Ricardo es sueño [Fantasía «shakespeariana» para dos personajes varones con ecos difusos del Barroco teatral español] – I – Susana Cantero Garrido

Ricardo es sueño [Fantasía «shakespeariana» para dos personajes varones con ecos difusos del Barroco teatral español] – I – Susana Cantero Garrido

Ricardo es sueño [Fantasía «shakespeariana» para dos personajes varones con ecos difusos del Barroco teatral español] – I

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William Shakespeare – The Tragedie of King Richard the second. As it hath beene publikely acted by the right Honourable the Lorde Chamberlaine his Seruants [1597 – First Edition / London – Printed by Valentine Simmes, for Androw Wise] [Source: https://shakespearedocumented.folger.edu/file/details/1124 / https://creativecommons.org/publicdomain/mark/1.0/]

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Ricardo es sueño [Fantasía «shakespeariana» para dos personajes varones con ecos difusos del Barroco teatral español] – I

Personajes: El rey Ricardo II – El Otro

Primer cuadro

Todavía en oscuro, oímos un ruido indiferenciado, animal, acompañado de jadeos, gruñidos y algún gemido de dolor. Al hacerse la luz, vemos a Ricardo, solo, encerrado en la cárcel, escarbando febrilmente con las uñas, en la actitud clásica de un preso que busca cómo abrir brecha para escapar.

Es evidente que, a pesar de su decidida voluntad, el dolor físico que produce la actividad es mayor que el resultado. Ricardo sigue escarbando un rato, jadeando y quejándose, pero finalmente ceja en su empeño inútil y se sienta impotente en el suelo.

RICARDO.-

Los pensamientos proclives a la ambición maquinan milagros inverosímiles: cómo estas uñas débiles e inútiles podrían horadar un paso atravesando las costillas de pedernal de este duro universo, mis feroces muros carcelarios, y, como no pueden, mueren en su propio orgullo.

Ricardo se mira las uñas rotas, se pasa los dedos por ellas, hace algún gesto de dolor y queda sentado en el suelo.

Oscuro.

Primer proscenio

Se enciende la luz sobre el proscenio del otro lado y aparece El Otro. Se dirige al público con la estudiada seguridad, que tal vez se delata por tener un punto excesivo de insistencia, del que quiere convencer a otro para exculparse a sí mismo.

EL OTRO

Son las estrellas: las estrellas que se ciernen sobre nosotros determinan nuestro carácter; si no, uno mismo con su igual no podría engendrar criaturas tan diferentes.

Pausa. El Otro espera la respuesta del público, pero ésta no llega. Él mismo depone su actitud y, reconociendo implícitamente su propia culpa, cambia de tono, deniega con la cabeza y confiesa su error.

Ésta es la suprema necedad del mundo: que, cuando la Fortuna nos vuelve la espalda –casi siempre debido a excesos de nuestra propia conducta–, hacemos responsables de nuestros desastres al sol, a la luna y a las estrellas.

Recita lo siguiente con el tono de máxima antigua, de lección sabia aprendida y recogida de los maestros. Quizá lleva un libro en las manos y hace referencia a él, o lo lee directamente.

Deseamos que se haga religioso el príncipe, mas no queremos tampoco que, engañado por falsas apariencias, menoscabe su majestad con supersticiones de viejas, indagando los sucesos futuros por medio de algún arte adivinatorio. Oh dulcísimo príncipe… evita toda clase de superstición, ten por futilísima y vana toda arte que pretenda aprovecharse del conocimiento del cielo para indagar lo futuro, no emplees nunca en la ociosidad ni en la contemplación el tiempo debido a los negocios.

No es saber aquél de quien degeneran los efectos. Son las obras prueba real del buen discurso. Política inútil la que se revolvió toda en fantásticas sutilezas; y, comúnmente, cuantos afectaron artificio, fueron reyes de mucha quimera y de ningún provecho.

Oscuro

Segundo cuadro

La cárcel. Ricardo, de rodillas, traza dibujos en la arena del suelo con un palo. La acción va creciendo en impotencia hasta que, desesperado, lo borra todo con las manos.

RICARDO.-

He estado dándole vueltas a cómo puedo comparar esta cárcel en la que vivo con el mundo, y, siendo así que el mundo es populoso y aquí no hay más criatura viva que yo mismo, no me sale.

Sigue arrodillado en el suelo; de pronto, acaricia la tierra, toma un puñado, lo besa.

Lloro de gozo por volver a pisar mi reino una vez más. Amada tierra, con estas manos te saludo, aunque los rebeldes te hieran con los cascos de sus caballos: Igual que una madre separada largo tiempo de su hijo pasa tiernamente del llanto a la sonrisa al volver a verlo, así, llorando, sonriendo, te saludo yo a ti, tierra mía, y te agasajo con mis regias manos.

