El corredor de la muerte – Un relato de Rosario Martínez

El corredor de la muerte – Un relato de Rosario Martínez

Overview

El corredor de la muerte – Un relato de Rosario Martínez

***

***

El corredor de la muerte

Eres el único culpable de lo que te está sucediendo. Palabras muy duras para provenir de tu propia madre. Las escuchaste en su primera y única visita que hizo a la prisión donde te encuentras condenado a muerte. De eso hace dieciocho años, y han pasado muchas cosas. Siete veces has recibido una carta con la fecha de tu ejecución, que después siempre ha sido aplazada.

Ahora, hace apenas una semana, el compañero de la celda contigua ha sido ejecutado.   

Billy mató a un policía federal. Un crimen suficientemente probado, del que Billy nunca se arrepintió.  Ha saldado su cuenta con la sociedad. Cada vez que esto ocurre el orden se restablece, pero a ti te afectó particularmente. Habías compartido con él todos los momentos en que se te permitía estar con seres humanos. Su madre y su hermana han prometido visitarte cuando supieron que no tenías a nadie que te fuera a ver.

Poco se sabe de cómo ocurren las cosas en ese mundo tan hermético, por eso te extrañó que uno de los celadores te contara los últimos momentos de Billy, aunque fuera sucintamente. La mayoría de los funcionarios de las prisiones de alta seguridad tienen tanta herrumbre encima que necesitan manifestar su humanidad, tantas veces puesta en entredicho. O puede que estuviese descargando de tanto horror su maltratada conciencia. En el corredor de la muerte, donde parece no haber lugar para los sentimientos, también hay vida, seres vivos que respiran.

Se llevaron a Billy a las seis de la mañana. Se oyeron cerrojos y luego grilletes arrastrándose hacia la puerta del fondo del pasillo donde están alineadas las celdas. Billy, a última hora, sufrió un ataque de miedo y ansiedad. No quiso nada de lo que se le ofrecía: ni perdón a manos del sacerdote, ni últimas palabras, ni último deseo. Se orinó, defecó y vomitó bilis. Murió con los ojos abiertos. Su madre y su hermana pudieron ver todo a través de una cristalera.

Tu hija nunca ha ido a verte pero sabe, porque se lo han contado, que el único hilo que te mantiene unido a la realidad exterior es el juego del ajedrez. En tantos años has aprendido a aferrarte a la vida moviendo peones, encajando golpes bajos, enrocándote cuando las circunstancias te tenían acorralado, soportando el jaque mate, ese que luego se diluía y te obligaba a dar un nuevo pensamiento a todo.

Pero esas alegorías o metáforas que habías adoptado de tus interminables partidas de ajedrez jugadas con Billy, no eran sino la forma de sacar fuerzas para levantarte cada mañana. Jugabais desde vuestras celdas contiguas, sin tablero ni fichas, naturalmente. En tu cabeza cabían todas las jugadas. Habías llegado a ver la posición de las figuras y los movimientos del contrario con los ojos de la imaginación y eran de una precisión tal que muchas veces llegaste a pensar si no estarías desarrollando  capacidades extrasensoriales.

Apoyado en los barrotes de la verja que ocupa el lado de la celda exento de tabique, abierto al corredor de los vigilantes, has pasado quizá las mejores horas de los interminables días. Billy había sido campeón juvenil de Arkansas en torneos nacionales de ajedrez y te enseñó todo lo que sabes.

Aún resuena en tus oídos su voz:

–Samuel, hijo de puta, si mueves el maldito alfil, le arranco los huevos al caballo desprotegido… ¿cuántas veces te tengo que decir lo mismo?

–Espera que le saque del rincón… ¡te vas a tragar la lengua!

–Mira Samuel, esto es como la vida: haces algo mal, te equivocas, intencionadamente o no, y lo pagas. ¡Y guárdate ese caballo, lo vas a necesitar para salir de aquí! Porque tu saldrás… tú saldrás, Samuel…  tú sí, tú un día te verás fuera…

¡Cuánto le echas de menos!   

Había noches que, incluso después de apagar las luces, no os resignabais a dejar la partida a medias. Insistíais hasta que el vigilante nocturno os mandaba callar. Te aferrabas a ese momento de concentración para evadirte de la angustia de pensar en cosas peores.

¿Sería exagerado decir que el ajedrez te libró de la locura?

Sueñas o te imaginas fuera de la prisión, participando en torneos de altura. Han sido tantas horas las empleadas en absorber las enseñanzas de Billy que te crees con fuerzas para enfrentarte a un tablero de verdad.

Para el que no ha vivido esta situación extrema es difícil entender lo que significan las pequeñas concesiones, también lo guardado en los recovecos del alma más deleznable. Porque Billy es un asesino, como tú, pero cuando te ibas a la cama sabías que al día siguiente sería el único que te reconocería como un ser humano amigo.

