A la sombra de Henry Miller – Un relato de Rosario Martínez
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A la sombra de Henry Miller
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A la sombra de Henry Miller
Fue un americano de unos cuarenta años, andar vacilante, delgado de complexión, pero con fuertes manos y mandíbula autoritaria, quien me indicó dónde se encontraban los escritores “malditos”, prohibidos en su día en Inglaterra y Estados Unidos. Se había ofrecido a ayudarme y lo hizo con total dedicación.
Me escuché decir: “Ese largo flequillo descuidado y el roído vaquero son los que le dan ese aire de desvalimiento. Da la impresión de sentirse incómodo cuando le repito que no es necesaria tanta molestia”.
De sus propios labios supe que se llamaba Stephen y vivía en Nueva York. Había recalado en la librería parisina Shakespeare and Company por recomendación de un colega. Estaba escribiendo sobre París, eso me dijo. Ocupaba uno de los camastros que, atestados por el día de libros, ofrecen durante la noche equívoco descanso a los invitados.
Sin atender a mis disculpas, insistente en su papel de huésped agradecido, se encaramó a una escalera y rescató de una viga del techo varios títulos interesantes. Pero fue otro personaje el que, avisado por Stephen, y activando su olfato de perdiguero adiestrado, dio con el exclusivo ejemplar de Trópico de Cáncer, de Henry Miller, primera edición 1934.
Verán, yo había llegado al aeropuerto Charles De Gaulle, procedente de Boston, en una soleada mañana de principios de mes de junio. Llevaba una misión concreta. Ustedes creen que eso es solo cosa de agentes secretos, ¿verdad? Pues nada de eso. Soy fotógrafa freelance y venía a París con la delicada tarea de hacer un reportaje sobre la Catedral de Nôtre-Dame y sus aledaños, añadiendo –y esto bien me lo había recalcado el jefe– una nota original, impactante, provocadora, coincidente con el momento de la instantánea. Querían aprovechar mis veleidades literarias y detectivescas, las mismas que me habían llevado a reservar habitación con vistas a la catedral en el Hotel Esmeralda, el nombre de aquella gitana de Victor Hugo que enamoraba con sus bailes de vaivenes y arabescos. Era martes. Tenía por delante tres días. El viernes tenía previsto el regreso.
Me instalé en mi habitación. Anoté mis primeras impresiones:
“Estoy excitada… Este edificio del siglo XVII, con las habitaciones decoradas por el propio dueño a base de antigüedades procedentes del Mercado de las pulgas, me produce sensaciones decadentes y salvajes al mismo tiempo. Será el olorcillo rancio de las moquetas y las cortinas. Aquí se ha meado más de un gato. No sé. Estoy convencida de que hay lugares para el tedio y otros para la imaginación y, esta antigualla con escaleras empinadas y sin televisión, pertenece al segundo grupo”.
Un vistazo al espejo de cornucopia me devolvió la imagen de la clásica viajera sudada que acaba de encontrar el nido. “No estás mal, conservas la buena figura y el óvalo de tu cara todavía no necesita restauración. Pero, ¡cuida esas ojeras, tu chico tiene doce años menos que tú! De acuerdo, de acuerdo”. Dejé los bártulos y el sencillo equipaje y me lancé al reencuentro con el barrio latino, las márgenes del Sena, los bouquinistes. La avanzada hora de la tarde solo me permitió ver una especie de ataúdes alineados a lo largo del río llenos de libros. Ya encontraría momento para volver.
El miércoles a primera hora de la mañana, pertrechada de cámara y teleobjetivo hice la primera sesión de fotografías en el interior de la catedral. La claridad traspasaba las vidrieras como si los rayos del sol actuasen de reflectores que fueran a morir en el pavimento. Un aroma dulzón inundaba las tres naves. Merodeé alrededor de unas cuantas viejas beatas; de lejos parecían pájaros plateados, con sus vestimentas oscuras y el cabello cano. Me desentendí de ellas cuando un grupo de sikhs, que lucía en sus turbantes los mismos tornasoles de las vidrieras, entraron en medio de un solemne silencio. Jugué con la idea de un caleidoscopio y… ¡oigan!, conseguí unos efectos impactantes. Me inundó la euforia, no sé si con motivo.
La tarde la dediqué a estudiar ángulos exteriores y perspectivas con diferentes puntos de fuga. Iba pensando en una cena frugal cuando me encontré inesperadamente con la librería Shakespeare and Company, a pocos metros del Sena, de la que había oído hablar varias veces a mi novio.
