Lápidas y berenjenas – Un relato de Rosario Martínez

Lápidas y berenjenas – Un relato de Rosario Martínez

Overview

Lápidas y berenjenas [Relato]

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Lápidas y berenjenas

           En la gran sala de quemados, Farah adivina la entrada de un hombre. Un espectro no hubiera tenido mayor negrura en las cuencas de los ojos ni más enmarañadas las hebras del cabello. Desfallece pálida, sin quejarse.  La enfermera ha terminado su ronda. El té rojo de ibisco es la única nota de color en la desportillada bandeja. Cierra los ojos. Una voz temerosa le ordena descansar al tiempo que alguien acaricia su mano. Siente como si el alma se desprendiera del cuerpo.

            –No temas, no tengas miedo. Duerme, duerme. No hay prisa.    

            Anochece en El Cairo. La vida se adormece en las calles, en los mercados, en las mezquitas. Lejos queda el bullicio de la mañana con el caótico tráfico y el trasiego de seres humanos inundando la ciudad.

            En las montañas de Moqqatam, a espaldas de la majestuosa ciudadela de Salamino,  la oscuridad gana terreno a las sepulturas del cementerio más grande de la ciudad, Al Qarafa,  un camposanto salpicado de minaretes y mausoleos levantados para el reposo eterno de sultanes mamelucos y familias ilustres, hoy habitado en insólita vecindad por vivos y muertos.  Los cairotas lo llaman Ciudad de los Muertos.

            Una madre y sus cuatro hijos son afortunados, han llegado a un acuerdo con una prominente familia de la capital. Ocupan el panteón de sus antepasados a cambio de su limpieza y vigilancia. Una tumba con dos cúpulas, una para los enterramientos de hombres y otra para los de mujeres A la entrada, dos pequeñas habitaciones; un habitáculo con hornillo de carbón y sumidero, hace las veces de cocina. En el patio trasero una cuerda entre las sepulturas sirve para colgar la ropa. Ese es su hogar. Allí han nacido los cuatro hermanos. 

            Farah ayuda a su madre a preparar las berenjenas para la cena. Comino, nuez moscada, tomate. Dos niños surgen del patio. Traen la ropa manchada de pintura verde. Llevan toda la tarde jugando a esconderse detrás de las sepulturas que su madre y su hermana acaban de pintar. Un tercero, el mayor, acude desde el fondo de la calleja empujando una bicicleta vieja con un gran manojo de zahanorias en el manillar.

            Quince años es una edad crítica para una chica que vive en el barrio de los muertos. Hay que ir pensando en su boda. Cinco bocas son demasiadas para alimentar. No cabe hacerse preguntas inútiles. Siempre se hizo así.

            La madre se levanta a las cinco de la mañana, amasa pastelitos de piñones y miel. Farah se encarga de llevarlos al miserable horno del fondo del callejón, donde Aziz trabaja el vidrio que convierte en esencieros para turistas. Ella espera paciente hasta ver salir los pasteles horneados que el hermano mayor llevará a la ciudad para su venta ambulante. Es una orden no escrita el que toda la familia debe colaborar.

            –Aziz será un buen marido. No puedes aspirar a más. Se gana la vida soplando el vidrio, cosa que otros no hacen. Ni eso ni nada. Conocemos a su familia desde hace años.

            –Madre, quiero irme de aquí. Trabajaré. Hablaré con la señora, la dueña del panteón. Yo puedo hacer el trabajo de su casa, cuidar de los nietos. No me pidas que esté entre tumbas y cucarachas toda mi vida.

            –Es nuestra casa. Tu padre murió con el deseo de algo mejor para todos, pero el Señor no quiso concedérselo.

            –Se lo llevaron las fiebres malas de aguas estancadas, todos lo sabemos. Volveré a buscaros. Mis hermanos deben ir a la escuela. Y tú te estás haciendo una vieja entre tanta ruina. Los muertos permanecen ajenos al mundo de los vivos.

            –No digas esas cosas, hija. Estoy segura que agradecen la llamada a la oración en la mezquita, las risas de los niños, los balidos de las cabras…el murmullo de la vida. También a ti pueden oírte. Están entre nosotros, a veces nos visitan. Yo les he visto. Parecen sombras moviéndose en la oscuridad.

            –Madre, escúchame, esas sombras son grupos de traficantes, de gente huida de la Policia. Se infiltran en el barrio aprovechando que aquí no hay censo ni control.  Esos sí que están entre nosotros. El barrio no es tan seguro como tú crees.

