El Barón Bermejo [Episodio LXXVII. Apocalipsis o Metamorfosis] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXVII. Apocalipsis o Metamorfosis]
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Puesto que temía el sefardita Radón que con el agua de la fuente de Aspero le asaltaran recuerdos indeseables de vergüenzas olvidadas, aguantó la sed como quien guarda en su puño un alacrán. Pero entonces el Señor Miedo, que no siempre paraliza, aunque invariablemente traiciona, abrió los ventanales a aquellos prados de reminiscencias vitandas y funestas. De poco serviría que se acreditaran aquellas vivencias remotas en Pradera de Verdad. El augur sefardita consultó el rostro de su escudera. La seguridad que mostraba su semblante le animó a beber, así que se despachó a gusto refrescando el gaznate en la fuente del Ludus scacchorum. Lo peor de aquella experiencia de miserables olvidos resucitados fue el repaso de oportunidades perdidas y la remembranza de amores malogrados: la piel intocable de Elia purísima como nieve sin hollar y leche cruda, en contraste con su cabello negrísimo de indígena americana; el gatillazo con Araceli que, más que oportunidad perdida fue lance fracasado y humillación traumática. De nada servía recordar a la par el comportamiento perdulario de la activista optimata y el maltrato verbal de la golfa de moral distraída, ni el ambiguo desdén de Anankelia cuando desnudos tomaron aquel baño nocturno en el cálido mar de Vandalia… ¡Un caballero debía aguantar esas situaciones tranquilamente y responder al menor requerimiento con el vigor esperado de su esforzado género, juvenil vigor y caro adiestramiento!… Aquellos recuerdos volvían descarnados, desguarnecidos, sin vestir ni maquillar por Doña Imaginación, ofensivos y privados del condimento inmunológico de Creatividad (Mater musarum), ¡demasiado reales como para no pinchar, ferir y doler! ¡Cuánto se parece la verdad a la falta de imaginación!
Bebió también Ausonia solidaria y fue asaltada por evocaciones de vejaciones y de abyecciones sufridas por el libertinaje mundano, que extraordinaria congoja le hubiesen causado aquellos ecos de no haber mediado un poderoso conjuro contra su justificadísimo rencor misantrópico, al adosarle al resentimiento la especulación lucidísima de Nicéforo Argiroteo, al que hoy tenemos por el mejor ontólogo de la constelación de la Hidra, aunque sólo muy tardíamente recibió el Globo gaseoso del planeta Catalineta, a título póstumo y por su meritoria y original hermenéutica prospectiva.
Ausonia había tenido la oportunidad de conocer directamente sus textos durante la turbulenta estancia en el Santuario de Lohizo, así su Theofaria o Teoría general de las deidades aposteriorísticas. En la biblioteca conventual se guardaban a buen recaudo las obras principales de Nicéforo, aunque no habían despertado la curiosidad de las hermanas principales ¡y eso que la ciencia es el misticismo de los hechos! La joven marciana aceptaba sobre todo la constatación explicada en detalle por Nicéforo del hecho incontestable de que todo en nuestra galaxia, sin ser un caos total, está sin embargo pésimamente organizado, es decir, la tesis fuerte del kosmos deficiens: Nuestro mundo no sólo es imperfecto y carente de verdad, unidad, justicia, belleza y bondad, sino que las cosas están mal ordenadas desde un punto de vista físico, metafísico y moral. Por ejemplo, antes de que se generalizase el rediseño de la región hipogástrica y la implantación de ditrisias discretas, la proximidad de la cloaca y de “la vena del gusto” –por así llamar a la bezmellerica-, e igualmente la coincidencia de la vagina y del canal del parto con la cercanía de la uretra en las hembras humanas, no sólo resultaban sanitariamente inconvenientes, sino feas ¡y hasta ridículas!… Sólo a un demiurgo inepto puede ocurrírsele situar los albañares al lado del jardín de los juegos. Damas que se atragantan con una guinda, mientras comentan el episodio de Bermejo y la portera nonagenaria, a causa del indecente diseño del tracto respiratorio; niñas que mueren de cáncer entre dolores inmerecidos y sufrimientos injustificados… ¡Y peor todavía!: malvados que se ríen de sus víctimas y quedan impunes por sus vilezas, bellaquerías sin castigo, honradeces sin recompensa, ¿no es el mundo enemigo siempre de premiar los floridos ingenios y sus loables trabajos? No nos extrañemos de que la tontería resulte siempre más fascinante que la inteligencia; esta tiene un límite; la tontería, no. ¡Cómo se equivocaba Campanella al suponer que la misma naturaleza sanciona a quienes yerran quebrantando el ritmo del universo! ¿Qué ritmo? O mejor, ¿qué melodía? –se preguntaba airado el filósofo de Hidra. Esa melodía de las esferas celestiales es una fantasía pitagórica inaceptable. Ni siquiera hay esferas, sólo esferoides. ¡Naturalis non est punitio culpae! La Naturaleza pasa del vicio como de la virtud. Los ruidos de la galaxia como los gañidos de un perro son gemidos cósmicos, un quejido general de desolación. Privaciones y desajustes de cualquier laya extienden su imperio nauseabundo por doquier haciendo imparables el atropello, la corrupción, el abuso de poder y el crimen. El progreso en comodidades y seguridades no sirve de nada ni previene la caída de un simple meteorito devastador. Las dinastías más avanzadas sucumben por casualidad, o por tedio, esterilidad, esplín, agotamiento, enviciamiento general, abulia, pasotismo, nihilismo, indiferencia… La belleza impostada rompe familias. La hipertrofia de la inteligencia arrastra soledad (el propio Nicéforo sufrió la incomprensión de sus contemporáneos por inactual). El exceso de bienes materiales conduce directamente a la locura. Ante su umbral límite, Doña Prosperidad otorga alegrías decrecientes y castiga con crecientes melancolías a criaturas mal diseñadas o cuyas disposiciones naturales únicamente sirven para la defensa y el ataque, para protegerse o expandirse, negras o blancas en un tablero selvático de “¡sálvese el que pueda!”, en lucha a muerte por conservarse para nada o para diferir la no prevista hecatombe… Al poco, las piezas mayores y los peones van al mismo cajón. En fin, que todo es nada lo de este mundo si no se endereza al segundo. La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad, aunque se diga al revés.
