El Barón Bermejo [Episodio LXXXI. Transfiguración en Imago] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXXI. Transfiguración en Imago]
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El malmirado dron Salmanto el Quejumbroso podía haber estado en la lista de parásitos de la más baja zoología como mixomiceto o moho mucilaginoso. Ni un suministro de oxitocina, ni de serotonina, ni un tratamiento con riatilín, le sacaron del lado obscuro que rentabilizaba con sus proezas maquiavélicas de “el fin justifica los medios”. Bermejo lo imaginaba parecido a un intestino voraz con tentáculos en regresión. Pero sospechaba que el dron maligno estaba dotado de un órgano dispensador de complacencias muy poderoso.
Temía que Lynette llegara a pensar que merecía el secuestro que el malsín le había impuesto o que la dama se culpara insensatamente por su situación o que se acomodara a ella, a su palma de acosada con su diadema mediática de víctima… Sabía que Salmanto no la tendría en una mazmorra bajo cuatro cipos ni en una celda a pan y agua, sino que quizá la trataría con la cortesía obligada por su condición de varón entero, tal vez la mimase como a princesa, o la tuviese feliz a base de soma.
– ¡Es capaz, amigo, de pasear a su presa por el jardín cercado de su finca, cual cortesana garrida, en dorado palanquín con lucido séquito de lacayos y pajes! -se lamentaba Bermejo.
– Como el diablo, el pérfido caballero es gran sofista: no se conformará con desear y admirar en otras personas sus personales carencias, sino que buscará apropiárselas -le contesta Radón-. Usará la empatía para calar el pie de que cojea su víctima o abrir la llaga y morder allí. Querrá hacerle suya y así, si lo consigue, perderá todo interés y sorpresa en su compañía. Y reclamará atención, aún sin poder donarle ya la suya. Tipos así no aprenden ni es posible reinsertarlos en la colmena. Ensayar curarlos de su codicia narcisista y de su afán parasitario es como querer corregir una joroba dando masajes.
– ¡Como la pérfida Aphrodisia, que puso a prueba la virtud y ánimo de Erasto!… Aquella lujuriosa madrastra quiso atraer al príncipe, nuevo Hipólito, a su mala voluntad y al cieno de su lecho con variados y apetitosos regalos y halagos -contestó Bermejo- ¡menos mal que sus faltas acusaciones fueron rechazadas con la ayuda de los Siete Sabios, y aquella pendeja acabó rasgándose las ropas y la carne, en la desesperación de no poder meterse dentro al discreto príncipe Erasto.
– ¡Contra la navaja cachicuerna del villano y malandrín sólo vale el florete letal del caballero! Contra el non serviam que escogió el Maligno para rebelarse contra la Señora del universo, contra la Reina del enjambre, el «serviré» que jura a la Colmena el caballero honrado. Acabaremos con Salmanto, ¡no lo dudes, Bermejo! ¡Le aplicaremos la eutanasia procesal! -añadió Radón con ironía y rabia.
– Tienes razón, colega, no es posible poseer a nadie y seguir deseando su contacto, su aroma, sus besos y abrazos. Tal vez puedas imitar las costumbres del otro por amable, por digno de ser emulado, pero no puedes hacerte con el alma que ostenta esas excelencias que admiras. No podrás jamás hacerla tuya.
– … Porque las mejores almas están siempre en borrador.
– Lo Otro no se deja eliminar, por mucho que confundamos identidad y realidad. Sin duda es la Piedad una excelencia progresistamente olvidada y un saber tratar con la otra -como dijo la Sabia Veleña- convivir consintiéndola, tolerándola, sufriéndola, cuidándola, queriéndola en fin, precisamente, porque persevera en ser relativamente independiente de suyo, extraña de ti, es decir, amándola por ser otra persona… Nunca estará tu amor contigo, nunca mi amor conmigo, sino a distancia, fuera de ti, fuera de mí, lejos… -por un momento se le nublaron a Bermejo los ojos y miró a lo lejos, donde el camino se perdía, con la dificultad de no distinguir su fondo.
