Ramón puso una de las cintas de esos cantantes que por aquel tiempo tanto me irritaban y yo seguí rebuscando entre aquella montaña de datos, ceniza, humo y poesía (sí, por qué no decirlo, de poesía). No sé cuántos pude leer, pero encontré de todo, desde hechos que ignoraba hasta cosas que yo ya había olvidado, desde sintéticas y borrachas sentencias hasta versos de amor; quizá se podría decir que de alguna manera lo que hacía Ramón era escribir haikus cuando ninguno de nosotros no tenía ni la más remota idea de lo que eso podía ser.

Aunque ese día era domingo y al siguiente madrugábamos, cuando volvieron sus padres nos fuimos al Complot y allí encontramos a Santi, con el bar vacío pero más contento que un niño gracias a que le acababan de regalar un disco de vinilo que llevaba años buscando y un amigo del pueblo que estaba haciendo el servicio militar en Madrid había encontrado en una tienda de segunda mano. Mientras los tres nos jugábamos las rondas de cerveza a los dados, a Santi le dio por enseñarnos las letras de aquel disco de Los Suaves y a invitarnos a tequila. Cada vez que él encendía un cigarrillo, yo me preguntaba qué estaría pensando, miraba la cajetilla sobre la barra e imaginaba qué cosas merecerían estar escritas allí y cuáles no, y cuanto más lo pensaba, más fascinante me parecía todo aquello. Cuando encendió el último cigarrillo se me acercó al oído y me dijo, de lo que has visto hoy en mi casa no digas nada a nadie, no me gustaría que lo supiese la gente; después brindó con Santi a mi salud y comenzó a reír cuando aquel comenzó a cantar a voz en grito una de esas canciones que tanto le gustaban; a continuación cogió el paquete de tabaco vacío y le pidió por favor a Santi que le escribiese la letra de esa canción ahí mismo. Me cuesta recordar qué canción era, tal vez fuese Parece que fue ayer, o Dolores se llamaba Lola, no lo sé, pero sé que luego Ramón me miró, escribió algo y se guardó el paquete vacío mientras Santi entraba en el servicio y nos gritaba, no sé si sabéis la hora que es pero después de esta nos vamos, que mi Susana me va a matar.

Durante mucho tiempo no pude quitarme de la cabeza la forma, el lugar y el modo en el que Ramón escribía; me imaginaba a mí mismo recomponiendo un día su historia pedazo a pedazo, un inmenso puzzle, un cuadro, un mural, una adolescencia perdida, vivida de forma demasiado fugaz o tal vez de forma excesivamente instintiva; a veces, en un intento por conocer mejor o por comprender algo más a aquel amigo a la vez tan cercano y tan hermético, me obsesionaba pensando en aquella bolsa de basura llena de páginas improvisadas, y si me atrevía le preguntaba, Ramón, ¿por qué guardas los paquetes en una bolsa de basura? ¿Y dónde quieres que los guarde? ¿Y los lees alguna vez? Sí, a veces meto la mano en la bolsa, saco algún paquete al azar y lo leo.

Habrían pasado dos o tres años desde que Ramón me dejase ver su peculiar diario cuando una noche, rodeados de gente en una de esas fiestas que organizábamos en alguna cochera o en alguna casa de alguien, le vi aplastar un paquete de tabaco vacío después de encender su último cigarrillo, buscar una papelera y tirarlo como un jugador de baloncesto amateur. Me acerqué a él y le pregunté por qué había hecho eso. ¿Hacer el qué?, me dijo como si no supiera de qué le estaba hablando. Ya lo sabes, contesté. De golpe se puso un poco serio, no mucho, y dijo, mi madre ha tirado mi diario a la basura, dice que no era normal tener esa bolsa enorme dentro del armario y sin preguntarme la ha tirado. Entonces, ¿qué vas a hacer?, le pregunté confuso. Qué quieres que haga; nada. ¿Vas a empezar otro, no?, insistí. No le des tanta importancia, no iba a estar toda la vida haciendo eso, me contestó tendiéndome su cerveza para que bebiera, como si con eso quisiera decirme que no había en absoluto nada trágico en todo aquello. Hay gente que escribe un diario durante toda su vida, dije creyendo que esa era una frase llena de lógica. Y una mierda, soltó Ramón mientras me palmeaba la espalda igual que cuando yo perdía a los dados, eso no lo hace ni Dios. Pero al menos seguirás escribiendo, le dije al fin, ¿no? No creo, me contestó muy serio, no tiene sentido hacerlo, ya sabes que soy muy vago, me ha gustado mucho escribir así pero ya está, se acabó, y casi es mejor así, ¿te puedes creer que ni siquiera me he enfadado con mi madre?

Esa fue la última vez que hablamos de su diario; yo poco a poco lo fui olvidando, y aunque con el tiempo han ido apareciendo más amigos, nuevas mujeres, más veranos, otros bares, otras ciudades, otro siglo, de vez en cuando me acuerdo de aquella gran bolsa de basura llena de todo lo que le pasó a Ramón mientras fuimos amigos y que de algún modo también me pasó a mí.

Hoy, cuando casi todos ya hemos dejado de fumar y hemos olvidado tantas cosas, fue un día de esos en los que no piensa y piensa y de golpe le entran ganas de escribir pero descubre que no tiene dónde y sin saber cómo se siente tremendamente solo y no se le ocurre otra cosa que pedir otro café con leche al camarero de un bar tranquilo que nos ha dado por frecuentar entre las cinco y las cinco y media de la tarde antes de volver a casa. Y mientras con una mano remuevo el azúcar y con la otra sujeto un bolígrafo barato, pienso en lo que fue y pudo haber sido, tal y como cantaban esos cantantes (cantautores les llaman) que tanto le gustaban a Ramón y que incluso a mí alguno ha acabado por gustarme, y finalmente termino escribiendo en un puñado de servilletas de papel sobre un antiguo amigo que a su vez escribía un diario en los paquetes de tabaco que fumaba, al que hace años que no veo, y por el que he llegado a desconfiar de la validez de las servilletas escritas o de las hojas impresas que perpetúan una historia, llegando incluso a sospechar que tal vez todo es tan volátil que dónde vas a escribir un diario si no es en el humo arrugado que se acumula dentro de un armario dentro de una bolsa de plástico y que cualquier día de estos viene alguien y, sin que tenga importancia, te lo tira a la basura.

[2005]

***

Juan Miguel Contreras Camarena

____________________________________

Nota

Juan Miguel Contreras Camarena. Cardiopatías. Baile del Sol Ediciones, S.l., 2017. ISBN: 978-8416794720.

Categories: Literatura

About Author