Estación Término – Un relato de Tomás Gago Blanco

Estación Término – Un relato de Tomás Gago Blanco

Estación Término

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Al acercarme he visto las alambradas. El sector superior traza un ángulo de cuarenta y cinco grados con tres hileras de alambre de espino que se inclinan ofreciéndome su abrazo de acero. Al fondo, he visto el tren, mi tren.

Camino el perímetro de la estación con la mochila vivida sobre los hombros, mientras busco el punto ciego que las cámaras de vigilancia siempre tienen.

“Aquí está”, digo sin preocuparme de comprobarlo y escarbo la tierra reseca con la cuchara oxidada que alimenta mis sueños ya olvidados. Cuando descanso, el óxido ha desaparecido y el hierro brilla como un cuchillo. Su luz me lleva a los primeros días y las primeras sombras que trazaron mi camino.

El trabajo de remover la tierra es lento, no importa, el tiempo ha perdido su valor para los que nada esperan, solo el tren aguarda con ligera impaciencia mi regreso. Percibo el saludo que me lanza en el reflejo fugaz de un rayo de sol que roza mi cara.

Ahora llueve, el suelo húmedo se desmorona para facilitarme el paso.

Si paro en mí tarea, el humo comienza a salir impetuoso por la chimenea de la máquina y me apremia mientras cubre con mano de seda el entrechocar de cadenas y anclajes de vagones repletos de viajeros que observan mi trabajo.

Salvo oscuras galerías y sufro en la espalda el arañazo de las púas que desean fijar mi cuerpo a los cimientos de la valla, donde se acumulan los desperdicios y los deseos abandonados. Sé que mi espalda tiene trazado el mapa  de mi vida, por eso no me importan las gotas de sangre que empapan la camisa.

Los que esperan, al verme llegar, se mueven inquietos para permitir que elija dónde sentarme.

Recorro el tren y comprendo su impaciencia. Nos entendemos como viejos conocidos. Añora, igual que yo, vastas planicies llenas de soledad, donde la vista no pone límites a los sueños, tiene en su memoria el traqueteo intenso que rebota con eco excesivo al cruzar gargantas trazadas en las rocas, sobre el agua que vibra al fondo del barranco.

Los años han pasado sobre nosotros como ahora pasan las nubes que lavan con dedos de agua su cáscara descolorida y olvidada.

Me acurruco en el sitio donde hace tiempo sentí una acaricia en mi pelo, y cierro los ojos para que el resto de pasajeros ocupen sus asientos sin temor a mi presencia.

Ignoran que veo sus rostros cuando duermo, y juego con sus hijos, y bebo su vino para dejar que empape mi barba y cubra mi pecho, y acomode su olor a mi cuerpo.

Es mi tren, pero me agrada compartirlo, sentir que sigue vivo, que transporta esperanzas y odios, y besos furtivos, y amores obscenos cuando la noche reparte los sueños.

En la hora que el silencio cubre su rodar tranquilo por caminos olvidados, cuando los raíles son dóciles a las manos de los niños que trazan con ellos curvas inverosímiles, me levanto y transito el tren para no olvidar todos los que en algún momento caminaron conmigo un trecho del camino.

El tren ha ido sumando vagones, que se han llenado con gentes conocidas y olvidadas. ¡Hay tantas caras que no recuerdo! ¡Siento tantas miradas iniciar un saludo que muere al instante después de ver mi indiferencia!

Son muchos los que esperan una palabra mía, y más, los dispuestos a regalarme con la suya, pero yo, cruzo el tren veloz, porque no quiero voces ni recuerdos que luego añore.

De nuevo en mi asiento, junto a la ventana rota por donde entra el agua y el viento, quedo solo, con la primera luz del día que juega en mi pelo sucio y mi boca torcida por las palabras no dichas y las sonrisas que desprecié.

Veo la hierba humilde inclinarse al rocío de la mañana y saludar la leve brisa que dibuja olas verdes donde hace tiempo jugaban niños impacientes y cuerpos olvidados mostraban esperanzas y temores.

Hoy no bajaré del tren, ni mañana, porque he llegado a la estación donde me espera la oruga y el mirlo que alimenta. Donde el sol y la lluvia tocan mi cuerpo desnudo, y no necesito más pasajeros para contar una derrota.

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    Tomás Gago Blanco        

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