La Quinta Ley [Capítulos XXV – XXVI] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulos XXV – XXVI] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulos XXV – XXVI]

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CAPÍTULO XXV

PABLO


Madrid, 23 de febrero de 2332, once días después.

Campos nos confirmó el extraño e inesperado encargo de Alberto Cifuentes. Sin una denuncia oficial, la investigación cobraba tintes poco ortodoxos, en el mejor de los casos.

Una semana después seguimos sin terminar de comprender la oscura razón que hay detrás de tal embajada. Pero órdenes son órdenes y nuestro coronel se ha mostrado lo suficientemente evasivo e impreciso como para no pedir explicaciones que pudiesen resultarle embarazosas.

Me consta que Cifuentes tiene suficientes hombres en nómina perfectamente especializados en el rastreo y búsqueda de personas desaparecidas. Y me consta también, que, a pesar de sus formas es- tudiadas y educadas, no soy precisamente lo que se podría llamar su hombre de confianza.

Sin embargo, a pesar de nuestra reticencia inicial a cargar con una investigación que nos había sido impuesta de forma dictatorial y arbitraria, Marcos Valbuena ha resultado ser un personaje bastante motivador y estimulante.

Doctorado en Matemáticas y casualmente profesor de Antonia en algunos seminarios universitarios, llamó toda nuestra atención en el momento en que su nombre quedó vinculado a nuestro escurridizo Ramón Castro como colaborador esporádico en diversas ponencias y en un par de trabajos de investigación.

Sabemos que lleva desaparecido de su vivienda hace casi un par de semanas y que salió precipitadamente de la misma dejando su apartamento perfectamente ordenado y recogido, como si pensase pasar fuera una larga temporada. Hecho que queda corroborado por la solicitud de una licencia de virtualidad que le libera de tener que hacer acto de presencia en cualquiera de sus actividades profesionales. De momento, por tanto, se encuentra en paradero desconocido y su avatar personal afirma no haber sido informado del lugar elegido como su nueva residencia.

Quizás la entrevista con Castro nos pueda aportar alguna pista esclarecedora. O quizás solo sea un callejón más sin salida.

La sala está a rebosar. Snobismo o afán de protagonismo. Castro es cualquier cosa menos un hombre discreto. Dicen las malas len- guas que le gusta bañarse en olor de multitudes. Y que potencia sin mesura el obsoleto y anticuado contacto directo con la masa. Formas de comunicación atávicas que le conectan con sus oyentes creando una corriente de empatía y de extraña comunión.

Admirado y aclamado por sus más fervientes seguidores, entre los que se encuentran un gran número de alumnos de las facultades de Filosofía, Matemáticas, Robótica y Neurociencias, disfruta sin mucho pudor de la fascinación que genera en su entorno más cercano.

Criticado por sus más enconados detractores, acusado de practicar un oportunista populismo científico al flirtear entre la más rompedora tecnología de vanguardia y las formas más arcaicas de interacción con sus acólitos.

Ambiguo, manipulador, amante de la controversia, del equívoco y de la contradicción. El tema de su conferencia le brinda la oportunidad de lucirse en un tema esquivo, turbio y confuso. La verdadera naturaleza de la verdad y de su necesario contrapuesto, el engaño.

Ocupamos dos asientos situados en un lateral al fondo de la sala. Para no llamar demasiado la atención y porque apenas quedan huecos libres. Antonia se ha percatado de que no solo estamos rodeados de estudiantes y profesores universitarios. Castro también parece haber atraído a un público mucho más profano. Confío por tanto en que su discurso sea claro e inteligible.

Se hace el silencio y aparece Ramón Castro. Su rostro sonriente se proyecta en una colección de pequeñas pantallas flotantes que se distribuyen por toda la sala inundando todo el espacio, sumergiéndonos en su presencia.
—El crimen perfecto no existe —su voz resulta envolvente, seductora, perfectamente modulada— aunque la literatura se haya empeñado, a lo largo de los siglos, en hacernos creer todo lo contrario. O quizás sí existe, o quizás nunca podremos estar seguros de su existencia o de su no existencia.

