Un viaje hacia todos y hacia nadie – Sebastián Gámez Millán

Un viaje hacia todos y hacia nadie – Sebastián Gámez Millán

Un viaje hacia todos y hacia nadie

***

***

Un viaje hacia todos y hacia nadie

Todos los años, al llegar el 23 de abril, día internacional del libro, pues en torno a esta fecha, pero en distintos calendarios, murieron Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, me pregunto qué nos aportan esos misteriosos objetos capaces de descifrar lo que sentimos y lo que pensamos, nuestra identidad, como acaso no nos lo revela el ADN. Seguramente este es más necesario y eficaz para intervenir de manera biológica, química o médica en eso que Descartes llamaba res extensa, los cuerpos sensibles; pero todavía seguimos identificando lo más íntimo de cada uno de nosotros con la res cogitans, a pesar de que el pensamiento ande desprestigiado, de capa caída, débil o fláccido.

De cuantos inventos ha concebido el ser humano, ¡hay tantos que nos resultan esenciales para nuestra supervivencia, desarrollo y civilización! La imprenta, la luz eléctrica, la máquina de vapor, las computadoras, internet, las vacunas… Pero quizá no haya ninguno que usemos tantas veces cada día y, sin embargo, no seamos conscientes de su poder, de su libertad y responsabilidad como el alfabeto, esas arbitrarias e innumerables combinaciones de signos con las que procuramos, casi siempre con menos suerte de la deseada, nombrar y designar el mundo que nos rodea.

A través de ese reducido número de signos no sólo aprendemos a leer; aprendemos a leer la realidad, cosa que nunca se termina de aprender; a través de ellos aprendemos a comprender, a interpretar, a pensar, a resolver o crear problemas que nos permiten avanzar, a comunicarnos… Un sinfín de operaciones sin las cuales se me antoja inconcebible ejercer la condición humana y progresar. Alberto Manguel, el autor de Una historia de la lectura, resumió atinadamente algunos de sus principales poderes: “preservar la memoria, dialogar con los muertos, dar testimonio del futuro, tomar prestada la experiencia de los otros, compartir escenas nunca vistas y emociones nunca sentidas, reconocer sabidurías que no sabíamos que eran nuestras, aprender a través de un simple código de signos quiénes somos y qué es el mundo”.

El mundo, ciertamente, no sólo se escribe en caracteres matemáticos, como declaró Galileo y sostuvo Pitágoras; también lo leemos y lo escribimos y lo reescribimos a través de las infinitas posibilidades del alfabeto, como si no pudiéramos más que balbucearlo. Voy a abordar la pregunta inicial a partir de un célebre fragmento de una carta del poeta inglés romántico John Keats, del que se cumplen doscientos años de su muerte, aunque no llegó a cumplir veinticinco años de vida (1795-1821). En su epitafio, en el cementerio protestante de Roma, leemos: “Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en agua”.

A juicio de T. S. Eliot, “sus cartas son las mejores escritas por un poeta inglés”. Fechada en el otoño de 1818, cuando conoció a Fanny, el gran amor de su vida, Keats le advierte a su amigo Richard Woodhouse: “(…) en lo que a la identidad del poeta se refiere, ésta no existe en sí, no tiene ser, es todo y, a la vez, nada, no tiene carácter, goza de la luz y de la sombra, vive placenteramente, ya sea en medio de cosas prósperas o adversas, altas o bajas, ricas o pobres, mezquinas o elevadas. (…) El poeta es lo menos poético que existe, porque no es identificable; continuamente está llenando y dando forma a algún otro cuerpo. El sol, la luna, el mar, los hombres y las mujeres, que son criaturas impulsivas, son poéticos, y tienen en sí algún atributo inmutable. El poeta carece de todos, es imposible identificarle”.
Este fragmento deslumbró e influyó poderosamente en la idea de poeta, en tanto que creador, de numerosos autores. Pero si lo rememoro hoy aquí no es por ello, sino porque la identidad del lector, de cualquier lector del mundo mientras ejerce el acto de leer, es idéntica a la del poeta y el creador. Al fin y al cabo cualquier artista es inconcebible sin la singular forma que posee, o es, de leer eso que llamamos realidad. En otros términos, la génesis de cualquier creador es indisociable de su particular manera de leer la realidad. Dime cómo lees y te diré cómo eres.

