El olvido de los durmientes – XI – Dejando su cuidado entre las azucenas olvidados – María Elena Arenas Cruz

El olvido de los durmientes – XI – Dejando su cuidado entre las azucenas olvidados – María Elena Arenas Cruz

El olvido de los durmientes – XI – Dejando su cuidado entre las azucenas olvidados

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El olvido de los durmientes – XI – Dejando su cuidado entre las azucenas olvidados

Ellos son dos por error que la noche corrige

Eduardo Galeano

En uno de los primeros capítulos de esta serie comenté algunos cuadros y poemas que mostraban una relación pasional o amorosa entre dos personajes; en ellos, uno de los personajes de la escena estaba despierto mientras que el otro permanecía dormido; la dejadez de uno contrastaba con la acción, o meditativa o impetuosa, del otro. Quiero ahora acercarme a aquellas representaciones en las que los amantes se han quedado ambos dormidos después del gozo. En esta línea destaca un cuadro deslumbrante y polémico, “El sueño”, de Courbet (1866), tan osado en su representación de una escena de amor lésbico que algún crítico lo volvió pudorosamente a titular “La Lujuria y la Pereza”. Ya ese eco de pecado y culpa que asoma en el nuevo título encierra una prevención, un miedo a mirar directamente los blancos cuerpos de estas dos mujeres que duermen abrazadas.

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Gustave Courbet – Le Sommeil [Les Deux Amies, ou Paresse et Luxure] – [1866 – Petit Palais / Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris – Paris – France]

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La pintura responde a la fascinación que a finales del siglo XIX ejerce sobre los artistas y los coleccionistas el tema de las femmes damnées. Recuérdense los poemas que Baudelaire reúne en Las flores del mal o la serie “Amigas”, de Verlaine, composiciones en las que se explora y recrea la seducción y el misterio que provocan en los hombres las relaciones amorosas entre mujeres. Por obra de moralistas y psiquiatras, en esas fechas el lesbianismo es considerado una perversión monstruosa, una aberración sexual, castigada penal y socialmente; eso precisamente atrae las miradas del mundo masculino: bohemios, actores, escritores, artistas…, convierten a la mujer lesbiana, ambigua e inalcanzable, en protagonista de cuentos, novelas y pinturas (Rosa de Diego, 2007).

El cuadro de Courbet es un encargo realizado por el cultísimo, frívolo y disoluto diplomático turco Khalil Bay, retirado en París después de llevar una intensa vida como embajador del Imperio Otomano en Atenas y San Petersburgo. Que Bay fuera el comprador es la prueba que demuestra que el cuadro no es un emblema didáctico contra la pereza y la lujuria, como quiso ver Toussaint (que interpretó el collar roto como un símbolo del remordimiento), sino una recreación explícitamente realista de una de las fantasías eróticas masculinas más frecuentes, aquella que atisba en secreto a las mujeres cuando se aman. La carnalidad de los cuerpos libremente entrelazados, su gravidez sobre las colchas, no sugiere sino una tregua de sueño para descansar después de la batalla de amor, que ha debido de ser intensa a juzgar por la rotura del collar, un improvisado artificio erótico que posiblemente se ha quebrado como consecuencia del juego.

El mismo efecto de paz después del gozo sexual, pero con un exquisito toque de sencillez, encontramos en el cuadro de Picasso titulado “Campesinos durmiendo”, pintado en París en 1919, cuando el artista empezaba a distanciarse de la diseccionadora mirada del cubismo. El año anterior, en Roma, Picasso había conocido a la que iba a ser su esposa, la bailarina Olga Khokhlova, integrante del animado y desenfadado ballet ruso dirigido por Serguéi Diáguilev. Seducido por el grupo, diseña los decorados y pinta los telones de Parade, un extraño ballet inspirado en un argumento de Jean Cocteau con música de Erik Satie. Parece ser que, durante la primavera romana, uno de los entretenimientos preferidos de Picasso era pasear por la Plaza de España, en cuya escalinata se reunían multitud de jóvenes que, vestidos de manera pintoresca, servían de modelo a pintores y fotógrafos. Sería este nuevo gusto por los objetos sencillos y las personas naturales, el que de alguna manera inspiraría estos “Campesinos durmiendo”. 