Antonia me roza suavemente el brazo. La conferencia promete.
—Para algunos —continúa— el crimen perfecto es aquel que se resuelve con un falso culpable. Aquel en el que el asesino es capaz de hacer un truco de magia y darle la vuelta a la verdad poniendo la verdad a la vista de todos. Utilizando el poder que emana de mentir con la verdad. Para otros, el crimen perfecto es aquel en el que el juez no podrá determinar ni la culpabilidad ni la inocencia del acusado. En ambos casos, el resultado práctico es el mismo. El fallo de nuestro sistema y la libertad del culpable.

Un ligero murmullo se extiende por la sala, pero Castro lo interrumpe con solo alzar ligeramente su mano.

—Si nos inclinamos por el segundo punto de vista, podemos llegar a la conclusión de que las matemáticas y la criminología son más afines de lo que parece a simple vista. Proposiciones indecidibles. Los teoremas de incompletitud de Gödel aplicados a la justicia humana.

Tengo la falsa sensación de que con su último comentario ha fijado su mirada en Antonia. Sé que parece imposible pero ya no puedo estar seguro de nada.

—Pero si nos inclinamos por el primer punto de vista, también podemos establecer similitudes entre la ciencia del delito y las ciencias exactas. Piensen que en el primer supuesto el engaño estaría en la base de todo. La máscara, el trueque, el cambio de escala, el giro, el cambio de sistema de referencia, el cambio de base. Formas alternativas pero equivalentes de observar el mundo. De interactuar con él.

Antonia juega con un bucle de su pelo. Lo hace cuando está nerviosa o absolutamente concentrada. O ambas cosas a la vez.

—Verdad versus falsedad. Inocencia versus culpabilidad. El ser humano cree lo que quiere creer. De forma consciente e inconsciente no dejamos de interpolar. De rellenar los huecos que nos faltan para completar lo que solo es nuestra verdad particular. La que hará creer a nuestro cerebro que sobreviviremos más fácilmente. No olviden que hay una gran diferencia entre la verdad y la parte de verdad que se puede demostrar. No olviden que la verdad total siempre queda fuera de nuestro alcance.

Me pregunto hasta qué punto esta última frase resume perfectamente el estado presente y futuro de nuestra investigación. Y me pregunto también si en algún momento podremos llegar al fondo de nuestro complejo y retorcido caso.

—Desde un enfoque formalista de las matemáticas, el concepto de verdad parece superfluo. Lo único importante es la aplicación de las reglas de manipulación de símbolos y la correcta derivación de unas fórmulas a partir de otras. Podríamos decir que resulta vano y estéril preocuparse por lo que tradicionalmente se ha llamado verdad, entendido como la coincidencia entre intelecto y realidad. Decir verdadero sería una forma obsoleta de decir demostrado.

Las pantallas interactivas flotantes permanecen por un momento estáticas, como si la IA que regula la puesta en escena no quisiera perderse un detalle de lo que Castro va a seguir diciendo.

—Quizás muchos de ustedes estén pensando que ningún lenguaje puede contener su propio predicado de verdad y permanecer consistente. Y estarían en lo cierto. Para hablar acerca de la verdad en un lenguaje y no generar contradicciones es necesario hacerlo desde un lenguaje distinto, es necesario hacerlo desde el metalenguaje. Es la única forma de resolver las paradojas que se nos presentan.

Castro ha despertado en mí un viejo recuerdo de mi infancia. Jugar con mi padre a lo que llamábamos el juego del disparate. Que me planteara frases imposibles, frases repletas de incoherencias. Una de mis preferidas era sin duda «esta frase es falsa», la famosa paradoja del mentiroso, que según creo recordar solo es un conjunto de paradojas relacionadas.

—En realidad —continúa Castro— se trata de una cuestión de autoreferencia. Pero solo es posible salir del bucle de la autoreferencia tomando como punto de partida un punto de vista apartado del objeto que se valora. La mano de Escher que se pinta a sí misma o explorar el razonamiento matemático utilizando el razonamiento matemático son ejemplos conocidos de la autoreferencia, de la caída incoherente en un bucle extraño.

La imagen de las pantallas interactivas cambia súbitamente mostrándonos ilustraciones de la obra de Escher, el gran maestro de lo imposible.

