El Barón Bermejo [Jornada XLII. Mar Ilusionante] – José Biedma López
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El Barón Bermejo [Jornada XLII. Mar Ilusionante]
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Le daba vueltas Artemio a su conversación con el poeta Salmón Macrinus, como si una corriente en torbellino le arrastrase al pozo de la contradicción: “Que cantaba por vivir y por olvidar la vida que vivía”, decía el poeta. “¡Pero si cantar era precisamente la vida que vivía!, ¿cómo iba a poder olvidarla cantándola?”… Las noches en velas psicodélicas caen en círculos viciosos y resacas. Como dijo Zifar: «Quien poco seso ha, aína lo expende». Incluso quién teniendo buen vino y a este le agudiza el ingenio por un rato, a fuerza de cavilar de noche y sin descanso, pervierte su entendimiento y disparata mucho.
Habían abandonado la fogata de la playa para recogerse en la templanza del chiringuito, cuando Hernando al desaparecer la última mazodrona encendió en la barra unos antiguos candelabros con diez brazos y once candelas. Ausonia, que mejoraba a quienes daba compañía, aun protegida por una manta temblaba aterida, como quien ha pasado mala noche o demasiado buena. En torno al fuego de campamento habían circulado porros de afgano, electuarios con jarabe y miel, jingebrados alejandrinos, arvillanas de la viuda de Lope, pliris arconticón, cristal resumptivo y vino de moras. Ahora metían mano en aguamaniles con caléndula, aloe-vera, menta, manzanilla, lavanda, y una pizca de aceite de romero. Aquellas abluciones no les despejaron tanto como los torreznos y unas tortillas sacromonte que llevan sesos. Los caballeros brindaron por Eustaquio, santo que tostó su fervor dentro del toro de bronce, y por san Huberto de Lieja; lo hicieron con unos chupitos helados de Jägermeister, licor sajón de cincuenta y seis hierbas. Fulguraba la cruz entre los cuernos del ciervo que habló al general Plácidas en la etiqueta de aquel mejunje de cazadores.
̶ ¡Por Eustaquio!
̶ ¡Por Teospita, su dueña mártir!
̶ ¡Por Agapito, su hijo natural! –dijo, temerario, Tor.
De súbito, a los que no dormitaban les pareció oír fuera un grito corto sobrepuesto al sonido acompasado de las olas. ¿O era aullido? ¡Más claros retumbaron en la Cala del Caimán cuatro feroces rugidos!… Alrededor del círculo que abrían con su luz los candelabros de Hernando bullía la noche con todos sus engaños. ¡Qué extraña es la noche!
Cuando en carro de rosa vino por fin el día, los caballeros y sus compañías no habían dado más que cabezadas sobre las mesas del chiringuito. Algunos, boca con boca; otros, abrazados como cucharas.
Convenció Radón a Ausonia la marciana, resplandor grande de hermosura perecedera, para que les siguiera adoptada como paje y escudera. Artemio (antiguo Armenio) siguió a Tordés que le había prohijado. Macrinus y el juglar Macías quedaban a su sabor en el chiringuito de Hernando, a cuyo cuidado permaneció también el burro sin nombre como parte del pago. “Más vale asno que ande poco que caballo loco”, dijo Bermejo para encarecer al cuadrúpedo, que parecía cansado y mal alimentado, con las orejas gachas como caballo prestado…
El grupo de presuntos pasajeros miraba desde la playa el barco del Catarato, a tiro de ballesta. El relente de la pasada noche clavaba rejoncillos de hielo en la piel a pesar de las brasas moribundas de la fogata chisporroteante. La niebla inundó el aire. Al fondo, el Mar Ilusionante se enlutó de gris mohíno. Por un momento cada uno miraba dentro, asaz absorto en sus deseos, en callados diálogos de sus instantes con la eternidad.
Flotaba turbia y silenciosa la nave del Catarato por la ribera del mar, a cierta distancia de la arena si no encallaba. Nadie allí contestaba ni aparecía, ni fantasmas. Se acercaron a ella cuanto pudieron mientras hacían pie en el agua salada y daban grandes voces. Nadie respondió. Entonces vieron salir de la nave un tigre de bengala enorme, luego dos y luego tres felinos imponentes, ¡hasta cuatro fieras con todas sus rayas!, graves animales que espantaban. Los tigres descendieron a un batel y tomaron con los dientes la cuerda con que estaba atado a la nave y echándose al agua y nadando acercaron el batel a la playa como si quisieran que los caballeros subieran al bote. Tordés y el escudero Artemio se amilanaron y espeluznados tomaron rumbo al chiringuito a salto de baile. “¡Quien pronto se guarda, la Virgen le guarda!”, gritaba Tordés. Bermejo y Radón también temblaban de temor, pero hicieron de tripas corazón y de corazón entendederas y pensando que la actitud tranquila de las fieras no se violentaba, sino que más bien les invitaba, subieron al batel. Vieron entonces de qué modo los tigres mudaron rumbo y les arrastraron de la soga hasta la nave. Los animales dieron un gran salto para alcanzar la cubierta. Cuando los caballeros treparon con más dificultad por la escala no vieron allí a persona alguna a parte de las fieras asiáticas, que se echaron tranquilas, dos a popa y dos a proa. Guiñaron los ojos, bostezaron y los cerraron. Radón y el barón descendieron a los camarotes y las dependencias inferiores, ricas en cendales y encortinadas con paños de peso y adornadas con bonitos detalles náuticos.