            –También les he oído…en el patio, en el panteón de mujeres…Susurran. ¡Nos protegen!

            –Yo solo escucho silencio. Esa sensación me sobrecoge desde que era niña. Ya lo sabes.

            –Te acostumbrarás. Los egipcios siempre nos hemos relacionado con los cementerios no como un centro de muerte sino como un sitio donde se inicia la vida.

            –Déjate de poesías. Este no es lugar para vivir. No soy un árbol, quiero moverme, cambiar de lugar.

            –Podrás moverte, pero tu maleta estará llena de los fantasmas familiares que te seguirán aconsejando, te llamarán por tu nombre. Lo sé, lo sé.

            Esas creencias de su madre la preocupan. Su vecino dice que es una zahorí de los espíritus, que sabe interpretar el diálogo entre la realidad y otros mundos. Eso ¿qué quiere decir? ¿Su madre es una de esas brujas que habla con seres de ultratumba?  Mejor será olvidar la historia del alma que interviene en el orden de la casa y la susurra consejos, que cuenta una y otra vez a todo el que quiera escuchar; aunque sabe que es la forma que tiene su madre de empatía, de acepar lo que le ha tocado vivir, de ayudar a los demás a entrar en contacto con sus seres queridos,  de ofrecerles su solidaridad.

            Cierra los ojos con rabia y recuerda el día lejano en que vio a su padre desorientado vagar por los callejones. La demencia no le deja descansar.  Ella sale en su busca. Le alcanza cuando tres hombres le zarandean para robarle. Noche cerrada y un baldío en las afueras. De poco le vale suplicar, defenderse, arañar. Su padre la mira aturdido, los ojos húmedos, balbuceante. Abrazados, vuelven a casa. La madre no debe saber nada de lo ocurrido. ¿Para qué? Se imagina sus palabras: ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¿No oyes? Escucha. Es la muerte que llora por ti.

            Sentada a la puerta de la casa mira fijamente al viejo que pastorea cabras. Se lo imagina ocupando una de las humildes chabolas de la hondonada, en medio de tumbas modestas. Atardece. La arena dorada del desierto que flota en el aire se vuelve rosácea. Es viernes. Vienen sus tíos a  pasar el día de fiesta en familia. Es el momento para comunicar la noticia. Está decidida. Se va a la ciudad, a trabajar con una familia amiga de la señora. Una única idea lleva en su pensamiento, ayudar a mejorar la vida de su familia. Está decidida a comprar un aparato que mitigue los rigores  tanto del verano como del invierno. Es un misterio que no alcanza a comprender porque tiene ¡aire acondicionado frío para el calor y bomba de calor para el frío! Ella no lo comprende, pero sabe que existe, lo ha visto en las tiendas de segunda mano. Solo volverá cuando lo haya conseguido. Luego sonríe pensando en lo que opinarán los muertos con los que se comunica su madre.

             Sus dos hermanos pequeños la contemplan con ojos asustados, sin saber qué pensar. ¿Por qué se va Farah? Uno de ellos parece empezar a comprender. Su hermana quiere salir del barrio y ellos continuarán persiguiendo a los turistas para enseñarles la forma de vida de su familia a cambio de unas  monedas.

             La tarde anterior se han tropezado con un hombre que corría por las callejuelas más solitarias. Iba herido y, sin preguntar nada, le han introducido en el cobertizo de una tumba vecina que no tiene inquilinos. Luego han escuchado en la radio las noticias de los enfrentamientos en la plaza Tahrir. Están convencidos de haber auxiliado a un héroe, pero no se atreven a preguntar.

            Para los habitantes de El Cairo el cementerio es un área misteriosa, de la que poco se sabe y mucho menos el número de habitantes que la pueblan. Es una forma de vida ilegal, al margen de las autoridades y, por tanto, de los servicios mínimos de electricidad, agua, sanidad, escuelas. Todos viven una farsa  pero la realidad la conoce bien Farah.  Se siente avergonzada cuando en la capital le preguntan por su domicilio.