—Por su naturaleza, las inteligencias artificiales son las más perfectas seguidoras de normas. Privadas de deseos, las diseñamos rígidas, inflexibles, disciplinadas. Sometidas a las cuatro leyes de las que no pueden librarse. Yo les propongo a ustedes que se planteen —sugiere al público con un gesto ampuloso y teatral— cuáles deberían ser las reglas y metarreglas, y metametarreglas que le permitirían a un robot eludir el bucle extraño que se produce cuando tiene acceso a su propio código con la intención de alterarlo. En definitiva, cómo podríamos programar la autoconsciencia y si es ello posible.

Las múltiples pantallas flotantes retornan de nuevo a mostrar- nos el rostro de Castro. Es un rostro juvenil que no aparenta en absoluto la edad que nuestros informes indican. Me fijo en unas suaves pecas que recubren su nariz y sus mejillas. Y en sus ojos astutos y pequeños que sonríen divertidos. Se lo está pasando en grande.

—Organismos que tomaban sus propias decisiones para adaptar- se al medio fueron quizás los grandes motores que impulsaron la aparición de la autoconsciencia en la naturaleza. Sabemos que un rasgo de inteligencia es la capacidad del individuo para alejarse del objeto de estudio con la finalidad de analizarlo. Pero, ¿puede una mente robótica saltar fuera de su propio sistema de reglas sin la intervención humana?

O, dicho de otro modo, la complejidad de su red neuronal artificial podría generar de forma natural el salto a la autopercepción. Si ustedes creen que realmente estamos cerca de la singularidad tecnológica, plantéense una última cuestión. ¿utilizarían al igual que nosotros el engaño y la mentira como estrategias habituales de interacción con el medio?

Se abre un turno de palabras. Las pantallas móviles registran las peticiones en riguroso orden y Castro las va respondiendo una a una con evidentes signos de disfrute intelectual. Está en su salsa. Es un magnífico comunicador y lo sabe. Y se deleita y regocija por ello.

Antonia me envía un subvocálico. No se nos puede escapar sin entrevistarle.

Cuarenta minutos después la sala se va despejando. Nos mantenemos discretamente al margen, hasta que apenas queda un pequeño grupo de personas. Nos acercamos a él y nos identificamos como miembros del Cuerpo. Si se sorprende de nuestra presencia, no lo manifiesta.

Nos sugiere acompañarlo a su despacho privado donde podremos conversar con mayor privacidad. Le seguimos sin explicarle la razón de nuestra visita. Antonia aprovecha para hacerle preguntas técnicas relacionadas con la charla. Yo prefiero abstenerme de intervenir porque apenas entiendo de lo que están hablando y porque no parece que quieran ser interrumpidos.

Es demasiado evidente que no es inmune a los encantos femeninos de Antonia. Además, hoy está especialmente espectacular y su belleza clásica española no le deja indiferente.

—Ustedes dirán —nos ofrece una sonrisa inocente que acentúa su aspecto infantil.

—Hemos recibido mensajes anónimos con las coordenadas de los emplazamientos donde se han perpetrado una serie de crímenes. Y rastrear la procedencia de esos mensajes nos ha llevado a su cuenta institucional.
Se lo suelto a bocajarro. Y le muestro imágenes de los robots carbonizados. Solo de los casos que se han hecho públicos. Omito el último por razones obvias.

Niega con la cabeza. Con firmeza. Su expresión de sorpresa parece sincera. Pero después de la charla que nos ha dado sobre la naturaleza de la verdad y del engaño hoy creo que ya no puedo fiarme de nada ni de nadie.

—Eso es imposible —alega enérgico a la vez que parece meditar quién podría estar detrás de este extraño asunto—. Alguien ha tenido que violar los protocolos de acceso. Reconozco que presentan ciertos agujeros de seguridad. En el pasado he sido bastante permisivo con mis colaboradores.

—Nos gustaría que nos aportase una lista con sus nombres. Quien haya enviado esa información podría ser acusado de encubrimiento.

—Por supuesto —responde colaborador—. Se la enviaré hoy mismo.

—¿Qué puede decirnos de Marcos Valbuena? —contraataca Antonia.

Esto no se lo espera. Sus pupilas bailan nerviosas. Apenas un instante. Pero se recompone.

—Es un magnífico matemático. He tenido el placer de trabajar con él en varios proyectos. Y él también disfruta como yo con las conferencias en directo —bromea con una sonrisa postiza.

