El Johnny – Una semblanza [Recuerdo del Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid] – Tomás Gago Blanco
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El Johnny – Una semblanza [Recuerdo del Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid]
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El Johnny – Una semblanza [Recuerdo del Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid]
Siempre quise conocer el Johnny. De todos los colegios mayores de Madrid era el que me atraía como un imán año tras año. Nunca pude pasar de visitante y aquello me marcó con un vacío, un agujero negro de dolor íntimo, como una cicatriz cárdena que nunca se borra y cada cierto tiempo, con su dolor, te obliga a regresar al momento de producirse.
Por eso procuré la amistad interesada de algunos colegiales que desgranaban día tras día las vivencias que yo soñaba y me permitían revivir, si puede decirse así, una vida soñada y verosímil como la de aquellos que tuvieron la suerte de vivirla.
Nada evitará que la fantasía emule las certezas porque nada hay tan real como los sueños trasladados al rugoso árbol convertido en blanca lámina delatora. Y lo que hoy es fantasía, mañana será dado por cierto cuando falten los testigos.
Llegué a Madrid y bajé directamente a la categoría de gusano.
Un provinciano, así me sentí al caminar aquel otoño por las calles de Madrid. Venía de una ciudad que conocía, donde era alguien con nombre propio, formaba parte de los que pasarían a la universidad. ¡Era de los elegidos! ¡Pobre iluso!
En la ciudad provinciana de la que venía, los alumnos de otros cursos nos pedían los gruesos libros de matemáticas o física para aparentar el nivel superior que aquellos mamotretos conferían y concitar las miradas de las chicas.
Mi primer año lo pasé en el cuarto oscuro y angosto de una familia que alquilaba habitaciones a estudiantes. Éramos tres, ocupábamos las habitaciones situadas junto a la puerta de entrada, las más oscuras. Todas, daban a un exiguo patio interior donde también tenía su ventana el dormitorio del matrimonio. Las bochornosas noches del verano se llenaban de discusiones familiares y jadeos.
El calor y la necesidad me tiraban desnudo y excitado sobre el colchón mientras esperaba que en la terraza de enfrente apareciera una asistenta de ojos saltones y pecho prominente para masturbarme con violencia antes de que terminara de tender la ropa de la colada. La experiencia finalizaba con un sentimiento de frustración y la promesa de acabar con aquella práctica exhibicionista y estúpida.
En segundo curso me trasladé a una residencia universitaria para hijos de maestros que tenía a la entrada el yugo y las flechas de la Falange. Sin embargo, se respiraba cierto aire de libertad. Hombres en la segunda planta y mujeres en la tercera. La única regla inflexible era no pisar la planta destinada al sexo opuesto. Demasiado para un necesitado de sexo y comprensión. Allí me enamoré perdidamente de una mujer maravillosa, la que concitaba todas las miradas. La mujer perfecta. Unos la mirábamos con disimulo otros con descaro. Y ella, cuando su novio se fue por una temporada me eligió a mí como su perrito faldero. No comía, no dormía, no estudiaba. Si me hubiera dicho que me tirara por la ventana lo habría hecho sin dudarlo. Solo aprobé una asignatura y me expulsaron de la residencia. ¡Había finalizado mi etapa de aprendizaje!
Al acabar segundo me fui a vivir con mi compañero de habitación al apartamento que habían alquilado dos amigas de la residencia, la idea era pasar el verano juntos y si funcionaba, que no funcionó, continuar el curso siguiente. Fue el verano del atentado en la calle del Correo de Madrid que dejó un reguero de muertos. Reconozco que aquello lo vivimos como algo terrible y lejano, porque la convivencia no era tan gratificante como habíamos planificado y solo deseábamos acabar aquella experiencia desastrosa.
La policía, luego lo supimos, nos investigó a fondo porque en el edificio también vivían dos antifranquistas destacados, la escritora Eva Forest, y Alfonso Sastre, dramaturgo con claras influencias de Sartre y Bertolt Brecht, y nosotros éramos unos siniestros sin relación con los vecinos. Las pesquisas policiales llegaron hasta la residencia donde habíamos vivido el año anterior. Eso lo supe cuando fui declarado persōna nōn grāta. La información me la regalaron con la despedida
En tercero solicité y obtuve plaza en el Colegio Mayor San Juan Evangelista, El Johnny, que tenía fama de ser el más progresista de la universidad.
Hacía poco había conocido un grupo de gente que tenía en común haber estudiado bachillerato en una Universidad Laboral, todos, magníficos estudiantes, de ideas liberales e intelectuales preparados.
Caren formaba parte de aquel grupo de amigos, era una mujer que me deslumbró con su personalidad y hermosura. Poco a poco, la amistad dio paso a una relación íntima que marcó mi vida varios años. Más tarde, Caren conoció, como tantos otros, las celdas de la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol, mientras, los demás, continuábamos reclamando sin éxito la libertad por las calles de Madrid.
Llegué al Johnny sin saber lo que buscaba y salí sin saber lo que había encontrado, porque aquel espacio era una isla de libertad donde se jugaba a la democracia y el derecho a opinar sin censura cubría a los colegiales como una segunda piel.