Tampoco quieres que el rencor y el odio acumulado opaque el fondo de humanidad que veías en el Alcaide Selmann. Fue un traslado forzoso y fulminante. Nunca supiste las causas ¿Quién eres tú para recibir explicaciones de nada? Pero nunca dejaste de relacionarlo con el trato exento de crueldad  y rechazo que manifestaba con la escoria. Tenía sus propias ideas. “No todos eran freudianos degenerados”  Pudiste escuchar cómo le lanzaba el mensaje al inspector que visitaba la cárcel periódicamente.  Te explicaron el significado mucho tiempo después.

Lo cierto es que el ajedrez no sólo te libró de ideas tortuosas respecto a un impracticable suicidio, sino que te ha convertido en un hombre distinto, mejor, más rápido de mente, con ideas de más altura. Quizás ha hecho brotar la semilla de los buenos sentimientos que llevaba tanto tiempo enterrada en el lodo de tus peores pasiones. Reconocer su belleza en el planteamiento, el papel representado por cada figura, la exactitud… el talento, el esfuerzo y la emoción en la batalla, te han hecho reconciliarte con la vida, aunque no sepas por cuanto tiempo.

Te sigue mortificando el que las pruebas de ADN  pusieran  de manifiesto que tú eras realmente el padre biológico de la niña, aun cuando esta circunstancia no cambiara la situación respecto a tu sentencia. Tampoco sirvió tu arrepentimiento por haber apuñalado a aquella mujer blanca y acto seguido al marido, que apareció inopinadamente en escena. ¿Es cierto que lo hiciste con ensañamiento? Parece que sí. En el juicio, ninguno de los miembros del jurado creyó ni una sola de tus palabras. Culpable, por unanimidad.

Ahora, cuando aquella niña de meses que dejaste en manos de su abuela materna  es ya una adolescente, ha decidido que quiere conocerte. A ti, pobre diablo destruido por el peso de la vida. Parece, según te ha contado tu abogado, que se debate entre el miedo a conocer la verdad sobre su madre y lo que pueda descubrir de labios de su asesino, que ahora reconoce como su verdadero padre. El nombre de Samuel Thomson empieza a representar algo para ella, cosa que no había sucedido hasta ahora.

Está sola, como tú. Su abuela materna, único pariente, murió hace siete meses. Ha dejado de recibir mensajes despiadados sobre ti. Tu abogado está haciendo una buena labor de reconciliación. Cree que sois acreedores de una oportunidad, aunque sea mínima. Conoce su oficio y sabe que la pestilencia se extiende a todas las capas de la sociedad. Le escuchas y repites “No hay que caer en la tentación de querer huir de todo, incluso de tu vida”. Tienes que reconocer que gracias a él has sido capaz de autoexaminarte. Estás asistiendo a tu propia transformación, aunque sea en medio de una vaga y fatigada tristeza.Tienes 47 años, el pelo totalmente encanecido, la piel cenicienta  y la decrepitud acechando para darte el zarpazo. A lo máximo que puedes aspirar es a que alguien te mire a la cara y no te escupa .Tendrás que esperar que tu hija no olvide lo que parece su firme propósito. Os estáis necesitando mutuamente, para explicar, para escuchar.

 Ayer ha cambiado el Gobernador del Estado y siempre que esto ocurre hay novedades con respecto a los indeseables. No sabes en qué medida esto puede afectarte. Pase lo que pase, tú tendrás que seguir asistiendo al desplegable de tu vida. En el último rincón de tu atormentada alma puede que todavía  esté agazapada la esperanza.

Ahora, después de seis meses, te llega otra carta, una más. Tu causa ha sido revisada. Habrá nuevo juicio. Dieciocho años en prisión y siete aplazamientos de ejecución pueden haber sido razones convincentes.  Billy tenía razón. A él ha ido dirigido tu primer pensamiento. “¡Cuánto me hubiera gustado poder jugar, aunque solo fuera por una vez, una partida con tablero!”

Tu hija te espera a la puerta de la prisión. Te han concedido un permiso condicionado.

Os habéis mirado como dos extraños, pero había un destello de comprensión en los ojos de tu hija. Llevaba un ramo de flores y un paquete. Estaba nerviosa. En el coche que os llevaba a casa te ha mostrado un juego de ajedrez electrónico. No ha querido desvelarte de quien provenía. No sabes por qué, pero has pensado en el Alcaide Selmann. Todavía recuerdas unas palabras dichas al azar antes de dejar la prisión, cuando pasó por delante de tu celda por última vez.  “Algún día, cuando acabe esta partida, podrás reemprender la jugada de la vida que dejaste interrumpida”.

***

Rosario Martínez

About Author