Nos relata un resumen biográfico de Valbuena como si fuese una campaña publicitaria. No nos niega su relación con él, sino que incluso parece estar exagerándola. El poder que emana de mentir con la verdad. Castro nos está ofreciendo un buen ejemplo de ello.

—Parecen conocerse bien —ironiza Antonia—. Quizás pueda ayudarnos a dar con su actual paradero. Por si no lo sabe, lleva desaparecido desde hace casi dos semanas.

De nuevo sorpresa. Posiblemente su reacción sea sincera, pero yo no me lo creo. Pero no seguimos presionándole por ahí. Es obvio que no sacaremos nada en limpio.

—Nos gustaría saber si ha oído hablar de esta tecnología —Antonia no está dispuesta a soltar a su presa y le muestra una colección de imágenes junto a una cascada de detalles técnicos de los robots carbonizados—. Aparecieron en los emplazamientos indicados en sus mensajes.

La referencia expresa a «sus mensajes» parece dejarle indiferente pero su lenguaje corporal no refleja lo mismo. Empieza a sentirse incómodo a pesar del fuerte autocontrol del que hace gala. Al igual que a Cifuentes no parece gustarle que se vayan aireando imágenes de esta extraña y sofisticada tecnología. Decido que es mejor no seguir apretándole las clavijas y esperar a que la visita comience a hacer su efecto. Pediremos a la jueza una orden de seguimiento y esperaremos pacientemente a que Castro cometa su primer desliz o a que los hados o el destino comiencen a estar de nuestra parte.

*

CAPÍTULO XXVI

MARCOS


Madrid, 24 de febrero de 2332, un día después

Doce días después del intento infructuoso de acceder de forma controlada al segundo chip que tenemos insertado en lo más profundo de nuestro cerebro, seguimos atrincherados en la minúscula habitación del campus universitario a la que por supuesto no tendríamos derecho si no fuera por la falsa identidad que nos hemos creado.

Aguilar se ofreció a buscarnos un refugio más cómodo y desahogado. Sin embargo, a pesar de su amable insistencia, hemos preferido sufrir ciertas incomodidades, pero permanecer en la seguridad que nos ofrece el anonimato de vivir entre una masa humana que solo desea pasar totalmente desapercibida.

Llevamos muchos días y parte de sus correspondientes noches intentando dar algo de estructura y coherencia a los jirones de sueños milagrosamente rescatados de las pesadillas de Natalia. Pero a pesar de nuestros desvelos, ni la IA de Aguilar ni nuestras búsquedas exhaustivas por la red han conseguido hallar ninguna correspondencia entre los rostros de la casa y ningún ser humano concreto.

Los otros, como los llama Natalia, existen y deben tener su doble en el mundo real. Y esos dobles humanos, muy probablemente, también debieron ser utilizados como cobayas en un experimento cuya finalidad y consecuencias, hoy por hoy, se nos escapan.

Dar con ellos se ha convertido en nuestra máxima prioridad. Y entrar en la vivienda que supuestamente compartieron, un paso de gigante para comenzar a comprender las circunstancias que nos condujeron a esta truculenta y morbosa encrucijada.

A pesar de nuestros infructuosos intentos por dar forma y sentido a los sueños de Natalia, debo reconocer que visualizarlos en la consulta de Aguilar ha removido algo en mi interior. Algo que creía sepultado para siempre en profundas capas de amnesia. No he conseguido recordar ningún detalle concreto del piso ni de los personajes que en él habitaban, pero a cambio, las frágiles evocaciones que he rememorado a lo largo de estas últimas noches me han transportado a un suceso tan trágico y amargo que me han dejado profundamente conmocionado.

He decidido mantener a Natalia al margen de estas turbadoras pesadillas. Porque no sé cómo podría reaccionar si le contase que llevo varias noches soñando con la cacería de la sierra en la que Alba encontró la muerte. Y con mi posterior asesinato. A manos de un hombre al que no puedo ver. Una sombra que aparece tras de mí y me dispara por la espalda, a traición. No sé quién es. Pero sé que le espero, sé que vendrá y también sé que cumplirá su trabajo. Un trabajo que yo le he encargado. Acabar con mi vida. No sé quién es, tan solo que es un sicario. Mi sicario.