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A todo esto, Lynette se contemplaba invertida en un gran espejo, sola y desamparada en mitad de una sala del Torreón de la Horca, ni siquiera una ventana por la que pudiese extender la mirada hacia la Floresta Yerma. Recordaba las palabras de su amiga Misolinda ahora ausente: “No hay Yo sin espejo”. Y a tenor de eso meditaba: “Soy la reflexión de una madeja de impresiones. Pero este reflejo está todavía muerto, es la atención de los demás lo que me devolverá la impresión viva de mí misma, el cuidado de los demás lo que me otorgará auténtica existencia estética”.
¡Ay! Misolinda había abandonado a su amiga, aburrida, en plena metamorfosis. Nada puede comunicarse a una pupa aunque esté viva, porque está radicalmente ensimismada en la reorganización dinámica de todas sus energías. Como una princesa abeja o como una matrona avispa, muy aturdida, recién emergida del sueño transformador, Lynette se acercó ahora al espejo antiguo y su reflejo parecía parpadear inestable en el fondo del cristal. Sólo las joyas negrísimas de sus ojos compuestos parecían estables brillando con una mezcla de curiosidad y melancolía. Hubiera querido preguntar a la luna de cristal como la madrastra de Blancanieves qué veía en ella. Tal vez el genio del azogue respondiera: “Veo alas doradas que surcarán cielos, ojos que conocerán la dulzura de los prados en primavera, sentidos que saborearán y olerán aromas enigmáticos. Veo la fuerza de una reina en la fragilidad de una doncella”… Lynette se sonrió, agradecida. Su singularidad, ¡su mayor tesoro! Esa otredad nueva y recién conquistada en el doloroso proceso metamórfico. ¿Había nacido del ansia de una existencia más elevada, del deseo de doblarse en un yo más espiritual, o de la pasión por ser joven para siempre? ¿Fue su crisálida como la llama en que se regenera el Ave Fénix?
En cualquier caso, Lynette sabía que cuanto más aceptara y mejor amara su nuevo look más valor tendría también el cuidado que otros le prestasen. Pronto estuvo suficientemente lúcida para echar mano de la cosmética proporcionada por el sibilino Salmanto:
Allí estaba el espejo caído, vuelto hacia la diversidad de la vida de Lynette y la novedad de su magnífica imago, expandidas sus carnes renovadas en esplendor de aire y hemolinfa. Ella misma, espejo de otros posibles espejos, paso a paso, se escrutaba. Ya no ninfa; ¡adulta! Transmutada. ¿Feliz o desgraciada?…
«¿De qué especie de gente seré ahora para quienes me miren desde fuera? ¿Cómo será mi voz? ¿Qué tipo de figura dejaré escrita en la memoria involuntaria ajena? ¿Cómo interpretarán mis gestos? -se preguntaba Lynette inquieta-. No he conseguido nunca verme desde fuera. No hay espejo que nos dé y muestre a nosotras mismas como «fueras», porque no hay espejo que nos saque de nosotras mismas. Será precisa otra alma, otra colocación de la mirada y otra situación del pensamiento. Perspectiva extraña o, al menos, extrañada. Otros espejos vivos y no este, muerto, que sólo representa y no recrea, monitores móviles para intuir lo que representamos y registrarlo y enredarlo en iluminados tejidos cósmicos.
Yo -se decía Lynette-, al contrario que mis apoideas parientas, no puedo vivir ajena a mí misma ni indiferente a la imagen que provoco en las demás, ni vivir indolente al Yo como las hormigas que forman sociedades más estables y mejor organizadas que cualquier nación, comunicadas entre sí por un habla de acodadas antenas mínimas, con un lenguaje que supera en resultados nuestra compleja imposibilidad de entendernos. Me consta que el malentendido es una anomalía rarísima entre hormigas y abejas y una constante en el tráfico parahumano. Tal vez Misolinda no consiguió comprenderme, quizá por eso me abandona en este retiro desolado y frío… ¡Ay, Miso, añoro el aroma de tus tres pechos!…».
