La Quinta Ley [Capítulo XXXV – Epílogo] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulo XXXV – Epílogo] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulo XXXV – Epílogo]

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CAPÍTULO XXXV

MARCOS


Madrid, 22 de agosto de 2344, dos meses después

Como prometí a Ramón Castro hace doce años en una oscura habitación del apartamento donde escondía a un perdido y confuso Gabriel, me convertí en su topo y llevo trabajando para él desde entonces. Al poco tiempo me casé con la hija de Cifuentes lo que me permitió ir adquiriendo responsabilidades dentro de su holding y acceso a todos a sus proyectos, incluso a los más secretos.

No me arrepiento en absoluto. Por múltiples razones. La primera, por haber podido compartir mi vida con Natalia, a la que sigo totalmente enganchado. Sin remisión, lo reconozco. Es mi droga, mi narcótico, mi estimulante. Una adicción que no tengo intención de curar.

La segunda, por haber podido burlar al mago del engaño con sus mismas tretas. Dice un viejo refrán que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Quiero pensar que quien miente a un mentiroso recibe una indulgencia similar.

La tercera, por haber tenido el privilegio de haber podido formar parte de dos de los proyectos de investigación más trascendentales para el futuro de la raza humana. En primera línea, en la vanguardia, junto a los mejores.
Y por otras muchas razones más que sería tedioso enumerar.

Tres meses después de ingresar en el complejo y encantador clan de Natalia a través de una discreta boda a la que no se le dio apenas publicidad dejé mi trabajo en la universidad para dedicarme de lleno a las empresas del holding. Y poco después del evento convencí a mi suegro para que poco a poco volviera a acercarse a su antiguo amigo y colaborador, Ramón Castro.

Le vendimos el proyecto poliavatar por segunda vez y él nos lo compró. A pesar de sus reticencias iniciales por miedo a que resultase un nuevo fiasco. La opinión pública no se lo hubiera perdonado después de haber sido el causante de la ruina de unas cuantas empresas del sector que habían apostado por la misma idea y que habían fracasado. A pesar de sus dudas nos dio el visto bueno y comenzamos a trabajar junto a Natalia. Ella fue la que terminó de convencerle de que se lanzase a la piscina. Fue una época muy estimulante. Vivíamos volcados en el proyecto. Noche y día. Pero valió la pena.

No fue tarea fácil. La parte más compleja fue la estabilización de las distintas personalidades que tendrían que lidiar entre sí para coexistir en armonía y no desencadenar una fractura en la psique del sujeto. Gabriel nos ayudaba, en secreto, colaborando en la sombra. Fue un elemento clave en dicha estabilización. Sin él no hubiéramos podido llegar hasta el final.

Hace apenas un año conseguimos por fin la estabilización total. Durante un tiempo lo mantuvimos en secreto por expreso deseo de Cifuentes, no sé muy bien cuál fue la razón. Quizás temía un nuevo fracaso o quizás ni el mismo sabía el porqué. Sin embargo, hace un par de meses nos dio su visto bueno y lo hicimos público. Y gracias a ello hemos dado al mundo un regalo tan solo reservado a los dioses inmortales. Cifuentes no supo de la existencia de Gabriel durante los tres primeros años de su encubierta colaboración. En ocasiones nos intercambiábamos sin que se percatase de que no era humano. Creo que ambos disfrutábamos de nuestro perverso juego. Hasta que un día Natalia se nos enfrentó y nos presionó para que le confesásemos a su padre toda la verdad. Gabriel estuvo de acuerdo y Castro y yo accedimos a regañadientes.

Quedó tan fascinado con la existencia de un robot que hubiese sido capaz de saltarse las cuatro leyes que apenas se ofendió con nosotros por habérselo ocultado. O quizás solo interpretó el papel de padre comprensivo e indulgente y nos perdonó nuestra grave falta. En cualquier caso, quedó tan impactado con Gabriel que yo creo que fue ese mismo día y en ese mismo instante cuando empezó a trazar su plan, su proyecto estrella.
Cifuentes siempre había estado obsesionado con alcanzar la singularidad tecnológica, con que uno de sus robots cruzase la barrera prohibida, con hacer realidad el viejo cuento de los gurús pseudocientíficos de comienzos del siglo XXI. Ya había flirteado con esta idea en su primer proyecto, pero por diversas razones resultó un fracaso monumental y tuvo que abandonarla.

