El Barón Bermejo [Episodio LXXIX. Taciturnias y entelequias] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXIX. Taciturnias y entelequias]
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Dice G. que algún lector u oyente puede perderse -como él mismo- en el batiburrillo de nombres de esta crónica, reportaje potaje de la aventura inconclusa (tal vez inconcluyente si la Deidad no ayuda) del Barón Bermejo y sus drones colegas. Dígole que tal perdición puede acaecer por no poner G. sus once reconocidos sentidos, sí, once, ¡por lo menos! (las optimates tienen más), concentrados en la lectura de sus parciales logros y mortificaciones. ¡No hay salvación sin sufrimiento!, y el rescate de Lynette, su emancipación de las garras del bellaco e insolente Salmanto, no quedará como caso aparte… Exceptio probat regulam significa que la excepción “pone a prueba” la regla, ¡no que la suspende! Las buenas personas deben ganar sempiternamente, y si no ganan de hecho hoy, hemos de simular que las buenas personas triunfan, o triunfarán, en beneficio de la buena educación y el decoro de nuestra especie.
– “No hay salvación sin sufrimiento” –se repetía Álex con mirada inquieta.
Por fin regresaron los olvidos hechos de amores después del episodio de la Fuente que guardaba Aspero. Sin embargo, tras el desagradable incidente de la ninfa lasciva con el desgraciado sátiro, el Ballestero dudaba de la conveniencia del certero disparo que disolvió la apariencia -¡y el sufrimiento!- del miserable sátiro. Se preguntaba ahora si no sería virtual aquella presencia, si sería una existencia de carne y hueso. ¿Sátiros de carne y hueso? Los protocolos éticos de ingeniería genética lo hubiesen prohibido, o eso barruntaba…
Álex sabía que a él mismo no le habían parido, que le habían arrojado en la luz; ¡quimera!, sin andropigio, pero con espaldas muy anchas para soportar muchas culpas, incluso las de antecesores de los que nada sabía. Y sin embargo, huérfano como Quijote, el Ballestero recelaba de los muertos, de la propensión a la venganza de las víctimas. Temía el rencor de La Sacra Cofradía del Victimato. ¿No se sumaría el espíritu del sátiro al de aquellos cuyos soportes mecánicos desbarató en Burocronia durante la sonada purga catártica, al servicio de Lady Charlota, tal y como contamos en el episodio LXXVI?
Encontróse muchas veces Álex con la incapacidad heredada de seguir siendo animal, aun inserta en el núcleo de sus células, y eso le urgía y molestaba. Sabía que, si sólo fuese un animal como otros, resistiría impasible, inmune a los sentimientos de culpa. Pero exiliado del instante y del confuso presente estimular, cabe un futuro imaginado y un pasado recordado, se hacía responsable y capaz de responder de sus decisiones, ceñido a la correa de varias promesas y expuesto a la fusta de recuerdos indeseables.
¿No se habría entregado al furor de los celos, a esa mezcla repugnante de lascivia y crueldad que expresan las criaturas de Dionisio cuando Apolo vaca ausente y no vigila? Irritado por las diferencias, por sus propiedades más que humanas, ¿no habría sido víctima eventual de la peste afectiva que a tantos contaminaba? Álex no podía evitar la presencia del Otro como parásito íntimo, el otro al que siempre se le debe algo, aquel ante quien uno siempre se sabe culpable. No podía creerse sino en connivencia tácita con los violentos por no haber ayudado al sátiro, por mucho que su representación no fuese más que un juego de imágenes, una holografía tramposa diseñada por IA para ralentizar la marcha del Barón y sus auxiliares. Aun admitiendo la obligación de ayudar al prójimo próximo, el mundo gamificado de la fazaña caballeresca con sus holografías dinámicas, organismos cibernéticos y transhumanos, bestias desextinguidas, neoseres mecánicos, monstruos rediseñados, máquinas inteligentes, ídolos e iconos ilusorios… pululaba tan abigarrado que resultaba muy difícil decidir a quién hemos de tomar en realidad por prójimos. Se echaba en falta una normatividad más concreta y fina, especialmente en parques temáticos; ordenanzas precisas y expresas que, al obedecerlas dócilmente, descargan de responsabilidad a los agentes. Había que repudiar esa dejación de autoridad que abandonaba decisiones y acciones al arbitrio de individuos reales y los forzaba a deliberar y resolver por su cuenta a quien favorecer o desfavorecer, a quien cuidar o eliminar. La objetividad de la regla libera a los particulares de la faena hercúlea de una originalidad constante. Por supuesto –pensaba Álex- la normativa debería ir acompañada de una nomológica o lógica deóntica consistente y, a ser posible, casi completa, pero sin cierre lógico, dado que es imposible una “axiología habida-cuenta-de-todo”.