Y es que la Razón -de acuerdo con Nicéforo- no descansa en su codicia hasta que convierte el átomo en bomba arrasadora y la savia floral en narcóticos, analgésicos y cremas antiarrugas… La idea de inventar divinidades contra las injusticias de la Naturaleza no le parecía a Ausonia descabellada, pero mucho se temía, al interpretar con libertad algunas insinuaciones de Nicéforo, que aún el ejercicio de las mejores inteligencias desentrañando los misterios insondables y sinsentidos garrafales de la vida acabara convirtiéndola, aún más de lo que ya está, en un desierto, un lodazal o en un basurero, y a sus dioses fabricados a posteriori en monstruos tiránicos o demiurgos demoníacos. En cualquier caso, la Refutación Universal (texto maduro de Nicéforo) parecía concluir cataclísmicamente. Apocalipsis o Metamorfosis. La materia, al transformarse en sustancia nerviosa o circuito electrónico calcula bien, mucho y rapidísimo, pero piensa como una imbécil; o sea, la materia entonces sabe, pero sigue sin saber qué hacer con el saber que sabe.
¡Sorpréndete lector discreto! La anterior conclusión, aparentemente negativa, pesimista, desmoralizadora, le resultaba balsámica a Ausonia: ¡un gran consuelo! Porque si no hay nada que hacer para mejorar la cosas, cesa el ansia, la angustia, y ya no queda motivo para desesperarse. Tampoco, desde luego, deja esto espacio para la esperanza (sueño de los despiertos), a no ser que aceptemos el Gran Salto que Nicéforo Argiroteo proponía en sus últimas obras inspiradas: actuar como si Diosas buenas y justas nos esperaran al final del tiempo, como madres que esperan en el hogar la vuelta de una hija que ha sufrido un golpe y llora y corre al abrazo materno, lacrimosa, después de una pelea, o como madre que la riñe amorosa por haber insultado o descalabrado a la “mejor amiga” y le hace pedir perdón y la perdona misericordiosa.
Sin embargo, la faena de corregir el fundamental desarreglo del kosmos deficiens sobrepasa de tal manera la capacidad de cualquier cultura propiamente humana que requerirá los cálculos y proyectos de entidades muy superiores que remedien tanta chapuza, incluso puede que dicha titánica tarea se extienda hasta el infinito. Nicéforo siempre sostuvo que era preferible encender un fósforo que maldecir la obscuridad, de modo que se ilusionó al final de sus años con la posibilidad de que una civilización superior construyera por fin un Nicetrón argiroteico productor de “deidades aposteriorísticas” perfectamente justas, sabias y todopoderosas, y así lo dejó escrito en su Aristarquía o Gobierno de las cisnes, donde aseveraba que la historia de los seres orgánicos pseudo-inteligentes siempre acaba en apocalipsis o metamorfosis, produciendo maquinales transbiológicos o recreando madres biónicas por nostalgia edípica, y hasta es posible que estas verdaderas inteligencias, primero artificiales, desextincionen como por juego nuevas humanidades y faciliten el regreso de personas de carne y hueso, y quizá suceda que esta ocurrencia sea la famosa Vuelta Eterna del Don Juan de las Ideas: personas que crean Inteligencias Artificiales que recrean personas que fabrican Maquinales inteligentes…, erre que erre por toda la eternidad… No de otra forma se explica que de la explosión de una imprenta resulte El Criticón de Gracián.
Estas razones bien concertadas se le venían a la mente a Ausonia y tal contento y desahogo hallaba en ellas –maravíllese lectora- que se le fueron las aguas por las piernas sin sentirlas ni notarlas. Radón, que lo vio, sintió una piedad inconmensurable por su escudera y acudió prendado y solícito para despertar a la marciana de su ensoñación o lúcido delirio, bien dispuesto a hacerla señora de su libertad y rescatarla de los últimos retretes del secreto en los abismos del Silencio. Todavía se creía capaz de regalarle un sueño fuerte, capaz de conservarle y devolverle la dignidad de una ilusión… “Si no puedes estar con quien amas, ama a quien está contigo”, se prometió.
Continuará…
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José Biedma López

