Sunt lacrimae rerum – Θερσίτης γενναία καρδιά / Tersites: corazón valiente – III – Santiago Blanco del Olmo
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Sunt lacrimae rerum – Θερσίτης γενναία καρδιά / Tersites: corazón valiente – III
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Sunt lacrimae rerum – Θερσίτης γενναία καρδιά / Tersites: corazón valiente – III
POSTHOMÉRICAS
Nos encontramos ahora frente a un autor tardío, Quinto de Esmirna, que recupera el gusto por la épica y por el dialecto homérico en una época que Francis Vian, el traductor y editor de su obra en la colección Budé, sitúa en el siglo III d. C. En sus Posthoméricas, o cosas que acontecieron después de lo que cuenta Homero, retoma la Guerra de Troya hasta el saqueo de la ciudad por parte de los griegos con una extensión de XIV cantos. La tradición manuscrita de esta obra, que bien pudiera haberse perdido, se basa en un único códice llamado Hydruntinus hallado por el cardenal Bessarión en un monasterio cercano a Otranto, San Nicola di Casole.
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El canto que nos interesa aquí en especial es el primero, en donde se da noticia de varias aventuras, entre ellas el duelo de Aquiles y Pentesilea y la muerte de Tersites. Observaremos múltiples diferencias entre el personaje tratado por Homero y el de Quinto, porque éste último bebió de otras fuentes épicas de la Antigüedad, como la Etiópida de Arctino de Mileto, que muy posiblemente ya fuera difícil de encontrar, si posible, en el siglo III de nuestra era, pero sí pudo al menos acceder a resúmenes y comentarios elaborados por los mitógrafos.
A continuación voy a resumir el argumento del canto I. Los troyanos han perdido recientemente a Héctor y, amenazados por la pujanza de Aquiles y los aqueos, apenas osan salir de su fortaleza. Es entonces cuando acuden a la ciudad asediada un puñado de amazonas acaudilladas por la reina Pentesilea, que es bien recibida en la corte por el apesadumbrado rey Príamo. Éste le ofrece regalos de hospitalidad y la agasaja como conviene a una reina, y ella, para corresponder a su hospitalidad, se compromete a matar a Aquiles y quemar las naves. La reina Pentesilea se ha presentado en Troya con el corazón en un puño a causa del homicidio involuntario de su hermana Hipólita, y sobrelleva esta prueba a modo de penitencia y de purificación. Palas envía un sueño crepuscular que exhorta a Pentesilea a combatir a Aquiles nada más llegar el alba, y la valiente y crédula reina de las amazonas desconoce que estos sueños no son de fiar, y que la conducirá a la muerte en su primer día de guerra. A Príamo en cambio, que ora ante el altar de Zeus pidiendo la victoria y el regreso indemne de la amazona, el dios le envía un terrible augurio anticipador de su muerte.
Sucede a continuación la principalía de Pentesilea. Es curioso advertir cómo ella y sus guerreras combaten a caballo armadas de arco, saetas y destrales de doble filo, cuando esta forma de pugnar es inusitada en la Ilíada de Homero, donde los caballos sólo sirven para arrastrar los carros de reyes y caudillos hasta el combate y la lucha se emprende a pie. Sólo recuerdo un episodio en que los héroes cabalguen a lomos de corceles, y es en la Dolonía, en el momento en que Ulises y Diomedes roban los caballos del rey Dolón en el curso de una incursión nocturna, y salen huyendo a uña de caballo.
Mientras la reina guerrera da muestras de su bizarría matando enemigos, Aquiles y Áyax están alejados ignorantes de la batalla junto a la tumba de Patroclo. Por cierto que entre los versos 409 y 435 una troyana llamada Hipodamía pronuncia un discurso sorprendente. Observando la valentía de Pentesilea en la pugna y sus gestas, que por un lado es amazona, es verdad, pero mujer al fin y al cabo, llama a incorporarse a la batalla al resto de las mujeres troyanas. La iniciativa no se llevará a cabo debido al discurso adverso que inmediatamente después pronunciará Teanó, pero bien parece uno de los pocos discursos feministas que podemos espigar en la literatura griega antigua, junto con las palabras de Calipso a Hermes en la Odisea o las lamentaciones de Medea en la tragedia de Eurípides.