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Pablo Ruiz Picasso – Campesinos durmiendo [1919 – Museum of Modern Art – New York City – USA]

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Forman una especie de círculo de armonía: la mujer semidesnuda y tumbada con una pierna hacia arriba que apoya en el haz de paja tras el que sin duda han buscado ese momento de intimidad; la rodilla de ella apenas es rozada por el codo de su amado, que encuentra en su propio brazo una base para reclinar la cabeza; a su vez, la gran mano masculina ligeramente roza la cara de ella, que descansa sobre una de las piernas de él. El círculo que forman los dos cuerpos parece querer evocar que siguen rodando juntos durante el sueño.

Aunque los dos duermen plácidamente, ella está absolutamente abandonada, reposa confiada, en extremo relajada, protegida por esos brazos poderosos que poco antes la han amado. Nada que ver con la estilización de las mujeres del cuadro de Courbet y mucho menos con la cuidada postura de las venus desnudas o semidesnudas a las que podría recordar esta sencilla campesina. Aquellas, tan quietas y ensimismadas, parecen pensadas para ser contempladas solo como un objeto hermoso, para que la mirada del espectador masculino acceda a hurtadillas al secreto cuerpo de las mujeres, que se ofrece con reparos. La postura de esta, en cambio, es mucho más libre y espontánea, está alejada de toda convención estética o moral, de ahí la boca entreabierta o la pierna levantada. Esta mujer no es consciente de que la podrían estar mirando, y, precisamente ahí, descansa la seducción que ejerce este cuadro: nos está diciendo que el sexo vivido en el campo, entre gentes sencillas, es la expresión encarnada de la eterna rueda de la naturaleza en su giro de vida y muerte; el abandonarse al sueño después del amor lo es igualmente.

Con todo, una vez dormidos, cada uno transita por su propio sueño y los amantes quedan irremisiblemente alejados. Dos sueños, dos mundos diferentes. Pues, como decía Heráclito, “todo hombre despierto habita un mundo común, pero cada uno piensa que habita su propio mundo cuando sueña” (Citado por Addison, 1712: 104). Por eso, en esta entrega feliz, si hay algo que todos los amantes quisieran compartir más allá de sus cuerpos, más allá de sus palabras, es precisamente aquello que es imposible compartir: un mismo sueño. Es la conjetura hermosa que Pablo Neruda expresa en su poema “La noche en la isla” (1952):

Toda la noche he dormido contigo
junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,
entre el fuego y el agua.
Tal vez muy tarde
nuestros sueños se unieron
en lo alto o en el fondo,
Arriba como ramas que un mismo viento mueve,
Abajo como rojas raíces que se tocan.

Como el deseo de los sueños de dos amantes que duermen juntos confluyan o coincidan en un mismo sueño no es más que eso, un deseo, un anhelo que se sabe imposible, Jorge Wagensberg explícitamente lo plantea como un sueño soñado (2006: 113):

Quiero soñar que compartimos la cama,
que nos dormimos,
que compartimos un sueño,
y que luego, ya despiertos,
compartimos riendo,
el recuerdo del sueño compartido.

¡Y qué idea maravillosa esta no solo de compartir un mismo sueño, sino después, el relato de dicho sueño, que, indefectiblemente, y por la inalienable singularidad de la condición humana, habrán de ser dos relatos! Y ya imagino a los amantes atropellándose con las palabras para matizar cada uno a su manera su singular vivencia del sueño común.

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María Elena Arenas Cruz

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Notas al texto

Addison, Joseph (1712), “Sobre los sueños”, en The Spectator, núm, 487, recogido en J. L. Borges (ed.), Libro de sueños,cit., pp. 101-105.

Diego, Rosa de (2007), “El mito de Safo en el relato decadente”, en Anales de Filología Francesa, nº 15, págs. 77-90.

Neruda, Pablo (1952), Los versos del capitán, en Obras completas, I, Barcelona, RBA, 2005.

Wagensberg, Jorge (2006), A más cómo, menos por qué. 747 reflexiones con la intención de comprender lo fundamental, lo natural y lo cultural, Barcelona, Círculo de Lectores.

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