El Barón Bermejo [Episodio LXXVIII. EL sacrificio del sátiro] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXVIII. EL sacrificio del sátiro]
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Nos consta que algunos lectores algo desmemoriados han confundido a Nicéforo Argiroteo, cuyo pesimismo conformaba los olvidos de Ausonia, con Nicéforo Gregoras, patriarca de la iglesia ortodoxa opuesto a la onfalocospía (contemplación del ombligo) y crítico con la ascética de los Padres del desierto, pues Gregoras promovía el sentimiento de unidad con el universo, que es esfera mayor que la del ombligo. Sus ideas se mencionaron en la mesa con mantel de Cédrik Wolken, célebre pintor de nubes y nubarrones, en la jornada tercera de esta crónica de los esfuerzos caballerescos del barón Bermejo y sus colegas, caballeros drones del Parque de la Ecozona paleártica. Poco les falta ya para completar o frustrar su misión concursal de salvar a Lynette de Tunicia de las sucias garras del malandrín Salmanto el Quejumbroso, dron perverso de peores intenciones que un cocodrilo del Nilo, cuando, empujados por la sed, abrevan en la fuente del príncipe Aspero que purgaba como guardés sus pecados de encantador mujeriego.
Sólo nos queda por contar lo que experimentó allí Tordés el Recto cuando bebió de aquellas aguas intoxicadas con inútiles y dolorosos recuerdos, recuperados de sanos y útiles olvidos. En esto rogamos al lector nos permita recurrir a la especulación, pues ni el más perfecto escáner conoce con precisión los pensamientos de alguien. Tordés tuvo en varias ocasiones decisivas y señaladas dificultades con la gestión de su ira, sobre todo cuando alguien se burlaba de su patosería. No soportaba el chasqueo. Tras someter en funciones de policía a una optimate ladrona, otra creyó verle usar una fuerza excesiva y oírle murmurar (cantar) contra la ginecocracia: “¡Ay damas cortesanas, / en peligros bien despiertas / que con esperanzas vanas / no tienen las honras sanas / y tienen las almas muertas!”. Por ese “delito de opinión” nuestro dron de primera estuvo a punto de ser conducido al contenedor de reciclaje para ser vaporizado sin honor. Se salvó por pelos, huyendo en un carrito eléctrico con su amiga Larisa para esconderse por un tiempo en los Acantilados de Acero. Aquella angustia olvidada, ahora devuelta, debió de encogerle otra vez el alma cuando bebió de la fuente de Aspero. Al final, los alegatos de Larisa (vestía en la vista un sobrio chador de matrona) le redimieron. Todo quedó en el paso obligado por una clínica empático-reconstructiva en la que se sometió a un trimestre de terapia emocional de la que salió blando y gordito (la alternativa era un Consuelatorio para caquéxicos morales). En aquellos meses ganó peso y perdió forma sobre todo porque, fuera de las horas de terapia grupal dinámico-sistémica, sólo se comunicaba con la Inteligencia Artificial, llegando a intimar con la Gran Intelección Global en la privacidad de su celda a base de sucesivas y unilaterales poluciones seminales, oportunamente recogidas para la Granja, pues vivía en una celda climatizada radiotécnicamente vigilada cada hora del día por bots mañosos que precisaban al detalle sus constantes biológicas y derrames psicosomáticos. Tordés dejó en la Nube un rastro inquietante de desvaríos y delirios maquinales, en uno de ellos invoca a las Furias, las desprecia y conjura: a Aleto, que daña en secreto; a Tesifón, que hiere con la mano y con muy crueles flechas de punta agudísima llamadas viras; y a Megera, que difama poniendo defectos en palabras ajenas e inspirando injurias en colegas desleales.
Cuando Tordés abandonó por fin la clínica reconstructiva buscó desesperadamente el abrazo de Larisa como un niño enfermo ansía y reclama la atención de su madre, pero Larisa andaba ya en otros asuntos y amparaba gatos… Tordés le pedía al Infierno que le acogiera, a cambio de que ella siguiera amándole, pero el Infierno no le hacía ni puñetero caso porque en él todas las almas andan en hervor salamandrino. Le costó despegar de su obsesión por su amiga semieslava… Se entregó por completo a su oficio: perseguir, acorralar y abatir bandidos en misiones programadas para caballeros andantes y en ello absorbió sus cuitas o por los menos envolvió sus zozobras en el “velo de la ignorancia” y, si no ahogó todas sus amarguras, las mandó al silencio inconscio, ¡hasta que afloraron a la superficie de la Fons Ludus scacchorum!
