El Barón Bermejo [Episodio LXXX. El tauteo de la zorra] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXX. El tauteo de la zorra]
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En el pecho de Tordés aún reinaba la noche con su desamparo porque no había tenido oportunidad de matar con aguardiente al gusanillo que algunas mañanas le roía las entrañas. Y el gusanillo otrosí le royó el meollo hasta que el sol calentó en el incierto horizonte y la claridad del día encegueció a los murciélagos…
Llevaba el desacompasado paso de un niño mientras su mente divagaba… En aquellos tiempos ya remotos se dieron malas cosechas por una plaga imprevista en los invernaderos a causa de insumos agrícolas defectuosos y fallos en sensores, por eso se produjeron menos drones abacios y menos machos reducidos y ciertos caballeros enteros fueron muy apreciados por escasos, como litio o diamante, ¡costaba mucho tiempo y crédito su educación y adiestramiento! No se derramaban, sino que se agrandaban corazones de caballeros y de caballerías en fuerte demanda de caballerosidades y simientes. Pujaban a prez sin grandes esfuerzos ni peligros los paladines. Se les consentían requiebros atrevidos y lisonjas picantes porque luchaban a muerte y arriesgaban vidas, cual hispano caballero por la Inmaculada Concepción, Reina Angelical y Prima Dama del Cielo (con sus planetas, estrellas y todas sus galaxias). ¡Y no había par como cada gentilhombre en valentía ni en esfuerzo ni en crédito!
Otrosí, en aquel tiempo airado no hubo miel para todas, y durante aquellos años de pandemias, ajustes, austeridades y penurias, se ajustó el número de optimates, de doulas y de obreras. Faltaban uñas y aguijones… ¡Dorados días y dulces ocasos! Porque «no hay mal que por bien no venga» o «no hay mal que cien años dure»… Avivado en sus recuerdos de recuerdos por el agua de la fuente de Aspero, todo eso y más se decía Tordés en su corazón con santa morriña… Ese era todo su cándido credo, que muchos críticos despiadados llamarían el optimismo del pánfilo. ¡Así era Tordés el Recto, macho donante y dron de primera, maguer algo entrado en carnes y prótesis! Sin embargo, el Mundo, ¡ay, el mundo, que no perdona! Es como el agua salada que mata o da más sed si se bebe; o como el relámpago que alumbra un poco y vase luego, y queda el que lo atendió en tiniebla; o como un sueño alegre que se disfruta durmiendo y cuando despiertas pierde su sabor y restas in albis.
¡Así que luego fueron otros y más duros los tiempos!, aquellos en los que Tordés fue domesticado por Lady Violante, casi a la par que su compañero Radón, en franca competencia y pugna por llegar a íntegros caballeros, enteros… Cuando doncel, Tordés se quedaba prendado de los anillos de la hermosa mano de su tutora: en el dedo corazón, una perla; un diamante, en el índice, y otra fina piedra azul en el pulgar, con talla antigua. Cuando Lady Violante le regalaba la mano, Tordés miraba sus anillos cual talismanes, como mira el hambriento su pan y el hijo miraría a su madre si la hubiese, con ternura sobreexcitada y atención preocupada; ¡así no puede mirarse una incubadora!…
Ella solía pegarle en la boca con los cinco dedos, no muy fuerte y sólo cuando él pronunciaba alguna expresión impía o incurría en terrerías. Raramente le hacía sangrar ambos labios y nunca le saltó un diente, maguer le pudiese hacer sangrar alguna encía, mas levemente. Las heridas de la boca curan pronto, no dejan cicatrices. Después de pegarle, asoras la Donna lo lamentaba y cogía un pastelito, lo partía en dos y le ofrecía la mitad. Arrojaba la otra parte a un mono castrado que le servía de lacayo y que por allí restregaba el trasero contra los cojines esparcidos por el suelo, que no solían ser más de tres. Llamaban Manolito al mono de Lady Violante. El simio listo saludaba a las damas con reverencia y estrechaba enhiesto y bípedo la mano de donceles y una vez le mordió a Tordés la pantorrilla, pero no le dejó marca… De Manolito se cuenta que llegó a escribir frases cortas en inglés y que murió por la ictericia que le causó la herida de un zarpazo de guepardo que Lady Violante mantenía de mascota.
El joven Tordés desembargaba el rencor del boquinazo con el trozo de pastelito mientras su tutora podía añadir: «Habrá que alimentaros aquí, porque sin religión no alcanzaréis la bienaventuranza, ¡para vosotros no hay en el Cielo ninguna mesa servida!». Esas palabras u otras sedosas pero graves, de contralto, no molestaban a Manolito, pero ferían el corazón de Tordés, más que la galleta entera que le había propinado en la boca minutos antes. Y más porque sus ojos de heroína tan agitadamente biselados atravesaban corazones como puñales hialinos, saliendo luego por la espalda, pero no llegaba a morir el Recto por esos ojos asesinos, pues, cuando la hermosa mano izquierda sin anillos le acariciaba la frente, el dolor dejaba paso a una dulzura vacía de ideas y desembargante de cuitas o desembragante de flatos. Entonces Tordés el Recto entonaba, mudo o en su interior, piadosos y erásmicos cantos a la Virgen Todopoderosa, patrona de todos los cuerpos celestes.
Aún hoy recordaba aquella figura de complexión colosal, rodeada de una dulzura etérea y en una tranquilidad cariñosa, semejante a la escultura de La Noche que se atribuye a la divina Micaela Angelical. «¡Ah -pensó Tordés-, con qué placer dormiría el sueño eterno sumergiendo la sien en el océano de sus pechos, en los brazos de su noche!».
Mientras ya caminaba, de esas serenas e imaginarias bienaventuranzas le sacó a él, y a sus compañeros, el tauteo de un zorro que parecía encelado. ¿O sería una zorra la que gemía ansiosa? Y si sería de hambre o estaría criando… Delante, emboscada y cerca del camino, andurreaba la raposa. Fue como señal para aguijar; caballeros con escuderos se apresuraban. Al poco y delante de ellos, en el carril angosto que recorrían aína a paso ligero, les salieron dos cabrones monteses que combatían fieramente golpeando sañudamente los cuernos de sus testuces; con tal violencia se acometían que empezaron a herirse y a sangrar en abundancia. La zorra que habían oído tautear quiso aprovechar el suceso y acudió pronta a lamerles las heridas como si de ellas extrajera un maná precioso, engolosinada en la sangre no pudo esquivar el tartaleo de los cabrones que hirieron a la gulpeja y la aplastaron sin buscarlo, ya que sólo se querían el uno al otro, y con sendos golpes la mataron. Y allí quedó reventada la raposa en la cuneta herbosa; así buscando su bien o el de los suyos, alcanzó su mal.
Y quedaron de ello los caballeros bien advertidos.
Lo que no sabían era que en ese momento las apuestas en favor y en apoyo de sus fazañas y logro (la salvación de Lynette y su liberación de las garras del bellaco Salmanto), por ser pujas escasas, disparaban hacia arriba su recompensa crediticia…
¿Te perderás la ocasión, afanoso lector?, ¿no arriesgarás algunos de tus créditos al éxito incierto del Barón Bermejo?, ¿pensarás que son malos agüeros las muertes del sátiro y de la raposa hambrienta? ¡Tal no pensemos! Prueba tu suerte. Sin riesgo no hay ganancia; sin esfuerzo, no hay salvación ¡No seas pendejo, sino muéstrate goloso! ¡Ya están los campeones bien cerca de la siniestra Torre del rufián Salmanto!
Continuará…
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José Biedma López