Así conocí a Stephen y a ese otro habitante de aquella caverna literaria, al que debo la adquisición de mi libro.
Antes le había visto salir de la penumbra de un pequeño cuarto lateral. Un hombre de extremidades exageradamente largas para su compungido cuerpecillo y su cabeza de alfiler. Era la imagen humanoide de un mosquito. Zumbaba de un lado para otro recorriendo las estanterías con sus ojos disparados. Todos parecían dirigirse a él cuando, agotados por la búsqueda, requerían sus servicios de encontrador. Luego supe que era agente literario, escritor para sí mismo y mano derecha de los dueños del establecimiento. Su nombre era Paul, aunque me resulta imposible pensar en él utilizando otra palabra que no sea “mosquito”.
Singular librería de París, en la que no sólo se albergan libros sino también escritores, siempre que se muestren dispuestos a ayudar en trabajos relacionados con la buena marcha del establecimiento y dediquen unas horas a la escritura. Conspicuos personajes han pasado por aquel lugar con el mismo régimen de alojamiento, entre ellos, Henry Miller. Lugar emblemático para los escritores americanos que recalan en París que bien se merecía un reportaje fotográfico.
De vuelta al hotel estuve hojeando el ejemplar adquirido. Me miré en el espejo, las ojeras continuaban ahí pero mi estado de ánimo era excelente.
“A mi chico le va a encantar, es un bibliófilo compulsivo”.
En la esquina derecha inferior de la primera página había un nombre escrito con pluma: Laurent Leveque. Supuse que era el dueño del libro. Se habría desprendido de él por razones que yo ignoraba. Creo que sonreí cuando en la parte superior, debajo del título, leí: “A Danny, con todo mi amor” Marzo 2007. Mi inquietud congénita de querer averiguar había comenzado a aguijonearme con fuerza. Decidí volver a la librería al día siguiente.
Aquel hombre se movía por el depósito-museo de libros con la seguridad y el desparpajo de quien conoce todos los resortes y cerrojos del cofre. Le recordé la adquisición que había hecho el día anterior y le pregunté si sabía quien era Laurent Lévêque. Sí, de acuerdo, mis ganas de saber no tenían fundamento, pero estaban ahí. Quizá supiera por qué ese libro tan especial había ido a parar a esa librería.
–¿Laurent, ha dicho?
–Si, eso es. Su nombre figura al pié de la primera página. Debo suponer que era el dueño. ¿Usted le conoció?
–Si, claro, era asiduo del establecimiento. Provenía de Louisiana, su familia era de origen francés. Pasaba temporadas en régimen de invitado. Un gran poeta. Ocupaba el despacho pequeño de la segunda planta; dormía en cualquier rincón. Usted ha tenido ocasión de ver las camas que surgen como hongos aprovechando los recovecos…
–¿Sabe? Soy fotógrafa. Quizá Lévêque se muestre asequible a un reportaje sencillo, nada sofisticado. Sería un complemento perfecto para mi trabajo.
–A Laurent ya hace un año que le resulta imposible mostrarse accesible.
– El gran poeta. Ya entiendo. ¿La fama le ha entronizado en las alturas ?
–Murió.
–¡Ah…! ¿Era joven?
–Sí, demasiado joven para pasar a la posteridad de una forma tan traumática. Sus poemas eran sublimes, destilados por una mente privilegiada. Una lástima que sintiera esa desmesurada admiración por los suicidas. Actuaban como un imán sobre su frágil voluntad.
–Si era un escritor que frecuentaba este lugar, usted quizá sepa cosas sobre él: su obra, su modo de vida… Mi trabajo podría ser una especie de homenaje, utilizando la librería como telón de fondo, ¿no le parece?
–Obtendrá más información si habla directamente con Stephen, eran pareja hasta que apareció Daniel.
–Ya.
–¿Se le ocurre alguna pregunta especial?