Tras aquellos renovados sinsabores, el Recto levantó la cara al cielo y por largo rato estuvo con la mente en la Deidad, llorando tiempos perdidos y daños acaecidos de accidentes ya pasados… “Mi amor y esperanza de ser amado son los que dan afán y aliento para dar fin a mis proezas”. A lo que él mismo se respondía: “No se ruegan con lágrimas los laureles”.
Radón por su parte recordó el arrebato que lo unió a Gallardona. Como Egisto poseyó a Clitemnestra, así yogó con la princesa alertona, con más furia que placer, pero esto era justamente lo que el cuerpo les pedía a los dos. Después vio cómo sus rostros se transfiguraban hasta parecerse, como sucede a veces a viejos cónyuges, mientras planificaban detalles de cómo sacrificarían al monstruo, a Dulcamara-Brocadán. Sopesaban variantes, saboreaban la espera. Nada une tanto como la mala intención, aunque a veces también distancia el crimen si no se reparten con equidad las culpas. Radón la miraba y se veía a sí mismo en ella como mujer y, al mismo tiempo, reconocía al ser más ajeno e incomprensible, más inaprehensible e insolidario. Entendía que lo mismo podría matarla que colmarla de ternuras en el lecho… La tentación de hacer daño a la reina de la Isla de las Maravillas, siquiera en la representación, le angustiaba…
Con las molestias que hemos señalado y otras que ignoramos o callamos para evitar mayores vergüenzas, saciaron campeones y escuderos su sed en la fontana del Ludus scacchorum. El espejo del agua no tenía fondo en su pilón, quien se atreviera a zambullirse en aquella inmensa alcancía de olvidos sería absorbido hacia abajo, sin fin.
«Esas aguas conducen al Hades -dijo el príncipe Aspero-, iguales que aquellas del lago Alcionio, donde Polimno orientó a Dionisio que andaba buscando a su madre Sémele en los Infiernos. Polimno le indicó al dios cómo llegar al Hades, al precio de que Dionisio se dejara hacer el amor como una mujer. Prometió el dios satisfacer su deseo y a la vuelta del Hades quiso cumplir su juramento, pero Polimno había muerto. Entonces acudió Dionisio a su tumba, empalmado por la expectativa, lleno de deseo amoroso, y, con una rama de higuera que en su estela crecía y a la que dio figura de miembro viril, el dios se sodomizó… Eso cuenta Clemente de Alejandría quien, antes de hacerse cristiano, había sido iniciado en los Misterios”.
– Es que para saber de la muerte los dioses tienen que preguntar a los humanes, que sólo sobre este punto sabemos más, porque somos mortales (Bermejo).
– Para saber del Hades, incluso Deméter se entregó a Céleo y le regaló su cuerpo con el pan (Radón).
– Carne de diosa es el pan, por eso lo beso si al suelo cae (Tordés).
Caía el crepúsculo y pareció más adelante y a deshora que todo el bosque se ardía. Por aquí y por acullá se escucharon cornetas y tambores de guerra, lelilíes al uso de moros cuando batallan. Pasmose el barón, tembló Tordés, perdió la virtud retentiva y aflojáronsele las cerraduras del vientre y un quejido se le escapó por el orto; abrió sus ojos de firmamento Ausonia, púsolos Artemio de mochuelo espantadizo y aún Aspero se espeluznó. Con el temor, sobrevino parálisis y silencio. Y, con las últimas luces, un sátiro salió a toda prisa del bosque y les saltó por delante tocando un cuerno desmesurado, que un ronco y espantoso son despedía. Le perseguía una ninfa vestida de mil vuelos de tela de plata en que brillaban hojas de argentería de oro, el rostro cubierto por un delicado cendal… “¡Pon en libertad la lisura de mis carnes!, ¡yoga!, ¡yoga!”. El sátiro no hacía caso y seguía soplando el cuerno y dándole a la ninfa regates.
