El Barón Bermejo [Episodio LXXXII. Coyunda aérea] [Último episodio] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXXII. Coyunda aérea][Último episodio] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Episodio LXXXII. Coyunda aérea][Último episodio]
Querido lector, no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista ni empresa que no concluya y se desastre al cabo. “Ley de vida”. Hora de despedirse. Hasta puede que el cosmos acabe reventando en estallido ejemplar: ¡crash, crash!, porque el mundo está vivo y no es máquina inerte y todo lo que está vivo muere y nada vivo es pura bestia. De eso no cabe duda; nosotros somos la prueba. Y la marciana Ausonia de cutis azulado y el amor filial que siente por su padre putativo Radón y la lealtad afectuosa que confiesa Artemio por Tordés el Recto sirven por demostración cordial de la gravedad metafísica con que viven cuantos viven, del milagro sobrenatural de que se sepan viviendo hasta que perecen. Campos, árboles, cielo y tierra se llenan de melancolía recreados por la historia de los humanes y de los que vinieron después. Hasta rehecha a imagen de su hermosura germina Muerte en Natura. Y hasta el amor que se cocina a fuego lento arde presto.
¿Es el mal consecuencia de la evolución y de su progreso como sostienen los cultistas? ¡¿Quién lo sabe?! Sucede que la senda dificultosa que hubiesen seguido nuestros caballeros ya no se tuerce, sino que progresa (maguer, quizás el progresar no es más que un regresar a los orígenes en retorno eterno). ¡Y ya saltan por el camino que conduce al Cerro de la Horca avivados por el deseo de dar con Lynette y gozar de su presencia! Sucede en uno de esos días en que la música de la cigarras interpreta una danza psisodélica en honor del bochornoso estío. ¿Hablan de amor las áticas cigarras caniculares rascando su áspero rabel? ¡¿Quién lo sabe?!
A la torre del Salmanto de muros altos y espesos se acercan por fin los caballeros con sus pajes o escuderos como a una revelación impactante que esconde cambios repentinos. Su retorcida fábrica se eleva en la coronilla de un alcor pedregoso, rodeada de vegetación espinosa y salvaje. Su extraña cúpula turba por su forma de turbante, parecida a un cucurucho con nata, al estilo oriental…
La torre está a la vista. Pero, ¿qué miran los caballeros con la boca abierta y sus cortas lenguas asomando idiotas? ¿Qué sucede? Una parte del muro, aparentemente sólido momento antes, continuo y grueso, brilla cual espejo que refleja incendios como el iris que rodea la pupila vertical de un gigantesco sapo. Primero, apenas una elipse vertical negra, luego un ojo de buey… ¿Qué alcanzan a contemplar nuestros protagonistas? Bermejo cierra los ojos, se restriega con el puño los párpados, incrédulo…
¡Por el vano abierto en el muro occidental de la torre, vuelto cristal de maravillas, Lynette despliega sus alas membranosas y se lanza como ala delta sobre el paisaje, planeando sobre las Floresta Triste! Allá va también Salmanto el Quejumbroso buscando coyunda aérea. No lo sabe, mas pronto se dará cuenta de que Bermejo igual se yergue justiciero revolviendo gravedad con ligereza. El Barón guardó sus mejores energías para esta elevación decisiva. Triunfar o fenecer; conseguir la hegemonía o sucumbir.
El Ballestero es animal de presa, su rostro se amorata, infla los fermosos carrillos, eleva su arma apuntando al cielo sobre los álamos negros, buscando un objetivo rafez esquivo y vacilante. Pero Salmanto es astuto y no se expone. Artemio, Tordés, Radón y Ausonia contemplan emocionados la disputa, con el alma atravesada en la garganta como nuez de ballesta, porque no saben cómo ayudar a su amigo.
Aunque la muerte no muere, por el momento la competición entre ambos drones, Bermejo y el Malsino, es combate de resistencia y no pelea a matanza. No hay duda acerca de la dirección del vuelo, un extraordinario e intenso perfume obliga a los zánganos a seguir sin pausa a la virgen, trazando amplios círculos que se elevan unas veces y otras descienden peligrosamente hasta rozar las ramas de los árboles. Evitan choques brutales, pero sufren algunos arañazos dolorosos.
Ambos persiguen a la flamante doncella en vibrante situación… Insectora principal, fórmica fermosa… ¡Ya sueña Lynette con fabricar y traficar con optimates aptas para dirigir en las torres más altas los negocios más difíciles, ya especula con ordenar el diseño de drones de postín, lechivanos o zánganos! Como reina de la colmena dirigirá el Centro de Control Demográfico, la Consejería de la Felicidad, el Servicio de Femes Productivas Estériles y el Instituto de Doulas. Sus pensamientos saltan desde la ambición amarilla de las dueñas a las mentes verdes de los machos que la persiguen en comunicación instantánea y comunión específica, pues todos los miembros de la Colmena comparten pensamientos si están cargados de emociones intensísimas, entonces la luz de las ideas y recuerdos de los insectores salta de antena en antena y se desliza como el mercurio por un cristal frío.
