El País de los Pronombres – Manuel Mistral [Primera Antología breve de cuentos y relatos breves «Jinetes en la tormenta»]

El País de los Pronombres – Manuel Mistral [Primera Antología breve de cuentos y relatos breves «Jinetes en la tormenta»]

El habitante del Otoño – Número especial

Primera Antología breve de cuentos y relatos breves «Jinetes en la tormenta»

 

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Paul Klee – Feuer am Abend – 1929 [MoMa – Mr. and Mrs. Joachim Jean Aberbach Fund – New York City]

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El País de los Pronombres

Yo no sabía lo que eran los pronombres. Pero Marcela, sí. Marcela es un ratón que vive en un repollo; ya saben, esa verdura con muchas hojas verdes superpuestas (es una col de la familia de las brasicáceas). A veces, la luz de ciertas horas del día hace que parezca una esmeralda [1]. No exactamente la piedra preciosa, sino, más bien, el mineral en bruto, el berilo, como si guardara celosamente su luz. Como iba diciendo, yo no sabía lo que eran los pronombres. Marcela solía llamarme «tonto», «tontorrón», «merluzo» y cosas así. Yo nunca me lo he tomado a mal, porque sentía que me lo decía con cariño; aunque, bueno, en alguna ocasión a lo mejor no fuera precisamente de ese modo. Por ejemplo, con el asunto de los signos de puntuación. Una tarde me dijo que éramos muy compatibles porque su ausencia de sintaxis yo la completaba con mi abundancia de signos de puntuación, pero que tuviese cuidado con los puntos finales y, sobre todo, con los suspensivos. Desde entonces ya sólo soy «coma» y «punto y seguido». Lo del punto y final era porque así, evitándolo, podríamos disfrutar de una conversación eterna. No obstante, el problema no era ése. El quid de la cuestión eran los pronombres. Una noche, paseando por el barrio de Malasaña (y conste que el nombre del barrio no tiene nada que ver con el asunto), me espetó algo airada que yo hablaba de una forma absoluta, desligada, como si no existiese nadie más en el mundo. Y me soltó también que los libros estropeaban el cerebro de algunas personas; supuse que se refería a aquellas que los leen. Me di cuenta más tarde, mirándome en el espejo, mientras que me afeitaba, que yo era un habitante de, bueno, llamémoslo «Nowhere». Cuando me aclaré la cara ya rasurada con agua fría y volví a mirar al espejo, no era «yo» quien se reflejaba, sino Marcela, que estaba tratando de pelar una fruta. Creo que era un melocotón. Y entonces dije «tú». Sentí un estremecimiento antiguo, la comezón de una vieja herida. En un lugar como «Nowhere», tan tranquilo, apenas se siente la caída de los copos de nieve en sus lánguidos inviernos. Aquello no era exactamente nuevo, pero tenía el brillo de un fuego reavivado. Muy ilusionado, rápidamente le quise dar la buena nueva. Ahora ya podría vivir con Marcela en el País de los Pronombres.

Sin embargo, aún quedaba algo por hacer. De acuerdo, me decía Marcela (en esta ocasión bajo la apariencia de un delfín, ya que Marcela tiene el extraordinario poder de metamorfosearse a discreción), ahora ya las palabras tienen un sentido, una dirección, un rostro al que llegar, pero aún no has cruzado el «puente de los sueños». Al principio me sentí algo perplejo, pero al cabo de un brevísimos segundos comprendí de qué se trataba. Esa tarde estaba realmente espléndida, la verdad. Llovía. De hecho, había estado lloviendo con fuerza durante casi todo el día. La lluvia me gusta, me serena, me hace sentir las cosas de una manera más auténtica. Como digo, Marcela irradiaba belleza, un fulgor muy íntimo, que me hizo ser consciente de que una llama se encendía. Era como si, por primera vez, sintiera que la conocía desde siempre, que siempre había estado detrás de mí, abrazándome por la espalda. Y cogí sus manos. Crucé el puente. Era de noche ya cuando nos besamos. Estaba asustado. Mi larga estancia en «Nowhere» había mermado o mitigado mi capacidad de respuesta, por decirlo en feos términos conductistas. No obstante, esa misma noche tomé la decisión de luchar contra cualquier impedimento que, por mi parte, pudiera perturbar el hipnótico estado de trance de nuestro abrazo. Sabía que no iba a ser fácil, puesto que la inercia y la costumbre adquirida tenían mucho peso aún. Ella me pedía que voláramos, como hace esa pareja en el bello cuadro de Chagall, y yo lo deseaba, pero la gravedad ejercida por dolores pasados impedía que remontara libre y totalmente el vuelo. Iba y venía. Me tropezaba. Viajaba con lentitud y a trompicones. Decidí subirme a un árbol, como hacía cuando era niño. Trepé hasta un grupo de ramas próximas a la copa. Era un plátano, o, no sé, un viejo castaño de Indias. Sentí que un ardor liberador me hacía más ligero. Desde esa altura vi como Marcela, que ahora era una mariposa de alas azuladas, libaba el néctar de una flor. Voló hacia donde yo estaba y me besó, depositando parte del néctar en mis labios. Era el jugo llamado «love-in-idleness», que hace que te enamores perdidamente. Pero los estigmas del amor ya habían herido mi cuerpo y mi alma.

Decidí regresar a «Nowhere» por última vez para recoger algunas pertenencias y despedirme para siempre. Tampoco quería acarrear muchas cosas; cuanto menos, mejor, pensaba. Una ligera brisa mecía los jaramagos al borde del camino. Atardecía. No más ausencias. No más idas y venidas. El País de los Pronombres tan sólo. El amor, el amor únicamente.

 

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Manuel Mistral

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Nota

  1. Smàragdos, o màragdos, no designaba propiamente nuestra esmeralda, sino más bien la aguamarina, que tiene un color verde más claro y transparente que aquella. No significa nada en griego, y de hecho no nació de esta lengua, sino que proviene de otra. Sobre este asunto hay dos teorías diferentes. Para unos, el origen es semita, y provendría de la raíz fenicia baraq, “brillar, iluminar” (de la que proviene el apellido de Amílcar y Aníbal Barca, conocidos como “Hijos del Trueno”, aunque más bien sería “Hijos del relámpago”). La “b” y la “m” son muy parecidas, como puede comprobar cualquiera que se apriete la nariz mientras intenta pronunciar “mamá”: ese sonido gangoso es el intermedio entre las dos consonantes, y el que permite su fácil transformación. Vean el ejemplo de plumbum, que no tardó en pronunciarse como plummum, y de ahí plomo; o también palumba > palumma > paloma. Esta hipótesis es factible, y hemos de tener en cuenta que la esmeralda proviene de la India, y que pudieron ser los mercaderes fenicios los que la introdujeran en Occidente. Y, además, la palabra hebrea para designar a la esmeralda es bareqeth, que bien pudiera haber pasado al griego como bareqethos > mareqethos > mareqtos > maregdos, maragdos. La segunda teoría busca los orígenes en el sánscrito, la lengua de los primitivos arios de, justamente, la India. Ahí nos encontramos con la palabra marakatas maraktas, que significa “esmeralda”, y la verdad es que es sumamente fácil su transformación en maragdos. ¿Pero nació esa palabra del propio sánscrito, o es a su vez un préstamo de la raíz semita que hemos visto antes? Pues la verdad es que en esa lengua existe una raíz, marak-, que significa “luz, brillo”, aunque es perfectamente posible, por su semejanza, que provenga del semita baraq.  Fuente: https://depalabra.wordpress.com/2006/10/27/esmeralda/

 

 

 

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