– El mundo al verres.
– ¡O descabezado!
Tragaba el jovencísimo sátiro saliva sin osar hablar, se esforzaba por escapar del abrazo de la ninfa que gritaba tan alto que aún los sordos la oirían. Al instante, la hembra le saltó encima y empezó a cabalgar a la criatura de patas caprinas y piel vellosa. La pareja marchaba hacia atrás como un cangrejo con dos cabezas, arriba una hermosa y abajo otra feísima. Luego, aquel monstruo se deshizo en dos partes.
– Estos –dijo Aspero-, andando de noche como fieras, viven de día como brutos en un mundo trabucado.
Notaron que el sátiro llevaba un tatuaje en la espalda con letra grande: NO PAPÁ, NO MAMÁ, AIBON, TÚ MAMÁ, TÚ PAPÁ, AIBON, DAME DE COMER.
Alex miró su aifón…, “aibon” era saludo cingalés. Cuando pasó cerca, perseguido sin tregua por la ninfa, el sátiro les pareció un niño grotesco con la carita arrugada por la furia o el miedo. “¡Ajude-me, senhores, ajude-me!”, gritaba. Cuando se acercó la ninfa o ménade de las fuentes, que perseguía sin tregua a la pobre criatura, más bien les pareció bacante, de aquellas adoradoras de Dionisio que acompañaron al dios a Tebas, fanáticas del nieto de Cadmo. Por fin, la bacante atrapó al niño, lo sometió sentándose a horcajadas sobre su vientre, agarrándole las muñecas con sus grandes y nudosas manos. El enano caprino seguía gritando: “¡Ajude-me, senhores, ajude-me, no mamá, no papá!” Entonces, de repente, se oyó un sssss… y un dardo atravesó el costado del miserable niño-fauno. Álex el Ballestero, siempre certero, lo había disparado. El niño dejó de quejarse y claramente espiró por última vez.
– ¿Qué has hecho? -preguntó Radón.
– No quiero ver cómo ella, a todas obscuridades colocada, abusa de él mientras lo descuartiza.
– ¡Caballero piadoso! -comentó Aspero por lo bajini, pero su voz sonaba a ladrido.
– ¿Y por qué no le disparaste a ella? (Radón).
– Prerrogativa es de la hermosura que siempre se le tenga respeto.
La ninfa, ménade, bacante o lo que fuera, miró a Álex fijamente, con odio, como para fulminarlo, pero al darse cuenta de que el Ballestero tensaba el arco con otra flecha relajó la intensidad de su mirada, se levantó, arrancó con fuerza inesperada una vara de un almez próximo, tocó con ella una roca y al momento la quebró y de entre sus piedras brotó un líquido obscuro. Vieron que no era agua lo que saltaba del hueco que había causado la vara en aquel peñón. Tordés se acercó, mojó su dedo en el líquido. ¡Es vino!, exclamó. La bacante apartó al Recto de un manotazo, este se curvó y estuvo a punto de caer en aquel arroyadero rojizo. Ella se lavó las manos en la singular fuente que había creado con el palo, se enjugó el rostro, también se refrescó el pecho, el vientre y la entrepierna, echándose el vino a su espalda con grandes manotazos. Luego les miró de hito en hito, concentrada y feroz, a todos menos a Aspero, quien sin duda la reconocía. Mostró los dientes blanquísimos, dio unos pasos de conga, estiró su formidable anatomía, saltó con la agilidad de una pantera y desapareció entre la floresta.
Allí quedaba el cadáver del satirillo, al albur de los cuervos y de las fieras. Cuando el príncipe Aspero prometió que enterraría sus restos, Bermejo ordenó la marcha y todos, con cabezas gachas, melancólicos, le seguían, aún sin recordar muy bien ni por qué ni para qué. La Fuente de Aspero les había cambiado unos olvidos por otros. Tendrían que acampar de noche, pero no lo harían allí, porque deseaban olvidar aquella aciaga fuente de olvidos.
Continuará…
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José Biedma López