Poco tiempo después Aquiles y Áyax, al oír el estruendo, se dirigen a la batalla. Les da vergüenza haber estado apartados, no por culpa suya, del jaleo. Sin pasar un gran intervalo de tiempo, Aquiles se llega a las manos con Pentesilea y la atraviesa con su lanza. Ésta, al caer moribunda, procura caer de una manera digna para así no mostrar las partes íntimas de su cuerpo. Si se me permite la comparación, otro tanto hizo el coqueto César en las célebres idus de marzo siempre según Suetonio. Aquiles pronuncia unas palabras ante la amazona caída que hoy consideraríamos improcedentes o incluso machistas, pero al punto cae enamorado el Pelida de la mujer que acaba de matar tan pronto como a ella se le desprende el yelmo y accede a contemplar la belleza de sus ojos. Y sueña con llevarla consigo a Ftía y siente el mismo dolor que sufrió a la muerte de Patroclo. Ares se encoleriza, pues era el padre de la joven, y sólo la fuerza de Zeus sirve y vale para detenerlo. Entre tanto se van acercando a los cuerpos caídos guerreros aqueos con intención de despojar sus cadáveres. Entre ellos está Tersites, que dirige un discurso al Pelida (versos 723-740). Lo insulta llamándolo corazón perverso y cobarde porque, según él, antepone el amor a las mujeres a la fiereza en la batalla. Aquiles le pega un puñetazo tremendo que lo deja sin dientes, y lo hace sangrar. Como consecuencia de esto Tersites cae muerto. Aquiles pronuncia luego un discurso y los dánaos aprueban su acción. Después el Pelida se dirige al cuerpo de Tersites y lo increpa llamándolo cobarde. Entonces Diomedes se enfada sobremanera por esta muerte porque, a diferencia de Homero, Tersites no sólo tiene noble ascendencia, sino que es pariente del Tidida, y ambos guerreros están a punto de venir a las manos.
A continuación procedo a ofrecer algunos fragmentos del canto I en traducción propia que guardan relación con Tersites. En primer lugar las palabras de éste reprochando a Aquiles sus ensoñaciones amorosas: (versos 722-740)
“Tersites entonces le hizo un reproche a la cara con este perverso discurso: ¡Oh Aquiles de corazón terrible! ¡Qué! Un dios ahora ha engañado tu alma dentro de las entrañas por culpa de una nefasta amazona que anhelaba tramar numerosos males contra nosotros. Y ciertamente a ti, que tienes un corazón mujeriego en el pecho, y que te preocupas como si se tratara de una prudente esposa a la que hubieras cortejado con regalos nupciales deseoso de casarte con ella. Ojalá ella, adelantándose a ti, te hubiera alcanzado con la lanza en la batalla, ya que demasiado te deleitas en las faldas, ni le importan ahora a tus malditas entrañas las hazañas del valor desde que has visto a una mujer. ¡Desgraciado! ¿Dónde están ahora tu fuerza y tu cordura? ¿Dónde la energía de un caudillo irreprochable? ¿Y no te das cuenta del dolor que se ha organizado contra los mujeriegos troyanos? Pues no hay peor mal para los mortales que el deseo de regocijarse en el lecho, que al más prudente varón lo vuelve loco. La gloria es compañera del esfuerzo. Al varón que blande la lanza le son agradables la fama de la victoria y los trabajos de Ares; el lecho de las mujeres deleita en cambio al cobarde.”
Ahora voy a comentar las palabras que pronuncia Tersites un poco con más detalle. Después de leer su alocución, la de un Tersites a quien se nos presenta despojado de calificativo alguno, ni bueno ni malo, uno se pregunta: ¿qué dios ha cegado la mente de Tersites para hacerle decir tales y tan injustificadas palabras contra Aquiles y a la cara? Por las fuentes clásicas, sobre todo Homero, sabemos de la insolencia del personaje y de la enemistad que ya de antaño sentían hacia él Aquiles y Ulises. Es posible por tanto que este episodio menor de Aquiles, que contempla embelesado el cuerpo de la enemiga que acaba de matar, funcione como catalizador de una rabia y de un odio escondido que de repente explota como si fuera la erupción de un volcán. Tersites lo insulta, le recrimina que se enamore de una enemiga caída y lo acusa de mujeriego. A continuación expresa su deseo de que ojalá la amazona hubiera sido quien lo matara a él, y pasa a describir el efecto perverso que ejercen las mujeres sobre el ánimo de los buenos guerreros. A Tersites se le olvida que el cuerpo que yace por tierra, que ha diezmado las filas aqueas y que ha matado al héroe Macaón, entre otros, es el de una mujer. Este discurso misógino parece estar puesto aquí, en el canto I, en compensación de otro discurso anterior puesto en boca de una mujer troyana, Hipodamía, hija de Antímaco, que tiene una fuerza sorprendente e increíble para su tiempo; en él afirma que también las mujeres son capaces de luchar en primera fila, poniendo como paradigma a Pentesilea y a sus acólitas. Pero lo más injusto del discurso de Tersites radica en que Aquiles acudió a la lid tan pronto como percibió la batahola y la alharaca, que se enfrentó a la guerrera tracia con determinación y éxito, abatiéndola de una lanzada. En consecuencia, ni le falta valor, ni rehúye la batalla.
