Carnaval – Un relato de Tomás Gago Blanco

Carnaval – Un relato de Tomás Gago Blanco

Carnaval [Relato]

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Carnaval

Hablaron de ello muchas veces antes de decidirse a vivir juntos. Cada uno tenía su vida, pero deseaban compartir tantos ratos buenos que se hacían cortos cuando estaban juntos. Y luego vino el sexo. El orgasmo casi simultáneo los sorprendió la primera vez que se encontraron piel con piel en el incómodo asiento del coche de Clara. Aquel día pensaron que sus cuerpos estaban destinados a completarse y entenderse.

Comentaban su trabajo y hablaban de sus amigos cada noche. Recostados en los sillones de piel donde los ojos de Clara reflejaban la intensidad añil que daba profundidad a su mirada, sus pies desnudos dibujaban caricias fortuitas mientras recordaban sus libros favoritos y las exposiciones de pintura que pensaban visitar. Luego, el roce encendía el rescoldo de la pasión y acababan jadeantes en la alfombra del salón, o en el pasillo o en la cama del dormitorio. El tiempo cerró un vínculo que los fue alejando de los demás.

Jacobo, el amigo que los había presentado durante una exposición de Martín Chirino en el Círculo de Bellas Artes, parecía borrado de su vida; y Mauro, vivió el sueño que su razón ocultaba: la posesión no compartida, la exclusividad de la mujer amada.

Esta relación excluyente comenzó a incomodar a Clara, que, poco a poco, fue perdiendo la espontaneidad que todo lo llenaba cuando comenzaron a vivir juntos. Ella nunca tuvo que explicar su vida, ni rendir cuentas de sus actos; y menos aún, que otra persona tutelara su libertad.

Mauro respiraba un deseo oculto, inconsciente, que lo llevaba a tejer un laberinto de vacío en torno a Clara, como hacía con cualquier mujer que estuviera junto a él. Aquella posesión soterrada y asfixiante agrietó la piel de mujer independiente que Clara siempre había tenido, y como un dulce veneno cubrió las caricias y los besos. En su interior nació una tristeza que tiñó de oscuro el azul de sus ojos. Sin buscarlo, con el desconcierto íntimo de los gestos que su cerebro maduraba en un rincón oscuro, comenzó a rehusar su mirada y el contacto de su piel.

El viaje que hicieron a Venecia durante las últimas navidades, la plaza de San Marcos inundada, parecía un reflejo de su unión, que se ahogaba en el sutil acoso que sufría. Clara comenzó a buscar de manera intuitiva el espacio que perdía en casa, la libertad que le recortaban con caricias y con besos antes de que llegaran los reproches y los celos. Por eso, comenzó a regresar a casa cuando Mauro ya estaba en la cama. Esas noches, Mauro percibía que se difuminaban las barreras que, con silente esmero, había construido a su alrededor. A veces la esperó despierto, con un libro sobre las rodillas y el ceño fruncido, pero Clara, cansada, solo quería irse a dormir.

Pasó el tiempo, y hubo noches en que no regresó. Mauro marcaba su número con insistencia hasta que Clara contestaba con enfado por el control que pretendía sobre ella. Al fin, el teléfono permaneció silencioso, apagado o fuera de cobertura, decía una voz impersonal.

Se acercaba febrero e intentó que los carnavales añadieran un pequeño aliciente a su relación que, un año después de iniciada, se desmoronaba entre la indiferencia y el temor. Cuando le propuso ir al baile de carnaval del Círculo de Bellas Artes, Clara aceptó siempre que se vieran con sus amigos. Esperaba recuperar los primeros tiempos de su amistad, cuando eran dos más del grupo que formaron en la facultad. Además, podían estrenar los disfraces que habían comprado en su viaje a Venecia unos meses antes.