Por eso ella siente una fraternidad profunda, conmovedora… -¡Anagnórisis, querido lector, anagnorisis!- Lynette descubre que Salmanto el Quejumbroso es su medio hermano y esa relación seminal, genética, profunda, se revela también en transparencia poética y juanrramoniana al primer dron en disputa: al Barón Bermejo, que aspira a la yogancia, a jollamar en un éxtasis que le plenifique y finalice. El descubrimiento le perturba, le sacude; duda, teme y tiembla, se angustia.
Atraídos por el aura de su persona y el aroma que desprenden sus gineconias, dos caballeros rondan a la princesa como enormes falenas atraídas por una lámpara en la noche. Cesa aquí toda ley, toda liturgia, toda intermediación. El más hábil triunfará abrazándose al cuerpo de Lynette y yogará unos instantes, jollamando en embeleso dichoso. Es el aroma delicado de la virgen vapor de embriaguez subterránea y de saliva astral, fuente de fruta y néctar, palma de dátiles selectos, delicia de petricor y humuvia…
Como dos majestuosas aves rapaces, Bermejo y el Quejumbroso se enzarzan en duelo aéreo, los últimos artejos de sus extremidades, libres de corbículas, se extienden como garras afiladas mientras giran y se enroscan en danza deletérea, sus grandes ojos les permiten contar con un amplísimo campo de visión. El viento de poniente silba alrededor y ambos contendientes zumban lo más ruidosamente que pueden compitiendo con el céfiro. Sus abdómenes rectangulares, largos y robustos, palpitan, se estremecen en la intensidad de la contienda. Lynette observa desde abajo, suspendida en el aire y a la espera, mientras el último sol calienta aún sus cuerpos poderosos, destacando cada detalle de sus alas extendidas y de sus sentidos, fijos en el objetivo, erectas las antenas. Es una lucha por la supremacía que se libra a cielo abierto.
Una corriente imprevista de aire caliente arrastra a Bermejo hacia arriba, hacia el cielo, donde se entorbellina. El Barón le pareció a Tordés hacerse más pequeño como si estuviese a una distancia mucho mayor, como si el viento se lo llevara lejos y se encogiese arriba igual que una cometa. Cuando por fin consiguió liberarse de aquella espiral ascendente, replegó las alas bermejas y se precipitó hacia Lynette como halcón peregrino. Pero ya era tarde…
Tuvo que ver y sufrir Bermejo cómo Salmanto alcanzaba a Lynette y cómo –¡ay, horror!- conseguía transferir sus semillas a la espermateca de la reina entre las dos aletas anaranjadas de su yoni. Criatura nocturna, el Querulante disponía en sus tibias anteriores de un garfio curvado y, en las otras extremidades, de fuertes espinas. Ya no caería Salmanto en las alcantarillas genéticas en las que merecía perderse, entre machos inútiles cuyos genes no han sido considerados aptos para contribuir a la supervivencia de la Gran Colmena. Pero también pudo admirar el Barón como, poco después y entre quejas, el zángano abandonaba dolido a su trofeo y su órgano genital se desprendía y caía al suelo muy cerca del lugar desde el cual Ausonia la marciana contemplaba hipnotizada el cruce reproductivo.
¡Plaf!, ¡Pluf!, sonaron los restos del andropigio vano. Y ¡plufff…!, ¡plaff!, ¡pluff!, como un cohete rastrero, el cuerpo mutilado del Querulante se perdía en la Floresta Triste; sus grandes ojos, dos piedras azabaches, iban perdiendo su brillo, dejábase el resto mustio de las alas, sucios harapos, entre ramas de árboles y arbustos obscuros.
Siguió Bermejo a Lynette desde las alturas como cernícalo divisando su botín y la Señora quedó queda debajo, y con ello facilitó el abrazo. El organismo partenogenético del Barón respondió divinamente y la reina atesoró con gusto sus aportes seminales, calígonos para sus diez mil huevos. Ya insectora independiente, emprendió un vuelo silencioso y largo con el tesoro de sus crisorquios. Bermejo pudo seguirla mientras desaparecía como broche de brillante carmesí en el tapiz del parque, más allá de un horizonte semejante al sílice opalino de las algas diatomeas.