Mi dulce tierra, no alimentes a los enemigos de tu soberano, ni regales con tus mieles sus ansiosos deseos; al contrario: haz que se crucen en su camino tus arañas, henchidas de tu veneno, y sapos de torpes andares, y que causen estragos en los traidores pies que con pasos usurpadores te pisotean: produce ortigas abrasadoras para mis enemigos; y, cuando arranquen una flor de tu seno, guárdala, te lo ruego, con una víbora acechante cuya doble lengua, con mortal saeta clave la muerte en los enemigos de tu rey.

Vuelve de su ensoñación. Mira la cárcel aterrado.

¿No soy rey?

Oscuro

Segundo proscenio

EL OTRO.-

Alma generosa, enséñate a pensar que nuestro estado anterior fue un sueño feliz; despertados del cual, la verdad de lo que somos se muestra como es: esto no más.

Oscuro

Tercer cuadro

Adivinamos que Ricardo acaba de terminar de satisfacer sus necesidades físicas en la penumbra de un rincón. Se levanta, se recompone la ropa, vuelve al centro, mira alrededor, expresa su soledad con la mirada, se vierte un poco de agua en las manos, alcanza un trozo de pan, lo parte en actitud involuntariamente crística, lo desmiga, come absorto en su tristeza.

RICARDO.-

Cubríos y no hagáis mofa de la carne mortal con ceremonias solemnes: arrojad el respeto, la tradición, la etiqueta cortesana y el vasallaje, porque desde siempre me habéis tenido en consideración errónea: vivo de pan como vosotros, mi cuerpo siente la necesidad, no soy inmune al dolor, necesito amigos: sometido a tanta servidumbre, ¿cómo podéis decirme que soy rey?

Pausa inmóvil.

Oscuro

Tercer proscenio

Recordando un tiempo anterior, en el que intentó advertir al rey de las consecuencias que podía acarrear una actitud arbitraria e injusta.

EL OTRO.-

¿Crees acaso que el deber ha de tener miedo de hablar cuando el poder se inclina ante la adulación? El honor se obliga a la llaneza cuando la majestad se doblega a la locura.

Ahora, ante Dios –¡y haga Dios que lo que digo no sea cierto!– si vos os apoderáis arbitrariamente de los derechos de Hereford y rechazáis el homenaje que os ha ofrecido, atraéis mil peligros sobre vuestra cabeza, perdéis un millar de corazones entregados y espoleáis mi sumisa paciencia hacia esos pensamientos que no les cabe pensar ni al honor ni a la lealtad.

Pero se le ensombrece el rostro recordando que de nada sirvieron sus admoniciones.

Id con Dios, mi señor: lo que resulte de esto, nadie puede decirlo, pero es sabido que lo que se inicia por mal camino mal puede alcanzar buen fin.

Maldición sobre aquél que se arrepiente demasiado tarde.

Oscuro

Cuarto cuadro

Ricardo aparece sentado, inmóvil, hierático, en una actitud inequívoca de majestad entronizada, cuya convicción y solemnidad contrastan penosamente con su aspecto de Ecce Homo. Lleva en la mano, a modo de cetro, el palo con el que antes dibujaba en la arena. En la otra mano exhibe un mendrugo de pan, a guisa de orbe. Se ha ceñido la cabeza con un jirón de su propia ropa y se ha echado un andrajo por los hombros, quizá una manta raída o una sábana de tela burda tomada de su camastro. Habla con voz potente y timbrada, como si estuviera en el salón del trono ante sus súbditos, impartiendo justicia.

RICARDO.-

¿Qué súbdito puede dictar sentencia contra su rey? ¿Y quién de los presentes en esta asamblea no es súbdito de Ricardo? Ni toda el agua del mar furioso y rugiente se basta para lavar el óleo de un rey ungido; el aliento de los mortales no puede destituir al lugarteniente elegido por el Señor.

Nos no nacimos para rogar, sino para dar órdenes. Vos, primo Hereford, bajo pena de muerte, hasta que dos veces cinco veranos hayan esponjado nuestros campos no volveréis a saludar nuestros extensos predios, sino que pisaréis los foráneos senderos del destierro. Norfolk, para ti guardo una condena más áspera, que pronuncio con cierto desagrado.

Las lentas horas de caminar furtivo no determinarán fecha límite alguna para tu deseado exilio.