            Desde la mañana en que su hermano la llevó a El Cairo en su destartalada moto, dejándola en casa de una familia conocida, han pasado meses. Farah forma parte del servicio doméstico, es la última criadita de una larga lista, a la que encomiendan las labores más ingratas y anodinas. Para recoger basuras y dormir en el sótano bastaba su experiencia familiar. Tres hijas soberbias y altaneras compiten en amargarle la vida con sus caprichos y órdenes absurdas, siempre a punto sus vestidos, sus velos, también sus trajes de baño para ir a las playas con sus amigos extranjeros. Al hijo mayor le conoce de sus visitas al sótano donde duermen las sirvientas. Vive atemorizada pensando que en cualquier momento pueda aparecer preguntando por ella.

            La camarera de la señora le ha hablado de un trabajo en el hamman.

            –Eres muy bonita, Farah. Lástima que solo pueda ofrecerte el puesto de lavandera. Lavarás y ordenarás las toallas de las clientas. Tendrás un lugar para dormir en el cuarto del patio, junto al lavadero y abrirás el hamman a las seis de la mañana, que todo esté dispuesto para cuando empiecen a llegar las masajistas.

            ¿De dónde provenía la infección de piel de algunas de las señoras? No se paró  nadie a averiguar. ¡Las toallas, las toallas mal lavadas son las culpables!

            Farah intenta justificarse. Ella restriega las toallas con agua hirviendo, jabón, sosa y lejía.  Luego las introduce en agua de azahar y limón… Tiene las manos agrietadas, enrojecidas, la piel brillante y tensa, a punto de estallar.

            – ¡Fuera! ¡Me vas a arruinar el negocio!       

            Apenas tiene tiempo de recoger sus cosas personales.

            Cuando sale a la calle alguien la hace señas. Es una de las empleadas del hammán. Siempre ocurre lo mismo, las señoras vienen con afecciones en la piel que dejan en sus saludos, en las camillas, el vestuario. Ella puede ofrecerle albergue por esa noche y hasta que encuentre otro trabajo. Cuando menos lo esperas aparece la mano amiga.

            Siente una liberación momentánea. Ya no tendrá que maltratar sus manos. Las mira extrañada, no son las mismas con las que abrazaba a su madre y a sus hermanos. Aquellas eran tibias, menudas, con finas falanges. Y ahora…esa hinchazón y los dedos amoratados las han deformado.

            –Yo conozco un café en el que quizá necesiten ayuda en la cocina.

            A duras penas reconoce el lugar, pero sabe que se encuentra cerca del bazar Jan el Jalili.

            Su hermano mayor ha venido a verla. Le trae pasteles y un vestido que ha cosido su madre. ¡Qué cambiado está!

            –Lo guardaba para tu boda,  pero ahora dice que es mejor que lo tengas tú.

            Es un vestido verde brillante y un velo blanco. Ya no es la jovencita de quince años que salió de su casa temerosa y audaz al mismo tiempo. Ha cumplidos los diecisiete y su belleza se ha vuelto llamativa. El velo no hace sino resaltar el óvalo perfecto de su cara y los grandes ojos negros. Los hombres dicen que su esbelto talle tiene el porte de una palmera del desierto y ella se recrea en el juego de caderas.

            Por la mañana temprano el dueño del café le encomienda la compra del día. Farah considera que es un día especial, hoy debe ir al zoco de las especias, de los condimentos y los remedios medicinales, su preferido.  El polvo de las especias molidas inunda el aire de un aroma que hace soñar. Té de menta, de ibisco, de anís, canela, cardamomo. Café turco, piñones, calabaza seca…

            De vuelta al café atraviesa el zoco de los tolderos y pasa por delante de la tienda de alfombras. El dueño está sentado a la puerta con las piernas cruzadas y un cigarro en los labios. No es la primera vez que ve pasar a Farah. Se ha fijado en ella. La llama con maneras embaucadoras. Quiere regalarla un collar. Sabe que trabaja en el café de su primo y que es una buena cocinera, suficiente para enhebrar una conversación.  Farah no recuerda haberle visto. Duda,  pero acepta el collar.

            En la plaza Tahrir se suceden las manifestaciones. La situación política está revuelta. Pero Farah solo piensa en los ofrecimientos del mercader de alfombras. El viernes ha prometido llevarla a cenar a un restaurante elegante después de los rezos en la mezquita. Es la ocasión para estrenar el vestido verde.

            ¿De qué artes se valió para convencerla de ir a vivir con él? Una chica sola en la gran ciudad, con un empleo menor, sin dinero, sin amigos, sin familia, son buenas razones para buscar, si no amor, al menos  protección. No quiere ser una carga nunca más para su familia. Ahora quiere ayudar a sus hermanos. No quiere que pasen por lo mismo que pasa ella.

