Turista – Un relato de Arturo del Río Rodríguez
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Turista [Relato]
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Turista [Relato]
Ya el aeropuerto le parece horroroso. Un manicomio, un centro comercial, un hormiguero del que brotan plagas incontenibles de pasajeros, de turistas. Pero él no lo es. Su maleta no ha llegado a destino, la compañía aérea no la ha subido a su avión, pero le han prometido que se la enviarán al hotel, probablemente al día siguiente. Umberto tiene que esperar en fila, con otros pasajeros, para que un taxi lo lleva al centro de la ciudad. En ese trámite, y en el de reclamar su maleta extraviada, ha perdido tres horas.
La temperatura ronda los cuarenta y dos grados. Cinco más que en su propia ciudad. La cosa se pondrá peor, le informa el taxista. En el hotel también le ponen sobre aviso: “mañana hará más calor aún, pero no se preocupe, tenemos aire acondicionado”. Sin embargo, debido a la sequía, el consumo del agua está restringido en ciertas franjas horarias.
Umberto está agotado por el viaje. Mañana, al despertar, comenzarán realmente sus vacaciones. Desde su habitación de hotel escucha durante toda la noche el traqueteo de las maletas de los turistas. Como el calor no le deja dormir, sale al balcón. Unos jóvenes se bañan en una fuente pública, como si estuvieran en los patios traseros de sus casas. Los más atrevidos practican nudismo.
Se levanta muy temprano, aunque apenas ha podido dormir con los ruidos de la calle. Después de desayunar pasea por las concurridas calles del casco histórico de la ciudad preferida – con una puntuación de 9,1 sobre 10 – por los usuarios de las mejores redes sociales. Lo único que hay abierto a esas horas tempranas de la mañana son los bares – algunos con calificaciones de hasta 9,7 – y tiendas de souvenirs. Pero enseguida, los turistas profesionales ocupan las aceras de la ciudad. El cielo está anaranjado, hay un gran incendio en el monte que rodea la ciudad. El tráfico de coches comienza a fluir, aderezado con sirenas de coches de bomberos y ambulancias. Los turistas, alborozados, graban vídeos de la carbonilla flotante cayendo sobre sus cabezas. Pero él no lo es.
A media mañana se hace complicado caminar por las aceras. Los turistas más recatados deambulan dentro de los museos o de los centros comerciales – les es indiferente –, donde, como mínimo, consumen aire acondicionado gratis. Pero él no lo es.
Umberto tiene apuntados dos o tres restaurantes para darse el capricho de una buena comida – El Gradenko sobresale por encima de todos, con un increíble 9,9 en su calificación global –, pero no hay mesas libres; solo admiten a clientes con reserva electrónica previa. En el resto de restaurantes tampoco admiten a comensales sin reserva. Lo mismo le ocurre cuando quiere visitar los fantásticos museos – imposible dejar de visitar el Museo General de las Artes, recomendado por todos los viajeros de las redes –: no hay entradas disponibles para varias semanas. Las tiendas son las mismas que en su ciudad, las mismas franquicias fundadas por los mismos empresarios que venden en el primer mundo lo que fabrican en el tercero.
Empapado en sudor, Umberto camina sin rumbo. El hotel queda lejos. Pasa por delante de una oxidada Virgen María de bronce que preside el centro de una plaza circunvalada por hierros viejos. Las callejuelas colindantes se han convertido en urinarios para turistas. Pero él no lo es. Da la sensación de que el barrio por el que Umberto pasea puede desaparecer en cualquier momento, derribado por el viento o por una tormenta desmadrada. Ni siquiera está en la guía virtual proporcionada por las webs de viajes TOP 10. Al fin, cuando cree que va a morir debido a un golpe de calor, aparece un taxi.
En el hotel, pregunta por su maleta, pero en la recepción no saben nada. Se desviste en la habitación con la intención de ducharse, pero ni una gota de agua sale de los grifos: es la franja horaria en la que hay restricciones de agua.
Antes de dormir, ve en la televisión programas absurdos, ininteligibles aun subtitulados. De noche, aprovechando que el calor ha cedido unos grados, los turistas cantan y beben hasta la madrugada.
