Pinto, escribo, compongo…, luego conozco – La función cognitiva del arte – Lucía Domínguez Manceras

Pinto, escribo, compongo…, luego conozco – La función cognitiva del arte – Lucía Domínguez Manceras

Pinto, escribo, compongo…, luego conozco – La función cognitiva del arte

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Vincent van Gogh – Op de drempel van de eeuwigheid [Saint-Rémy, Mei 1890 – Kröller-Müller Museum – Otterlo – Gelderland – Nederland]

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Pinto, escribo, compongo…, luego conozco – La función cognitiva del arte

A diferencia del artesano o el técnico, el artista, durante el proceso de creación de su arte, no sabe a dónde va. No sigue modelos predefinidos que diseñen y doten de utilidad o sentido a su obra. El artista se guía por sus propias pulsiones e interpretaciones sobre la realidad que le observa y atraviesa. Esta ausencia de rumbo y finalidad más allá de su propia realización, no convierten el arte en una manifestación vacía ni carente de sentido. Tras el arte se encuentra el reflejo del creador y de su condición humana.

El arte como símbolo

La Real Academia Española define el arte como la “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. Esta manifestación se expresa acompañada de símbolos, dotados de significado para los que los configuran. De este modo, por muy fiel a la realidad que pretenda ser una obra de arte, siempre pasa primero por un ojo y cerebro humano que la interpreta y condiciona. El arte no plasma el mundo que le rodea tal y como es, plasma el mundo en cuanto el hombre lo observa. Esto hace que destile en él parte de su alma y la de los hombres de su generación.

Conociendo la historia

Cada vez que observamos cuadros o leemos obras literarias de las distintas épocas artísticas e históricas que nos preceden, como de la Edad Media, Renacimiento o Barroco, se nos viene a la mente, casi de inmediato, las circunstancias socio-políticas y culturales que envolvían ese periodo y localización. El clima de aquellos momentos queda latente en las obras de los testigos que lo vivieron. Un perfecto ejemplo es el cuadro de Antonio de Pereda y Salgado, Alegorías de la Vanidad (1632-1636), obra del periodo artístico barroco. En la fecha en la que se realizó, el imperio de Carlos V se encontraba ya en decadencia, algo que se representa en el cuadro.

El tópico de la obra es vanitas vanitatum (vanidad de vanidades), en el que se plantea la vanidad de los placeres mundanos, la caducidad de la vida y la fugacidad del tiempo. El cuadro sigue una trayectoria de derecha a izquierda: en lo alto, sobre un cofre, reloj de oro, monedas, la imagen del rey Carlos V sobre el mundo, reflejando su dominio, y medalla de Augusto, emperador del imperio caído de Roma; más abajo, mosquete y armadura que reflejan los logros militares, reloj de arena agotado, el candelabro con la llama extinta de la vida, y cráneos elevados sobre libros, reflejando el triunfo de la muerte sobre la sabiduría y cualquier otra posesión valiosa durante la vida; sobre todos los elementos, el ángel admonitor que advierte a los hombres de la vanidad del mundo.

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Antonio de Pereda y Salgado – Alegoría de la vanidad [1632 – 1636 – Kunsthistorisches Museum – Wien – Österreich]

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La obra se realizó en la Europa del siglo XVII, un periodo de crisis, comenzando por la Guerra de los 30 Años, escasez de alimentos por las crisis agrarias, crisis políticas a causa de la caída del imperio de Habsburgo, epidemias, hambrunas, estancamiento económico, etc. El pesimismo de la época se vuelca en la producción artística que la retrata, quedando plasmado en el arte la realidad conforme a la experiencia social.

Conociendo al artista

Más allá de la circunstancia específica de su período, el arte refleja pensamientos, emociones e inquietudes humanas que sobrepasan el tiempo y las generaciones, siendo cuestiones que asedian al hombre por su propia condición humana.

Basta hacer una búsqueda simple en Google: “pinturas dolor”. Aparecen múltiples representaciones de este sentimiento en sus distintas manifestaciones, tanto física como emocional. Encontramos algunos con historias en común, como En la puerta de la eternidad de Vincent van Gogh (1890) o Dolores de Isidre Nonell (1903). Ambos retratan lo que parecen dos ancianos pasando por los achaques físicos de la edad; o puede que sean dolores del alma. Otros como Dolor reumático II de Remedios Varo (1948) o La columna rota de Frida Kahlo (1944) muestran los padecimientos corporales de las enfermedades y los accidentes. Sin olvidarnos también del sufrimiento emocional observado en La tristeza de José Luis Ponce o en los muchos cuadros de Michael Lotenero.

Y, a pesar de compartir una misma temática, todos cuentan historias distintas. Aunque algunos puedan encontrar similitudes entre sí, cada uno sigue contando una historia única y personal: la que nos cuenta su autor. No podemos decir que se observa la misma experiencia en cada obra, que se retrata la misma vivencia y el mismo tipo de dolor. Cada dolor visto es personal, tanto incluso como la representación de Kahlo de su propio accidente. Y siendo representaciones de historias tan exclusivas como solo suyas, solo de sus autores, aún somos capaces de vernos en ellas.

Conociendo al espectador

A veces descubrimos partes de nosotros que desconocíamos cuando nos quedamos embelesados con una obra, ya sea una expresiva pintura, un delicioso poema o una emotiva canción, en perfecta sintonía con nuestra alma, esa que escuchas y dices: “dios mío, es literalmente lo que siento”.

Las obras de arte no son más que expresiones humanas plagadas de ideas y sentimientos que difícilmente pueden pertenecer a una sola persona. Lo difícil a veces es identificar esos pensamientos y emociones, que viven latentes bajo nuestra propia consciencia, pero que sin duda se expresan y condicionan nuestra forma de actuar en el mundo. Ante esa ignorancia o incomprensión, el arte viene como un maestro a dar nombre y forma a eso que se nos oculta. Pone en trazos, palabras o notas lo que no podemos expresar con nuestra racionalidad. Esos campos, tan ligados a las emociones naturales, a veces oscuras, y al inconsciente, sacan a relucir las esencias humanas que no pueden compartirse de otra forma que haciéndolas sentir en otros. ¿Cómo va a ser lo mismo que un hombre te cuente el dolor que siente por la pérdida de su padre, a que Manrique te desgarre el alma con sus coplas? El arte no conoce rival haciendo entender los sentimientos, pues los despoja de razón y los avienta desnudos para que los recojas en su forma más pura y de nuevo hiles palabras a su alrededor, solo una vez los has comprendido como tuyos.

Ni siquiera hay que ser un espectador para que el arte te revele lo que hay oculto en ti. Incluso los propios artistas pueden ser ajenos a la voluntad que los mueve. Muchos son los nombres que afirman que solo hacen lo que hacen y aquello que les sale de dentro, sin tener idea de por qué o de dónde viene. Una vez más, las explicaciones se rinden a la naturalidad del arte, que sale ya directamente puro del alma. Quizá otras almas empáticas puedan reconocer sus emociones en él y ser capaces de verbalizar y hacerles saber lo que esos pobres diablillos ignoran de sí mismos.

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Lucía Domínguez Manceras

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