Parece que en la narración de esta historia nos faltaran algunos datos, datos que justificaran el tono del discurso de Tersites. Quinto de Esmirna se propuso confeccionar un poema épico a partir de los pecios del naufragio de la épica antigua, reutilizando materiales que le proporcionaron escoliastas y mitógrafos, a la manera de un centón, y tenemos la impresión de que estas piezas del puzle están mal ensambladas. Poco sería lo que pudiera emplear de la Etiópida, que refería más o menos los mismos acontecimientos, a la sazón probablemente perdida. Nosotros poseemos también algunas variantes del mito que nos ayudarían a justificar no sólo el discurso exagerado de Tersites, por un lado, sino también el vil asesinato del orador a manos de Aquiles, nunca mejor dicho, por el otro.
En efecto una leyenda cuenta que Tersites osó arrancarle los ojos con la punta de una lanza a la amazona muerta, y, al verlo Aquiles, le dio ipso facto un puñetazo mortal. Otra afirma que el de los pies ligeros, profundamente enamorado de la amazona muerta, cometió necrofilia in situ. Esta fue la razón por la que Tersites lo reconvino con palabras duras. Aquiles, contrariado, acabó por matarlo (y esta fue por cierto la versión que emplearía Robert Graves para su poema Pentesilea).
Pues bien, la altura de los reproches del discurso de Tersites pareciera responder más a esta última versión del mito que a la casta, pacata y pudorosa poesía de Quinto de Esmirna. Tal y como queda el poema, no nos parece ni propio de Tersites, por muy envidioso que fuera, pronunciar ese discurso, ni digno de Aquiles matar a semejante personaje, sabiendo además y a diferencia de Homero, que se trataba de un hombre noble.
A continuación leamos cómo reacciona Aquiles ante el discurso de Tersites, el injusto reproche de un bufón, después, cómo responde el común de los aqueos ante este acontecimiento, y finalmente el discurso de Aquiles ante su oponente una vez muerto: (versos 741 765)
“Asaz se irritó por dentro el colérico Pelida. Lo golpeó al punto con su poderosa mano entre la oreja y la quijada, se esparcieron por el suelo a la vez todos los dientes y él mismo cayó de bruces; le sale la sangre por la boca a borbotones e inmediatamente escapa de los miembros su alma impotente de un don nadie. Se alegró el ejército aqueo, pues siempre andaba injuriándolos con su charlatenería inicua, y es que en efecto era de natural maledicente, era la vergüenza de los dánaos. Y así decía a su compañero cada uno de los argivos prontos a la lid: No le cuadra a un hombre vil insultar a los reyes, ya sea a la vista de todos, ya a escondidas, pues una terrible ira lo acompaña. Hay justicia divina y la fatalidad castiga la lengua injuriosa, ésa que siempre acumula dolor sobre dolor para los mortales.
Así dijo uno de entre los dánaos, mas el irritable Pelida, airado en su corazón, tal discurso le dirigió:
Yace por fin en el polvo olvidado de tus insensateces, pues no es conveniente que el cobarde (κακόν) quiera compararse con un varón mejor que él. Tú que poco ha agitaste el sufrido corazón de Ulises profiriendo mil necedades, pero el Pelida no se te ha mostrado de similar manera, yo, que te he sacado el alma sólo con golpearte con la mano y de un simple puñetazo. A ti ahora te ha envuelto la inexorable parca, por tu debilidad has expirado. Mas, ¡venga, aléjate de los aqueos y ve a contarle tus injurias a los muertos!”
