El pueblo – Un relato de Rafael Baeza Rodríguez

El pueblo – Un relato de Rafael Baeza Rodríguez

El pueblo [Relato]

***

***

El pueblo

Estimado  Miguel,  mi mujer y yo nos trasladamos  a vivir al campo  por indicación  expresa del médico, ya que  la ciudad estaba acabando conmigo física y mentalmente, o sea, que estaba hecho un asco  y aunque no me apetecía nada todo el trajín que conlleva buscar una casa, los tratos y la mudanza, después de remolonear durante varios meses finalmente no nos quedó otra que ponernos en serio a buscar algo que cumpliese con lo que me habían recomendado.

Un día, un amigo me llamó para decirme que sabía de  una  casa antigua, pequeña  y bastante deteriorada  pero con unas bonitas vistas, sólo había que adecentarla  para vivir.  Después de engorrosas gestiones conseguimos  comprarla  y un bonito día de principios de la primavera nos pusimos en camino.

Situada  en las afueras de un  pueblecito en la sierra del norte de Andalucía,  con unos paisajes espectaculares de montaña,  la casa tiene  lo que a mí más me interesa, aislamiento, naturaleza y paz.

Los primeros meses fueron muy ajetreados. Contratamos  a unos albañiles del pueblo que a pesar de nuestras indicaciones se empeñaban en hacer lo contrario de lo que les decíamos. Fue un tiempo de nervios, enfados y algún que otro amago de abandono por parte de la cuadrilla, pero gracias a Dios, o más bien gracias a la paciencia y mano izquierda de mi mujer, aquello termino pareciendo más o menos lo que queríamos desde un principio.

En fin, nos instalamos y comenzamos a amueblar la casa.

En un viejo aparador que pensábamos tirar a la basura mi mujer encontró un montón de periódicos antiguos, revistas, papeles de todo tipo y una carpeta de cartón azul, de esas que se cierran con gomas elásticas muy sucia y descolorida; dentro hallamos un pliego de hojas  deterioradas, estaban escritas a mano, con una escritura tosca y muchas faltas de ortografía;  Para poder enviártelo he tenido que poner algún orden en lo escrito   ya que parte de él estaba ilegible. Te lo envío para que le eches un vistazo. Ya me contarás.

Un abrazo, querido amigo.

“Cuando me pongo remolón, que es normalmente cuando viene el invierno, los árboles se desnudan y los fríos te arrebujan el cuerpo,  a mí me da la idea de meterme en la  cueva con mi perro para  pasar el inverno y no salir hasta que el sol vuelva a calentar y uno pueda pasear por el campo oliendo los aromas de la hierba  mojada,  sentir la lluvia caer sobre la tierra,  escuchar el canto de la perdiz y ver  el vuelo de  los pájaros en el cielo. También me gusta el olor del pueblo,  el humo de leña quemada  y un vaso de vino en la taberna. No creo yo que un hombre necesite mucho más, eso creo yo que soy un ignorante y un poco corto de entendederas como dice mi padre y que nunca llegaré a ser un hombre de provecho, porque dice mi padre que soy un simple y los simples no tienen maldad y sobreviven gracias a la bondad de la gente y porque tengo un techo para cobijarme.

 Mi padre  dice que todas las criaturas de la tierra tienen un sentido y que el mío todavía no ha  averiguado cual es y habla de que pajarear  todo el  día no es algo que aproveche a nadie, que a ver. Yo no sé qué quiere decir cuando se pone a hablar  raro y a contarme como él ha tenido que sacarnos para delante sólo con la ayuda de sus manos y que por mucha fatiga que haya pasado no se arrepiente de nada porque todo lo ha hecho para bien de nosotros, aunque echa mucho de meno a mi madre que murió  joven cuando yo hacia por venir al mundo y es algo que siempre me ha reconcomio por dentro porque a lo peor es por mi culpa que mi madre murió.  Mi padre nunca me lo dice pero alguna ve me mira de mala manera y a mí me da un poco de canguelo, y me voy para el campo que allí no estorbo a nadie y mi perro me lame las manos cuando lo acaricio y me mira que parece que quiere hablarme,  con los ojos muy abiertos y quieto hasta que se pone a correr y ladrar para arriba y para abajo como un loco que hubiese perdido la cabeza y vuelve con la lengua fuera y los ojos brillantes y pone sus patas en mi pecho y yo me rio.

