Autobiografía con homenaje – Un relato de Tomás Gago Blanco

Autobiografía con homenaje – Un relato de Tomás Gago Blanco

Overview

Autobiografía con homenaje

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Norman Rockwell – Barefoot Boy Daydreaming [1922 – Private collection] [The Literary Digest, vol. 74, no. 5, July 29, 1922, cover illustration. / The Grade Teacher Magazine, June 1946, cover illustration./ L.N. Moffatt, Norman Rockwell: A Definitive Catalogue, vol. I, Stockbridge, Massachusetts, 1986, pp. 60-61, no. C161, illustrated. / M. Rockwell, Norman Rockwell’s Growing Up in America, New York, 1998, pp. 46, 48, illustrated.] [Source: https://www.christies.com/en/lot/lot-6141193]

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Autobiografía con homenaje

Un gentío ocupa el atrio, van y vienen, chusma inconstante, y circulan por todas partes, mezcladas con la verdad, mil patrañas y rumores.

Publio Ovidio Nasón, Metamorfosis: Libro XII. La fama.

No gozo de buena memoria, por lo que a penas disfruto recuerdos de mi infancia, si acaso, el placer de caminar descalzo por caminos polvorientos, tumbarme en la era con una brizna de hierba entre los labios y, observar mientras sueño otros días y otras vidas, el perezoso tránsito de las nubes.

De aquellos primeros tiempos de mi conciencia, lo que más nítidamente destaca entre el tumulto de cosas imprecisas, es mi obsesión por leer los infinitos libros de la biblioteca familiar y los periódicos que llegaban agrupados por semanas coincidiendo con la visita del cartero.

Apenas adolescente, interno en un colegio a cientos de kilómetros de casa, mi mundo se plegó, lejos de las risas y los juegos compartidos, sobre los muros de la vasta y solitaria biblioteca que presidía la foto de un fraile de mirada severa.

Allí encontré, al apartar un tapiz que colgaba tras una estantería vacía, un libro de incontables páginas donde habían escrito todos los hombres una única página que contenía la totalidad de los variados y contradictorios pensamientos de cada individuo. Incapaz de sustraerme a este propósito, con palabras sencillas, fui detallando todos mis sueños, esperanzas y temores. Tardé tantos días como días permanecí en aquel reducto de convivencia juvenil y, aunque no pude terminar mis razonamientos, sé que allí quedaron todas mis reflexiones perfectamente integradas en la página que inicié.

Pasados unos años, arrojado de improviso a la vida ordinaria sin la protección de la rutina colegial, tuve que negociar nuevamente mi lugar en una sociedad desconocida.

Esto motivó mi desencuentro permanente con la gran mayoría de las personas. Solo un círculo restringido me resultó accesible, y solo en ese contexto despliego mi limitado encanto.

Siempre me interesó la poesía y la literatura, así como el cine hermético y simbolista que tanta incomprensión generó a mí alrededor.

Después de años de estudio y varias titulaciones que imaginé facilitarían mi vida social, comprendí que el esfuerzo era vano, la cultura que a casi todos amplía horizontes me los ha cerrado a mí.

Cualquier reunión que participase de mi presencia me trataba como a un extraño.

Si hablábamos de cine, me sugerían que era un actor fracasado, si de literatura, que dónde había leído aquellos libros abstrusos e inservibles.

Comenté un viaje a Estambul y preguntaron si trabajaba en una agencia de viajes.

Llegué a la conclusión de que había vivido en el mundo paralelo al que habita la Fama: esa casa con innumerables accesos, abierta noche y día, toda ella de latón dorado, que retumba con cualquier sonido, devuelve las voces y repite cuanto oye.

Para qué hablar pues, del lugar ignoto en medio del mundo, entre la tierra, las celestes regiones y el mar, desde donde se divisa lo que hay en cualquier sitio, por alejado que esté del lugar y donde todo rumor llega a mis oídos insaciables.

Por eso, tampoco he comentado la existencia de una casa solariega que construí allí, en los confines del triple universo, donde me recluyo con frecuencia. Menos aún, que paso jornadas enteras en el decimonono escalón de una bodega oculta bajo la alfombra del comedor. Desde allí, puedo observar todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos, y escribir obras inmortales.

Sé que mis escritos no gozan de reconocimiento general, pero me basta con el reconocimiento de algunos escogidos. Y ahora, que estoy a las puertas de la muerte, y ya nada importa, voy a revelaros mi nombre: “Pierre Menard, autor del Quijote” [1].

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Tomás Gago Blanco

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Nota al texto

[1]

«Pierre Menard, autor del Quijote» es un relato de Jorge Luis Borges publicado originalmente en mayo de 1939 en la revista Sur e incluido en su libro recopilatorio Ficciones de 1944.

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