Y también he decidido mantenerla al margen de un hecho in- comprensible y absolutamente inesperado. El mensaje cifrado de Castro, hace apenas unas horas, en el que me propone una cita clandestina. Solos. Él y yo. Un contacto ciego. Un mensaje en el que me exhorta, casi me suplica, que no acuda con Natalia. En el que me incita al recelo, a la duda. Un aviso velado de que no debo confiar en ella.

Tentado he estado de confesárselo todo. Pero he cambiado de opinión múltiples veces, pivotando entre la franqueza y el engaño, como un carrusel que gira y gira a la deriva.

Finalmente me he decantado por ocultarle la verdad. Algo en mi interior me empuja a ser cauto y precavido. Quizás Castro haya actuado como el gran manipulador que afirman sus más acérrimos enemigos o quizás solo sea mi instinto de supervivencia pulido y afinado por tantos embustes y decepciones.

Desgraciadamente, siento que ya no puedo depositar mi maltrecha confianza ni en Castro ni en Natalia. Máxime, tras haber reconocido su íntimo parentesco con Cifuentes.

Si la cita es una trampa, mi antiguo compañero no ha podido ofrecerme un caramelo más atractivo y suculento. Castro me ha citado sin pudor en el piso de los sueños de Natalia. Lo que me confirma, sin ambages, su clara implicación en esta trama.

Abandonar nuestro improvisado refugio con una excusa convincente no me ha resultado tarea sencilla. Natalia es astuta como nadie y la interpretación teatral, lamentablemente, nunca fue mi fuerte.

Es noche cerrada y el frío se me cuela por los minúsculos intersticios de mi traje térmico. A pesar del teórico aislamiento de mi ropa de diseño, siento el viento gélido que me envuelve y me atenaza. Este invierno está siendo especialmente duro y esta noche me recuerda a otra noche, no hace mucho. La extraña noche en la que conocí a Natalia.

El piso se encuentra a las afueras de Madrid. En una barriada que fue, hacia finales del siglo XXII, icono de modernidad y vanguardismo. Hoy en día solo es un barrio más, colindante con una zona suburbial de clase baja, icono de pobreza y retroceso.

Desde que decidimos pasar a la clandestinidad he dejado de usar mi vehículo privado que sería fácilmente rastreable y he optado por utilizar en mis escasos y selectivos desplazamientos el discreto e impersonal transporte público que conecta como una gigantesca red neuronal todas los distritos metropolitanos.

Es pasada ya la medianoche cuando desciendo del aerotransporte del servicio municipal que me ha conducido a la dirección señalada en el mensaje. Cien metros escasos me separan de la puerta que da acceso al edificio. Sin duda, la zona conoció tiempos mejores. El deterioro es manifiesto en fachadas y jardines. La ausencia total de robots de man- tenimiento da idea del abandono en el que se encuentra este sector de la ciudad venido a menos. Gráficos vulgares y soeces, incluso chabacanos, de tinte netamente obsceno, flotan ante mí en un vano intento de alterar- me o provocarme. Los atravieso sin inmutarme en absoluto.

Si el cuchitril que comparto con Natalia es garantía de privacidad y anonimato este recóndito lugar no lo es menos. No me imagino tertulias vecinales ni fiestas callejeras. Aquí solo se respira desconfianza y recelo.
Me acerco a la puerta de entrada que da acceso al edificio. Obviamente está cerrada. Tipo de seguridad de gama alta. No me extraña en absoluto. La gente, en cualquier estrato social, protege con uñas y dientes lo poco o lo mucho que posee.

Un avatar sin distintivos se materializa ante mí. Supongo que es el encargado de la finca. Una especie de portero virtual que gestiona los accesos a la misma. Doy por hecho que me echará a cajas destempladas o en el peor de los casos, que me amenazará con llamar al servicio de seguridad público.

Sin embargo, su inesperada reacción me deja anonadado. Me reconoce como vecino del inmueble, me franquea la entrada y me saluda con la exquisita educación con la que solo un avatar virtual de protocolo es capaz de proceder.

El elevador vuelve a reconocerme y me conduce a la octava planta sin que yo le dé ninguna orden concreta. Es evidente que me están confundiendo con mi doble. Es evidente que este lugar fue la guarida de los droides.
Un largo corredor mal iluminado con ocho puertas enfrentadas. Un flash, un recuerdo. Y la certeza de haber estado aquí, de haber formado parte de este retorcido e insano experimento.

