El gabán de Harpo Marx – El culo de la Tía Nemesia – Una sinfonía de sonidos dislocados de Rafael Guardiola Iranzo
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El gabán de Harpo Marx – El culo de la Tía Nemesia – Una sinfonía de sonidos dislocados de Rafael Guardiola Iranzo
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El culo de la Tía Nemesia
Laura era una de esas personas que piensan que el amor lo cura todo. Por el contrario, doña Alfonsa, su madre, creía que todo el mundo era malvado, estaba loco, enfermo o tonto (salvo ella, claro está), y había consagrado su tormentosa, pero sólida existencia a justificar sus tesis y predicciones de acuerdo con las reglas del método cartesiano, la ley del embudo y la pericia de un Rasputín hembra. Siempre que podía, se vanagloriaba de no haber trabajado en su vida, como si los demás fuéramos gilipollas. Laura había hecho un largo viaje desde Melilla con su familia. Al llegar a Navahermosa, sintió que se marchitaba como una flor fugaz, se le doblaban las piernas del cansancio y suspiraba por meterse en la cama –a ser posible, muy cerca de mis velludas piernas de búfalo mesetario y a buen recaudo de los vigoleros y las corrientes de aire. Antes de ello, tendría que buscar acomodo en el caserón a sus dos hijos y tomarse un colacao muy caliente mojando en él un par de galletas o un trozo de pan de chusco de la tienda de la Sagrario.
¡Qué tal mamá! ¿Cómo te encuentras? Estoy mu mala, mu mala. ¡Ay! Las medicinas me están matando. Los médicos me quieren llevar al hoyo dándome el jicarazo. Por cierto –dijo doña Alfonsa-, qué gorda estás, batiendo fuertemente un abanico de nácar contra su pecho abundante. Para su información, Laura es una mujer de piernas largas y esbeltas, tobillos estrechos, busto turgente y piel bronceada. Es muy elegante, a su pesar, por lo que contaré más adelante. Pero para doña Alfonsa, su hija Laura era y siempre sería lo más parecido a un globo terráqueo y a un cardo borriquero, un erial tan polvoriento como el cementerio de El Toboso. ¡Venga, Laura, dame un masaje en las piernas, que las tengo muy cargadas! –dijo doña Alfonsa, mirando al tendido. Se dirigieron a la habitación del fondo. Doña Alfonsa se tendió en la cama de Alfonsita, la hija menor, que coleccionaba avestruces de peluche, fotos antiguas y cruces de Caravaca. Su novio de toda la vida tocaba la gaita, algo bastante exótico en estas latitudes, y le gustaba hacer mojitos y vestir falda escocesa en las celebraciones familiares y en los torneos de petanca que se celebraban en la plaza. Se había aficionado a llevar las cosas colgando desde que conoció a Alfonsita en el “Picnic La Milagra” –para dar facilidades- y a jugar al backgammon con sus amigos de Pulgar, a los que había empleado en su modesta fábrica de gaseosas ecológicas.
¡Uf, qué cansada estoy! –suspiraba Laura, al tiempo que le sonaban las tripas. Había conducido sin parar y sin probar bocado desde el puerto de Málaga y le dolían todos los huesos del viaje en barco, intentando convencer a nuestros hijos de que no se tiraran por la borda. ¡Venga, no seas perezosa, siempre te estás quejando, leche! Parece que en vez de sangre tengas horchata –decía riéndose doña Alfonsa, agitando el abanico cada vez a mayor velocidad, al tiempo que saboreaba una pieza de mazapán en forma de tuba. Antes de tumbarse en la cama, doña Alfonsa se miró detenidamente en el espejo ovalado de pared que ejercía de almendra mística rural. En su rostro, todavía lozano para su avanzada edad, estaban escritos el secreto de la eterna juventud y las gracias de la vida muelle. Vamos, que no había dado nunca un palo al agua y decía ser la mujer más guapa del mundo. Era algo vocacional, calculado hasta el milímetro, con orden y medida, como exige Descartes. Estaba tatuado en su código de barras con tinta indeleble. Ya en el lecho de Alfonsita, se arremangó la falda que le había cosido Alondra, “la paragüera”, quedándose sin dormir las dos últimas noches con este fin. ¡Aquí, aquí me duele mucho!¡Ay, ay, ay! ¡Qué mala estoy, Dios mío!, decía doña Alfonsa. ¡Llamad al cura, que me muero! De nada servía el cariño y el tono sosegado de su hija, deslizando sus manos de ángel por unas piernas castigadas por la vida sedentaria y la mala leche. Alfonsa interrumpió entonces su concierto de lamentos, miró fijamente a Laura y le dijo con sorna: ¡Umm, ahora que te veo de cerca, tienes el culo como la tía Nemesia! A lo que Laura contestó, como un resorte: ¡Y a mucha honra! ¡me gusta todo lo que procede de mi padre! Esa noche fue difícil conciliar el sueño, pero finalmente, tras tragar simbólicamente un orinal de bilis, se hizo el milagro.
A la mañana siguiente, Alfonsa salió precipitadamente del salón. Acababa de poner la comida a las iguanas en el terrario. Tenía el rictus que tantas veces yo había admirado en el rostro de Judith, imaginándome su vulva peluda, sonrosada y abierta, como en el cuadro de Courbet. Era esa enigmática imagen de Gustav Klimt reproducida hasta la náusea y desplazada de sus fines lascivos. Esa mirada extraviada y gélida, tan fría como la temperatura que había en la estancia y que excitaba sin piedad mis pezones sexagenarios. Alfonsa había decidido que su casa fuese apta para los pingüinos en el verano toledano y no se separaba del mando del aire acondicionado, que ocultaba bajo la faja y marcaba 12. Los viejos del lugar, además de tener la precaución de abrigarse antes de entrar al salón de la casa, donde se mecía doña Alfonsa, sabían que siempre había una cabeza cortada nueva en la bandeja de plata depositada sobre la mesa de caoba.
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Rafael Guardiola Iranzo
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