Sesenta y cinco pasos – Tomás Gago Blanco

Sesenta y cinco pasos – Tomás Gago Blanco

Sesenta y cinco pasos

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Ahora que la ventana coloca ante mis ojos un bosque de recuerdos, si hago recuento, compruebo algunos tan lejanos que ya no son míos. Pertenecen a aquel muchacho que vivía en un torbellino, para su juventud, pausado, para sus ansias de crecer, más lento que los cúmulos que miraban las cosechas en la era y el agua que el surco bebía codicioso.

Entonces contar era perder la vida, solo cuentan los ancianos, solo escuchan los viejos y los niños. Vivir era tarea suficiente, descubrir el reducido mundo que parecía infinito.

Esa ventana que va tornándose inconcreta, que oscila las imágenes sirve de meta al torpe paseo por la casa. Desde la reclusión involuntaria y obligada compruebo que me arrebatan la vida sin ofrecer nada, sin contrapartida. Y si quiero morir al sol de primavera con el sombrero de paja sombrando el rostro ¿por qué no puedo hacerlo? ¿Quién decide mis paseos desde la ignorancia, desde la autoridad que no he concedido, desde el egoísmo del dominio ajeno?

Son sesenta y cinco pasos desde una ventana a otra, ciento treinta si cuento cada recorrido. Ahora contar es vivir, antaño vivir era contar para el mañana. Cómo imaginar que algún día algo tan sencillo como caminar sesenta y cinco pasos a la huerta era visitar la vida, y ahora es enloquecer camino de la nada.

Qué me importa una muerte más, una vida menos, si solo nos morimos los que hace tiempo acabamos la partida y nos han olvidado, porque somos innecesarios en la vida y en la muerte. Si al menos tuviéramos un nieto para explicarle la vida, la sucesión veloz de los días, el lento tránsito de la noche, y aquellos tiempos donde los días duraban infinitos pasos, mientras los frutos recibían el néctar de la savia para endulzar el mordisco de la hormiga, el picotazo del tordo, la mano sucia del niño y la compota de la abuela.

Los he contado muchas veces, esa es la tarea que me impone la vida, perder el tiempo que se acaba con un cuento recurrente. Sesenta y cinco pasos que es mi vida. Desde la infancia me parecían infinitos.

¡Tantos años para ocuparlos con algo tan veloz y tan esquivo como el tiempo!

Los primeros pasaron sin saberlo, luego vinieron aquellos en la escuela, los juegos en el prado, las castañas en el bolso, el primer cigarro con papeles encontrados.

Cayeron las obligaciones como el fruto, despacio, casi sin saber se fueron acumulando en los hombros. Ser joven permitía llevar con descanso la carga. La juventud fue ligera e imprudente pero llegó aquella mujer que cegó los ojos y cogidos de la mano pasamos el puente que dejó atrás todo lo anterior. Y así, sin saber cómo, alcancé los sesenta y cinco pasos.

Y ahora me rebelo porque este confinamiento ha puesto ante mis ojos el tiempo veloz, la prisa de la vida, los pasos ya contados que alguien me obliga a repetir para no olvidar que ya he vivido, que son otros los que caminan presurosos, confiados, sin sospechar que la meta está en cualquier recodo del camino.

Tal vez esta pausa la envíe el destino, la noche que envuelve a los rezagados, quizás es una alerta para que los últimos instantes no se pierdan como tantos otros de la vida.

Es razonable que los más vividos quedemos al borde de la ruta, que nos tomemos un descanso, que cedamos el paso a los que caminan con el ímpetu de los pocos años, de la luz en la mirada, del egoísmo generoso por la juventud del viaje y la esperanza.

Es difícil ceder con humildad el paso a quien camina presuroso, no es agradable que tu deambular sea un estorbo, que no sirva para el fin que se pretende, que solo sea pasatiempo, papel quemado, ceniza que el más ligero soplo esparcirá sin dejar recuerdo.

Todo es papiroflexia, los mayores logros están llamados a desaparecer, a no dejar rastro, somos tan elementales que nuestro origen nos espera en el tiempo interminable que es instante. Acomodemos nuestro cuerpo y nuestro espíritu a este confinamiento antesala de la nada, que es lo que nos mostraron al nacer, y en el transcurso del instante que pasa, pero hemos sido tan ciegos que siempre rechazamos lo que menos nos gusta, lo que pone ante nosotros las realidades inexorables, el lento tránsito de las horas, la piel tersa que se agrieta, que dibuja regueros y surcos hasta desmoronarse.

De nuevo frente a la ventana, veo las nubes de mi infancia, las batallas que mi imaginación dibujaba en el azul del cielo, el deshilacharse los sueños y crecer las esperanzas. En aquellos días el futuro moría a las puertas de casa, en las manos heridas por las zarzas al recolectar las zarzamoras, en los nidos que visitaba cuidadoso para no asustar a pardales y tordos.

El sabor de las fresas con el frescor del pozo está grabado en algún sitio de mi interior, no sé localizarlo, pero me aleja de las que vienen estos días tan hermosas como insípidas, de colores vivos pero escasos del frescor íntimo y perdurable de la infancia.

Sesenta y cinco pasos. Son sesenta y cinco años caminados con escasas paradas, por el veloz transcurso de la vida. Ha tenido que ser el encierro obligado el que me muestre el camino que llevo a mis espaldas.

Aquel muchacho no está ya aunque lo busque, eso es lo que más me duele, que se haya roto el cordón umbilical que siempre acompañó mi vida. Si ya no tengo pasado cómo voy a tener futuro. Si se han muerto mis recuerdos, es que muerto está mi presente y sin presente solo queda la locura de caminar sin destino.

Hoy quiero volver a la ignorancia de los pocos años, no me importa perder la luz de la razón que adquirí con tanto esfuerzo, porque en aquellos momentos mi entendimiento era una facultad limpia, sin influencias interesadas, sin egoísmo, sin un fin antagónico frente a los otros, en esta lucha que los adultos aprendemos con el paso de los años y que nos lleva, paso a paso, sin convencer a nadie y sin que nadie nos convenza, hasta la muerte.

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Tomás Gago Blanco

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