El Barón Bermejo [Episodio LXXVI. Catarsis en Burocronia] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXVI. Catarsis en Burocronia]
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Relataremos aquí, porque le asaltaron bellos recuerdos al beber en la Fuente del príncipe Aspero, con qué gracia acudió Álex sin pensarlo dos veces al palacio presidencial donde despachaba Lady Charlota Muchahoda con sus ministras, sotoministras, secretarias y subsecretarias, comisaras, videntes y oidoras. La presidenta vestía jaqueta rojo escarlata sobre jubón escotado y basquiña cuchillada de ocho varas de seda y cuatro de ruedo con elaborado tocado zazara. Se mantenía erguida y digna sobre chapines de cinco dedos… Todos esos cálculos los anotó Álex a causa de la impresión, porque dejó sentimiento como eco en memoria, gualdrapeado como olvido involuntario bajo la hojarasca de la memoria próxima.
̶ ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Cómo puedo saber quiénes son los peores corruptos y castigarlos? ¿Cómo matar a Medusa? ¿Cómo eliminar a tantas serpientes de una vez? ¿Cómo mejorar la condición humana sin destruir su naturaleza de alimaña feroz e ingeniosa? ¿Cómo reducir, al menos, la cuquería nacional?…
̶ ¡Basta! –dijo Álex, que no veía cuándo iban a acabar las preguntas de la mandataria ni qué rumbo simbólico, antropológico, literario, poético o metafísico tomarían.
Y el caballero pensó, exclamando para sí: ¡cuán trágica es la debilidad del fuerte! A lo que Lady Charlota, que no contaba con las agudas dotes telepáticas del Ballestero, añadió:
̶ ¡El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente!
̶ Eso dijo Lord Acton hace dos mil años, pero ahora importa más la imaginación que la memoria. El poder es necesario, la autoridad imprescindible. Además, es más fácil ser bueno si se puede. Buen poder será el que dé razón de su ejercicio y honorable será la autoridad reconocida por su justicia y sabiduría… Manda bien quien ordena su conducta… Mas no quiero entrar en pedantes disputas de doctrinarios ni en especulaciones vanas. Los tiempos están malos y vuestros ovarios hinchados y vos hasta el moño de aguantar malversaciones de ciberorganismos perversos y maquinones falaces. Hagamos a drones y optimatas buenas y los tiempos serán mejores. Cortemos las malas ramas, podemos el árbol del sistema público. Dejemos sólo, si necesario fuera, el tronco y un par de ramas con savia sabia. Debemos actuar, pero para actuar bien, lo primero es conocer y reconocer. Y para reconocer es imprescindible recordar. ¡Hagamos memoria!
Se hizo entonces en el despacho presidencial un esperado silencio distensivo y provocador. Luego, un mutismo excitado. Nadie humilló la mirada. Apagaron todo recelo y ganaron capacidad para admirarse. Las pupilas se dilataban sobre lagos abismáticos de iris complejos que dejaban ver el fondo nítido de sus pensamientos. Dos miradas limpias entraron en empatía comprobándose que parpadeaban como quien esgrime razonables dudas; Álex menos, Charlota más.
Ambos se ruborizaron a la par y abatieron la mirada al suelo:
No me mires que miran que nos miramos y en el mirar entienden que nos queremos; no nos miremos que, cuando no nos miren, nos miraremos.
La arcaica cancioncilla le vino al bisbiseo de Álex con un escalofrío. Procuró pensar en otra cuasicosa. El deber, lo primero, se dijo. Y fueron al grano sin dar cuerda al atractivo conato, pero a sabiendas de que podrían descansar juntos, compartir aficiones y conversar siempre, pues la mutua atracción nada tenía que ver con el impulso reproductivo, o tal vez lo sublimaba, ¡y amor es conversación interminable!
Ambos se confabularon al acordar la organización solemne de una gran recepción de las autoridades más eminentes de la cibernación, drones y optimates principalmente, y algunos representantes de géneros subordinados, recepción seguida de lunch (tipo bufé) y bailes corteses hasta las tantas, con orquesta de cámara y banda pop-rock.
Comprendió Álex que las mercedes del Poder se reservaban en Burocronia para las amigas y sus zánganos, para las tertulianas y criados de las políticas, para las optimatas protegidas por les optimates, es decir, para criados y criadas de criades. Un escuadrón de élite conformaba una oligarquía política que lucía por virtud más significada la picaresca más refinada. El Estado se había convertido en una colmena de varios pisos. Arriba, les optimates partitocrátiques y por debajo los enjambres productores y reproductores, de cuyo trabajo aquelles vivían.
