Insomnio – Un relato de Tomás Gago Blanco
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Insomnio [Relato]
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Insomnio
Camina el pasillo con cautela. Siente la caricia de las alfombras en sus pies desnudos. Cierra los ojos y los abre para confirmar la total ausencia de luz. La oscuridad acompaña su deambular solitario. Se orienta al perfilar levemente la pared con la punta de los dedos. Llega al comedor en penumbra, las farolas de la calle derraman destellos de luz indirecta sobre los muebles.
Otra noche más el sueño huye de su cuerpo, lo busca por los rincones de su cerebro mientras camina como un autómata por la casa. Sin darse cuente llega junto a la ventana y pega la frente a los cristales.
En el parque los árboles mueven sus ramas desnudas y siente escalofríos. Se tumba en el sofá y cierra los ojos con determinación hasta que los siente a punto de estallar.
— ¡Quiero dormir, quiero dormir! —Susurra entre dientes con desesperación contenida.
Vuelve a la cama rozando las paredes con los puños apretados.
Ayer, cuando el sol invernal entraba ligero por las ventanas, vio la señal de sus dedos, una raya oscura de ansiedad marcar el pasillo desierto.
Se tumba en la cama y acomoda su cuerpo entre las sábanas. El calor reconfortante de su pareja le incita a una ligera somnolencia. Siente que cae libre sobre nubes delicadas cuando oye lejano un ruido amortiguado que crece hasta el estrépito. El camión que recoge la basura se demora unos instantes, después de unos momentos de desvelo se aleja con estruendo.
De nuevo cierra los ojos con firmeza, controla los picores que recorren sus brazos y piensa que está en lugar indicado, al lado de quien ama. Trata de relajar su respiración. De nuevo consigue la calma que busca, la paz que precede la pérdida de la conciencia, las riberas del sueño deseado.
Siente que está dormido y cae muy lento. Su cuerpo queda atrás, en el olvido, mientras, su mente flota en un prado verde de suave hierba.
¡No! Me muero, me muero…
Abre la boca en busca de oxígeno para huir de la apnea que lo visita con frecuencia.
Con la respiración entrecortada va al cuarto de baño, se sienta en el váter y espera, y espera.
De nuevo siente sus dedos resbalar por el surco liviano que sus manos trazan incansables, cada noche.
Atraviesa el salón con los brazos extendidos para no tropezarse dejando un rastro de pánico tras de sí. Llega a la ventana y desliza la hoja con el chirrido que escucha cada noche. El frio eriza su piel mientras su mirada busca noctámbulos solidarios.
Apoya su cuerpo en el vierteaguas. Levanta los pies y oscila como una tabla que mueve el viento. Su cuerpo, un cuerpo que siente ajeno oscila sobre la cintura. La visión cenital de la calle le resulta seductora, familiar.
Extiende los brazos al vacío, piensa en la ingravidez que precede al sueño y la compara al descenso vertiginoso de la noche. Desea volar y alejarse de su cerebro.
Está lúcido. Ahora que no precisa sutilezas siente su mente ágil y despierta.
El marco de la ventana presiona su cintura. Aguanta el dolor de los raíles y gira su rostro para ver el plano de su cuerpo inclinado hacia la calle. Luego, apoya las manos en el alféizar y bascula hasta sentir el parqué rozando los dedos de los pies. Respira agitado y con un escalofrío regresa al dormitorio. Se desliza sobre la cama y entorna los ojos mientras piensa en la ventana del salón, abierta a la noche, por donde entra un viento fresco que alienta su regreso.
Algún lugar de su mente acaricia una somnolencia gratificante. El sopor nace en la punta de los dedos, avanza por los brazos, acaricia su rostro, relaja los músculos y envuelve con terciopelo la respiración de su pareja. De nuevo el abandono, la liviandad de su cuerpo. Diría que flota en el líquido amniótico de la noche.
Sin buscarlo, un resorte íntimo se activa. No ha contado los días, ni los meses, ni los años que pasea insomne, de espaldas a todos, sintiéndose distinto, incapaz de vivir, de convivir.
El letargo huye de nuevo y lo levanta de la cama.
—No aguanto más —murmura desesperado mientras camina buscando los surcos de la pared, el frio del salón, el balanceo de la ventana, la ingravidez vertiginosa de la noche.
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Tomás Gago Blanco