Aquellos años tal vez fueron el periodo de mi vida en el que maduré intelectual y políticamente. Eso lo pienso ahora, con la perspectiva que la edad imprime a los recuerdos y las imágenes difuminándose en la memoria. Era el tiempo de la dialéctica hegeliana, del razonamiento exhaustivo para defender una brizna de libertad.
Era la época de las novatadas. Aquellos que se declaraban demócratas y progresistas humillaban a los que llegábamos como novatos para satisfacer su sádico desequilibrio emocional. El colegio era tal vez, un espejo de lo que quería aniquilar: un reflejo diminuto y distorsionado de la sociedad.
Golpearon la puerta con puños y patadas. Estábamos desnudos y seguimos con las caricias y los besos. Por un instante pensé que la puerta se vendría abajo, luego desmontaron el cristal de la parte superior y los más exaltados metieron la cabeza para vociferar que abriera o echarían la puerta abajo. “Ahora salgo”, Dije para que Caren pudiera vestirse, luego los acompañé con el resto de alumnos de primer año. Nos tuvieron dos horas dando vueltas por los colegios de las chicas intentando humillarnos con su humor grosero y casposo. El alcohol les ayudaba a suplir su falta de inteligencia. Al final, cansados y aburridos nos dejaron marchar. Durante los dos años que permanecí en el colegio al cruzarme con los cabecillas de las novatadas los miraba fijamente, con asco y desprecio, ni una sola vez nos dirigimos la palabra.
Aprendí que los derechos se conquistan, que el jazz te mece como un sueño o te excita como como la boca de una mujer. Era el tiempo en que los teóricos todo lo explicaban bajo el prisma del materialismo dialectico, y yo, no sé por qué, no acababa de creerlo. Tal vez valoraba en exceso la libertad individual.
Había dos grupos por encima de otras estructuras que funcionaban con la rigidez de un cuartel. Ambos me aburrían. No hablo de los responsables de planta, ni del Comité de Dirección, me refiero a aquellos colegiales que se preparaban para la vida pública, que ensayaban sus discursos en las asambleas universitarias y en las reuniones colegiales. Aquellos que militaban en el partido comunista o en el socialista. Éstos últimos, pobrecitos, nos parecían pequeños burgueses contrarrevolucionarios. Luego había grupúsculos casi innumerables; algunos reivindicábamos nuestro derecho a la pereza de la mano de Paul Lafargue, y el valor del individuo frente a la masa y las minorías dirigentes
La contradicción, como arma de progreso y revolución, también nos alcanzó a los que nos creíamos únicos. Para el resto, unos días éramos utópicos, otros, la enfermedad infantil del comunismo.
Mayakovski fue durante un tiempo nuestro poeta de cabecera. Y Lezama Lima con Paradiso, el texto iniciático de asombro y deslumbramiento en nuestro despertar intelectual.
El tiempo nos colocó a cada uno en nuestro sitio. Nosotros nos quedamos con nuestra utopía y ellos, algunos, con los puestos que la democracia les ofreció: direcciones generales, rectorados, alcaldías. Todo esto sucedió después, cuando la dictadura comenzó a resquebrajarse como una farsa trágica.
Tampoco aquí acabé de integrarme con mis compañeros. Tenía amigos magníficos, era respetado y al parecer mis opiniones se consideraban pero, siempre tenía un poso de desafección hacia la filosofía de vida que se desarrollaba en aquel idealizado reducto de libertad. Había reglas no escritas aceptadas por todos que no terminaban de convencerme.
Cada vez que se rumoreaba un asalto al colegio por la policía, los cuartos de baño colectivos se llenaban de panfletos abandonados con la misma rapidez con que se recogían cuando finalizaba la alarma.
Los más radicales abrazaron el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) que los obligaba a una violencia que me sobrecogía por la bisoñez de sus militantes. Más adelante, uno de ellos me pidió ayuda para ocultarlo durante una noche que la policía le seguía los pasos. Lo esperé aterrado, una cerveza tras otra, agarrado a la flipper que rebotaba en mi cerebro con sus bolas de acero. Tenía un refugio seguro en la portería donde trabajaba aquel verano. Al final no se presentó a la hora prevista. Esperé media hora, los minutos se enredaban en las agujas del reloj, el camarero se empeñaba en darme palique y yo miraba la esfera y pensaba que el tiempo no transcurría. Fueron los treinta minutos más largos de mi vida, me alejé despacio, encendí un cigarrillo que me sirvió para observar la noche vacía. Recordé sus palabras: “si no llego, me han sacado de Madrid o me han cogido”.
La televisión era contrarrevolucionaria. Dos veces, los más exaltados arrojaron el aparato sin estrenar a un patio interior. Se decidió ahorrar el importe de la tercera.
La permisividad de los que allí vivíamos provocaba situaciones esperpénticas.