Había una que me rondaba la cabeza. Dejé que se deslizara hasta los oídos del mosquito:
–Sí. Sólo por curiosidad, ¿cómo reaccionó Stephen ante la muerte de su amante? Parece tan introvertido, tan sensible, tan…
–Stephen es un mitómano, tiende a la exageración pero siempre en términos literarios. Quiero decir que, efectivamente, acusó la muerte de Laurent, pero cuando volvió del reconocimiento del cadáver por todo comentario dijo que un sapo nunca hubiera conseguido ese cuerpo de globo ni la espléndida gama de colores, desde el ocre al morado, que presentaba su superficie. ¿Entiende? En el entierro lloró lo imprescindible. Para él, últimamente, Laurent era una mierda; lo intuía y solo necesitó que alguien se lo confirmase. Me refiero al descubrimiento de su relación con Daniel, naturalmente
–Siempre ocurre así. El enamoramiento lleva incluida la idealización y cuando se impone la realidad…
–Oh! Las idealizaciones empobrecen al individuo, procure tenerlo en muy en cuenta de ahora en adelante.
Por último, añadió que Stephen no era un buen polemista, y alargó hacia el techo sus brazos de alambre con un gesto que daba por terminada la conversación.
La idea del reportaje fue desechada por Stephen como una injerencia absurda y desfasada. Pidió respeto para los muertos y dio carpetazo al asunto. Pero su rostro había adquirido una expresión dura; transpiraba desapego por cada pliegue. “Ahora sé que estoy en el camino acertado– pensé”.
Era jueves y tercer día de estancia en París. Me adentré por la Calle de la Antigua Comedia. Todavía podía pasearse por el barrio antiguo; un par de horas más tarde las hordas de turistas entrarían a saco y ya no sería posible ni desplegar el trípode.
La última sesión me llevó nuevamente a la Catedral. Era mediodía y a la puerta se arremolinaba un grupo de gente. Me incorporé al tumulto. Se trataba de una pareja de novios que aspiraban a una fotografía con la fachada de Nôtre-Dame de fondo. ¡Ya tenía la toma con detalle impertinente! Mi cámara funcionó desde todos los ángulos. La fachada que debía recibir la potente luz del mediodía se vio sombreada por nubes pasajeras que acabaron por dejar un aguacero. Seguí disparando. La novia sujetando el velo, recogiendo el vestido, corriendo en dirección a la entrada…, mientras el novio y los invitados se dirigían a los coches. La misma dispersión que se produce cuando un zapato se posa sin benevolencia a la entrada de un hormiguero.
“A Danny, con todo mi amor, marzo 2007, Laurent Lévêque”, volví a leer sentada en un bistró del barrio latino, mientras me servían crêpes de salmón y té verde.
¡Fantástico, el regalo perfecto!, me vi exclamando en voz alta, acariciando el lomo del libro con verdadero arrobo. Lo llevaba conmigo a todas partes. Ni por un momento me separé de él.
Fue entonces cuando me asaltaron unas palabras del mosquito:
–De Laurent estábamos todos enamorados. Era un ser excepcional: la melena ondulada, sus modales de dandy a lo Oscar Wilde, su palabrería ilustrada tan poco común; por un tiempo fue el icono de este lugar. Enhorabuena, desde el primer momento adiviné en usted una buscadora de tesoros. No había entrado a la librería en plan turista para echar un vistazo y tirar un par de fotos. Seguro que le hubiera gustado conocerle, era tremendamente fotogénico, embelesador, irradiaba una exclusividad que electrizaba. ¡Mire! Se me eriza el vello… y más cosas, de solo pensar… En fin… Tenía que haberle visto muerto, era como una bella estatua yacente de alabastro, lo juro. En ese punto siempre estuve en desacuerdo con Stephen. Su pálido corazón no soportó la certidumbre de la relación de su amado con una mujer. ¿Comprende? Me vi en la obligación de abrirle los ojos; fue mi último acto de veneración.
“Qué había querido decirme aquel malvado mosquito? ¿Un acto de veneración el acuchillarle con una confidencia envenenada? Y dicho con esa sonrisa burlona asomándole por el balcón de los dientes saltones…”
Anochecía. Sola, en la habitación, reflexioné sobre aquellas últimas palabras. ¿Por qué me había insinuado cosas sobre el tal Daniel? ¿Qué me estaba queriendo decir? ¿Hasta dónde llegaba su conocimiento o implicación en el caso Lévêque? Sin llegar a exagerar, creía que ese vicioso de las sombras sabía muchas más cosas sobre Laurent Lévêque, Stephen, Daniel… incluso sobre mí.
“Reconozco que es un tipo ingenioso y sagaz, pero huelo a los destripadores a diez millas, aunque él quiera aparecer siempre como huérfano de malas intenciones. Va adquiriendo a mis ojos un perfil nada tranquilizador. ¿Hasta dónde pudo influir en el suicidio de Laurent? Algo me oculta, seguro que ustedes ya lo han intuido. Sí, vale. Soy una buena fotógrafa pero una pésima psico-observadora. Apuesta, apuesta fuerte… tú eres decidida, obstinada, una mujer independiente, curtida en mil batallas. No abandones tan pronto. Utiliza tus armas”.