La recepción se celebró en breve. Acudieron almas solitarias, parejas, tríos y cuadrillas comuneras, acompañadas casi siempre de sus queridas mascotas. No faltaban pseudo-caniches llamando la atención con gañidos de viola y trinos de flauta travesera. Lady Charlota se mostraba imponente, ahora vestía sencilla camisa de lino de terminaciones bordadas con hilos de plata y cuello alechugado sin cristalizar en gorguera. A su lado hacía magnífica pareja Álex, cubierto de terciopelo azul, embalado en brocados y damascos y tocado con un gracioso morterete visigótico. Mirada de águila imperial.
Nuestro caballero registraba con precisión la condición de los cumplidos, la temperatura de las manos y bocas -si terciaba ósculo mundano consentido-, pero sobre todo el carácter y naturaleza de cada mirada, si los próceres eran capaces de sostenerla o bajaban la cabeza o la ladeaban. La mayoría peroraban con el ingenio que es menester para embustes y engaños, la versucia que atesoran los mañosos, doblados y cavilosos. “No mires cómo vuela el buitre, sino dónde come” –se dijo Álex.
Sería muy difícil distinguir de entre aquellos desnaturalizados sistemas bióticos a los activistas reticulares que simulaban políticas, a los caracrímenes fariseos, a las féminas consommatas, al zángano depravado, al nepote protervo, a la jueza venal, al cantamañanas libidinoso, al parásito sicalíptico, al ludópata impenitente, a la doula descuidada, la obrera holgazana, el dron chupóptero… Era evidente que los más habían acudido al Dispensario de Prótesis más de tres veces y que el afán de poder, la avidez de emociones electrógenas y la avaricia electrizante había vuelto neuróticas a casi todas aquellas criaturas encerradas como estaban, aún sin reconocerlo, en el laberinto público de Burocronia.
Tras el baile se impuso una atmósfera de penumbra y de misterio. Por sus laderas corrían murmuraciones y calumnias como bolas de nieve que según ruedan engrosan y se enlodan. Pocos se medían con su regla. Todas las unidades y sustancias activas pasaron sin que lo supiesen ni notasen por un túnel de control electrónico que rastreaba el nivel de humanidad que quedaba en aquellos ciber-organismos y monstruos contumaces. Por debajo de un porcentaje significativo de compasión humanitaria y piedad cosmopolita serían reducidos elementalmente sin piedad cosmopolita ni compasión humanitaria.
Del túnel construido por Álex sólo salieron vivas cinco unidades íntegras o mónadas compatibles. Entre ellas un bípedo homínido que había servido de mascota y una optimata con pliegues epicánticos y cutis ebúrneo. Todos los demás bichos perecieron: carne, hueso y chatarra vaporizada. Todos sucumbieron reciclados en carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, elementos imprescindibles para la vida, que sólo es vida si participa del espíritu.
Cuando la purga catártica concluyó, Lady Charlota miró a Álex, entre sorprendida y complacida. No había razón para el telesentimentalismo ni audiencias a las que halagar. Por todo comentario Lady Charlota le dijo que Asuco -que así se llamaba la doncella morena de ojos achinados- le había enseñado a jugar al Go, venerable, arcaico y complicado juego terrícola. Le aliviaba saber que quedaba en Asuco un resto significativo de humanidad.
El palacio presidencial había sido coronado por una mansarda, una torre y un campanario. No sabemos con qué intención estética o religiosa, porque en Burocronia hacía más de medio milenio que los iconos de santas y beatas habían sido sustituidos por logotipos comerciales.
Tras la catarsis o remoción de indeseables, Charlota se aplicó a la reorganización del Estado, empezando por la reducción de su cotarro a dos administraciones.
Antes de su marcha, a la torre del palacio presidencial subieron Álex y Asuco en amable conversación. Allí hacían sus nidos las palomas. Recordó el doncel que “limpiar nidos” era expresión que le había oído muchas veces a Sor Mavila, su mentora. Y eso había hecho nuestro caballero en la nación de Burocrania: ¡limpiar la nación de nidos de alimáquinas!
Miraron por el ventanal de aquella torre el bullicio de la Ciudad de Abajo y, más allá, la culebra plateada de un gran río entre setos frondosos, verdiobscuros, casi negros. Al fondo, varias cortinas inversas de montañas azules coronadas de nieve, tocadas con las gasas rojas y amarillas del crepúsculo, ofrecían un diorama con celajes de ocaso, como una plegaria perenne inscrita con logogrifos en el párpado del horizonte.
La muerte sólo es hermosa cuando sirve de pregón a nuevas vidas y heraldo de mutantes formas fugaces.
Continuará….
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José Biedma López