Ahora un pequeño comentario al respecto, como acostumbro a hacer. La expresión “No es conveniente que el cobarde pretenda compararse a un varón mejor que él” está directamente dirigida contra la línea de flotación del igualitarismo estúpido de los demagogos. Recuerda también el núcleo duro de la paideia aristocrática, que consiste en
“ἀιὲν ἀριστεύειν καὶ ὑπείροχον ἔμμεναι ἄλλων”
Es decir: “ser siempre el primero y descollar sobre los demás”, o también con las palabras de Cervantes en el Quijote, que apuntan antes a una aristocracia de actitud y de comportamiento que de sangre, y que rezan “no es un hombre más que otro si no hace más que otro”.
La pregunta es por qué Tersites arremete contra Aquiles con tanta osadía, es cierto que ya le llamó cobarde en Ilíada II, aunque entonces no estaba presente Aquiles. Aquí repite las acusaciones, φυγοπόλεμος, y le achaca injustamente el vicio de las mujeres. Creo que colma todas las medidas y se sobrepasa a sí mismo, aunque ha recibido poco ha una mala experiencia de parte del sufrido Laertíada. Mas, ¿por qué lo llama cobarde, cuando el cobarde es él, que sólo aparece en primera línea a la hora de despojar los cadáveres enemigos que ya ha abatido Aquiles? ¿Lo hace acaso convencido de que su fealdad lo va a amparar? ¿Piensa tal vez que su parentesco con Diomedes protegerá su cuerpo de las manos asesinas del Pélida?
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En cualquier caso, Aquiles, ya de natural colérico y melancólico, pues sabe que lo llevará la muerte en esta guerra, se encuentra presa de furores abstractos en presencia del cuerpo muerto de Pentesilea, se ha enamorado de ella en el momento justo en que le quitaba la vida, y parece certificar aquellos versos de Wilde que rezan que el hombre asesina siempre aquello que ama. Tal vez en otro momento hubiera desoído las acusaciones rabiosas del pernituerto, pero en esta ocasión lo somete a un castigo a todas luces exagerado, desmedido. Le da la muerte y luego le dirige unas jactanciosas e inmisericordes palabras. Ambos han sobrepasado los límites, el primero, confiado tal vez en la impunidad que la libertad de expresión concede tradicionalmente a los bufones, o bien a su afinidad con Diomedes, ejerce una censura acerba e impertinente; el segundo, que no sabe poner freno a su ira, lo mata. Ambos pecan de hybris.
Resulta significativo cómo el tipo de muerte a la que es sometido el desgraciado etolio no participa de la nobleza , dignidad y gloria del guerrero caído en el combate con honor, normalmente alcanzado en el pecho por la lanza enemiga, como Pentesilea. A Tersites Ulises le da un golpe de cetro en la espalda que lo arroja al suelo y Aquiles lo mata de un puñetazo, es una muerte indigna para un guerrero.
Así describe Quinto de Esmirna su muerte: (PH I, versos 746-747)
“αἶψα δ’ ἄναλκις ἀπὸ μελέων φύγε θυμός
ἀνέρος οὐτιδανοῖο.”
“inmediatamente el alma débil de un don nadie abandonó sus miembros.”
Vemos cómo lo califica de “don nadie” (outidanos) frente a un Homero que deja que los personajes se manifiesten por sus propios actos y palabras, pero que nunca juzga a nadie, ni a Paris, ni a Helena. A Tersites, en el libro II de la Ilíada lo llama “agenor thymos”, que, desde mi punto de vista no es una expresión peyorativa.
El libro I de las Posthoméricas termina con una reconciliación entre los dos héroes, Aquiles y Diomedes, y con las lamentaciones y ceremonias fúnebres por los caídos: en Troya por las amazonas y en el campamento griego por los dánaos caídos. Y nuevamente presenciamos aquí una pincelada cruel dedicada a Tersites (versos 823-825)
“Νόσφι δὲ Θερσίταο λυγρὸν δέμας οὐτιδανοῖο
θάψαντες, ποτὶ νῆας εὐπρώρους ἀφίκοντο
Αἰακίδην Ἀχιλῆα μέγα φρεσὶ κυδαίνοντες.”
“Tras haber enterrado en un lugar apartado el miserable cadáver de Tersites, el don nadie, se retiran a las naves de bellas proas ensalzando de todo corazón al Eácida Aquiles.”