Me acerco con calma, sin prisa, a cámara lenta, como si quisiera posponer enfrentarme a la verdad que se oculta tras la segunda puerta a la derecha.
Acerco mi rostro al lector óptico y la puerta también me reconoce. Se abre invitándome a entrar. El pasillo del sueño de Natalia. Y al fondo, la sala con los doce asientos y la pantalla flotante que vibra débilmente iluminada. En uno de los sillones está sentado Castro, dándome la espalda.

—Me imaginaba que no podrías faltar a la cita —asevera sin molestarse en girar su cuerpo para mirarme a la cara mientras me habla—. La curiosidad es una virtud que no puede faltar a un buen matemático.

—La curiosidad vence al miedo más fácilmente que el coraje
—le respondo tomando asiento junto a él.

—Sí, es muy posible. Es un buen antídoto contra la cobardía
—afirma dirigiendo hacia mí su mirada cargada de ironía—. Y, además, es la forma más inteligente de insubordinación.

Le conozco bien para saber que sus palabras siempre van cargadas con un doble sentido. Pero mis pequeños actos de rebeldía con Natalia no justifican su indirecta. Es obvio que guarda un as en la manga y que tendré que esperar pacientemente a que lo coloque sobre la mesa de juego.

—Hay un tal capitán Pablo Salgado que te busca. Me consta que, incentivado por tu antiguo jefe, Alberto Cifuentes. Has conseguido poner a la Guardia Civil en jaque. Casi me das envidia —continúa sarcástico— teniendo en cuenta la belleza que le acompañaba. Que si mis fuentes no me engañan es una de tus alumnas más preeminente.

Que Salgado y Antonia me pisen los talones por orden de Cifuentes es una noticia que desconocía. Pero intento no expresar sorpresa ni extrañeza. No pienso concederle esa ventaja.

—Se mostraron muy interesados por descubrir quién estaba detrás de unos enigmáticos mensajes con las coordenadas espacio temporales de los famosos droidicidios. Me consta que Natalia y tú estáis detrás de este asunto, aunque me apostaría el cuello a que fue idea de Natalia.

—Una buena apuesta.

—Ha sido un golpe bajo, pero no os lo tendré en cuenta. Al fin y al cabo, yo tampoco he sido muy honesto con vosotros. Pero sabéis perfectamente que yo no he tenido nada que ver con esos abominables crímenes.

—Yo no estoy tan seguro —le respondo con intención de provocarle. Aunque sinceramente, siempre he creído que su implicación en este asunto era de otra naturaleza.

—Pues deberías estarlo.

Su expresión ya no es burlesca. Y yo le creo sin fisuras.

—Marcos, con franqueza. Esto nos supera. A ti, a mí, a Natalia, a la Guardia Civil y al mismísimo Cifuentes.

Le dejo que continúe. Sé que me ha citado para hablar. Para vomitarlo todo.

—Hace aproximadamente un par de años, publiqué un artículo sobre una nueva aproximación al modelo poliavatar. Planteaba la necesidad de construir un avatar principal y una colección de secundarios relacionados a través de memorias compartidas. Era un modelo estabilizado en el que no había riesgo de alteraciones psicóticas en los sujetos humanos. Un avance trascendental. Un hito en neurociencia.

—He leído parte de tu artículo —admito, recordando las últimas indagaciones en busca de una pista sólida que nos condujese a él— pero tengo la sensación de que pasó sin pena ni gloria por los círculos universitarios.

—Has dicho bien. He leído parte de tu artículo —subraya, haciendo énfasis con un gesto exagerado de sus manos—. El artículo completo no duró ni unas horas en la red. El ejército de IA al servicio de tu ex jefe se encargaron de retirar una información que era una bomba en potencia. Cifuentes me citó en su maravilloso despacho de la Castellana y me dejó las cosas muy claras. O con él o contra él.

—Me imagino que no tuviste mucha posibilidad de elección.

—Como siempre nos recuerda nuestra maravillosa Natalia, siempre tenemos la opción de elegir. Y siempre pagamos un precio por ello. La cuestión es qué precio estamos dispuestos a pagarle a la función de onda. En mi caso —reconoce con un gesto de disculpa—, la curiosidad jugó como aliado de la cobardía en vez de como antído- to. Y me uní a él.