Él se vistió con un traje granate, camisa blanca arlequinada y máscara de Médico de la Peste. Clara brillaba como una princesa con su vestido de seda roja, en homenaje a la enseña de la Serenísima. Un sombrero con múltiples pliegues, encajes delicados y máscara dorada completaban su disfraz.

Esperaron el taxi sin hablarse, con las palabras atravesadas en su garganta, incapaces de una sonrisa o de un reproche. Los espejos del vestíbulo devolvían la imagen de dos nobles venecianos solitarios, ajenos entre sí, ciegos a su proximidad, como perdidos en un cuadro de Carpaccio. A través del reflejo, Clara comenzaba a ver a su pareja como a un extraño, con una distancia emocional que nunca había experimentado; hasta su mirada inquisitiva le producía un íntimo temor, un escalofrío incontrolable y desolador.

Al llegar al Círculo, Clara se colgó del brazo de Jacobo, que esperaba en las escaleras para subir al salón de baile. Aquel contacto fue el elixir que selló la herida abierta por la que brotaba su ansiedad a borbotones. A él lo retuvieron unas máscaras grotescas: sus compañeros de taller, que realizaban, con desigual suerte, vistas de Madrid, combinando pintura acrílica y estampación serigráfica.

Entre risas y cortesías simuladas arrancaron de su cabeza la máscara y el sombrero de tres picos, y lo arrastraron hasta el bar donde pidieron su primera botella de champán. Sabía que el champán se le subía a la cabeza, pero, como repetían zumbando a su alrededor, un día, es un día.

Más de una hora tardó en deshacerse de sus colegas. En el Salón de Baile intentó localizar a Clara, pero los bailarines y el público le impedían fijarse con la precisión que deseaba. Al fin, cansado de dar vueltas, recorrió con falsa parsimonia la Sala de Columnas y la Pecera. Al no encontrarla, volvió a revisar con detalle todas las plantas del edificio. Una rabia sorda golpeaba su cabeza más que el alcohol que había dejado un rastro áspero en su garganta. Veía personajes de todas las épocas con rostros desfigurados, en un carrusel fantástico a su alrededor. Su nerviosismo provocó varios altercados al confundir algunas parejas con Jacobo y Clara

En ciertos momentos todas las mujeres le parecían la misma, emperifolladas en exceso, con tocados desmesurados y máscaras de seda o de cerámica, que coqueteaban desinhibidas. Caminaba tropezando con unos y separando a otros en la búsqueda desesperada de su compañera. Llegó a pensar que habían sido un mal sueño las risas y bromas al disfrazarse, la espera distante en el portal de la casa, el viaje silencioso en taxi hasta El Círculo y la sonrisa de Jacobo.

¡Jacobo! Ahí estaba la causa y la solución al misterio. Comenzó a buscarlo por todo el edificio. Estaba seguro: si lo hallaba, encontraría a Clara. Subió y bajó escaleras, recorrió salones de luces y sonrisas. Al fin, sin saber cómo, se encontró en la sexta planta y accedió a la azotea. El aire fresco de la noche pareció aturdirlo aún más. Comenzó a tiritar por el viento que agitaba las hojas de unas macetas decorativas junto a la puerta de entrada. Los bares estaban cerrados. Se aproximó al pretil y le pareció vacía, como la calle que unas farolas exangües iluminaban. Al volverse para regresar, unas risas apagadas lo alertaron. Caminó despacio hacia la estatua de Minerva y oyó los cuchicheos de una pareja que se acariciaba con la urgencia de la pasión. Las máscaras estaban a sus pies y sus rostros se ocultaban entre los pliegues del sombrero de la mujer. Los observó un instante y no tuvo dudas, eran Clara y Jacobo que, sintiéndose solos, gozaban y reían. El vestido rojo de la mujer la delataba; o tal vez era morado, o fucsia…Las lámparas de la terraza arrancaban destellos equívocos de la seda. Qué más daba; conocía ese cuerpo armonioso, lleno de vida y sensualidad que hasta hace poco era suyo. A aquella mujer la había moldeado él, era parte de sí mismo; le pertenecía, porque también él se había entregado a ella sin reservas: eran uno solo. Suficientes y capaces de sobrellevar una pequeña crisis. Sabría perdonar si volvía junto él.

