El pueblo – Un relato de Rafael Baeza Rodríguez
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El pueblo [Relato]
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El pueblo
Estimado Miguel, mi mujer y yo nos trasladamos a vivir al campo por indicación expresa del médico, ya que la ciudad estaba acabando conmigo física y mentalmente, o sea, que estaba hecho un asco y aunque no me apetecía nada todo el trajín que conlleva buscar una casa, los tratos y la mudanza, después de remolonear durante varios meses finalmente no nos quedó otra que ponernos en serio a buscar algo que cumpliese con lo que me habían recomendado.
Un día, un amigo me llamó para decirme que sabía de una casa antigua, pequeña y bastante deteriorada pero con unas bonitas vistas, sólo había que adecentarla para vivir. Después de engorrosas gestiones conseguimos comprarla y un bonito día de principios de la primavera nos pusimos en camino.
Situada en las afueras de un pueblecito en la sierra del norte de Andalucía, con unos paisajes espectaculares de montaña, la casa tiene lo que a mí más me interesa, aislamiento, naturaleza y paz.
Los primeros meses fueron muy ajetreados. Contratamos a unos albañiles del pueblo que a pesar de nuestras indicaciones se empeñaban en hacer lo contrario de lo que les decíamos. Fue un tiempo de nervios, enfados y algún que otro amago de abandono por parte de la cuadrilla, pero gracias a Dios, o más bien gracias a la paciencia y mano izquierda de mi mujer, aquello termino pareciendo más o menos lo que queríamos desde un principio.
En fin, nos instalamos y comenzamos a amueblar la casa.
En un viejo aparador que pensábamos tirar a la basura mi mujer encontró un montón de periódicos antiguos, revistas, papeles de todo tipo y una carpeta de cartón azul, de esas que se cierran con gomas elásticas muy sucia y descolorida; dentro hallamos un pliego de hojas deterioradas, estaban escritas a mano, con una escritura tosca y muchas faltas de ortografía; Para poder enviártelo he tenido que poner algún orden en lo escrito ya que parte de él estaba ilegible. Te lo envío para que le eches un vistazo. Ya me contarás.
Un abrazo, querido amigo.
“Cuando me pongo remolón, que es normalmente cuando viene el invierno, los árboles se desnudan y los fríos te arrebujan el cuerpo, a mí me da la idea de meterme en la cueva con mi perro para pasar el inverno y no salir hasta que el sol vuelva a calentar y uno pueda pasear por el campo oliendo los aromas de la hierba mojada, sentir la lluvia caer sobre la tierra, escuchar el canto de la perdiz y ver el vuelo de los pájaros en el cielo. También me gusta el olor del pueblo, el humo de leña quemada y un vaso de vino en la taberna. No creo yo que un hombre necesite mucho más, eso creo yo que soy un ignorante y un poco corto de entendederas como dice mi padre y que nunca llegaré a ser un hombre de provecho, porque dice mi padre que soy un simple y los simples no tienen maldad y sobreviven gracias a la bondad de la gente y porque tengo un techo para cobijarme.
Mi padre dice que todas las criaturas de la tierra tienen un sentido y que el mío todavía no ha averiguado cual es y habla de que pajarear todo el día no es algo que aproveche a nadie, que a ver. Yo no sé qué quiere decir cuando se pone a hablar raro y a contarme como él ha tenido que sacarnos para delante sólo con la ayuda de sus manos y que por mucha fatiga que haya pasado no se arrepiente de nada porque todo lo ha hecho para bien de nosotros, aunque echa mucho de meno a mi madre que murió joven cuando yo hacia por venir al mundo y es algo que siempre me ha reconcomio por dentro porque a lo peor es por mi culpa que mi madre murió. Mi padre nunca me lo dice pero alguna ve me mira de mala manera y a mí me da un poco de canguelo, y me voy para el campo que allí no estorbo a nadie y mi perro me lame las manos cuando lo acaricio y me mira que parece que quiere hablarme, con los ojos muy abiertos y quieto hasta que se pone a correr y ladrar para arriba y para abajo como un loco que hubiese perdido la cabeza y vuelve con la lengua fuera y los ojos brillantes y pone sus patas en mi pecho y yo me rio.
Busco leña para cocinar y cuando es tiempo, espárragos y tagarninas, que dice mi hermana que no hay nada como los alimentos que nos da el Señor y digo yo qué tendrá que ver ese Señor porque yo nunca lo he visto por la sierra ni me ha dado nunca un manojo de espárragos y mi hermana cuando me ve con las manos arañadas me da las gracias a mí y nunca pregunta si me los ha dado el Señor ese, que ya me gustaría porque los espárragos tienen la costumbre de crecer en los cerros mas duros y es difícil cogerlos. Pero a mi no me importa porque ella se pone muy contenta y me besa y me acaricia la cabeza, como yo hago con mi perro, y a mi me da mucha vergüenza pero la verdad es que el corazón se me sale del pecho y casi no puedo respirar de lo contento. Mi hermana siempre está trabajando y dicen en el pueblo que si no fuera por ella ya nos comería la porquería. Y digo yo, qué manía con escudriñar en la vida de todo el mundo como si no tuviesen nada que hacer más que dedicarse a trajinar en las vidas de unos y de otros, que me parece a mí que eso no debe ser bueno porque cría mala sangre y te envenena los sentidos.
Mi hermana Aguedita, después de adecentar la casa sale a la calle y allí la ves con una escoba de brezo barriendo la acera envuelta en una nube de polvo mientras el sol se va desperezando y el espacio se va empapando de luz. De la techumbre salen los gorriones como un tropel de pilluelos perseguidos, que todo lo alborotan con el roce de sus plumas.