 Busco leña para cocinar  y cuando es tiempo, espárragos y tagarninas,  que dice mi hermana que no hay nada como los alimentos que nos da el Señor y digo yo qué  tendrá que ver ese Señor porque yo nunca lo he visto por la sierra ni me ha dado nunca un manojo de espárragos y mi hermana cuando me ve con las manos  arañadas me da las gracias a mí y nunca pregunta si me los ha dado el Señor ese, que ya me gustaría porque los espárragos tienen la costumbre de crecer en los cerros mas duros y es difícil cogerlos. Pero a mi no me importa porque ella  se pone muy contenta y me besa y me acaricia la cabeza, como yo hago con mi perro,  y a mi me da mucha vergüenza  pero la verdad es que el corazón se me sale del pecho y casi no puedo respirar de lo contento. Mi hermana siempre está trabajando y dicen en el pueblo que si no fuera por ella ya nos comería la porquería. Y digo yo, qué  manía con escudriñar  en la vida de todo el mundo como si no tuviesen nada que hacer  más que dedicarse a trajinar en  las vidas de unos y de otros, que me parece a mí que eso no debe ser bueno porque cría mala sangre y te envenena los sentidos.

Mi hermana Aguedita, después de adecentar la casa sale a la calle  y allí la ves con una escoba de brezo barriendo la acera envuelta en una nube de polvo mientras el sol se va desperezando y el espacio se va empapando de luz. De la techumbre salen los gorriones como un tropel de pilluelos perseguidos, que todo lo alborotan  con el roce de sus  plumas.

En el mercado  busca los productos de temporada, lo más barato. A veces, las frutas y verduras que ya no están en muy buenas condiciones se las dan por cuatro perras y cuando hay algo más de dinero trae un poco de carne o  tocino y el bendito pan,  siempre.

 No tiene muchas amigas mi hermana, digo yo que será porque somos muy pobres, que no es una enfermedad. Están  ellas  en una cuadrilla que contratan en tiempo de  siega y aunque es un trabajo muy duro que te deja desriñonado, ríen y hablan de  sus  cosas, en esos momentos mi hermana parece feliz. Arriba, el sol blanco,  el campo preñado de espigas  y ella, con su negro cabello al viento y sus  grandes ojos  muy abiertos, como asombrada de la vida.

De vez en cuando me  dejan las cabras y me paso los días sin ver a nadie, allí arriba, solo con las cabras y  bandadas de palomas en el cielo. Esos días los paso  en una  choza hecha de piedras,  y aunque es poco lo que me dan no me quejo, porque allí al menos me siento útil y puedo hablarle a los bichos sin que se metan conmigo, que aunque  me dicen que estoy loco yo sé que los animales tienen sus sentimientos y que no hay dos iguales, vamos, que cada uno tiene su no sé qué.  Igual que nosotros,  lo único que ellos no pueden hablar, aunque no sé  yo si es que no quieren saber nada de nuestros asuntos porque nosotros  lo liamos todo y siempre estamos buscando problemas y quebraderos de cabeza, a ver si no por qué los animales no son vengativos, ni te guardan rencor, ni se preocupan de si unos viven mejor que otros, que si pitos que si flautas. Ellos viven y ya está.