Gran amante de la historia antigua, estaba particularmente atraído por la filosofía griega y por el modelo político de Platón. Su propia casa estaba llena de referencias al clasicismo helénico. A menudo organizaba tertulias teatralizadas en las que jugaba el papel de un Sócrates moderno en las que exponía ante sus interlocutores su concepción del arte, de la política, de la sociedad, de la justicia, de la inmortalidad, de la virtud y, en definitiva, del bien y del mal.

Castro y yo mismo participamos en una de ellas en las que me hizo asumir el rol de Polemarco y a su viejo compañero, el de Trasímaco. Imagino que, por ser, éste último, un defensor de la vieja teoría de que el delito compensa. Una hipótesis postulada por un elevado porcentaje de nuestra sociedad a lo largo de nuestra convulsa y agitada historia.

Estaba particularmente obsesionado con la concepción platónica sobre la justicia y la verdad. Aunque no creo que fuese tan ingenuo como para pensar realmente que el hombre justo no pudiese hacer el mal o que los hombres buenos careciesen de ambición.

Justificaba su entrada en política alegando que era su deber, una especie de sacrificio en aras del bien común. Personalmente, creo que la razón era mucho más prosaica. Simplemente no soportaba ser gobernado por alguien inferior a él. Y su listón estaba demasiado alto.

A partir del contacto con Gabriel comenzó a soñar con emular su ciudad-estado ideal y crear una casta superior de guardianes, sus nuevos robots liberados. Su gobierno sería la viva encarnación de lo justo. Me consta que fantaseaba con la idea de convertirse, él mismo, en un cruce entre rey-filósofo y empresario visionario que voluntariamente había abandonado la caverna del viejo mito de Platón por el bien de la humanidad. La meta de su proyecto era construir robots dotados de autoconsciencia que llegaran a gobernar en la sombra siguiendo el modelo platónico. Copias de ciudadanos destacados de la sociedad, sus clones robóticos. Una delirante idea que sería el germen de la lista que iría confeccionando años después. El selecto elenco de sus elegidos.

Para conseguirlo abrió dos frentes simultáneamente. Por un lado, fue delegando sus funciones empresariales entre los miembros de su familia, yo incluido, y comenzó a labrarse su carrera política. Con calma, sin ostentación, rodeándose de afines a sus ideas. Obviamente no publicitó su visión platónica del mundo porque le hubieran tachado de loco. Más bien fue tejiendo una red de contactos para su futuro salto a la palestra y para poder financiar su proyecto con capital tanto nacional como internacional.

Por otro lado, y en paralelo a lo anterior, fue desarrollando los prototipos basados en modelos humanos. También en esta ocasión la ayuda de Gabriel fue inestimable, definitiva. Gracias al estudio de su cerebro alterado y a sus agudas e inteligentes aportaciones pudimos conseguirlo. Hace un par de años, cuando los prototipos comenzaron a funcionar satisfactoriamente, hizo oficial su compromiso político y abandonó nominalmente la dirección de su holding.

Pero todo se torció de la noche a la mañana cuando a Cifuentes le descubrieron una enfermedad terminal. Una variante genética de un desorden inmunológico que inexplicablemente no respondía a los tratamientos. Sin percatarse de ello, su reloj biológico había comenzado la cuenta atrás. En su interior se había desatado un proceso devastador e irreversible, un proceso que podía dar al traste con su loco sueño.

Sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida, que era cuestión de meses o incluso de semanas por lo que era prioritario acelerar la puesta en marcha de su proyecto. Como si todo ello no fuera suficiente, aparecieron ciertas fisuras en su aparato de seguridad. Fueron días de gran tensión. Natalia estaba francamente preocupada por su padre. Estaba paranoico. Temía que todo saliera a la luz antes de que su plan estuviese suficientemente maduro.

Comenzó a obsesionarse con Castro. Nunca había confiado to- talmente en él a pesar de mis esfuerzos porque limasen sus diferencias. Siempre creyó que mantenía contactos secretos con otros científicos que trabajaban en líneas de investigación análogas. Que no era totalmente sincero con él, que escondía cartas bajo la manga. Y no se equivocaba. Yo fui su topo durante años, proporcionándole la información que Cifuentes le vetaba.

