El Barón Bermejo [Episodio LXXII. Mutaciones] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXII. Mutaciones]
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Ausonia era la única persona de la heroica cuadrilla que había conocido a su abuela Filomena y -mucho más raro- a su abuelo el montañés y entomólogo Zumeta y -¡aún más inaudito!- a su padre Titonio. Tenía con Titonio ¡progenitor directo! cierta impronta cuántica o, dicho en plata, enlace eléctrico y apego magnético. La marciana creía que esto le había conferido seguridad pasmosa y respeto a la autoridad, mas también le había impuesto ciertas exigencias y compromiso con humanidad y conocimiento…
El caso fue que en la Casilla de la Calavera, en la que el grupo se demoraba impaciente y tenso cumplimentando trámites administrativos como si no hubiese mañana, Ausonia consiguió Acceso fácilmente, rellenando, consumando, ejecutando y evacuando archivos telemáticos de las Oficina Energética y del Despacho Estético. Fabricó en un instante auxiliada por un teclado interactivo -¡caray, no se le veían los dedos!- los requisitos expresados por el Negociado de Contingencias o Imprevistos, ¡pero nuestra querida marciana tuvo dificultades en la Sección Sanitaria!
Ni su úvula doble ni su cutis azulado ni sus pulgares trifalángicos, ¡tan útiles y que con tanto gusto besaba y chupaba con reverencia Radón!, resultaban problemáticos ni sospechosos. Un bot estesiómetro (medidor de sensibilidades) había saltado en alarma. Su Yo se conturbó. Desde que los jonios se hirvieron la sesera pensando, muchos saben que la mente es océano sin orillas y que el Yo es mero eje geométrico móvil, ojo de huracán, centro del borrascoso torbellino de sentido en cada magín particular. ¡Ah, el Yo!, fantasmagórico objeto de una creencia, suplicante y náufrago…
Cuando vino de Marte y la hibernaron Ausonia tuvo pesadillas que expresaban su miedo a despertar. Habría motivos para aquella premonición, pues el futuro también se inmiscuye en el pasado… Ausonia, que había sido -cualquier lector atento y memorioso lo sabe- adoptada como escudera por el caballero Radón, había pasado las de Caín con su madre adoptiva Urganda Proteica, que -por decirlo así- le frio la sangre después de la traición de Melia, que la introdujo en el refinado arte de las caricias lésbicas y que, en complicidad con su madrastra, la vendió a un lupanar mediático en el que fue abusada y escarnecida como las hijas de Jimena y del Cid, hasta su rescate por el Kepos de Lohizo. Mas no dejó de sufrir allí los celos de Asarina, su sabia mentora, por lo que hubo de escapar siguiendo el efluvio tibio de Radón, su devoto y admirable caballero (cfr. episodio XVI de El Barón Bermejo en esta misma Caja de Entomólogo).
A pesar de su glotonería esporádica, Ausonia mejoraba a quienes daba compañía, aun a costa de disminuir sus propias hambres, lo cual le sentaba fenomenal, pero también con ello menguaban sus energías. Se sabía que Mirlona de Guarrizas había difundido en redecillas y crónicas chismográficas con tono biliosamente demagógico el bulo cruel de que la marciana era tan honrada que merecía ser pobre y el fake de que su simpatía era la que acompaña a las desgraciadas que padecen taquilalia, aceleración del habla, y amaxofobia, miedo irracional a ponerse al volante. Con ello Mirlona incurría en martingalas y marrullerías para afectar las apuestas de la gesta en contra de Bermejo.
Tuvo Ausonia dificultades en la Sección Sanitaria a causa de unos hongos microscópicos que se nutrían del lubricado natural de sus partes íntimas y eran capaces de saltar de planeta en planeta; los hongos, no sus partes íntimas. Resultó hermoso verla con un albornoz-crisálida cuyas transparencias permitían vislumbrar el hidrófano resplandor azul de su piel tersa.
Radón, augur sefardita, investigó en su noviciado dron (de zángano integro) por qué Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, nunca citó textos del Antiguo Testamento que Sixto de Siena en el siglo XVI de la Era Antrópica, un teólogo católico de origen judío, llamó deuterocanónicos… Por eso se sorprendió cuando la máquina estética de la Era Ginépica (que abolió la épica) le hizo precisamente esa pregunta y con el estupor se le quedó al augur un profil de caracrimen, pero recordó la suerte de aquel caballero díscolo al que vaporizaron por poner mal gesto ante las autoridad administrativa y recompuso su visaje y su actitud rápidamente temiendo por su integridad física y despreciando la moral. Era evidente que su memoria más íntima había sido divulgada por motivos e intereses de márketin. Bullían en la garganta y nuca de Radón las lágrimas calientes de quienes no han tenido madre. ¡Lágrimas, sangre del alma! Eso le irritaba, pero se contenía. Había sido adiestrado para obligarse y tragarse la sangre. Así que el caballero de la Orden del Penacho Gualda asumió una quietud estoica y pasó la prueba. Entonces se encalabrinó y soltó un aleluya.