ELOGIO DE TERSITES
Libanio fue un orador griego y maestro de oradores que nació en 314 d. C. en Antioquía. Descendiente de una familia influyente desde hacía siglos en la política interna de la ciudad, estudió en Atenas y tuvo alumnos relevantes ya sea entre miembros de la cultura pagana como en la cristiana, entre ellos Juan Crisóstomo, Gregorio Nacianceno, Amiano Marcelino y tal vez Basilio el Magno. Fue amigo íntimo de Juliano el Apóstata, emperador romano entre 360 y 363, en cuyo honor compuso una oración fúnebre. Representó con frecuencia los intereses políticos y culturales de su ciudad natal, donde murió en 393, después de haber vivido en varias ciudades como Constantinopla y Nicomedia.
Entre el caudal de su obra conservada, doce tomos de la edición teubneriana de Förster(Leipzig 1903-1927), se encuentran cartas, discursos y otros escritos destinados a su actividad didáctica, entre los que se encuentran las ejercitaciones o progymnasmata, una de ellas es el Elogio de Tersites. Hubo de esta obra una traducción latina en el año 1606 debida a Frédéric Morel y más recientemente otra italiana de Luigi Spina (2001). La traducción castellana que yo ofrezco en este escrito es, que yo conozca, la primera en nuestra lengua. Debemos indicar aquí que este esfuerzo de rehabilitación del guerrero cojo se basa en el personaje tratado por Homero en su Ilíada, y sigue la senda que abrió Gorgias de Leontinos , intelectual y maestro de sofistas, en su célebre Elogio de Helena.
ELOGIO DE TERSITES
1 “Pido primeramente a Homero que me disculpe, pues yo mismo quiero intentar elogiar a ése al que él quiso criticar, me refiero a Tersites. Voy a procurar argumentar brevemente sobre él tomando por testigo al propio Homero en relación con algunas cosas.
2 En primer lugar no era ciertamente de padres vulgares ni desconocidos, como no haya alguno que piense que Agrio era vulgar, y el padre de éste, y el de aquél, pero no hay nadie con dos dedos de frente que así lo crea. De manera que si Tersites hubiera querido glorificarse a sí mismo entre los griegos por sus antepasados, como su pariente Diomedes, no le hubiera faltado ocasión, sino que hubiera podido decir también él:
“pues de Porteo nacieron tres hijos irreprochables”
Y sin embargo ni siquiera cuando fue humillado por Ulises hizo mención de sus antepasados, como corresponde a quien quiere ser él mismo, y ser celebrado por los demás a partir de sus propias obras.
3 Habiendo sido educado como es natural que lo sea un hijo de semejante abolengo y siendo capaz de participar en las hazañas que convienen a los héroes, marchó a la caza del jabalí precisamente en el tiempo en que condujo Meleagro a todos los demás paladines contra aquella peste del país. Cuando regresó desde allí perdió sus fuerzas y la enfermedad dañó su cuerpo.
4 Mas no empeoró esto su espíritu ni le privó de la valentía ni del deseo de gloria. Prueba de ello es que cuando los Atridas estaban reuniendo una armada contra los bárbaros y aunque tenía una excusa pintiparada para el caso de que hubiera querido comportarse con negligencia, es decir, la desgracia acaecida a su cuerpo, no toleró escuchar las gestas ajenas quedándose en casa, sino que liberado de la necesidad de los juramentos, que había hecho embarcar a los demás en las naves, como si hubiera dado todos los juramentos pertinentes, zarpó, y exhortaba contra los que habían faltado a la ley, él que era cojo y patizambo, porque pensaba que la guerra necesita de un alma que sepa ser audaz, de manera que parece que quien contribuía a la Guerra de Troya con ese cuerpo, tornaba a los demás más voluntariosos para la leva.
5 De entre los demás, ¿quién no se avergonzaría de pedir una exención al servicio militar estando Tersites deseoso de lanzas y heridas? Y oyendo decir, como es natural, que Ulises y el bello hijo de Peleo querían sustraerse a la empresa bélica, el uno bajo los vestidos de una muchacha y el otro haciéndose pasar por loco, a ambos los ridiculizó y pronunció discursos convenientes a semejante infamia, y no porque envidiara la inteligencia del uno ni la valentía del otro, porque de ser así también hubiera envidiado a Áyax el de Telamón, y hubiera envidiado así mismo a Néstor, más dulce que la miel.