Contra ti, bajo pena de muerte, pronuncio estas palabras de desesperanza: ‘no regresar jamás’. Jurad por la obediencia que debéis a Dios –la parte de eso que a Nos toca la desterramos con vosotros– que respetaréis el juramento que dictamos en justicia: Nunca, y así la lealtad y Dios os ayuden, os aliaréis con afecto mutuo durante el destierro, nunca más volveréis a veros las caras, ni a escribiros ni a saludaros, ni apaciguaréis la huraña tempestad de vuestros odios particulares, ni os encontraréis con propósito deliberado para tramar, maquinar o urdir ningún ataque contra Nos, nuestro estado, nuestros súbditos o nuestra tierra. ¡Jurad!

Oscuro

Cuarto proscenio

EL OTRO.-

No os canséis, ni gastéis aliento en balde, pues vuestro consejo llegará en vano a sus oídos. No; están taponados con otros sonidos lisonjeros, halagos, cuyo sabor tienta incluso a los sabios.

No intentéis dirigir a aquél que quiere escoger él solo su camino. Me siento como un profeta de reciente inspiración, y por eso, en mi lecho de muerte, le vaticino: la virulenta llamarada de su ira no puede durar mucho, porque los incendios violentos suelen consumirse solos.

Oscuro

Quinto cuadro

El andrajo, el mendrugo y el palo yacen por el suelo, arrojados de cualquier modo. Ricardo ya no está en su pose mayestática, sino en una postrada conciencia de su situación, meciéndose en posición fetal o hecho un ovillo en cuclillas, lleno de temor.

RICARDO (recordando las lecciones de su maestro).-

“No es saber aquel de quien degeneran los efectos. Son las obras prueba real del buen discurso. Política inútil la que se revolvió toda en fantásticas sutilezas; y, comúnmente, cuantos afectaron artificio, fueron reyes de mucha quimera y de ningún provecho”

Se sobrepone como puede, buscando en la conciencia de su majestad el consejo que pueda darse a sí mismo para hacer de necesidad virtud y superar el miedo.

Levanta esa sangre joven.

Porque el dolor insidioso tiene menos poder para clavar el diente al hombre que se burla de él y lo trata con despego.

Se agarra al orgullo para mantenerse en pie.

Y aun mejor así, consciente de ser despreciado, que verme despreciado y rodeado de halagos.

Pero le puede la realidad.

Pero una vez más, intuyo que algún pesar nonato, madurado en el útero de la fortuna, viene hacia mí, y mi fuero interno tiembla con nada.

Vuelve el miedo. Ricardo se arrodilla, cruza las manos y alza los ojos al cielo.

¡No me humilléis hasta el punto de soportar esto con mansedumbre; dadme el don de la noble ira, y no permitáis que armas de mujer, que gotas de agua, mancillen mis mejillas de hombre!

Pausa. Espera de arriba una respuesta que no llega y se hace fuerte en el orgullo.

Pensáis que lloraré. No, no lloraré: causas para llorar tengo de sobra, pero este corazón antes estallará en mil pedazos que yo llore.

Pero el peso de la situación es demasiado, y su dolor se rebela, impotente, a pesar de su voluntad.

¿Qué ley, justicia o razón…?

Pero el dolor es más fuerte que él y se rompe en un llanto desamparado.

¡Cielo clemente, que no me vuelva loco!

Oscuro

Quinto proscenio

Suena una tormenta en todo su esplendor: viento, truenos, aguaceros. El Otro recuerda, con cierta compasión no exenta de rabia.

EL OTRO.-

Un volcán, un Etna hecho… ¿Qué ley, justicia o razón…?

Pero sale de la implicación emocional y, aun sin perder la serenidad, vaticina con conciencia de la responsabilidad que tiene cada uno en su propio destino.

Lo que resulte de esto, nadie puede decirlo, pero es sabido que lo que se inicia por mal camino mal puede alcanzar buen fin.

Y se convierte de pronto en una especie de dios vengador, como si hablase a través de su boca la autoridad atávica de la tormenta.

Un millar de aduladores están sentados en tu corona, cuyo aro no es mayor que tu cabeza; y, con todo, aun enjaulada en un margen tan pequeño, la pérdida no es menor que tu país entero.

¡Vive con tu vergüenza, pero que la vergüenza no muera contigo! ¡Que estas palabras te torturen para siempre!

Crece la tormenta.

Oscuro.

Sexto cuadro

Ricardo, amedrentado por la tormenta, se ha hecho un ovillo en un rincón y busca cómo aplacar la ira divina con promesas de virtud.

RICARDO.-

Cambiaré mis joyas por un rosario, mi suntuoso palacio por una ermita, mis vistosos ropajes por un sayal de mendigo, mis copas repujadas por una escudilla de madera, mi cetro por un bordón de peregrino, mis súbditos por un par de santos tallados y mi amplio reino por una pequeña tumba, una minúscula tumba, una tumba oscura; y a nada podemos llamar nuestro sino a la muerte y a este breve trasunto de la tierra yerma que sirve de masa y cascarón a nuestros huesos.