En el mercado busca los productos de temporada, lo más barato. A veces, las frutas y verduras que ya no están en muy buenas condiciones se las dan por cuatro perras y cuando hay algo más de dinero trae un poco de carne o tocino y el bendito pan, siempre.
No tiene muchas amigas mi hermana, digo yo que será porque somos muy pobres, que no es una enfermedad. Están ellas en una cuadrilla que contratan en tiempo de siega y aunque es un trabajo muy duro que te deja desriñonado, ríen y hablan de sus cosas, en esos momentos mi hermana parece feliz. Arriba, el sol blanco, el campo preñado de espigas y ella, con su negro cabello al viento y sus grandes ojos muy abiertos, como asombrada de la vida.
De vez en cuando me dejan las cabras y me paso los días sin ver a nadie, allí arriba, solo con las cabras y bandadas de palomas en el cielo. Esos días los paso en una choza hecha de piedras, y aunque es poco lo que me dan no me quejo, porque allí al menos me siento útil y puedo hablarle a los bichos sin que se metan conmigo, que aunque me dicen que estoy loco yo sé que los animales tienen sus sentimientos y que no hay dos iguales, vamos, que cada uno tiene su no sé qué. Igual que nosotros, lo único que ellos no pueden hablar, aunque no sé yo si es que no quieren saber nada de nuestros asuntos porque nosotros lo liamos todo y siempre estamos buscando problemas y quebraderos de cabeza, a ver si no por qué los animales no son vengativos, ni te guardan rencor, ni se preocupan de si unos viven mejor que otros, que si pitos que si flautas. Ellos viven y ya está.
En mi pueblo casi todos somos pobres: se trabaja el campo, las cabras, y ovejas, también la madera de los bosques. Algunos cultivan viñedos, que son pocos, pero tienen fama porque producen un vino rojizo muy bueno, dicen los que saben de eso. También tenemos un cura y un boticario y una vieja que vive en una covacha y recoge yerbas y hongos del campo, cuando la luna está grande y roja y sólo en algunas épocas del año. En sus paredes cuelgan manojos de manzanilla, tomillo, romero, dientes de león y todo tipo de yerbas que utiliza como emplastos, bálsamos y pócimas. La vieja es muy sucia y huraña, siempre va con andrajos puestos y anda descalza porque dice que la tierra le da su energía y le conserva la salud. Siempre hay trajín en su chabola, porque muchos del pueblo acuden a ella cuando tienen el cuerpo desmedrado.
El boticario atiende a los más ricos del pueblo, que son pocos y se pasan el día en la taberna hablando de don Venancio, que es el más rico de todos y al que todos respetan y envidian, siembre rodeado de adulones y soba lomos, y aunque parlotean y discuten, nadie sabe cuánto dinero tiene; es también el alcalde del pueblo y gran parte de las tierras son suyas. Es rico, don Venancio, pero se me hace a mí que no es feliz. Que desde que se le mató el hijo anda el hombre como carcomido por dentro. Él sintió mucho su muerto.
Su mujer, doña Esperanza, sale poco de casa, lo hace para ir a misa casi todos los días muy temprano. Va siempre de luto, como envuelta en una nube oscura; Tiene una criada que le mantiene la casa y que no anda muy bien de la cabeza, se la escucha a veces reír muy bajo, con una risa muy vieja, como cansada de reír. Enciende la chimenea, arregla la casa, suelta al perro por las noches y prepara la comida de los señores, ya que las oraciones no llenan el estómago, eso digo yo que todavía no he visto la iglesia por dentro.
Tiene ésta un cementerio antiguo, desbaratado y cubierto de maleza. Dicen algunos que, algunas noches, cuando las estrellas puntean la oscuridad, emana del suelo un paño blanco de neblina que serpentea por las viejas lápidas. En la taberna cuentan que son los espíritus de los difuntos vagabundeando entre nosotros por sus pecados. Yo nunca he visto eso, y me parece a mí que el vino te hace ver lo que no es, a saber.
En mi pueblo somos muy ignorantes y todo lo que se nos escapa de nuestras entendederas es sobrenatural. Por eso nadie pasa por debajo de una escalera y se santigua cuando se cruza con un gato negro y un espejo que se rompe son siete años de mala suerte, ya ves tú, nosotros que llevamos viviendo toda la vida con la mala suerte de sombra. Hay pueblos que respiran desdichas.
Tras la muerte del hijo, don Venancio quedó perdido. Guardó su dolor en un lugar seguro. Nada le conmovía y le agarró la desilusión. Se le iban las horas, los días y los pulsos del corazón apoyado en el murete de piedras, donde su hijo. Las cenizas de la vejez se adueñaron de él y se le fue desmenuzando el cuerpo. Fue abandonándolo todo y a todos. Lo encontraron apoyado en el murete, los ojos vacuos mirando hacia la nada. La tierra estaba frente a él, vacía; los campos eran una mancha de miseria, el abandono había endurecido la tierra. Las plantas parásitas, los abrojos, comenzaron a surgir del agrietado suelo. Aquella ruina apenaba el ánimo, oprimía el corazón.
Sobre los carros se amontonaban toda clase de objetos domésticos: ajados colchones, sillas de esparto, sartenes, calderos, platos. Todo se apiñaba sobre el carro sucio, gastado, miserable, como si la desgracia marchase tras de la familia. El pueblo se llenó de adioses y las horas se llenaron de espanto.
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Rafael Baeza Rodríguez