En mi pueblo casi todos somos pobres: se trabaja el campo,  las cabras,  y ovejas, también la madera de los bosques. Algunos cultivan viñedos, que son pocos, pero  tienen  fama porque producen un vino rojizo  muy bueno, dicen los que saben de eso. También tenemos un cura y un boticario y una vieja  que vive en una covacha y recoge yerbas  y hongos del campo, cuando la luna está grande y roja y sólo en algunas  épocas del año.  En sus paredes cuelgan manojos de manzanilla, tomillo, romero, dientes de león y todo tipo de yerbas que utiliza como emplastos, bálsamos y pócimas. La vieja es muy sucia y huraña,  siempre va con andrajos puestos y anda descalza porque dice que la tierra le da su energía y le conserva la salud. Siempre hay trajín en su chabola, porque muchos  del pueblo acuden  a ella cuando tienen  el cuerpo desmedrado.    

El boticario atiende a los más ricos del pueblo, que son pocos y se pasan el día en la taberna  hablando de don Venancio, que es el más rico de todos y al que todos respetan  y envidian, siembre rodeado de adulones y soba lomos,  y aunque  parlotean  y discuten, nadie sabe  cuánto dinero tiene; es también el  alcalde del pueblo y  gran parte de las tierras son suyas.  Es rico, don Venancio, pero se me hace a mí que no  es feliz. Que desde que se le mató el hijo anda el hombre como  carcomido por dentro.  Él sintió mucho su muerto.

Su mujer, doña Esperanza,  sale  poco de  casa,  lo hace   para ir a misa casi todos los días muy temprano. Va siempre de luto, como envuelta en una nube oscura; Tiene  una criada que le mantiene la casa y que no anda muy bien de la cabeza, se la escucha a veces reír muy bajo, con una risa muy vieja, como cansada de reír. Enciende la chimenea, arregla la casa, suelta al perro por las noches  y prepara la comida de los señores, ya que las oraciones no llenan el estómago, eso digo yo que todavía no he visto la  iglesia por dentro.

 Tiene ésta un cementerio antiguo, desbaratado  y cubierto de maleza. Dicen algunos que,  algunas noches, cuando  las estrellas puntean  la oscuridad,  emana del suelo  un paño blanco de neblina que  serpentea   por  las viejas lápidas.  En la taberna cuentan  que son los espíritus de los difuntos vagabundeando entre nosotros por sus pecados.  Yo nunca he visto eso, y  me parece a mí que el vino  te hace ver lo que no es, a saber.

En mi pueblo somos muy ignorantes y todo lo que se nos escapa de nuestras entendederas es sobrenatural. Por eso nadie pasa por debajo de una escalera y se santigua cuando se cruza con un gato negro y un espejo  que se rompe son siete  años de mala suerte, ya ves tú, nosotros que llevamos viviendo toda la vida con la mala suerte de sombra. Hay pueblos que respiran   desdichas.

Tras la muerte del hijo,  don Venancio  quedó  perdido. Guardó su dolor en un lugar seguro. Nada le conmovía  y le agarró la desilusión. Se le iban las horas, los  días  y los pulsos del corazón  apoyado en el murete  de piedras,  donde su hijo. Las cenizas de la vejez se adueñaron de él y  se le fue desmenuzando el cuerpo. Fue abandonándolo todo y a todos. Lo encontraron apoyado en el murete, los ojos vacuos  mirando hacia la nada.   La tierra estaba frente a él, vacía; los campos eran una mancha de miseria, el abandono había endurecido la tierra. Las plantas parásitas, los abrojos, comenzaron a surgir del agrietado suelo.  Aquella ruina apenaba el ánimo, oprimía el corazón.

Sobre los carros se amontonaban toda clase de objetos domésticos: ajados colchones, sillas de esparto, sartenes, calderos, platos. Todo se apiñaba sobre el carro sucio, gastado, miserable, como si la desgracia marchase tras de la familia. El pueblo se llenó de adioses y las horas se llenaron de espanto.

***

Rafael Baeza Rodríguez

Categories: Literatura

About Author