Paradójicamente, gracias a nuestros actos deshonestos pudimos sacar adelante su quimérico proyecto. Gracias a la colaboración científica de algunos colegas y fundamentalmente al dinero que fluyó hacia nuestra causa a partir de una serie de empresarios poderosos que no estaban dispuestos a abandonar este mundo sin luchar por conseguir el sueño de la inmortalidad.

La primera lista se creó en nuestro país. A partir de pacientes de su clínica que habían estado al borde de la muerte y a los que Cifuentes consideraba potenciales guardianes de su idílico futuro. Pablo Salgado fue una excepción. Por alguna extraña premonición había copiado su ADN y su patrón neural tres años antes de que comenzara a diseñar su megalómano proyecto. Nunca nos dijo el porqué. Ni siquiera Natalia lo sabe.

Posteriormente, cuando el proyecto estaba ya más avanzado, se confeccionó otra lista con magnates de otros países que habían contribuido con generosas aportaciones económicas y que no iban a renunciar a participar en el nuevo orden mundial. El dinero empezó a moverse. Mis cuñados crearon un opaco entramado de empresas que gestionaron dicho capital. Pero a pesar de ser expertos ingenieros financieros sus veladas maniobras no quedaron suficiente- mente encubiertas. Así, al mismo tiempo en el que todo parecía desmoronarse empezaron los rumores de financiación ilegal, de que sus prácticas no eran todo lo transparentes y legales que deberían. Eso fue la puntilla final.

Pero como de costumbre, el gran prestidigitador nos sorprendió a todos con un plan inesperado y muy arriesgado. Primero, haría una copia de seguridad de su mente, de sus recuerdos, de sus emociones, de sus patrones neuronales, en definitiva, de toda su vida. Después, se suicidaría fingiendo su propio asesinato, eligiendo un escenario y una fecha que no pasarían desapercibidos. Su futuro despacho en el día de la celebración del quinto centenario de la fundación de la Guardia Civil. Y finalmente, la transferencia definitiva, la clonación irreversible en un robot. Y con ella la apertura de una caja de Pandora de consecuencias impredecibles.

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EPÍLOGO

PABLO


Madrid, 16 de abril de 2419, setenta y cinco años después

Sé que tienes miedo. Que dudas. Que piensas si realmente estás haciendo lo correcto. Si no sería mejor entregarte a la nada. A la oscuridad total. Al descanso eterno. Regresar al estado natural de la materia, la ausencia de consciencia.

Yo también sentí miedo como tú. Y dudé. Durante cuarenta y ocho años no dejé de dudar, ni un instante. Desde aquel lejano veintidós de junio de dos mil trescientos cuarenta y cuatro en el que tu padre me ofreció un regalo que según él no podría rechazar. Desde que me concedió la posibilidad de elegir entre la vida y la muerte.

Seguí dudando hasta el mismo día de la transferencia. Un no menos lejano tres de abril de dos mil cuatrocientos dos, hace ya veintiún años. Ese día elegí vivir, aunque el precio fuese convertirme en una máquina, en un artificio, en uno de los guardianes del utópico sueño de tu padre. Ese día murió y nació Pablo Salgado.

He pensado mucho en aquella extraña tarde hace ya setenta y cinco largos años en la que contemplé flotar ante mí la réplica perfecta de mi cuerpo. En aquella singular y sorprendente tarde en la que tu padre me pidió que me uniera a su causa, en la que casi me rogó que te protegiera por toda la eternidad. Me consta que no confiaba plenamente en tu esposo y mucho menos en Castro. Necesitaba que alguien velara por tu seguridad, por tu bienestar, por tu felicidad. Él podría haberlo hecho por ti, pero el infinito es un tiempo y un lugar demasiado lejano y tenía otros planes para sí mismo. Unos planes que no quiso desvelarme y que yo no me atreví a preguntar.

Le hice un juramento a tu padre y pienso cumplirlo. Cuidar de ti por toda la eternidad. Aunque esa palabra quizás solo sea un eufemismo, porque no hay nada eterno, quizás solo el universo. Sería más apropiado haber jurado que cuidaré de ti mientras me quede un soplo de consciencia.

Sin embargo, cuando él me lo propuso le dije que tenía que pensarlo, que era una decisión demasiado trascendental, demasiado incierta, que no podía dar una respuesta irreflexiva y alocada. Pero no era verdad, no había nada que pensar. Tu padre tenía razón, me ofrecía un caramelo que no podía rechazar. Luego vinieron las dudas que tan solo eran titubeos nacidos del miedo, de la desconfianza y de la cobardía.