Bermejo miró el rostro preocupado de su amigo como desliéndose borroso. Le conocía bien y no quería que se diera a prolongadas taciturnias, en las que acostumbraba caer como quien se emboba mirando un fuego o se ensimisma en la majestad transeúnte de un gran río… Y entonces era como si viendo pasar las aguas se aficionara a la metafísica…
“El orden universal descansa sobre adivinanzas, buen Álex, no te tortures. Fúmate esa tagarnina de Macedonia que te ha regalado Aspero y espantarás tus delirios imaginativos”, le dijo el Barón abrazándole el hombro fraterno. Y añadió halagüeño: “Un hombre que duda es un hombre libre, y tal vez llegue a poeta a causa de su necesidad espiritual de certezas. No recuerdes, sueña; las manzanas soñadas no se pudren; el que sueña no desespera. Y sólo los buenos dudan de su bondad. ¡No lo olvides!”.
A todo esto, Bermejo escondía íntimas inquietudes con sus consejos armados de autoridad y sus amigables lisonjas; el cuidado del otro le aligeraba el del yo, pues auguraba que Lynette, presa y aburrida en la guarida de Salmanto, se dejaría crecer las uñas para arañarse el rostro en sus tardes pésimas, que las solía tener los días de plenilunio, eso si no se arrancaba vellos perianales con violencia extrema por nerviosidad tensa. Así se enroscaba Bermejo al hipotético pensamiento serpentino de su dama y se plegaba in absentia a sus mil facetas, como la luz a las caras talladas de un diamante, con la esperanza de que Lynette, lejos, también le estuviese viviendo a él, sintiéndose a la vez vivida por su caballero.
Por su escote y parte, Ausonia se estremecía todavía como hoja de higuera en día de vendaval. Su cutis azulado tomaba con la atardecida matices purpúreos, violáceos y morados. Artemio, escudero del Recto, se distraía de sus aciagos recuerdos evocando los aforismos de su admirado Kitaro, pensador ontofántico que atribuía las contradicciones a la realidad y no sólo al lenguaje o al pensamiento. Kitaro hacía de los conceptos algo blando y fluido, con bordes suaves y cambiantes como espuma de olas o tal que cúmulos nebulosos.
No se movía ni una hoja, y en una rama, que blandamente se cimbra, un mirlo próximo pone coda musical a un rojizo crepúsculo que cualquier bellaco llamaría “espectacular”.
En el rostro de Tordés se mostraba un ánimo ledo porque especulaba distraídamente con dónde tendrían los centauros desextinguidos el ombligo, si en el vientre humano o en el caballar. O si tenían dos. Sabía que los pintores sólo representaban el omphalos humano… De su divanación le sacó la voz de Bermejo que les exhortó a buscar un sitio para pernoctar porque caía la noche como enorme higo serótino.
Encontraron cerca de la senda un Lichtung, un claro de bosque.
Esa noche se vio Bermejo en sueños caballero de armadura ligera, azul y resplandeciente, mientras se acercaba con paso firme a la torre de Salmanto. Sin embargo, ya corría Lynette a su encuentro, libre, buscando su abrazo…
– ¡Se supone que era yo quien había de salvaros, señora!
– Me aburría, y me salvé yo sola.
Decía Lynette “Yo, Yo…”, asumiendo con adorable ingenuidad la creencia en la estabilidad de una imagen de sí misma.
– No hay Yo sin Tú. Ser es ser conjuntamente (Esse est coesse). Ya dijo Tulia que el mayor deber deriva de la humana convivencia… –eso especulaba Bermejo y luego dejaba de especular para sentir en el colodrillo las yemas de los dedos de Lynette, hechas carne de dulce sentimiento… “Soy amado, luego existo”. Y todos sus ensueños iban a parar a caricias de aquellas manos; y sus desvelos languidecían en apoyando la cabeza en sus manzanas nevadas… Y es que Lynette llegaba a la madurez con tan gran perfección de hermosura, que no la podía subir más de punto ni la naturaleza ni la farmacia ni la cirugía. “¡Ínclito andante y señor indomable!”, le llamaba la aparecida y Bermejo se derretía porque era un perfecto delirio de su oído el eco de aquella voz.
Le despertó la vejiga y la sensación próxima de una consistencia extrema. Tuvo que levantarse a orinar. “¡Pronto ánimo para serviros, señora!”. Eso murmuró y volvió dormirse… Mas todo quedó en humo, a pesar de que esta vez el barón no temía, como en otras circunstancias, que la realidad imitase sus entelequias, sino que lo deseaba. Cómo una mariposa dorada, el alma de Lynette había volado al Nunca-más, dejando en sus dedos nostálgicos ese polvillo delicado que el viento se lleva.
A la débil luz de la amanecida buscó Bermejo en derredor, contó los bultos de los que descansaban y no veía a Ausonia. Donde le había dado las buenas noches un par de conejos fosforescentes circunloqueaban el plan del día. Anduvo unos pasos y respiró calmo cuando se percató de que, como tortolilla, la marciana se había escondido en un surco a la sombra de cicutas, espiguillas, acianos y amapolas.
Andaba el alba alegre y risueña. En el claro, entre los cuerpos tapados de sus amigos, las florecillas se descollaban y erguían… Corría el tiempo, que no hay sima que lo detenga, caballero en sus horas… Por eso Bermejo tocó a rebato aun sin peligro inminente.
Continuará…
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José Biedma López