—¿Y a dónde te condujo la curiosidad?

—Sinceramente no sabría contestar a tu pregunta porque en cuanto tuve la más mínima oportunidad me mantuve al margen del proyecto. Cedí todos los derechos derivados de mi revolucionaria idea por un precio que hoy me parece indecente pero que en aquel momento me pareció de lo más justo.

—¿Te dejó marchar sin más?

—Sabes perfectamente que no es fácil soltarse del anzuelo de Cifuentes —confiesa con una sonrisa amarga.

—Nosotros fuimos el precio que te impuso para librarte de la soga. No lo verbaliza, pero hace un gesto inequívoco que me corrobora que su implicación en el tema del implante es un hecho confirmado.

—Créeme si te digo que no conozco todos los detalles del proyecto. Yo no llegué a completarlo porque me desvinculé de mi amo. Pero al fin y al cabo soy el padre biológico de esa tecnología y sé lo que se puede llegar a hacer con ella. Intuyo que utilizaron las bases teóricas de mi idea para avanzar un paso más. No se conformaron con crear poliavatares interconectados. Dieron un salto de gigante que puedes fácilmente imaginar.

Tal y como se han sucedido los acontecimientos posteriores, puedo hacerme una idea de lo que ocurrió. Un avatar siempre será algo virtual, intangible, algo incorpóreo. Querían crear algo palpable, algo real y construyeron robots de carne y hueso, aunque fuesen carne y hueso sintéticos. Y les dotaron de un cerebro híbrido. La quimérica fusión entre una IA y un humano. Algo que nunca se había conseguido y que muchos creían imposible. Algo que abría las puertas a la temida y a la vez anhelada singularidad tecnológica con sus inquietantes e imprevisibles consecuencias.

—¿Cuantas cobayas formamos parte de semejante ignominia?

Me da pavor hacer la pregunta, pero necesito saber el número de implicados. Saber hasta dónde fueron capaces de llegar.

Castro ríe de forma escandalosa.

—Solo hubo dos cobayas. Natalia y tú. Te aseguro que no obligaron a nadie más. El resto de los participantes estuvieron encantados de colaborar en un experimento científico magníficamente pagado y que además abría las puertas a una nueva era de la humanidad. Así se lo vendieron y así lo compraron —me responde con una sonrisa condescendiente.

—No entiendo por qué no se nos explicaron las condiciones como al resto —balbuceo por la rabia contenida que me produce su aprobación implícita en los hechos.

—Simplemente porque nunca hubierais aceptado y Cifuentes os quería a los dos. Era algo que estaba fuera de toda negociación. Natalia por ser su idolatrada hija a la que nunca pudo dominar y tú por ser su discípulo más querido y valorado. Siempre fuisteis unos rebeldes insumisos y eso hizo que os respetase profundamente. Pero sabes bien que es un obseso del control. Aunque suene bastante macabro, quería vuestras mentes ya que no podía dirigir vuestras vidas. Y ya sabes que Cifuentes siempre consigue lo que quiere.

—Y tú fuiste su brazo ejecutor —le espeto con un desprecio que no le pasa desapercibido.

—Sí, yo fui su brazo ejecutor. Esa fue mi elección. A cambio, quedamos en paz. Él por su camino y yo por el mío.

—¿Qué pasó después?

—No lo sé, debes creerme. Solo sé que algo salió mal y que todo se fue al traste. Hace un par de meses te hubiera dicho que me importaba un bledo lo que hubiera sucedido con esos robots. Todo ese asunto de las cacerías me hubiera resultado absolutamente indiferente. Pero ahora he cambiado de opinión. Por eso te he llamado.

—¿Y Natalia? ¿Qué problema tienes con ella?

Hace un gesto ambiguo que no soy capaz de interpretar.

—Te tengo que pedir un inmenso favor —me pide en voz baja, como si se sintiera avergonzado por ello—. Debería ser una petición que os involucrara a los dos. Pero no puedo confiar plenamente en ella. No, siendo la hija de quién es. Y teniendo en cuenta —añade— que está en nómina de su padre.