Miró a su alrededor y vio despegada una baldosa de las que bordean el límite interior de la terraza. Se acercó despacio y descubrió una lona que ocultaba diversas herramientas de albañil dispuestas para la reparación del desperfecto. El reflejo de la luz que proyectaba la puerta abierta le mostró una piqueta y un nivel. Sopesó la piqueta en su mano y caminó despacio hacia la estatua. La pareja se había tumbado en el suelo y continuaba con sus caricias. La mujer rodeaba con sus piernas, cubiertas por unas medias brillantes, la cintura del hombre; él le sujetaba las manos por encima de la cabeza.

De manera impulsiva y como en un arrebato, descargó un golpe brutal sobre el cráneo de aquel seductor. El pico taladró el cerebro y rebotó en el suelo de la terraza junto a la cabeza de la mujer. Ella quedó paralizada sin saber qué ocurría, su rostro cubierto de sangre, oculto por la sombra que proyectaba el pedestal de Minerva. Mauro, sin descubrirse la cara la golpeó una y otra vez.

Respiró despacio. Sentía el aire helado llegar a sus pulmones y oxigenar todo su cuerpo como un volcán de lava gélida. Cuando se calmó un poco se puso a limpiar la sangre que había salpicado su máscara, y guardó bajo su chaqueta de raso la piqueta después de limpiarla con el vestido de Clara.

Bajó a la calle sin mirar a nadie y tomó el primer taxi que encontró. Antes de llegar a su casa abonó la carrera; y cuando el taxi ya estaba lejos, escondió la piqueta entre los escombros de un contenedor.

En el ascensor, el espejo reflejó a un hombre ridículo con un traje esperpéntico y diminutas manchas rojas en las puntillas que sobresalían de las mangas de la levita. Una vez en casa, se apoyó en la puerta y cerró los ojos un instante. Parecía derrotado, salvo por la distensión de sus labios en una mueca de placer.

De pronto, le pareció oír ruidos en el interior de la vivienda. Avanzó por el pasillo y al llegar a la habitación oyó claramente unos jadeos que conocía y cada noche deseaba. Encendió la luz. Sobre la cama vio desnudos a Clara y a Jacobo, enlazados y sudorosos. Percibió su mirada desafiante y la sonrisa a punto de explotar en sus labios unidos.

Su perplejidad duró un instante. Abandonó la habitación mientras golpeaba con rabia las paredes. Apenas sentía las heridas de sus manos. Caminó veloz por el pasillo hacia la puerta para huir de aquella pesadilla. Mientras se alejaba, sentía en su cabeza una presión expansiva: los grabados colgados de las paredes comenzaron a desfigurar sus expresiones en muecas sarcásticas y expresiones de burla.

Salió de casa y bajó los escalones de dos en dos sin esperar el ascensor, en la calle sofocó un grito de animal herido que pugnaba por salir de su garganta. Sentía sus sienes palpitar al ritmo de su corazón, en su cabeza un solo pensamiento, una sola idea: ¡es mía, es mía!

El frío nocturno lo empujó en una carrera frenética e inconsciente hacia el contenedor donde había escondido la piqueta. La asió con firmeza y sin pensar en ocultarla corrió de nuevo hacia la casa. Subió la escalera y abrió la puerta despacio, por un instante tomó aire a grandes bocanadas para dar firmeza a su pulso. Recorrió el pasillo y vio la luz de su habitación como la boca de un túnel que se abre a un nuevo día. La piqueta colgaba de su mano crispada. Los dedos, como garfios, se cerraban sobre el mango de roble pulido cuando entró en la habitación. Y la encontró… vacía.

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Tomás Gago Blanco

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