Pero la tormenta no cede. Ricardo ríe.

Por amor de Dios, sentémonos en el suelo y contemos tristes historias de la muerte de los reyes; cómo algunos fueron depuestos; otros acuchillados en la guerra, otros atormentados por los fantasmas de aquellos a los que depusieron ellos mismos, otros envenenados por sus esposas, otros degollados mientras dormían, todos asesinados.

Ríe de nuevo, desvaría un poco, parece aleccionar a alguien.

Porque dentro de la corona hueca que ciñe las mortales sienes de un rey esconde la Muerte su corte, y allí se aposenta la muy zorra, burlándose del rey y sonriendo ante su pompa, concediéndole un pequeño escenario para que, lo que dura un suspiro, haga de monarca, meta miedo y mate con la mirada; imbuyéndole de engreimiento y de vana soberbia, como si esta carne que amuralla nuestra vida fuera de metal impenetrable; y al final, cuando ya se ha divertido lo suficiente, viene y, con un alfilerito, pincha el muro de su castillo, y ¡adiós, rey!

Ríe de nuevo.

Arrecia la tempestad. Ricardo vuelve en sí y se revuelve como un tigre herido.

¡Cómo disfrutas espoleando a un caballo desbocado!

La tempestad arrecia de nuevo. Ricardo abre los brazos y se rinde.

¿De verdad nací para esto?

Oscuro. Cesa la tempestad a cuchillo.

Sexto proscenio

EL OTRO.-

Al nacer, lloramos por haber venido a este gran teatro de locos.

Recurre otra vez a su libro de máximas cortesanas.

¿Cuál es el primer cantar que canta el hombre en entrando en este mundo? Lágrimas, suspiros, sollozos y gemidos, mensajeros ciertos, agüeros y descubridores de las miserias que sabe le han de sobrevenir, las cuales no pudiendo expresar con palabras da a entender con voces y gritos. No cantan otro cantar los monarcas, reyes, príncipes y emperadores, y todos los grandes señores que hacen tragedias.

Transición. Cierra el libro, olvida las admoniciones oficiales y, simplemente, habla como padre.

Mi hijo me vino en ese momento a la cabeza; y eso que mi cabeza estaba a la sazón poco amigada con él.

Por cierto, una o dos veces se le escapó el nombre de ‘padre’ en el jadeo del sollozo, como si le oprimiera el corazón.

Oscuro.

Séptimo cuadro

Ricardo ha recuperado la energía y de nuevo está intentando abrir un boquete en el muro, de manera febril, ayudándose con el palo. Tropieza con algo, se detiene sorprendido, reanuda con más fuerza y por fin extrae del muro lo que resulta ser una calavera. Espantado, se levanta, la arroja instintivamente y retrocede. Después, fascinado a su pesar, también algo asustado por las implicaciones que tiene encontrar una calavera en el lugar y en la situación en los que está, vuelve, la recoge, la limpia como puede y, por fin, la sostiene con una mano y la contempla, en actitud involuntariamente hamletiana. Al cabo de un momento, se rompe en una risa que va creciendo hasta hacerse histérica.

Oscuro. La risa de Ricardo continúa y, al fin, se anega en un sollozo.

Séptimo proscenio

EL OTRO (contrito).-

¿Cómo? ¿Ha sido mi Ricardo transformado y debilitado a la vez en su forma y en su mente? ¿Acaso Bolingbroke ha destronado tu intelecto? ¿Ha calado hasta tu corazón?

El león moribundo echa la zarpa y hiere siquiera la tierra, con ira por verse dominado; y tú, como un párvulo, ¿aceptarás los azotes con buena cara, besarás la fusta y te someterás a la ira con humildad rastrera, tú que eres un león y un rey de las fieras?

Recordando la nobleza anterior.

Mirad, mirad, aparece el rey Ricardo en persona, igual que lo hace el sol insatisfecho, que, al asomar por el resplandeciente pórtico del este, se sonroja cuando percibe que las envidiosas nubes se han convocado para atenuar su gloria y mancillar la estela de su luminoso tránsito hacia el occidente.

A pesar de todo, se muestra como un rey: mirad, sus ojos, tan brillantes como los del águila, resplandecen de majestad.

Pero ya sabe que la historia terminó mal.

¡Oh dolor, oh dolor, qué desventura si daño alguno llegara a mancillar una presencia tan noble!

Con las lágrimas que nos sobren haremos una borrasca; nuestros suspiros y ellas troncharán el maíz del verano, y traerán el hambre a esta tierra rebelde.

Se enjuga los ojos. Pero, por mucho que duela, no hay remedio ni nada que hacer.

Lágrimas muestran amor, pero nada remedian.

Oscuro.

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Susana Cantero Garrido

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