Un Azorín perplejo – José Biedma López
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Un Azorín perplejo
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Un Azorín perplejo
Leí muy joven Las confesiones de un pequeño filósofo de Azorín, en sus Obras completas que localicé en la familiar biblioteca de mi añorada tía MariPepa Cordero. Creo que contraje un virus ácrata leyendo al juvenil y rebelde tocayo (José Augusto Trinidad Martínez Ruíz, que así llamaron al nene en la pila bautismal de Monóvar, Alicante, en 1873).
Ahora he reparado en La voluntad (1902), que se publicó el mismo año que La sonata de otoño de Valle-Inclán, Amor y pedagogía de Unamuno y Camino de perfección de Baroja. De las cuatro, fue la de Azorín la que aportó mayor innovación técnica con su impresionismo literario: elusiones, discontinuidad, fragmentarismo, monólogo Interior… La voluntad anticipa así la novela lírica y vanguardista que cultivarán Gabriel Miró y Ramón Gómez de la Serna.
Rafael Narbona la ha descrito como «una novela innovadora y deliberadamente híbrida, que oscila entre el sensualismo pictórico, el vitalismo filosófico y el intelectualismo agónico». Vale. Desde luego La voluntad no es una novela realista, ni siquiera es, propiamente hablando, una novela, sino una miscelánea de filosofía y crítica, crónica de costumbres y descripción de paisajes, retratos coloristas (que a veces cansan por su meticulosidad detallista). Aquí Azorín dinamita los géneros, acercando la novela al ensayo y el ensayo a la novela, ¡y al teatro!, en un relato que tiene mucho también de desgarrada autobiografía intelectual y existencial. Se puede decir -con Guillermo Carnero- que Azorín se incorpora con este libro a la renovación que experimenta la novela en el paso del XIX al XX con Proust, Joyce, Virginia Woolf, Faulkner…
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El tema principal da título al libro: la voluntad, su fuerza y su debilidad. Es esa facultad o potencia de autodeterminación, de automotivación ejecutiva, cuya formación escolar han postergado nuestras actuales y nefastas políticas educativas, sólo sensibles a la motivación externa del alumnado. Y sin embargo es, la olvidada voluntad, despreciada por psicólogos y pedagogos, facultad señora y señera de caracteres recios, autorizados, libérrimos, inventores, creativos, fuerza de espíritu de cuya debilidad se lamenta Azorín y que parece preferir a la inteligencia.
Azorín piensa que el ascetismo, la vehemencia, la heroica reciedumbre, lo mejor del carácter hispano y lo peor, su astenia, la discontinuidad enfermiza de las voluntades de renovación, tiene que ver con esas infinitas y desoladoras planicies castellanas, o con el Pulpillo desolado de Yecla…
«Entre una página de Quevedo y un lienzo de Zurbarán y una estatua de Alonso Cano, la correspondencia es solidaria. Y entre esas páginas, esos lienzos, esas estatuas y el paisaje castellano de quebradas bruscas y páramos inmensos, la afinidad es lógica y perfecta.»
El paisaje exterior se vuelve resorte de la sensibilidad como el bosque de símbolos de Baudelaire o los jardines de Rusiñol.
El personaje Antonio Azorín, «paradoja viviente», apellido del que hará luego el escritor seudónimo acreditado, arremete contra el catolicismo farisaico y mediocre de los de arriba, purpurados o rentistas, pero salva la fe sencilla del laborioso labriego o de la sufrida madre campesina, y hasta ensalza «la tremenda belleza de esta religión de hombres sencillos y rudos». Y como «todo es imagen y la realidad importa menos que nuestro ensueño», la vida apagada de una monja, incluso si ha sacrificado su voluntad personal a sus mortificantes y abnegados votos, puede ser tan intensa como la de un industrial usamericano.
Se atreve Azorín a formular útiles dictámenes sobre pedagogía o sobre metafísica, a la que considera andamiaje de la ciencia, aunque se disfrace de «sociología». Además, el misticismo ateo del protagonista, su talante individualista y un tanto ácrata, encuentra en las hipótesis y especulaciones metafísicas, como la de La Vuelta Eterna de Federico Nietzsche, solaz y venero.
Como muestra de buenos maestros, comparecen dos inteligentes clérigos: el escolapio Lasalde y el desengañado Yuste, que reconoce en su postrer agonía no haber sacado de su rica ilustración nada en limpio:
«–Azorín, hijo mío, en estos momentos supremos, yo declaro que no puedo afirmar nada sobre la realidad del universo. La inmanencia o trascendencia de la causa primera, el movimiento, la forma de los seres, el origen de la vida…, arcanos impenetrables…, eternos.»
