La bella Céline – Un relato de Rosario Martínez
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La bella Céline
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La bella Céline
El encargo había recaído en el pintor de moda del Salón de Otoño.
La dama a la que había de pintar desnuda tenía la palidez de la luna y la fragilidad del cristal. Decían que su rara belleza llevaba a los hombres hacia las más desenfrenadas pasiones y peores instintos. Era la reina del mundo nocturno de aquel París de finales del siglo XIX, la diosa de los bailes del Teatro de la Ópera.
El señor Conde, un aristócrata con polvo de siglos en su apellido, iba a costear el cuadro en el que se conservaría para la eternidad esa beldad que parecía hecha de algas marinas, alabastro y pétalos de rosa.
Aquella atardecida de invierno el pintor de moda tenía concertada su primera cita con Mademoiselle Celine, la bella. Con tal motivo, se introdujo en su blusón con lazo, caló la boina bohemia y atusó las guías del bigote. Si se hubiera mirado al espejo habría visto un personaje de romanza, pero él pensó que la minuta que le ofrecía el Conde requería de una especial solemnidad en todos sus actos.
Sonaban siete campanadas en la Iglesia del Sacré-Coeur cuando Céline, envuelta en seda morada y encajes, surgió como una aparición a la puerta del estudio del pintor. Una suave fragancia de violetas, el murmullo de la falda y unos menudos pasos deslizantes habían anunciado su presencia.
Sin embargo, sus suaves maneras escondían una determinación feroz: venía con el propósito de posar desnuda a condición de que el retrato quedara terminado durante la noche. Confesó en medio de un prolongado suspiro que su belleza era cambiante, fugaz, devoradora de tiempo: con el día se le aflojaban las carnes y le temblequeaba la papada.
¡Qué exceso!, pensó el pintor. Achacó semejante excitación al pánico a envejecer que acaba asaltando a todas las bellas.
La estudió detenidamente. Ella doblaba el talle, giraba la cabeza. Los gestos se fueron acomodando a la pose elegante y desmayada que exigía el pintor, quien tuvo que reconocer que era cierta la fama que la precedía: la belleza de aquella mujer estaba rodeada de misterio y su mirada era capaz de caldear la habitación.
Cuando la tuvo desnuda ante sus ojos, el mármol de Carrara le pareció arenisca. ¿Cómo reproducir el pálpito de gelatina de sus pechos? ¿Y el nacimiento de las rotundas caderas brotando de su cintura como alas de mariposa? ¡Pura ambrosía! Un collar de perlas ceñía por tres veces su garganta como único adorno sobre la piel desnuda.
Se exhibía tan impúdicamente que el pintor de moda sintió rubor en sus mejillas y torpeza en sus manos, a pesar de lo cual trabajó en estado febril durante toda la noche.
Con los primeros rayos de sol, Céline, desentendida de su postura, se abalanzó sobre el pintor:
–¡Siga, siga, no deje de pintar!
Enajenada, le despojó de su boina, le arrinconó contra la pared. Se deshizo del collar en un gesto provocativo. Ahora sí que mostraba su completa desnudez. Atento a todos los detalles, el pintor de moda descubrió dos lunares incrustados en aquel cuello de cisne.
Tres golpes en la puerta anunciaban la visita del Conde.
Céline soltó su presa y corrió a vestirse detrás del biombo. El Conde alargó un fajo de billetes al aturdido artista y arrebató a la bella de las garras de la claridad. Un carruaje esperaba en la calle.
Se rasgó el telón para el acto final. El perfecto óvalo de la cara de la mujer se fue desdibujando. Una piel con surcos de higo seco cubrió sus facciones, el vertiginoso cabello dorado se volvió estopa y los dientes empezaron a desordenarse en medio de un ruido de castañuelas.
En efecto, ¡le temblequeaba la papada!
El pintor de moda la vio salir atropelladamente. Cubría su menguado rostro con un velo, mientras sus manos se tendían hacia la nada. La seguía el señor Conde, con gesto condescendiente.
En la calle, sorprendidos viandantes volvían el rostro. Mademoiselle Céline estaba a punto de volver a estrenar muerte y ese espectáculo siempre acapara curiosidad.
El cuadro, todavía con la pintura fresca, encaramado en el pescante del tétrico carruaje, mostraba una dulce y sonriente mujer, la bella Céline, la diosa de los bailes del Teatro de la Ópera de París.
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Rosario Martínez