Pero, independientemente de que sea o no un creador, cualquier lector carece de identidad mientras lee. En contra de lo que pueda parecer, esto no es defecto, sino más bien una virtud. Evidentemente, antes y después de leer posee un yo social y un yo profundo, pero mientras lee ese rostro desaparece. Y el contacto con lo otro, con la otredad, siquiera sea por medio de la imaginación, altera y poco a poco transforma. Si la lectura ha sido de provecho, cosa que tal vez no dependa tanto de la obra como de la complicidad y sensibilidad del lector, este vuelve a sí con el rostro cambiado, aunque los familiares y amigos crean que hablan con el mismo de siempre.

Permítanme ilustrarlo con los testimonios de Fernando Pessoa y Jorge Luis Borges. Quizá bajo la influencia de la concepción del arte de Schopenhauer, el autor de Libro del desasosiego observa: “El arte nos libera de la sordidez de ser. Mientras sentimos los males y las injurias de Hamlet, príncipe de Dinamarca, no sentimos los nuestros –viles por ser nuestros y viles por ser viles”. Por su parte, Borges se pregunta en el ensayo Nueva refutación del tiempo: “¿Los fervorosos que se entregan a una línea de Shakespeare no son, literalmente, Shakespeare?”. No es fortuito que ambos hayan elegido a Shakespeare: después de todo, por su triple condición de dramaturgo, poeta y actor, poseía una capacidad casi insuperable de desaparecer para dar luz a cada uno de sus personajes.

En estos tiempos tan confusos y desorientados respecto a tantas cuestiones, entre ellas las identidades, conviene no perder de vista que la identidad de cualquier ser humano, al igual que la del lector, es múltiple y cambiante durante el proceso de la vida. No hay que concebirla de manera excluyente, como acostumbran los dogmatismos, los fanatismos y los nacionalismos, empecinados en ejercer violencia contra todos aquellos cuerpos que no caben en el marco de sus ideologías.

Por extraño que pueda parecer, quizá todos nosotros alojamos en cada uno aspectos que pueden ser rechazados o condenados, ya no solo por los otros, sino incluso por familiares y hasta amigos. Por eso entiendo que es preferible que la multiplicidad cambiante prevalezca sobre el aspecto que se rechaza; juzgar la persona por encima de una o varias partes (por supuesto, me refiero en el ámbito moral, no legal, donde todos debemos ser iguales).

Contra la intolerancia de la denominada “cultura de la cancelación”, que por prejuicios o aspectos que rechazan, descalifican e impiden el diálogo que es la historia y somos nosotros mismos, conviene reivindicar esa multiplicidad cambiante de la identidad de cada uno dentro del proceso de la vida. A decir verdad, “cultura de la cancelación” es un oxímoron o una antítesis: la cultura, si es tal, abre puertas, no las cierra, salvo que hablemos en un sentido antropológico, donde en efecto hay costumbres y prácticas que, en vez de ampliar nuestros márgenes de libertad, las restringen.

Por eso debemos leer también: para encontrar otras perspectivas, alternativas: salvavidas. Leer es un ejercicio de cosmopolitismo, imprescindible en el mundo globalizado en que estamos inmersos. No se puede ser “ciudadano del mundo” leyendo desde un punto de vista local o nacional; lo queramos o no, las culturas son híbridas, mosaicos de diversas teselas que se superponen a lo largo del tiempo. Tampoco existe un único modo de leer bien, pero sin duda uno de ellos consiste en elegir aquellas ideas, valores, prácticas o costumbres que, independientemente de dónde procedan, contribuyen a cultivar y desarrollar nuestra humanidad más civilizada.

Por todo ello leer es un viaje hacia todos y hacia nadie, algo que, aunque no nos sacia por completo de nuestra insaciable sed de experimentar otras vidas, nos permite por momentos ponernos en su piel y enriquecer nuestra existencia desde múltiples perspectivas. Quiero concluir cediéndole la palabra a un ilustrativo poema en prosa de Oliverio Girondo cuyo sentido del humor y del amor abrazará nuestras soledades más marginadas y esclarecerá de paso qué es eso que llamamos yo y la identidad humana:

“Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. 

Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W.C.

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.

¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo -me pregunto- todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un de una falta de tacto…

Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de con temporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquella desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, esta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abuse de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda”.

***

Sebastián Gámez Millán

Autor
Categories: Libros, libres

About Author