El sofá filósofo – Un relato de Rosario Martínez
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El sofá filósofo [Relato]
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El sofá filósofo
La verdad es que no fui consciente de mi degradación hasta el día en que doña Paquita me movió para encerar el suelo de debajo de mis pies y me vi en el espejo del vestíbulo. Mi pana color mostaza, después de tanta posadera, tenía un brillo como grasiento, los muelles se habían ido al fondo y las tripas de gomaespuma afloraban por las costuras como supuraciones de una herida. Pero mi dueña tenía la solución, acababa de oír por la ventana abierta el altavoz de la furgoneta que no paraba de anunciar: skay, pana, lycra, polipiel…como nuevo en 48 horas. Muelles, gomaespuma, cremalleras.
Maldita la gana que tenía yo de ir de arreglos, pero no había elección, o tapicero o “punto blanco”, donde se abandonan los trastos.
Tantos cuerpos ahormados, tantos consejos escuchados, tantos sueños concebidos en mi regazo, hicieron que la condición humana no tuviera secretos para mí. Los años, las tardes de rutina, me habían convertido en un ser acomodaticio, escéptico a los cambios, un filósofo de salón. Por la noche, cuando quedaba a solas y me rodeaba la oscuridad, me esponjaba con mis ejercicios de pilates para estirar el chasis y ahuecar los almohadones. El sueño llegaba con el silencio.
Yo creí que iría solo al hospital pero cuál no fue mi sorpresa cuando vi a doña Paquita aparecer con una linda sillita de alcoba, pintada de blanco decapado y tapizada en terciopelo azul. Veinte años en la casa y no la conocía. La arrimó a mi brazo derecho y un perfume a maquillaje, tabaco y sudor me inundó de cuerpo entero. Pero ¿qué arreglo necesitaba esa preciosidad? A decir verdad, salvo su existencia, yo ignoraba todo sobre las sillas, era lo que se dice un sofá solitario entre dos mesitas bajas, que no había salido nunca del salón pero que, inmediatamente, me sentí atraído por sus piernecitas torneadas, su capitoné lleno de pequeños senos abultados y unos botoncitos deliciosos.
Bajamos en el montacargas la silla y yo. Doña Paquita iba en el ascensor con el tipo de la furgoneta.
Trece pisos dan para mucho en un montacargas. Pegados como estábamos, escuchar su voz de melocotón clavándome la mirada capitoné, fue sentirme zozobrar en medio de una descarga eléctrica. Si yo era un sofá filósofo, la sillita de alcoba era una experta en el amor. Con cada sacudida del montacargas se aproximaba unos centímetros a mi pecho y yo sentía unos latidos que acabaron por disparar el maltrecho foam que me quedaba dentro. La sillita paró el ascensor en medio de una mueca. Me rehice como pude y mis instintos más primarios me hicieron sentir algo así como una erección de mis muelles, que yo creía oxidados.
La sillita de alcoba me murmuró que estábamos viajando juntos a un lugar dulce y armonioso y que no tenía por qué avergonzarme. Era una experiencia sensual y erótica que tampoco ella había experimentado antes, y se sentía liberada. Lo había visto en una peli de las que veían doña Paquita y su marido cuando estaban solos en la habitación. Me aseguró que los ascensores son habitáculos perfectos para el amor atropellado y no había que pensar demasiado, solo desplegar las alas de la fantasía. Sin mediar palabra se dejó caer en mis brazos. ¡Esa sillita era un trueno!
Fue tal el susto y la sobreexcitación, que me sentí bloqueado. Yo era un ser estático, tímido, acostumbrado a no conseguir lo que ansiaba y, de pronto, ante ese aluvión de sensaciones, esa agitación de coctelera, me asaltó la imagen de la paz en el salón, de los primeros rayos de sol decolorando mi pana, de las meadas de Micifú que calentaban mi invierno, y tuve miedo.
Ella me dijo que emanaba incertidumbre y me reprochó mi inexperiencia. Aclaró que solo deseaba llevarme a un lugar del que no hubiera deseado regresar jamás. Dio al botón de bajada y saltó al suelo
Un ruido seco y una parada brusca anunciaban la llegada. Y entonces fue cuando empecé a sentir los arañazos de la nostalgia por el bien perdido sin haberlo alcanzado. Intenté dar al botón para iniciar la subida y enmendar mi error, pero ya el portero estaba replegando el cierre de hierro y vi a doña Paquita que hacía señas al tapicero.
Ya era hora, dijo el portero al vernos llegar. Yo podía haber dicho lo mismo cuando le vi con el plumero, pero suelo oír y callar, que la gente la paga con lo primero que tiene a mano, lo había aprendido en mis horas amargas en que doña Paquita se enfadaba con el marido y se liaba a palmetazos, sacudiendo mis almohadones con una furia desconocida.
Volví del cirujano plástico a los dos días. Al pasar por el espejo del vestíbulo vi un sofá joven, moderno, ligero, flexible, con un brillo en el skay rojo como de película de Almodóvar, que enloqueció al gato y me produjo mareos. Me habían quitado veinte años de encima, es verdad. Y volví a ocupar mi lugar en esta vida, entre dos mesitas bajas, frente al televisor. Pero ya nunca volví a ser el mismo de antes. Había sufrido una
revelación y hasta las ballestas más íntimas me crujían en tono lastimero.
Doña Paquita se deshizo de la sillita de alcoba porque había llevado al dormitorio una bicicleta estática y no había sitio para las dos. Yo sé que se la vendió, una vez tapizada de nuevo, a una amiga caprichosa que vive en el mismo barrio.
Solo tenía dos opciones: o abandonarme de nuevo al conformismo y el ensimismamiento, o merodear por los ascensores del barrio hasta ver bajar una sillita de alcoba de piernecitas torneadas, capitoné lleno de pequeños senos abultados y botoncitos deliciosos, aunque tuviera que esperar otros veinte años.
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Rosario Martínez
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