Le despiertan un grupo de niños que juegan lanzando un balón contra la fachada del hotel. Después del desayuno, vienen a su encuentro dos perros, embadurnados como si acabaran de salir de una mina de carbón. Lo miran como si fuese un extraterrestre y desaparecen trotando mansamente. Un coche pasa a su lado, dejando un rastro de polvo que tarda en diluirse en el aire.
La calle donde se aloja Umberto está infestada de locales de comida rápida donde recalan manadas de engullidores de refrescos azucarados, drogas ligeras, y comidas que al momento se convierten en basura para reciclar; basura que ya no solo atañe al planeta, pues también orbita en el espacio. Los turistas, gente con prisas que solo sientan medio culo en las sillas, solo vienen a gastar, a convertir sus recuerdos en cromos para sus colecciones de selfis, y al poco tiempo se marchan con sus maletas rodantes a otras partes; no tienen sentido crítico, se comportan como eternos adolescentes; solo rinden cuentas ante los perfiles de sus cuentas sociales. Pero él no es.
De camino a ninguna parte, Umberto entra en un local de comida rápida, donde, después de hacer cola durante veinte minutos – un ramplón 5,3 de calificación en internet –, le venden una porción de pizza que sabe a plástico, y un refresco. Esa será su comida hoy. El calor sigue siendo insoportable. Si fuera un vampiro se derretiría en la acera aun sin el roce de los rayos del sol.
Umberto vuelve al hotel. Se ducha de nuevo y, desesperado por la sensación permanente de que su piel va a arder, enciende el aire acondicionado y se echa a dormir la siesta. Un concierto de martillo sobre chapa metálica, proveniente de la calle, hace de improvisado despertador. Por culpa del aire ha cogido frío, le duele la cabeza y se ha quedado afónico. En la recepción pregunta por su maleta, que sigue desaparecida, y por una farmacia. Hay una, cincuenta metros calle abajo, le dicen. También le recomiendan una excursión a un pueblecito pintoresco con una puntuación de 9,3 sobre 10 del TOP TEN de lugares con encanto.
El autobús se coge unas manzanas más allá, atravesando una peligrosa curva en mitad de una carretera. Las calles están llenas de polvo. Es como si no hubiese llovido en siglos en aquella zona de la ciudad. Como no ha reservado asiento, Umberto tiene que ir de pie durante todo el viaje, agarrado a una barra que cuelga del techo, junto a muchos otros turistas, aunque él no lo es. El trayecto dura tres largas e incómodas horas. Al fin, el autobús llega al destino, un pueblo construido a los lados de una calle principal desbordada de turistas. Pero él no lo es. Se le hace imposible avanzar unos pasos. Allí solo hay joyerías, tiendas de regalos, locales de comida rápida. Hace tanto calor que, de pronto, el cielo se rompe con un trueno y empieza a llover. Los turistas se dispersan y las calles, del pueblo medieval vuelve a ser lo que fue muchos siglos atrás. El suelo brilla. Umberto se refugia en una iglesia – 7 sobre 10, estilo normando tardío – donde las lugareñas, ya acostumbradas a la plaga inevitable del turismo – él no lo es –, rezan y dormitan al mismo tiempo. Luego, cena una hamburguesa grasienta en un callejón donde gotean los toldos y los gatos van y vienen. Grandes mosquitos revolotean alrededor. El camino de vuelta al hotel es una tortura, otras tres horas de pie en el autobús, agarrado a una barra de metal.
A la mañana siguiente, Umberto se arrepiente de haber viajado a esa ciudad ruidosa, calurosa e insoportable. Entonces, mientras busca un lugar para desayunar, ve el escaparate de una agencia de viajes. Decide entrar. Pasar un día más en esa ciudad infernal sería una tortura, pues él no es un turista más.
“Necesito que me recomiende usted” – le dice al hombre de la agencia –, “un destino ideal. No soporto esta ciudad, no soporto este calor. Dígame, ¿dónde puedo encontrar paz, arte y belleza?”
El hombre de la agencia de viajes, de rostro amofletado, sonríe. “La gente vive obsesionada por ser libre, y esa es su mayor esclavitud”, dice, y a continuación le muestra unos folletos de una ciudad donde las calles están llenas de música, y de arte, con una puntación de 9,6 sobre 10 en las más elitistas redes sociales: la propia ciudad donde vive Umberto, que últimamente también ha abierto sus puertas a los turistas de todo el mundo. Pero él no lo es.
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Arturo del Río Rodríguez
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