En la cámara principal hallábase una doncella. Yacía dormida y desnuda, con una mano desmayada cubriendo decorosamente sus vellos pegujales y la otra mano velando uno de sus tersos pechos como manzanas de oro. Su ombligo semejaba lucero en mitad del alcor suave de su vientre. Guardaron los caballeros sus espadas en la vaina del silencio. Tan hermosa resplandecía que Bermejo se olvidó de Lynette y Radón arrinconó todas sus culpas. El barón desenlazó primero el yelmo del almófar, y besó presto la frente de la hermosa. Lo sintió la doncella encantada y encantadora, pues salió del coma y abrió sus hermosos ojos que verdearon como esmeraldas, y viendo a los caballeros cabe sí se cubrió aína con un manto y calzose unos zapatos de seda a la francesa, como los que Rampín le sacó al postrer de sus amos. Los caballeros se le humillaron, besáronle las manos, cada uno una, y se pusieron enseguida a su servicio. Bermejo echó un paso atrás y Radón se le acercó, audaz.
̶ ¡Bien creo que en el mundo no hay mujer más hermosa que vos; seré vuestro o no seré, cual vasallo de una diosa! –soltó Radón y besó también el delicado empeine de la doncella donde la seda no cubría-. Todo el gozo del mundo haría mío, señora, si vos me amaseis, pues la antorcha del amor fino ilumina el mundo entero, como dijo Marcabrú.
̶ ¡Dejados de cursiladas, caballero! ¡Y por la diosa, no añadáis a lo cursi lo pedante! También a mí me gustaría ser dueña de un esforzado caballero andante de los que en el mundo aguanten, pues los no reducidos de los que aquí o allá se allegan, al ver a los tigres carniceros, que son siberianos (no bengalíes como dice el cronista), salen pitando, quiero decir corriendo, porque les faltan compañones, eso si no dejan las playas perdidas de cagarrutas y vómitos de terror y miedo. Sepan ustedes, señores, que me llamo Gallardona, de tratamiento “alteza real”, princesa de la Ínsula Maravillosa, hija del rey Crapulón y la reina Semerina. Murió mi mamá, creemos que emponzoñada, y fui desterrada por el privado de mi papá, un zángano serenes (no gregario), el malvado y presumido Brocadán, que despeñó a mi hermano Lucindo, garzón virguero, y mandó descabezar a quienes no consentían llamarle “Alteza Realísima”. El conde Godofredo el Melifluo, a quien sus amigos llaman Fredy, mi juicioso y atinadísimo tutor, se largó del reino conmigo a tiempo. Fredy me metió en esta nave y con un sortilegio convirtió a su piloto y marineros en estos tigres metamorfos que me guardaban. El encantamiento duraría hasta que un señor honrado y audaz entrase y apiadándose de mí me prometiera darle tormento al traicionero Brocadán, el querido, mantenido y valido de mi padre, ¡su maldito mameluco privado!, ¡diablo rijosísimo a quien vendió su alma!
̶ ¿Qué pasó con Fredy, señora? ¡Godofredo es amigo nuestro!
̶ Se largó con Adonais el Melancólico, que curaba la gonorrea en el Mar Menor.
Radón prometió darle derecho a la princesa Gallardona confrontando al depravado Brocadán. Quedaron muy pagados el uno del otro, mas no corridos todavía, porque Gallardona desconfiaba después de lo que había padecido, u optimate reproductiva no tenía tiempo para los embelecos y artísticos enredos del fin’amor, o quería mover a saña a Radón por ver si erraba de palabra, obra u omisión. Lo cierto es que empañaba su nominal gallardía y singular hermosura con cierta jactancia verbal y elitista, como muralla aparente de hermosura y de maravilla. Sin embargo, no creemos que eso a Radón le importase demasiado como para mermar la mesura y firmeza de su ímpetu y ariete.
