Los conjuros – Un relato de Rosario Martínez

Los conjuros – Un relato de Rosario Martínez

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Los conjuros [Relato]

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Los conjuros

Tenía yo siete años cuando, una mañana templada de principios de primavera, los vecinos descubrieron el cuerpo de Buenaventura colgado de la viga del establo. El mugido de su vaca cuarterona, un tronar hueco que no cesó durante toda la noche anterior, les había alertado.

            La noticia rasgó el aire, entró por las puertas, se coló por las ventanas y maceró las conversaciones. Un silencio pesado cubrió el pueblo como un manto. Mi padre, de la familia de los Paniagua, vencido en la mecedora, se mantuvo callado todo el día. Cuando la luna rompía la noche salió con decisión en la cocina donde ayudaba a mi madre a limpiar lentejas. Se acercó y me indicó con la barbilla la dirección del huerto.  Echó su brazo sobre mi hombro y me llevó al fondo, al lado del manzano y  el jardín verde de las lechugas.

            Siempre le oí decir que no le gustaban los lugares cerrados para deshacerse de su recuelo; llevaba siempre en su interior tanto aguardiente de hierbas que le parecía sacrilegio verterlo por el retrete. La tierra sabía mejor qué hacer con él. Y hacia el fondo del huerto fuimos para lo que en seguida iba a saber: conjurar a los fantasmas.

            Yo aprendí a mear hacia arriba porque él me enseñó, al tiempo que me iniciaba en las tres formas maestras de cogerse el pito.

            –¡Atento, Fulgencio! ¡Primera! – decía con voz atronadora–, con decisión,  como los bomberos cogen la manguera, utilizando toda la mano. ¡Segunda!, fíjate bien, con los dos primeros dedos, como el cura levanta la sagrada hostia, y ¡tercera!, con el índice y el anular, como quien  fuma un cigarrillo. 

            Ahora sabía que todo aquel despliegue teatral era solo una forma de ahuyentar su aprensión ante la muerte pero, en aquel momento, yo solo prestaba atención a las fórmulas mágicas que mi padre heredó de los Paniagua y que, según sus palabras,  reinventaba para la ocasión. 

–Conjurar a los fantasmas no es cosa baladí, dijo aquella noche mientras caminábamos entre las tomateras. Todo lleva su tiempo. Es la única forma de de entrar en contacto, de congraciarse con ellos

            –¿Qué tengo que hacer?

            –Seguir mis instrucciones. Hay que estar bien seguro. El chorro tiene que salir hacia arriba para tomar vuelo y altura. Se trata de describir una curva lo más amplia posible y llegar lejos, más lejos, alto, alto, hasta el final de la tapia. Allí, ¿lo ves?

            –No veo nada.

–Sí, hombre, donde se refleja la luna, donde suelen asomar las almas perdidas, esas que insisten en atemorizarnos. Pero ¡vamos a lo nuestro! Tú tienes que tener cuidado, porque las últimas gotas tienen que caer en la tierra para cumplir con el conjuro. ¡Y quítate el flequillo de los ojos, que te lo vas a mojar! ¿A que esto no te lo han enseñado los libros de tu tío?

            Quedé con la lección bien aprendida. No era la primera vez que veía a mi padre refrescar la tapia. Lo de dejar que las gotas regaran la tierra me pareció lo más fácil, la verdad.

            Créanme si les digo que esa noche los difuntos de muerte atravesada permanecieron alejados de mi casa o, si se acercaron, yo no los vi. Ni rastro del Baldomero.

            Ahora, según me aproximaba al pueblo, recordaba que los dos últimos años de mi padre fueron de carencias y sobresaltos. El corazón le rebrincaba sin orden y su próstata intransigente hacía tiempo que se había negado a dejar correr el caño. Tuvo que conformarse con un orinal de noche para recoger sus escasas y reiteradas cosechas.

            En aquellos días de noviembre brumoso en que permanecí en el pueblo arreglando los papeles del entierro y la herencia, me encontré de cara con mi pasado: mis antiguos vecinos, la caza con perdigones, los cangrejos de río, los toros, el aguardiente de hierbas, todo lo que había constituido la vida de mi familia en aquel pueblo hecho de piedra y gentes aferradas a sus costumbres.