Pero en aquel momento, los acontecimientos casuales empezaban a inquietarme. Queriendo encontrar un hilo conductor que me llevara a alguna conclusión, hice recuento de lo vivido desde mi llegada a París. Me había hospedado en el Hotel Esmeralda. Buscando un libro para regalar a mi novio había recalado en la librería Shakespeare and Company. Allí, no solo había encontrado un libro especial, sino que había conocido a dos hombres desconcertantes. Uno había sido amante del propietario del libro que ahora obraba en mi poder y se había suicidado; el otro actuaba de informador e intermediario de todo lo que pudiera acontecer en aquella librería. ¿Me siguen?
Era evidente que estaba intrigada, lo que en mí, lectora empedernida de las novelas de Fred Vargas, quería decir que nada era gratuito.
“Todos enamorados de Laurent…” Esas palabras estaban llenas de significado. El viernes decidí volver por última vez a la librería. Portaba la cámara fotográfica como el que lleva un arma automática. A mi llegada vi más gente de lo habitual. Cinco de la tarde. Se celebraba una lectura literaria. Era 16 de junio, Bloomsday, y la tienda estaba repleta de escritores, editorialistas, correctores, agentes literarios, todo el enjambre que se forma alrededor del mundo del libro.
Me infiltré entre el gentío esperando el comienzo del acto. Tengo la habilidad profesional de abrirme paso en busca de la instantánea. Me acomodé en un rincón y me dediqué a observar, mientras fotografiaba rostros delante de los anaqueles desbordados de libros.
A los pocos instantes sentí la mirada inquisitiva del mosquito y, a continuación, su voz susurrante en mi oído. ¿Podía ayudarme en algo más?
“Si algo está claro es que este ser alambicado de ojos mohosos, se mueve en el mundo de la librería como un muñeco al que le han dado cuerda indefinida. No puede dejar de introducirse en los rincones y los individuos: nada es desconocido para él. Todavía siento la asquerosa punta de su lengua cerca de mi cuello”.
A punto de llegar el taxi que me llevaría al aeropuerto en mi viaje de vuelta, tuve tiempo de revisar las fotografías que hice de la librería. Mi vista quedó fija en una que reproducía un grupo de tres hombres brindando en el mismo lugar en el que estaba colgada la fotografía. Al pie de la misma figuraba un aforismo de Henry Miller:
“No seas inhospitalario con los extraños, pueden ser ángeles disfrazados”.
Créanme, los aforismos de este escritor sobrevolaban los libros y las almas actuando como aldabonazos Su sola advocación me había acabado por producir turbulencias. Me preguntaba cuál sería la verdadera historia del Trópico de Cáncer que había adquirido. Aquel mensaje en la fotografía sólo podía provenir de alguien que formara parte de la engrasada maquinaria del enredo.
Mi memoria empezaba a destilar recuerdos. En marzo del 2007, un año después de conocernos, mi novio había viajado a Europa para impartir cursos de literatura, perfeccionar el francés, facilitar la entrada en el mercado a autores noveles norteamericanos. Es escritor y agente literario. Alargó su estancia más de lo previsto. Seguro que visitaría Shakespeare and Co..
Un fogonazo había iluminado la escena del día en que le sorprendí probándose mis sujetadores y mis bragas de encaje. Nos reímos juntos ¡Era todo tan sexy, divertido… y depravado!
Estaba perdiendo el aplomo inquebrantable y la seguridad en mí misma. Me hallaba enfangada en terrenos desconocidos. ¿Había empezado a aspirar el rastro pestilente y peligroso de la duda?
Hay mareas que arrojan a la orilla de lugares poco comunes a seres y objetos que encuentran acomodo y sentido solo al cabo de ciertas experiencias. Algunas de estas mareas vienen precedidas de espumas venenosas que dejan hedores estancados.
El taxi apareció puntual. Salí con mi pequeño equipaje, esta vez más pesado que a mi llegada: contenía un libro y un enigma por resolver. Ambos cohabitaban arañando el entramado de mis pensamientos. Sí, decididamente, aún quedaba pendiente una conversación con mi novio; Danny para los más allegados.
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Rosario Martínez