Bermejo pudo consultar en la Sala de Espera de la Ventanilla de Contingencias el Libro de las Mutaciones. Su uso permitiría hallar prospectiva verosímil a su gran pregunta: ¿Volveré a ver a Lynette?, y ello mediante la correlación entre hechos objetivos y estados subjetivos que muestra la interdependencia de materia y espíritu, ya que el universo transforma y muta sus todos inertes o vivos mediante una dinámica incesante de opuestos, el Tao.
El barón buscó oráculo orientador tirando tres viejas monedas de bronce con sendos agujeros en medio y con ideogramas en cada una de sus caras, monedas que estaban a disposición del que temía y desesperaba comprando su futuro, en cofrecico de madera exótica finamente labrada, junto a un viejo y manoseado I Ching. Cada tiro de las tres monedas contaba por una línea del hexagrama. El símbolo chino de la moneda vale como Yin y cuenta dos; la otra cara vale por Yang y cuenta tres. Tras tirar seis veces las tres monedas, el barón obtuvo dos trazos quebrados mutantes (6-6), dos trazos quebrados no mutantes (8-8) y dos trazos enteros no mutantes (7-7). Se alegró de mutar menos o de que los porvenires mutaran poco.
Sin embargo, pronto se contristó. El orden de las seis líneas correspondía a TUN / La Retirada, octavo hexagrama. Y en su abajo: Aquietamiento de la montaña (Ken), no auguraba nada bueno: “la fuerza de lo sombrío está en ascenso”.
¡Recórcholis, como la entropía! Y es un hecho conocido que el grado de desorden aumenta con la entropía -gritó y pensó. Mientras la energía disipada se convierta en información no hay problema, poniéndose en lo mejor-, mas ya se sabe lo que pasa con la complejidad de lo mejor… ¡Al que tiene cañerías no le faltan puñeterías! Manque te conviertas en atractor fractal siempre te enfrentarás a un grado peligroso e incierto de aleatoriedad, y la misma información puede jugar como entropía-negativa, como virus que hiere a lo vivo, parecido a un cristal cerrado y estable que se hospeda y parasita una célula abierta e inestable.
¿Cómo ponerse a buen recaudo sin caer en la pasividad?… He aquí el problema. That’s the question! Quien no se mueve no puede sentirse las cadenas, ¡ya lo proclamó Maesa Rosalinda de Luxemburgo! Si bien una Retirada a tiempo es mejor que una derrota, ¡su honor y el de sus amigos había sido comprometido! ¡Valor o vergüenza!, tal era el dilema al que se enfrentaría en plena canícula nuestro barón. Menos mal que en sus tres líneas de arriba el hexagrama apuntaba al Cielo y a lo creativo (Chien). “Nos diviniza y empoderiza pensar en lo divino”, se dijo, mientras miraba al cielo y juntaba las palmas de sus manos en señal de sometimiento y oración. “Nos alzaremos hacia la Diosa como cipreses ateos, pero que apuntan al Cielo en su consternación, como si de él procedieran –pensó-, mas no seré nubívago como Dédalo. Eso no”. No obstante, si es imposible resistir al mal, será preciso retirarse, al menos provisionalmente. No se trata de una huida, sino de una espera fortalecedora. No se abandona el campo a merced del enemigo, “así el noble mantiene a distancia al vulgar, / no con ira, sino con mesura”.
Artemio representaba el Yin joven (8), Ausonia el Yang joven (7), el resto de los caballeros el Yin viejo, un elemento lineal que se mueve –x- o bien x… Tordés tiró las tres monedas seis veces y su hexámetro les animó: SUI / EL SEGUIMIENTO. Abajo lo suscitativo y el trueno; arriba, lo sereno y el lago. “Un hombre mayor se coloca por debajo de una muchacha joven y tierna”. Uno debe adaptarse para obtener seguimiento y solamente mediante el servicio llega uno a dominar y logra consentimiento alegre y sereno. Si se pretende obtener seguimiento a la fuerza mediante sevicias o violencia, por mor de la conspiración o el partidismo, se suscitará resistencia que impedirá un seguimiento solícito y voluntario.
De este modo y con oráculos tan complementarios como insuficientes, tal vez contrarios, los caballeros preparaban en la Casilla de la Calavera un ataque de las minorías. Buscaban el dominio en el flanco de dama queriendo adivinar cuáles podrían ser las casillas débiles del adversario, del enroque anómalo de Salmanto el Quejumbroso, caballero mendaz y desgraciado.
Continuará…
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José Biedma López