6 Pero pienso que lo que no podía hacer era dejar de criticar las malas obras. Por lo tanto ni deseó contradecir a Aquiles cuando convocó una asamblea durante la epidemia ni cuando le fue arrebatada su recompensa, sino que por el contrario se aflige juntamente con él. Ciertamente tampoco acusa, cuando Ulises conducía la procesión, al elegido. Pero se sublevaba ante las cosas que no se realizaban correctamente y recurría a los discursos y las acusaciones contra los que fallaban, sin tener miedo de la prosperidad de algunos y sin halagar a quienes ostentan el poder; intransigente con el pueblo, censor indomable hasta el grado de expulsar a los más débiles.
7 Pues sabía que a unos les basta el hecho de no vivir desordenadamente para alcanzar la sensatez, y a otros en cambio que tienen mandos, mesas repletas y riquezas, les es necesario tener a disposición a alguien dotado de prudencia y con una libertad de expresión beneficiosa, alguien que conozca los errores, los reprenda y alce la voz para impedir algunos y corregir otros sin miedo ninguno, ni del cetro, ni de la severidad del hombre, ni de la masa de los amigos ni de los defensores de aquellos.
8 Al igual que les sucedió tiempo después a los atenienses con Demóstenes, que valoraba el bien común más que las ventajas personales y que, diciendo aquellas cosas que sabía que importunarían al pueblo, prefería disgustarlo antes que ganárselo con malas artes.
9 En esta línea dispuso Tersites su trayectoria vital. Y si bien fueron muchas las asambleas, como es natural, que admitieron numerosos y bellos discursos del orador, quien no se limitaba a hablar brevemente sobre grandes temas, sino que extendía los discursos de acuerdo con su utilidad, sin embargo es especialmente merecedor de admiración éste que aparece en Homero, digno de memoria.
10 Observando pues Tersites que quien ostentaba la dignidad del mando era esclavo de mujeres cautivas, y que por un lado se había convertido en el responsable de la epidemia entre la tropa, y por otro había separado a Aquiles del ejército, ya fuera por la hija de Crises, ya fuera por la hija de Briseo, y que sólo se preocupaba de gozar de la flor de sus cuerpos sin importarle en absoluto si, como consecuencia de ello, iba a empeorar la situación de los aqueos; y veía también Tersites que en presencia de los demás hacía referencia a la retirada, pero que a escondidas disponía la permanencia, y que unas cosas las pronunciaba él en persona, otras las llevaba a cabo por mediación de sus aduladores; y que hacía una labor no ya indigna de un rey, sino también de un ciudadano honrado, pues bien, dando un paso al frente pronunció un discurso digno de su estirpe alegando su avaricia en primer lugar, cosa que también por parte de Aquiles se le había reprochado antes. ¿Cómo no va a ser terrible en verdad que, cuando Aquiles habla, su discurso no carezca de sentido y sin embargo sí carezca de él cuando es otro quien lo pronuncia?
11 Por consiguiente el hecho de haber realizado acusaciones verdaderas demuestra la justicia de Tersites; el enfado por la retirada de Aquiles de la alianza, su preocupación por las cosas del común; el reproche valeroso a quien ostenta el mando y la afirmación de que el que ha sido maltratado es mejor que él demuestra finalmente su valentía.
12 Y en cuanto a que fuera él en persona quien atacara ciudades e hiciera prisioneros, se echa de ver claramente a partir de lo que cuenta de sí. Pues no se vanagloriaría así desvergonzadamente ante quienes fuesen sabedores de lo contrario, sino que durante la asamblea hizo uso de palabras verosímilmente dignas poniendo sus propias acciones por testigo, a no ser que alguno diga que estaba loco. Pero Homero, al menos, no dijo eso, sino que dijo que era de cabeza puntiaguda y de cabello ralo, que gustaba de extenderse prolijamente en el uso de la palabra y esas cosas, pero eso no se lo imputó.
Y por lo tanto a un hombre que razona bien no se le puede acusar de sufrir los síntomas del maniaco. Pues bien, Tersites era uno más de entre los dignos de ser temidos por los enemigos, si es verdad que traía de vuelta al campamento a sus hijos con grilletes.