             ¡Viejo chiflado! Piensa que es de su propiedad. Los celos le han vuelto un pergamino amarillo con lumbre en los ojos.

            –Vivirás aquí, encerrada. Yo diré cuándo puedes salir.

            – ¿Cómo piensas que me vas a retener?

            –Esta es la única llave. No volverás a reírte de mí. ¡Cállate… y deja de gimotear! Pareces una  mendiga callejera.

            En el desván, atestado de alfombras y polvo de siglos,  Farah pasa llorando días y noches. ¿Cómo es posible que nadie oiga sus gritos? Piensa con alivio en la marcha de su hermano mayor. El mes anterior le tuvo escondido en ese mismo desván, perseguido por la Policía. Se ha unido a las manifestaciones convencido de la necesidad de las protestas civiles.

            No ha dudado ni un momento en buscarle cobijo a sabiendas del riesgo que corre. No apruebo la violencia, pero te ayudaré, se escucha decir. Luego se han abrazado tiernamente, como cuando eran niños.

            En la desesperación y el aturdimiento ha removido todo y encontrado una puerta camuflada que da acceso a la terraza. ¡Alfombras, kilims, más alfombras! Espera que la noche envuelva las sombras para poder escapar.

            ¡Maldito quinqué!

            Los últimos transeúntes miran hacia arriba. Una llama viva huye por las terrazas contra la oscuridad del cielo.

            Lo último que recuerda es la cara del vecino gritándola ¡salta! y una toalla húmeda sobre su cara.

            En el camino de vuelta le parece oír las palabras de su madre, el recorrido vital por las historias de familia, las tareas de la casa, las recetas de cocina, el espíritu vagabundo de sus antepasados, ese que dice que la cosquillea y no la deja dormir. Farah murmura: mi alma vuelve al cuerpo. Los aromas familiares la marcan el sendero, algo que se la antoja tan misterioso como el paso de un cometa. Comino, nuez moscada. El olor a pastel de berenjenas y pimientos rojos anuncia la presencia de su madre. Es inconfundible.

            ­ Esta es mi casa y aquí vive mi gente.

             La energía se filtra por las grietas de las paredes, como las cucarachas. Aziz permanece a su lado desde que supo que estaba en el hospital.

            Pasada la media noche todavía duran los festejos de la boda. En el centro del jardín, encima de las tumbas, han instalado dos sillones adornados con flores de plástico y una alfombra en el suelo, formando una especie de trono. En uno de los costados una orquestina inunda el ambiente con su música dulzona y excitante. Todos parecen estar contagiados de  una extraña alegría de vivir y, arrastrados por la música de la darbuka y otros instrumentos tradicionales, se lanzan a un baile frenético, envolvente, sensual, los hombres por un lado, las mujeres por otro, sin parar, moviendo las caderas, los brazos, los hombros, la cabeza ladeada, casi en trance, hasta caer extenuados. Es la victoria de la vida contra la muerte.

            Nadie sabe cómo han podido encender tantas bombillas y nadie pregunta de dónde han robado la electricidad. En el lado opuesto a la orquestina, varias lápidas han sido utilizadas como mesas y están repletas de bandejas con dulces caseros.

            Farah  está resplandeciente. Kohl en los ojos, henna en manos y pies. Su madre la ha confeccionado un vestido rosado con falsa pedrería y cinturón de abalorios. Aziz se ha dejado un breve bigote para la ocasión: quiere aparentar una hombría que le falta por los años. Ahora es un hombre casado.

            Perros callejeros aúllan desconcertados por la música y el bullicio.

            Algunos invitados rodean a una bailarina gorda que describe parábolas con sus enormes caderas en algo parecido a la danza del vientre. Las mujeres lanzan un grito agudo moviendo la lengua, lalalalala….

            Farah entra en la casa. El ruido opaco del aire acondicionado la hace sonreír. Se quita el velo blanco adornado con lentejuelas y perlas que cuelgan sobre su frente y se incorpora al baile riendo, alabando a Dios. ¡Es su gran día!

            El espectáculo, visto de lejos por un grupo de turistas que han venido atraídos por  el morbo del lugar, provoca una sola pregunta: ¿Están vivos o muertos?

            La ciudad de los muertos, una ciudad como otra cualquiera, donde la gente nace, vive, comparte vecindario, celebraciones, entierros. Un solar para los que se fueron antes y comparten  su morada con los más empeñados en sobrevivir.

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Rosario Martínez

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