Un compañero vivió con su novia durante años en una habitación individual de apenas ocho metros cuadrados, en una cama de ochenta centímetros, una mesa y un lavabo. Ambos comían de la misma bandeja. Estaba permitido repetir cuantas veces se deseara el primer plato. Escuché algún comentario desaprobatorio, a sus vecinos de habitación les resultaban incómodos los sonoros orgasmos de la pareja durante las siestas. ¡Otra singularidad de aquel lugar!
A veces, las chicas que visitaban el colegio, si vivían en pisos de alquiler, se llevaban los rollos de papel higiénico de los aseos. En los conciertos de Jazz, y en los de algunos cantautores, cubierto el aforo, los que no habían podido acceder golpeaban las puertas del auditorio, y vociferaban durante todo el recital para poder entrar.
“¡Quintín Cabrera, aún queda gente fuera!”.
Todo estaba permitido, salvo coartar la libertad.
Un amigo de fina sensibilidad definía los colores de la música: el jazz es rojo, decía, el rock es negro. Me sentía negro y me gustaba el jazz. Otra vez, la imposibilidad de elegir mi lugar.
Conocí una pareja, chico y chica, sin notoriedad, de trato educado, hablar culto y teóricos apasionados de una extraña y novedosa realidad. Estudiaban biología y las pocas veces que charlamos me hablaron de ecología ¡No entendía nada! Manejaban una jerga extraña y catastrofista. Se agotaban los recursos por el despilfarro de la sociedad. La acumulación de residuos envenenaba el subsuelo. Los ecosistemas, el consumo responsable, los combustibles fósiles, las especies que desaparecen, el cambio climático… Me parecieron tan locos como los aprendices de políticos. Eran los únicos con un discurso personal, ajeno, irrenunciable.
Fue la época del Proceso 1001. Se hacían huelgas de hambre para apoyar a los sindicalistas y a los presos de ETA. Nos significábamos cada día más. Al final, sucedió lo que algunos presagiaban. La policía cercó el colegio por las “provocaciones” continuas de los que allí vivíamos. Durante horas grabaron a los colegiales que gritaban asomados a las ventanas. Con altavoces nos conminaban a deponer nuestra actitud que solo pedía que se fueran.
El desencadenante fue una bolsa de agua sobre la uralita del chamizo donde estaban los depósitos de fuel para la calefacción del colegio. Una unidad de “grises” inició el desalojo. Rompió a patadas las puertas de los tres primeros pisos y obligó a los que estaban en el colegio a pasar por las Horcas Caudinas de las escaleras. La peor parte se la llevó “El Camborio”, un compañero espigado de melena hasta la cintura y amante del cante jondo. Lo esposaron y lo arrojaron sobre un banco de la entrada, allí recibió una agresión que le dejó la espalda tumefacta por los golpes. Las señales le duraron varios meses. Denunciar aquel atropello sí que era una utopía.
Cuando murió Franco se brindó para celebrar la muerte del dictador. Mientras nosotros cantábamos, otra vez utópicos, el fin de la dictadura, miles de madrileños hacían cola para rendir un último homenaje al hombre que firmaba sentencias de muerte sin pestañear.
Se abrió una pequeña puerta a la esperanza y todos pensamos que habíamos puesto nuestro pequeño grano de arena para que no se volviera a cerrar. Fue entonces cuando abandoné el colegio que estrangulaba mi vida como un corsé de obligada libertad y me fui a un piso compartido con otros compañeros. Sin yo saberlo, acababa de empezar el final de mi vida de estudiante.
Ahora puedo decir que viví una experiencia irrepetible, más vívida que la de los cientos de colegiales que cada año veía asomados a las angostas ventanas que vibraban por el viento de la ciudad universitaria.
Si nadie reparó en mi presencia fue porque los ojos juveniles son ciegos a los sueños ajenos, solo ven lo que quieren admitir. Lo que gravita en torno a otras voluntades se difumina y solo queda al alcance de algunos privilegiados dispuestos a compartir sus quimeras. Con perseverancia se puede lograr cualquier objetivo por ambicioso que sea: estar; vivir; ser; todo al alcance de la mano, todo en un fluir veraz y demostrable, como el viento.
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Galería de imágenes
I
El Colegio Mayor
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II
Carteles de Jazz [Selección] – Club de Música y Jazz C. M. San Juan Evangelista
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III
Imágenes fotográficas de actuaciones de Jazz [Selección] – Club de Música y Jazz C. M. San Juan Evangelista
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IV
Carteles de Flamenco [Selección] – Club de Música y Jazz C. M. San Juan Evangelista
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V
Imágenes fotográficas de actuaciones de Flamenco [Selección] – Club de Música y Jazz C. M. San Juan Evangelista
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VI
Otras imágenes [Selección] – Club de Música y Jazz C. M. San Juan Evangelista
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Todas las imágenes seleccionadas forman parte de los archivos fotográficos del C. M. San Juan Evangelista y pueden encontrarse en: http://www.sanjuanevangelista.org/imagenes/index.html.
Café Montaigne agradece a los responsables de la gestión de dichos archivos, en especial a Eduardo Santana Santana, su inestimable generosidad y espléndida favorable disposición a que las imágenes pudieran ser editadas y empleadas a modo de ilustración del texto.
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Tomás Gago Blanco