Tras estas y otras divagaciones similares, casi todas lastimosas, empero dos serenas y una jovial, contemplaba Lynette la renovada conformación de su rostro, pecho y abdomen… Entre ella y el espejo una coqueta atesoraba los mejores afeites, mejunjes, aderezos y potingues de siete mundos. Primero lavó sus genas y untó con crema su blanco rostro, buscando un impactante efecto lifting, antioxidante y reafirmador. La concentración de activos de aquel bálsamo produjo un efecto tensor inmediato. El aporte de vitamina C estimularía la formación de colágeno y el retinol la renovación celular. Sabía que la glicerina y el ácido hialurónico mantendrían fresca su epidermis; los exfoliantes químicos, los alfa hidroxiácidos (AHA) y la niacinamida eliminarían restos de células muertas, reliquias de la ecdisis, dejando la piel luminosa y suave como seda, ocultando la quitina subyacente que más tarde, pasado mucho tiempo, acabaría endurecida como noble coraza purpúrea, dorada, irisada cual exoesqueleto definitivo de la bella; tras la limpieza vespertina, usaría un exclusivo y carísimo sérum regalo de Misolinda, a base de ginseng, niacinamida y baba de caracol de jardín (mucina de Cornu aspersum).
¡No había miedo de que el sol entorpeciera los beneficiosos efectos de tan sofisticada cosmética! Apenas le estaba permitido disfrutar un rato de esparcimiento en el «petit horto conclusus» en que Salmanto jugaba y pugnaba por camelarla, jardín que no era más que una terraza de veinte metros cuadrados con vistas a un foso y a un camposanto sin columbario de cruces oxidadas, truncadas, desarboladas, símbolos arruinados de edades obsoletas…
Todo es complejo para quien piensa, y los espíritus superiores e independientes hallan en el aumento de tal complejidad una voluptuosidad especial, algo así como una vida teorética satisfactoria y sostenible, aunque no exenta siempre de obsesiones inútiles.
¿Pensaba Lynette si peligraría la conformidad y el interés del barón Bermejo, su sufrido campeón electo y paladín por cordiales poderes, respecto a su nuevo avatar de dama optimate madura? ¿Le gustaría su nuevo aspecto? ¿Seguiría siendo ella principal fuente de los sueños del barón? ¿Tendría el caballero que reprimir el deseo de tocarla? ¿Se atrevería a solicitarle ternuras sensibles o yogamiento bestial? Dudas así le nublaban la visión y le zumbaban en las mientes como molestísimos moscardones verdes, que apartaba sin reparos, valiente, con un rápido latigazo de sus flagelos antenales… «¡Autoestima, Lynette, autoestima! –se reclamaba-. Has sido diseñada por ingenieras competentes, no te falta detalle, no escaseó para ti la leche de hormiga, tu imago definitiva le encantará a todos y sublimará divinamente las ilusiones ardientes del caballero Bermejo, al que alentaste con aquel billete que escondiste en el libro del monje de Claraval:
¡Qué hermoso y elegante quedaba el pecíolo de su cintura, en el reflejo del gran espejo! Y de qué forma tan suave y artística se ensanchaba en amplia concha y bahía para formar el gáster, rematado en cónico abdomen, cuyo cabo inferior atesoraba aguijón invisible, envaginado, como inquietante secreto y estimulante advertencia, un puñal sagrado para el final de una traviata, un cuchillo letal en la funda lindísima de textura aterciopelada de un pseudo-ovopositor con geometría de capullo bermejo subido en rojo escarlata.
Aína recuperó Lynette el brillo estelar en los azabaches de sus ojos compuestos, al divisarse tan linda y admirable en el espejo. ¡Con qué ansiedad esperaba ya que Bermejo la liberase de aquel embrollo! De haberlo sabido, no hubiese consentido un impasse tan largo, punto muerto vano que había desembocado en el pseudo-climaterio del que ahora salía precisa y nebulosa, pero proactiva y renovada, estrella de las hazañas, virgen digna de veneración, reina de la paz, vaso de insigne devoción.
Continuará…
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José Biedma López