13 Si esto así no fuera, sino que se tratara de un perfecto inútil, no se hubiera presentado al principio porque Diomedes no se lo hubiera permitido; y si se hubiera hecho la vista gorda también en relación con esto, no le hubiera permitido perturbar la asamblea ni elogiar lo que no corresponde, sabedor de que también él participaría de la vergüenza.
14 ¡Venga, dime! ¿Por qué con esos discursos era inferior a Néstor? Es más, ¿cómo es posible que no sea mejor? Pues éste lisonjea mucho a ambos, al que amenazó y al que fue humillado, y conoce todo cabalmente, pero no se atreve a decir claramente lo que piensa.
15 Tersites en cambio, sin haber ocultado nada por temor a la fortuna, saca a relucir su valentía. Y decía esas palabras no porque le tuviera envidia a causa de Briseida, sino porque conocía lo que sucedería si Aquiles abandonaba la lucha, cosa esta que también Homero refiere con pormenores. La libertad de expresión parece consiguientemente mayor en Tersites que en Néstor, rey del linaje de reyes desde tres generaciones atrás.
16 sin embargo no albergaba odio en especial contra Aquiles, antes bien le reprochaba, como es natural, que se ensoberbeciera, e incluso se enfrentaba a los demás si se presentaba la ocasión, por defenderlo; y en la medida de sus posibilidades no permitía que ninguno fuera maltratado por nadie.
17 En cuanto a que era muy celebrado pronunciando discursos, de ello fueron testigos los griegos afirmando que ni había que expulsar al orador mientras hablaba, ni reclamar venganza a causa de lo dicho, en la idea, creo yo, de que había sido dicho con verdad.
Mas hubo uno que lo maltrató, uno que pretendía pasar por orador y que, mordido por la afluencia de razonamientos de Tersites, desacreditó su destreza con una gracieta.
18 Aquel varón, Tersites, tomó ciertamente a ambos como testigos de que había hecho uso de la palabra con justicia, al que lo había golpeado y a Agamenón; al uno por callar y al otro por haberlo golpeado. Ésta fue pues la confesión de que él no tenía nada que refutar y de que esto no era un reproche para quien lo había sufrido, sino para quien lo había ejecutado.
19 Alguien podría con razón hacerle reproches a la fortuna en relación con su cuerpo, y también al que transgredió las leyes de la soberbia en nombre de la insolencia. Por ella, en cambio, bien podría Tersites ser digno de admiración, porque habiendo sufrido injustamente, supo tolerarlo, y porque no desertó al campo de los enemigos, a los que hubiera dado un respiro volviéndolos más osados después de haberles contado los secretos de los griegos.”
Podemos establecer tres partes en el discurso de Libanio, a saber, la primera parte comprende el primer párrafo y en ella nos anuncia su propósito de hacer un elogio de Tersites a partir de Homero, a quien pide perdón por su osadía. La segunda parte comprende los párrafos 2 a 9 y en ellos se nos da relación de la noble genealogía de nuestro protagonista (y recordemos que para Tersites el hecho de ser protagonista es algo insólito), también de la participación en la cacería del jabalí de Calidón en compañía de renombrados héroes, y en este caso de una heroína, Atalanta, y de la enfermedad que dañó su cuerpo y le hizo perder fuerzas (“ἀπελθὼν δὲ ἐκεῖθεν ἠσθένηςέ τε καὶ ἡ νόσος αὐτῷ τὸ σῶμα κατέβλαψεν”). Homero en el canto II no dice nada de esto, y si bien es cierto, como veremos, que otros autores mencionan la genealogía de Tersites demostrando así que nuestro personaje era uno más entre los aristoi, así Arctino de Mileto, Ovidio o Quinto de Esmirna, no parece verosímil el aserto de Libanio según el cual tuvo un papel distinguido en la cacería del Jabalí, al menos el poeta Euforión de Calcis desmiente esta versión y nos dice que Tersites se mostró cobarde y fue por ello castigado por Meleagro, quien lo arrojó a un barranco, siendo éste el origen de su deformidad y no la astheneia o el nosos como afirma el antioqueno. Curiosamente el oyente o lector de Homero tendría a pensar que las minusvalías de Tersites eran de nacimiento. Después Libanio pretende demostrar que su encomiado era un valiente, y entre las muestras de coraje sitúa el hecho de que, pudiendo haberse quedado en casa en el tiempo de la expedición a Troya, no sólo se prestó voluntariamente a participar en ella pese a sus múltiples defectos físicos, sino que elevó la moral de la tropa con su comportamiento, teniendo en cuenta que él no estaba atado por juramento alguno, al igual que los demás caudillos. Zahirió además con su oratoria tanto a Aquiles como a Ulises por haberse intentado librar de la movilización. Homero nos dice en el canto II que Tersites era especialmente odioso para estos dos héroes griegos, pero no explica el porqué (Libanio omite que Homero dice expresamente que Tersites gustaba de insultar a los reyes). A continuación se realza el paradigma ético de Tersites por defender la causa del λαός, de la tropa de soldados rasos, frente a cualquier tipo de favoritismo o de injusticia, llegándolo a comparar nada más y nada menos que con Demóstenes.