Bermejo lo atisbó en la bragueta de su amigo y salió discretamente del camarote. Echose Radón en el lecho con la princesa, hija de Crapulón y Semerina y natural de la Isla Maravillosa, y allí, tras larga conversación, el muro cedió y folgaron con tan gran placer de sí mismos, que ni se preguntaban por su hacienda, y allí estuvieron jollamando como si no hubiese mañana.
̶ ¡Estaréis ya cansado! –dijo a la hora del Ángelus en modo pausa su Alteza real Gallardona.
̶ No se cansa el varón andante cuando cabalga por voluntad propia y con gallardía gozosa a Gallardona, mi señora.
La princesa le mordió la oreja agradeciéndole el ingenioso ripio. No hizo herida aunque debía de tener hambre después de un coma y un punto y aparte.
̶ ¿Acabaréis con el pérfido Brocadán?
̶ Doyte mi palabra, a ley de caballero.
Anteriormente, cuando el barón Bermejo ascendió a cubierta, los tigres habían tomado su forma tradicional de bestias bípedas implumes: la figura de Chente Catarato, sus dos oficiales y el cocinero. Al cocinero le quedaban todavía dos poderosos colmillos que le montaban el labio, un rabo rayado y grueso que colgaba y arrastraba por el suelo, dos ojos chinescos y barba canosa. Se notó en seguida que tanto la barba como los ojos eran suyos cuando desapareció todo lo tigreño. Tal vez su alma se resistió a cambiar de cuerpo, consciente de que era más feo como animal humano que como tigre siberiano auténtico y feroz. No obstante, es sentencia divina que toda criatura torne a su natura.
̶ ¡Por fin cumples y nos abrazamos, querido Chente! –exclamó el barón.
̶ ¡¿Qué quieres, Bermejo, si nos hechizó el nigromante Melifluo?!
̶ No esperaba admirarte con semblante felino y cola rayada –dijo con sorna Bermejo, sin tener todavía en mientes la facundia farandulera del Catarato-. Ahora recuerdo que además de piloto y marinero fuiste también bête du theatre, o sea experto en disfraces y mentiras.
̶ Pues hablando de verdades aparentes, ¿sabes, Bermejo, lo que se cuenta de ti? Que eres el “Caballero Mosca”, la más vil cosa del mundo, pues en lugar de hartarte con carne fresca, buscas solazarte con la carne pasada que puedes hallar. Y así, enrollándote con Eucrocia Filojalia, la portera nonagenaria del Kepos, dejaste honra por deshonor y faltaste a la lealtad que debes a Misolinda… Sí, Bermejo, “caballero de la mosca” te llaman todos los lenguados que pesco en las redes. Já, já, ¿no es gracioso lo que digo? Y añaden que ya prometías cuando te enamoraste de tu mentora menopáusica… Siempre hay gentuza dispuesta a tirar de hemeroteca y airear los trapos sucios, tío amigo.
̶ ¿Y tú das crédito a todas esas escatimas e infamias? ¡No seas Picaza, que de todos ríe la tacha, y todos se ríen de su facha!
̶ No, amigo. Te tengo por dron entero, de buen donaire, buena palabra, buen recibir y jugador de tablas y de ajedrez, notable cazador de pájaras, honrador de dueñas, doncellas y ancianas lascivas –en esto el Catarato le guiñó un ojo al barón-. Ítem, más: Te recuerdo caballero cabal, de decir buenos retraires, partidor de tu haber y verdadero de palabra, ni temerario de tu seso, ya que antes de arriesgar sueles pedir consejo. Además, después de la edición genética, las edades no son ya lo que antaño: todos conocemos jóvenes envejecidos y viejas juveniles en hervores de jugos chuminosos. Ítem, en la utopía de Fourier cada mujer dispondrá de cuatro amantes o esposos, já, já, no sé cómo lo vamos a hacer sin adulterios, já, já. Ítem más: Te cuento lo que he oído y con ello te aconsejo con afecto de aliado seguro. Ítem, adviértote, já, já: Nadie se ponga en poder de quién desconoce, ni le acate, por palabras lindas que le diga ni favores que le prometa.
Quedaron medio bien y no platicaron más. Recogieron con el bote a Tordés y Artemio que todavía no se fiaban de encontrar tigres en el barco. Ausonia, ya en su papel de escudera, preguntó por Radón, su caballero. Álex también abrazó al Catarato, a quien conocía de lejos, virtualmente.
Chente mandó tirar de sus gruesas maromas y alzar el áncora, tendió velas, metiose y entregose con su desencantada embarcación y todo su humanal contenido a los piélagos hondos del Mar Ilusionante, que se rizaba de color blanco, verde vinoso y azur marino, incierto.
Continuará…
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José Biedma López