La pedagogía del padre Lasalde, sabio arqueólogo y estudioso de los restos íberos del Cerro de los Santos, es impecable: Delicadeza enérgica:
«A los niños el padre Lasalde los trata con delicadeza, que les pone respeto y hace inútiles los castigos violentos. Él los disuade de sus instintos malos hablándoles, uno por uno, bajito y como de cosas que sólo a ellos dos les importan; él les halaga cuando ve en ellos un vislumbre de generosidad y de nobleza. Y no grita, no amenaza, no aterra.»
Influido por el krausismo y la tradición anarquista, aunque plantó sus primeros pinitos literarios en el duro y cainita periodismo republicano, a partir de 1905 Azorín se mostró conservador y se integró como diputado cunero en el sistema de la Restauración, por el partido de Antonio Maura. Ejerció como Secretario nacional de instrucción pública. En 1924 fue nombrado Académico de la Lengua. Se negó, no obstante, a aceptar cargos políticos durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).
Sin embargo, por lo que se refiere en La Voluntad no se ilusiona Azorín ni con el principio democrático ni con el progresista ni con el republicano ni con el socialista. Reniega de todas las ideologías. Los dogmas de la Revolución -dice Olaiz, alterego de Baroja según Narbona- contienen una contradicción, pues igualdad y libertad son incompatibles. La «liberación» de una humanidad ignorante produce nuevos privilegios en los astutos y «declamadores» que la pastorean demagógicamente. Azorín no tiene por «gloriosa» la revolución de 1868 que condujo al estrepitoso fracaso de la Primera república. Pero rinde tributo a Pi y Margall, su efímero presidente, en la figura de El Anciano que le habla bien de Comte, de su fe en la Humanidad, y que intenta contagiarle su confianza en el progreso, ¡sin lograrlo!
Según Olaiz igualmente la libertad llevada hasta el absurdo repugna, como la prostitución consentida, voluntariamente elegida. Pero la igualdad ni siquiera hay que llevarla al absurdo para comprender que carece naturalmente de base. Y “la fraternidad” del famoso lema republicano es un sueño tan hermoso como irrealizable. La democracia está bien como ejercicio de piedad y benevolencia hacia los menesterosos, como humanitarismo, pero la democracia dominada por la masa no es más que un totalitarismo o absolutismo del número, detestable para quienes se atreven a pensar sin prejuicios. El número sólo puede ser razón si la masa está educada. Un gran número de ineptos no gobierna mejor que un corto número de inteligentes.
En cuanto al socialismo, Olaiz cita a Berstein para refutar las previsiones y profecías de Marx respecto al capitalismo y pone de manifiesto la raíz católica (diría que jesuítica) del socialismo doctrinario. Además, la disciplina social repugna a cualquier espíritu libre; la solidaridad no se puede imponer por la fuerza. Olaiz piensa que vamos hacia un individualismo que la ciencia hará posible, porque la ciencia es más revolucionaria que todos los libros de sociología o filosofía política juntos. En cuanto al anarquismo (misticismo ateo), yerra cuando da por hecha la bondad innata de los hombres y de sus pasiones. El error de este credo condena la Arcadia feliz de la Acracia utópica y libertaria a un ensueño de cándidos desconocedores de los errores y horrores de la historia y de los defectos de la condición humana, que tales desastres y desmanes históricos confirman.
Lo cierto es que la vida es dolorosa y triste. Larra, el suicida, será la figura emblemática y trágica de esta generación del 98 que reflexiona sobre el sentido y los horizontes del ser de España, generación del desengaño. Larra reaparece como el gran satírico con el que llegó a la literatura el personalismo conmovedor y la impresión íntima de la vida, vida que es tan contradictoria como la obra del pesimista vivaz, esplendoroso, pintoresco y ameno que fue, aun injustamente olvidado, Mariano José de Larra (1809-1937).
La influencia del pesimismo de Schopenhauer también es clara en el filosofar dialéctico, coral, del maestro alicantino, y sintoniza con la relación de males y decadencias de una España negra, la de finales del XIX y principios del XX, dominada por caciques reaccionarios y entretenida o revuelta por quijotes y señoritos que narcotizan al pueblo con el beleño de halagüeños discursos progresistas que prometen paraísos terrenales. Todos, egoístas sin remedio, de habla luenga y acción corta.
También se oye en La voluntad el eco de la vitalista jovialidad nietzscheana. Por joviales, Azorín prefiere la astuta Trotaconventos del Arcipreste de Hita, a la Celestina de Rojas; y el teatro de Rueda, al de Lope o Calderón…
«El espíritu jovial y fuerte, placentero y fecundo se ha perdido. Estos pueblos tétricos y católicos no pueden producir más que hombres que hacen cada hora del día la misma cosa, y mujeres vestidas de negro y que no se lavan… La austeridad castellana ahoga a esta pobre raza paralítica.»
