Solo – Un relato breve de Tomás Gago Blanco

Solo – Un relato breve de Tomás Gago Blanco

Overview

Solo [Relato]

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Solo

Empuja con el hombro para forzar la puerta, la humedad ha encajado en el marco las tablas desiguales. Tarda unos instantes en acomodar la vista al interior de la estancia, se diría que un viejo camarógrafo manipula las lentes de alguno de aquellos proyectores renqueantes que los titiriteros arrastraban por los pueblos, cuando la miseria estaba acomodada en cada rincón de las casas y los silbidos a los cómicos servían de escape a la miseria obligada.

Es el espejo lo primero que recobra la nitidez del tiempo suspendido y proyecta en sus pupilas, con una claridad inesperada, los reflejos olvidados y los gritos.

El cabecero de la cama conserva las cuerdas deshilachadas con el corte limpio de la navaja. Se cubre los ojos con las palmas extendidas, igual que hizo la primera vez que entró en aquel lugar, para tratar de olvidar lo vivido en el destartalado cuarto, pero a sus oídos siguen llegando las únicas palabras que recuerda de aquella tarde, “Ayúdame, por favor”.

Era la misma hora cuando un rayo de sol cayó sobre el espejo y, como ahora, le obligó a apartar la mirada para buscar a través del ventanuco la pelea juguetona de los jilgueros en el manzano.

El suelo continua pegajoso después de tanto tiempo. Le sorprende el recuerdo de aquella sustancia oscura y caliente reteniendo la suela de su bota igual que las voces de los otros atraparon su voluntad hasta que el reflejo del sol abandonó la habitación. Cuando los demás ya se han ido, su mirada continua fija en la puntera de las botas; incapaz de gritar con los demás, de reír con los otros. Y aquella pasta oscura mezclada con el polvo, que fija sus pies al suelo, sin poder girar el cuerpo, erguido por las voces y las risas.

Las tablas del suelo, retorcidas en su abandono, muestran los clavos oxidados como dientes podridos donde se sedimenta el sarro acumulado por la humedad y los insectos.

El tizón que sirvió de amenaza todavía descansa entre las piedras que abrazaron las llamas aquella tarde de invierno.

Un pequeño ratón de campo, de vista torpe, llega hasta su bota y olisquea la puntera. Recorre el pequeño espacio que separa sus pies y retrocede hasta el borde de la cama para volver con más ímpetu y deseo de mordisquear el reborde de piel apoyado contra el suelo.

Inmóvil, desde la altura de sus ojos, sospecha que aquel estúpido animal que frota su lomo contra el cuero de las botas reconoce el olor antiguo y cobarde de su cuerpo. Las risas y sus manos sucias de deseo al recorrer íntimos rincones inocentes.

Absorto en los recuerdos apenas ha visto desaparecer el ratón con movimientos lentos en una pequeña madriguera a los pies de la cama. La cama, que atrae su mano para recorrer el somier de hierro oxidado en busca de la carne trémula y olor a sexo cruel.

“Siempre hice lo que me dijeron.

Vomité con el olor del vello encendido y la carne abrasada.”

“¡Por qué me miraste! ¡Yo no te veía hasta que tus ojos cayeron sobre mí!”

“He venido a recordar. A recordar de nuevo la sonrisa traicionera de mis labios que te acompañó aquel día.

Las mismas botas que golpearon tu cuerpo, hasta el ratón las ha reconocido. ¿Recuerdas?, claro que lo recuerdas, buscaba en mis botas el olor de tu sexo.

¿Merecía la pena vivir como vivías?

¿Acaso no estás mejor con el aroma de la buganvilla y sus raíces acariciando tu cuerpo?

Hoy estarías vieja y atormentada.

El mismo reloj con el que cronometramos aquel día aún está en mi muñeca, no me gusta perder el rastro de la memoria, ni olvidar las sombras que cerraron, como si pasáramos página, lo ocurrido.

Aunque para cerrar página he venido porque los otros te siguieron, ya hace tiempo, dejándome solo con los recuerdos.

He venido para quedarme ¡Respóndeme! ¿He venido para quedarme?”

Se vuelve despacio y sale al exterior con pasos inseguros. Desde dentro se ve su espalda ligera y encorvada a la luz del mediodía. Como un disparo lejano se oye el ruido que libera con golpe seco un cierre centralizado. El maletero del coche cubre con silbido hidráulico un ruido de latas, y garrafas de plástico que rebotan sordas contra el suelo. Luego, un silencio breve y pensativo, hasta que los pasos llevan de nuevo su cuerpo al interior de la choza.

Abre el tapón del recipiente y con descuidado movimiento empapa la cama de madera, las tablas retorcidas y el techo de paja que gotea sobre él mientras apura los restos de gasolina por los rincones del cuarto.

Luego, arroja la garrafa sobre el rudimentario hogar donde los últimos restos salen de su boca como una lengua irisada de serpiente.

Las cerillas en el bolsillo izquierdo, el tabaco balanceándose olvidado en los labios entreabiertos.

Un gesto limpio, sin reparar en el olor a fósforo, una llamarada que circunda la estancia e ilumina el cuerpo y la sonrisa muerta.

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Tomás Gago Blanco

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