La noticia me descoloca, me revuelve por dentro, me perturba y Castro se da cuenta al instante. Yo, ingenuo de mí, no tenía ni la más mínima idea de que estuviera trabajando para él. Sabía que había conseguido un nuevo empleo con el que estaba muy ilusionada. Sobre todo, después de haber tenido que sufrir ciertas penurias económicas durante un periodo de tiempo excesivamente prolongado. Pero ahora me encajaban muchas cosas. Frases veladas. Comentarios. Medias mentiras engarzadas sobre medias verdades. Su deseo imperioso de solicitar su ayuda.

—Tienes que estar muy desesperado para rebajarte a pedirme ayuda después de lo que nos has hecho —le recrimino con bastante resentimiento. No estoy dispuesto a ponérselo fácil—. Pero dime qué pretendes, qué quieres de mí —le concedo finalmente.

—Qué vuelvas a trabajar para él y que te conviertas en mi topo. Y, sobre todo, que vigiles de cerca a Natalia. No permitas que la convierta en uno de los suyos. En uno más de su abyecta familia. Es demasiado valiosa.

Vigilar de cerca a Natalia. Todavía no sé cómo voy a reaccionar cuando la tenga delante de mí. Cómo voy a ser capaz de fingir ante ella. Y cómo voy a conseguir que no sé dé cuenta de nada.

—Aceptaré solo con una condición —le exijo, aunque creo que ya he tomado partido.

—Pide lo que quieras. Estás en tu derecho.

—Quiero saber la razón por la que has cambiado tan radicalmente de opinión respecto a Cifuentes y a su proyecto. Sin medias tintas. Si me engañas una vez más, no hay trato.

—La razón se llama Gabriel y ya va siendo hora de que os presente.

Clava sus ojos pequeños y astutos en mí mientras me sujeta del brazo y me aprieta con fuerza, como si quisiera incrustarme en el asiento.

—Cifuentes no tiene ni idea de lo que ha desatado con su prepotencia y su arrogancia. Está tan obsesionado con que no le salpique el tema de los robots asesinados que no ve la tormenta que se nos viene encima. Lo de las cacerías no es más que un circo mediático, un negocio salvaje y cruento que se ha visto enaltecido y amplificado por el deseo de la plebe de gozar con el dolor y el sufrimiento ajeno. Hoy la sangre sintética y los rostros carbonizados abren portadas y hacen ganar grandes sumas de dinero a unos cuantos depravados. Mañana, estas historias solo serán morbo caduco y a nadie les interesarán lo más mínimo. Salvo al capitán Pablo Salgado y a su bellísima compañera —ironiza con una media sonrisa que más parece una mueca agria—, si tú te sigues empeñando en enviarles esas malditas coordenadas.

Aprieta ligeramente la presión ejercida sobre mi dolorido brazo, pero prefiero no interrumpirle. La curiosidad me puede.

—La cuarta ley les impide destruirse, pero él encontró la forma. El concepto de igualdad es un concepto puramente matemático. Solo es una ilusión, una quimera. Cifuentes no supo entenderlo. Ese fue su gran error. Pero él todavía no es consciente de ello.

Me habla de nuevo en voz baja como si compartiera conmigo un secreto inconfesable.

—Les hemos subestimado. Creímos que no podían sentir culpa ni remordimientos. Creímos que no podían sufrir y mucho menos amar. Me pidió ayuda y no supe negarme.

Se levanta de su asiento y me indica con un gesto que le acompañe. Yo le sigo, dócil, obediente, sin hacer preguntas. El largo pasillo se abre ante nosotros y me trae de nuevo recuerdos de los sueños de Natalia. Una Natalia que ahora se me antoja lejana, distante. Una absoluta desconocida.

Gabriel nos espera en uno de los múltiples dormitorios de la casa que como pequeños cubículos se reparten a izquierda y derecha del agobiante pasillo. Sentado en el borde de la estrecha cama, a oscuras, tan solo se adivina su perfil desdibujado.

—No fui capaz de salvarla. Ni de cumplir mi misión a tiempo.

Hay tanta tristeza en su disculpa. Esa voz, la reconozco. Es mi voz. Y un nuevo recuerdo me asalta como un látigo. La casa de la sierra. Alba. Y la certeza de que Gabriel solo puede ser mi doble. Mi sicario. Mi asesino.

***

Ana Rodríguez Monzón

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