Pero Azorín también se burla lúcido de la embriaguez vitalista… «¡Viva la imagen! ¡Viva el error! ¡Viva lo inmoral!», grita el protagonista tras una importante ingesta de aguardiente. Los camareros, como es natural, se quedan estupefactos…
«No es posible saber a punto fijo las copas que Azorín ha sorbido. Verdaderamente, se necesita beber mucho para pensar de este modo» (II, 4).
Azorín se define a sí mismo como un espíritu perplejo carente de todo aquello sin lo cual no merece la pena vivir: voluptuosidad, fuerza (modo Cánovas del Castillo), elegancia, dinero, poesía (modo Bécquer). Piensa que su generación, al contrario que la romántica y la naturalista, es una generación irresoluta, sin voluntad. En cualquier caso, prefiere, a la indignación y la cólera revolucionaria, la ironía y el humor. Y parece coincidir en actitud vital, no sólo con el elogio de la ataraxia pagana, sino también con la necesidad de la resignación cristiana, pues todo el ambicionar, inventar y remover la naturaleza que fatiga a los humanos es vanidad de vanidades y un distraer la nada -o la entropía- que al fin nos engullirá, y seguramente nos acabará antes que a los insectos, que Azorín admira (sobre todo a los escarabajos melitófilos). Inclusive la mejor de los artes no parece servirnos más que como conjuro inútil ante el fracaso del espíritu y contra el triunfo ineludible de la muerte.
Voluntad de vivir, ¡vale!, mas ¿para qué? Para nada. Elogia por eso la Epístola moral a Fabio del capitán sevillano Andrés Fernandez de Andrada como lo más «íntimo y confortador de nuestra literatura», aunque su lectura deje también en el ánimo el más amargo de los pesimismos.
Creo que Azorín anticipa con su original, encastizado y piadoso nihilismo, posiciones que años después ostentará el existencialismo, por el que sintió luego vivo interés. Es un nihilismo de signo opuesto al de Nietzsche y que según Octavio Paz es el verdadero mal de las sociedades capitalistas liberales: “no estamos ante una negación crítica de los valores establecidos sino ante su disolución en una indiferencia pasiva”. Hedonismo de temple resignado (O. Paz, en “Vistazo al viejo mundo”, 1983). No obstante, hay un lastre de determinismo materialista y lucreciano en Azorín, un determinismo atomista que hoy ha fenecido, obsoleto a causa del principio de incertidumbre y otros enigmas causísticos de la ciencia cuántica. Ni la combinatoria de los átomos nos parece hoy inexorable ni debemos creer necesariamente que todos sus movimientos nos lleven necesariamente hacia la nada por esa fuerza misteriosa y sinsentido que Schopenhauer llamó «Voluntad» y Forschamer «Fantasía» y que unas veces se resuelve en la obra maestra del genio y otras en la esterilidad del crimen.
Con el hilo argumental de los estados de ánimo de su principal protagonista, Antonio Azorín, bucea el autor, todavía José Martínez Ruíz, en lo neblinoso, lo indeciso, lo contadictorio, lo paradójico (paradoja, «ese juguete de los espíritus delicados»). España es el país de la abulia, esa enfermedad de la voluntad, la nación de esfuerzos valdíos, de catedrales inacabadas, iniciaciones paralizadas, audacias frustradas, vías muertas, de paradojas, gestos y gritos.
En La voluntad no sólo se perfila un diagnóstico sobre la triste situación y atraso de los pueblos españoles, sino que en ella se plantean las grandes preguntas sobre el origen y el final, el sentido de la vida y de la historia, el valor de la fe y de la ciencia, si es preferible la vida en el campo (en «provincias») o en la ciudad (ese Madrid, entre jardín del Bosco y verbena zarzuelera), el conflicto entre la espontaneidad natural y el modo de ser instruido… No hay para Azorín dogmas que respondan a estas y otras decisivas cuestiones, sino una muy muguerciana perplejidad que dota sus reflexiones y pesquisas de valor y actualidad. «Pocos autores han planteado con tanta clarividencia el conflicto entre el arte, que postula la excelencia, y la vida, apegada a la inmediatez y a lo imperfecto» (R. Narbona), vida individual, independiente, personal, única, que sin embargo malogra y sacrifica sin remedio el tiempo hambriento y crudo. Pero Azorín es un clásico. Da mucho que pensar y soñar. Conmueve. Perdura.
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José Biedma López
La Esperilla, Octubre de 2024.