La tercera parte termina en el párrafo 19 y último. Pues bien, encorajinado Tersites por el mal comportamiento de Agamenón en aquella circunstancia, da un paso al frente y denuncia en voz alta ante el rey su avaricia y su soberbia. Comoquiera que este discurso coincide en parte con el que ha pronunciado Aquiles recientemente en el canto I, ¿cómo no va a ser bueno, veraz y valiente también el discurso de Tersites? Esta consideración es de una lógica aplastante. Reforzando su teoría de que Tersites es un valiente, Libanio pasa revista a continuación a las afirmaciones que Tersites profiere en su propio discurso, en las que dice haber participado en la toma de ciudades (habla aquí en primera persona del plural, como fundiéndose con el común de los soldados), y haber hecho al menos un prisionero de entre la hueste enemiga. Libanio deduce que estos datos son verídicos y que están dichos a título personal, porque nadie se atrevería a mentir en presencia del rey y de la tropa. Y del hecho de que la tropa nada dice al respecto, argumento ex silentio, deduce que lo dicho es cierto. Esto, no obstante, se aviene mal con el χερειότερονque se predica de él en la Ilíada. Termina nuestro rhetor valorando más los discursos de Tersites que los de Néstor, de sangre real por tres generaciones. Libanio así mismo descarta la envidia como motivación de su discurso contra Agamenón y niega que albergara odio personal contra Aquiles. Alude finalmente al castigo infligido por Ulises, sin nombrarlo, y recalca la nobleza de Tersites indicando que ni después de esa violencia ejercida injustamente contra él, que es más un reproche para quien la ejerce que para quien la sufre, se le pasó por la cabeza desertar al enemigo y tomar así venganza de sus agresores. En todo momento Libanio omite el “pequeño detalle”de que Tersites había llamado a los soldados a abandonar la lucha y regresar a casa a bordo de las naves dejando solo en Troya a Agamenón, cosa que fue, creo yo, la causa eficiente de la violencia de Ulises, quien se vio en el trance de sofocar un peligrosísimo motín sobre la marcha antes de que fuera demasiado tarde.
ARCTINO DE MILETO
En primer lugar vamos a recordar lo que la Suda (índice bizantino de autores famosos) nos dice de este poeta:
“Arctino, hijo de Teleas descendiente de Nautes, milesio, poeta épico discípulo de Homero, como dice Artemón de Clazomenas en su obra Sobre Homero; floreció en la novena Olimpiada (744-741 a. C.) 410 años después de la Guerra de Troya.”
De su obra La Etiópida sólo restan escolios, resúmenes y cinco versos citados por los gramáticos. Aquí sólo voy a traducir un fragmento del argumento escrito por Proclo en su crestomatía con adiciones y variantes de Apolodoro:
“La amazona Pentesilea, hija de Ares, de estirpe tracia, tras haber matado involuntariamente a Hipólita fue purificada por Príamo. Una vez trabada la batalla, mata a muchos, entre ellos a Macaón. Y la mata a ella, mientras ejercía su principalía, Aquiles, y los troyanos la entierran. Y Aquiles mata a Tersites por haber sido injuriado por él y haberle reprochado su supuesto amor sobre Pentesilea. Por esta causa surge una querella entre los aqueos por el asesinato de Tersites. Después Aquiles navega hacia Lesbos donde es purificado del asesinato por Ulises tras haber hecho un sacrificio en honor de Apolo, Ártemis y Latona.”
De este fragmento podemos observar fácilmente que Quinto de Esmirna seguía el mito tal y como había sido transmitido por Arctino, ya fuera leído directamente o a partir de resúmenes.
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Santiago Blanco del Olmo
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