Sintiéndose mucho más ligero, Bermejo se encomendó a la Diosa Madre. Dulce fue su cansancio, como la edad, la vida y la muerte de las estrellas. Sabía que cumplía su destino de zángano entero, precisamente por haber sido despojado dramáticamente de su entrañada diferencia. A nuevas hembras bien dispuestas irían a parar sus genes en beneficio de la Colmena. Ayllaban de dolor entendido sus amigos sabiendo que la suerte estaba echada. Ausonia parecía ausente, en la luna de Marte, es decir en el vacío, o pensando en su padre Titanio. Rodeado y arropado por sus cuatro leales, que derramaban muchas lágrimas, el Barón se entregaba sin queja, ya cumplida su misión, al sueño eterno, o tal vez a un sueño reparador en el seno confortable de la Indestructible Madre Perpetua.
Dijo la Gioconda que así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien gastada produce una dulce muerte. ¡Bien usada estuvo la vida del Barón Bermejo en proezas sin iguales! Misolinda, dueña de tres pechos, le echará de menos y sus amigos y hasta Lynette sentada en el trono del Reino le recordará con morriña durante su fértil letargo.
Suave y apacible fue el tránsito de Bermejo al Jardín de la Oca; ¡que el Gran Útero lo tenga en su gloria! Abrióle las puertas al nirvana de los héroes Dueña Perpetua, que infatigable franquea, a las almas bellas que se disipan en extenuación nostálgica, las aduanas de las sendas de la Noche y el Día, de las que Justicia, fecunda en penas, guarda dos llaves maestras.
Fue Radón quien decidió el epitafio de su colega y amigo, conocido como “Barón Bermejo”. Lo hizo grabar en piedra en un claro de la Floresta Triste: Erat Lucerna ardens et lucens. Por encima de estas palabras, el verdadero nombre del Barón permanece cifrado en archi, lengua caucásica muy difícil de aprender porque consta de veintiséis vocales y ochenta y dos consonantes. Pocos son capaces de pronunciar el verdadero nombre del Barón varón, que está prohibido divulgarlo, y nosotros no vamos a vulnerar norma tan bendita como consuetudinaria.
Mirlona de Guarrizas (trigona nigérrima), recién restaurado su rostro en los monitores (sufría inicio de blefaritis por abuso de rímel), con escote nube y falda catarata, anunció el resultado de la aventura de Bermejo y la liberación de Lynette en el canal Nuevas de Caballerosidades, así como el interés y crédito de las apuestas. Pocos lamentaron el deceso del Querulante, rumbo al eterno exilio, pero hubo quienes blanquearon su figura insinuando que Lynette no fue raptada por Salmanto, sino que se encerró voluntariamente en su torre para su última transformación metabólica.
En la actualidad se organizan excursiones a la tumba del Barón y el lugar ha adquirido un aura sagrada como destino de peregrinos. Artemio se contrató de guardés y mantiene cuadrilla de pavos reales (ave de Juno), los cuales despliegan los fantásticos abanicos y ocelos de sus colas cuando se los halaga. El bailarín se aloja en una estancia para el servicio de La Torre de Salmanto, donde lee en sus ratos libres los aforismos de su admirado Kitaro, filósofo japonés, que combina con los ensayos de Polistoro Guevarraco y con los poemas de Zumo Ariku.
La Torre donde puparon Misolinda y Lynette es hoy hotel de lujo para optimates, ¡uno de los mejores del Parque Paleártico Nono!, en el que Álex retomó su nombre de Alejandra y quedó como recepcionista quimérica y comandante del servicio de seguridad. Ausonia volvió a Marte, de donde era natural, arrastrando consigo a Radón, del que se sabe que todavía tuvo tiempo para intimar con algunas damas de postín en el planeta rojo. De Tordés, semental donante y dron de primera, sabemos que hizo dieta, que adelgazó y que mejoró su gestión de la ira. Partió en busca de Larisa (partamona melaria), de la que estuvo siempre profundamente enamorado. No sabemos si la dama le recibió como amiga o le despidió, a falta de aguijón, con desdén irónico que a veces elevaba a sarcasmo cruel.
(Al “Cerro de la Horca” se le ha asignado en la actualidad un nombre menos siniestro, sustantivo propio que yo ya no recuerdo. Se accede a él por la Puerta Invisible, una de las siete que marcan el perímetro de la Floresta Triste. Puede usted obtener los mejores precios y condiciones si programa su viaje y reserva su alojamiento fuera de temporada alta).
Del Barón Bermejo acabaremos diciendo que venció a la Victoria que de suyo es engreída y entró en ella por la puerta estrecha de la virtud y los afanes. ¡Maldito sea quien hable mal de lo bueno y bien de lo malo!
FINIS OPERAE
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José Biedma López
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