Aquella lejana tarde le di el sí con una única condición. Hacer partícipe a Campos y a Alfredo de la fantástica historia. No quería guardar ese secreto solo para mí. Quería compartirlo con mis dos grandes amigos a quienes consideraba parte de mi familia. Y tu padre aceptó.

Todavía no me había explicado los detalles de su megalómano proyecto. Fue entonces cuando me lo describió en su totalidad y me habló de la lista de ciudadanos elegidos. Y me sugirió que les propusiese unirse a nosotros. Alfredo también aceptó, pero Campos prefirió seguir siendo humano
—El concepto de eternidad es una falacia, un producto muy demandado y que se ha vendido muy bien por parte de la mayoría de las religiones de este planeta. Aunque si lo piensas bien todos somos eternos en cierto sentido —me dijo con una sonrisa irónica—. Antes y después no hay nada por lo que existimos en el marco de nuestra propia eternidad. Y Cifuentes no cambiará ese hecho, aunque meta tu cerebro en una máquina. Solo retrasará lo inevitable. La muerte y el olvido.

Alfredo y yo hemos intentado hacerle cambiar de opinión durante todos estos años sin mucho éxito. Ni siquiera cuando Alfredo le narró en primera persona su extraordinaria experiencia en el tránsito de la muerte a su nueva vida. Fue hace veintisiete años, tras sufrir un desafortunado accidente que le dejó en coma irreversible. Su cuerpo y su mente ya estaban clonadas desde hacía mucho tiempo, desde que dio su conformidad al proyecto. Solo hubo que añadir sus últimos recuerdos grabados en su chip neural. Ahora ya no es posible. Campos nos abandonó definitivamente hace quince años a una edad bastante avanzada. Otro fatal accidente inesperado. Pero a pesar de rechazar la falsa eternidad como él la llamaba, ha sido uno de los grandes artífices de nuestro gran legado, la quinta ley.

Durante años, Alfredo y yo seguimos formando equipo en la Guardia Civil, en el departamento de delitos robóticos junto a Antonia, Ángela, Juan y Ramiro. Nunca llegaron a descubrir que colaborábamos en secreto con vosotros. Y mucho menos que nos hayamos con- vertidos en clones robot.
Durante todo este tiempo poco hemos podido aportar al proyecto en el plano técnico, pero poco importaba porque para eso ya estaban Gabriel, Marcos, Castro y el resto de científicos.

Nuestra misión era de otra naturaleza.

Gracias al desbordante éxito a nivel planetario del modelo poliavatar las acciones de las empresas de los herederos de Cifuentes subieron como la espuma. Fue una auténtica revolución mundial. Un nuevo paradigma. Las expectativas más optimistas se quedaron francamente cortas. Con el monopolio del producto las ganancias fueron millonarias. Y gran parte de ese capital se desvió al proyecto secreto de los clones robóticos y para la construcción de un nuevo hospital psiquiátrico que solo era una tapadera para ocultar su verdadera función que no era otra que realizar las transferencias de los nuevos guardianes.

Alfredo y yo os ayudamos a seguir elaborando nuevas listas siempre bajo la supervisión de tu padre y con tu incansable colaboración. A preparar psicológicamente a los nuevos adeptos y a servir de apoyo en las transiciones. Pero nuestra labor fundamental fue la de ayudar a redactar nuestra nueva constitución, nuestro código de honor, la quinta ley. Una ley que controlase a los guardianes. Un principio, básico, fundamental, esencial para salvaguardar los derechos de la humanidad.

En ausencia de las cuatro leyes de la robótica necesitábamos un marco legal, un código de honor e integridad que protegiese al mundo de la temida singularidad tecnológica, que velara el sueño de la humanidad sin riesgos.

Un conjunto de normas implementadas en nuestro software que custodiaran los derechos de aquellos a quienes pretendíamos proteger.

Sé que fue idea tuya, que no confiabas plenamente en el proyecto de tu padre, que te preocupabas por la estabilidad de los clones robots, que temías que el plan fuese un rotundo fracaso al igual que lo fue el primer intento de fusionar metal con sangre. Y también me consta que fue la condición que le pusiste para seguir a su lado. Para formar parte de su fantasía.