            Fue al anochecer del octavo día cuando un vecino llegó al pueblo contando que, al atravesar los campos que rodean la ermita, había visto una temible comitiva. En primer término iba un farol de luz amarillenta abriéndose paso entre la niebla. Una letanía en latín acompañaba el cortejo. Un hombre se salió de la fila y fue a su encuentro. Llevaba en la cara el verdín de la piedra y en la mano una cruz de hierro. Aseguraba que era el pastor que murió atacado por sus perros.

            Mi primera reacción fue de descreimiento, pero esa noche no lograba conciliar el sueño. Un tropel de imágenes revoloteaban por mi mente. Salí al huerto. Allí estaba la tapia, ahora desconchada y reseca. La luna, velada con la gasa de la niebla baja, apenas dejaba traspasar una luz mortecina. ¿Qué hacer?

            La cabeza envuelta en contradicciones, no conseguía llegar a ninguna conclusión. Llevado por un impulso irracional me desabroché la bragueta dispuesto a acabar con la duda.

            Hubiera jurado que, apoyada en el quicio de la puerta de la cocina, estaba la silueta desdibujada de mi madre. Hasta parecía observarme…

            –No te vayas, madre. Quédate un rato –musité lleno de aprensiones, en medio de un temblor flojo.

            Su cabeza inclinada parecía condescender con lo que pudiera ocurrir.

            Me enfrenté a la tapia. Ahora solo quedaba practicar el viejo rito olvidado del círculo alto, más alto, más alto. Pertrechado del dispositivo, ensayé las tres posturas ya casi olvidadas. Decidí que la manguera sería la más efectiva.

            Apunté, aprovechando un claro entre dos nubes. Lo que vi requería una comprobación. La tapia estaba mojada. Parecía haber absorbido la humedad de la noche.  Tuve que acercarme. Sentí mi corazón desbocado. Era una huella inconfundible, alargada, en forma de cascada, más oscura arriba. Sí, como en sus mejores tiempos. Busqué las gotas en la tierra. Allí estaban. Ya no tenía nada que temer. Utilicé la manguera, ignoré lo que quedaba de noche y entré en la casa.

            Me imaginé a mi madre amortiguando su duelo con cien palmatorias de aceite y cien avemarías, como la había visto hacer todos los años el día de los Santos Difuntos.

            –Otra vez los tres –susurré tenuemente.

            La mañana del día siguiente la pasé recorriendo la casa, pieza por pieza, sin prisa, reposando la mirada en cada rincón, en cada objeto. Envueltas en  las sombras, en el silbido del viento que se entrelazaba con el crujir de las vigas de madera, adivinaba presencias. Los muebles cubiertos de polvo cobraron vida cuando abrí los postigos y la luz se adueñó del espacio, iluminando largas charlas al amor de la chimenea, la horma de mi padre en el sillón, comidas en el patio trasero, sábanas al sol, mi madre y sus labores con hilos de seda.

            Subí a mi dormitorio. La colcha de ganchillo blanqueaba, limpia de soles. En un cajón, viejas fotografías, tiernas imágenes.

            ¿Cómo permanecer insensible mientras la terca memoria desenterraba recuerdos tan vigorosos? 

            ¡Y pensar que yo venía a deshacerme de la casa!

            Bajé desequilibrado, con el ahogo cosido a la garganta. Salí a la calle. Allí estaba Lucita mirándome absorta, expectante. Parecía llevar siglos esperando el momento en que yo decidiera de qué lado caería mi vida. A su lado, Chisco,  sentado en las patas traseras, las orejas tiesas y el hocico inclinado, lanzaba pequeños gorgoteos al aire.

            Un signo negativo con la cabeza y las manos desplomadas sujetando las llaves bastaron para que los ojos de los dos seres que me quedaban en el mundo,  se llenaran de sol.

            –Lucita, ¿qué te parece si abro una librería en el pueblo? De algo me tenía que servir los cinco años en la capital con mi tío asmático, enterrado entre libros de viejo, ¿no te parece? Tú serías la mujer de Fulgencio, el librero. 

            Mi perro Chisco comenzó a ladrar moviendo el rabo como un molinillo. Cuando esperaba que se me echara encima, lo que recibí fue el envite de mi Lucita que se colgó de mi cuello como si se estuviera ahogando y yo fuera un socorrista.

            La cerradura ha sido cambiada. Las llaves antiguas las conservo. Mientras existan las llaves y la tapia seguirá viviendo la esencia de la  familia de Fulgencio Paniagua, que es la mía, donde siempre se utilizaron tretas domésticas para ahuyentar a los fantasmas.

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Rosario Martínez

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