Templanza, valor, prudencia, justicia y sabiduría eran las virtudes que debían tener los guardianes del Estado ideal según el viejo Sócrates. Las que conducirían con su práctica al estado perfecto. Sobre ellas quiso tu padre que fundamentáramos nuestro nuevo código moral. Y así lo hicimos. O al menos, así lo intentamos.

Durante todos estos años hemos trabajado duro para conseguirlo. Y finalmente, lo hemos conseguido. Pero no podemos bajar la guardia. Es demasiado lo que nos jugamos. Campos trabajó codo con codo con nosotros, pero siempre tuvo sus dudas de que a la larga pudiéramos conducir a la humanidad a buen puerto. Quizás por eso no se decidió a convertirse en uno de nosotros. Quizás no quería tener que contemplar nuestro fracaso con sus propios ojos. Quizás no creía que nuestro viejo lema, «El honor es mi divisa», se pudiera programar. Dentro de unas pocas horas no solo formarás parte de su utopía, sino que te convertirás en un miembro más de su selecto grupo de elegidos. Nada debes temer.

Yo ya lo he vivido. Incertidumbre, impaciencia, miedo, duda, curiosidad. Un cóctel de emociones que apenas duran unos tensos minutos. Luego la oscuridad más absoluta. Sin recuerdos, como en un profundo sueño. Es el periodo en el que estás clínicamente muerto. Tan solo siete minutos.
Y de repente un intenso fogonazo. Dicen que es el momento exacto de la transferencia. A partir de ese instante y gracias a mi dualidad robótica puedo rememorarlo todo con una nitidez absoluta. Eso es lo que más te llamará la atención de tu nuevo estado. La nitidez con la que puedes revivir todos tus recuerdos. Como si los hubieran limpiado de las huellas que dejan el paso del tiempo, como si los hubieran pulido, como si pudieras volver a experimentar cada detalle de tu vida. Una y otra vez. Con solo desearlo.

No siempre serán recuerdos agradables y probablemente optarás por establecer por defecto una configuración menos agresiva, más edulcorada. Tú y solo tú podrás elegir como rememorar tu pasado.

Al cabo de un par de horas la transferencia estará completa y podrás acceder a todas las funciones implementadas en tu nuevo cerebro. Sin prisa, con calma. Probando, ensayando, aprendiendo. Conoces a la perfección cada línea de código de los algoritmos. No tienes nada que temer. Recuerda que como tú misma me dijiste aquella extraña tarde, tenemos todo el tiempo del mundo.

Cuando tu proceso se haya completado ya seremos ciento ochenta y siete los clones perfectamente operativos. Tú serás la última activación de nuestro pequeño círculo, de nuestra singular familia formada por tu padre, Gabriel, Marcos, Castro, Alfredo y yo. Nada tienes que temer.

Treinta y cinco clones ya forman parte de puestos de responsabilidad en empresas. Veinte ocupan cargos políticos y religiosos importantes y el resto ejercen de abogados, jueces, científicos, militares, historiadores, literatos, músicos, deportistas y artistas en general. Una microsociedad que va gestándose, perfilándose, poco a poco, con la creación de nuevos clones. Algunos se mueven bajo nuevas identidades, otros manteniendo las suyas. Muchos en la sombra, unos pocos en primera línea. Tejiendo entre todos una nueva sociedad, un nuevo modelo de civilización. El viejo ideal utópico de Platón convertido en realidad por Alberto Cifuentes, el gran mago de lo imposible, del engaño y de la fábula.

A pesar de nuestras dudas, a pesar de nuestra inicial desconfianza, hemos creído en él y por ello le seguimos como fieles acólitos de una nueva religión. Pero somos seres divididos. Navegando entre dos naturalezas. Y no podemos prever si la quinta ley será más fuerte que nuestra parte humana que nos empuja al desorden, a la crueldad, a la ambición desmedida y al caos.

No podemos aventurar lo que nos deparará el futuro, máxime si este futuro no tiene fecha de caducidad. Pero lucharemos para hacer realidad el anhelo de tu padre, que también es nuestro anhelo.

Y seguiremos siendo, mientras sigamos interactuando de forma consciente con este fantástico e impredecible universo, los eternos guardianes de la quinta ley.

FIN

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Ana Rodríguez Monzón

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