La Quinta Ley [Capítulos IX – X] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulos IX – X] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulos IX – X]

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CAPÍTULO IX

MARCOS

Madrid, 19 de enero de 2332, doce años antes

Hoy he tenido mi segunda visita con el doctor Aguilar. La anterior había sido solo una mera toma de contacto. Una excusa para sondearle, para poder estudiarle de cerca.

Parece un magnífico profesional y también una buena persona, pero no puedo confiar en que no me delate a la policía si le confieso los extraños crímenes que he perpetrado. He intentado indagar, a través de preguntas indirectas, cuál sería su postura ante un dilema moral de tal calibre. En teoría se debe al secreto profesional pero no lo tengo nada claro. Un comentario casual de Aguilar me ha dejado receloso, inquieto, con el corazón en un puño.

Yo siempre he sido una persona pacífica, tranquila, equilibrada, pero desde hace aproximadamente unos seis meses, mi vida ha dado un vuelco perverso.

Pierdo el conocimiento de forma recurrente. Al principio solo durante unos pocos segundos, pero paulatinamente, la duración de los desmayos se ha ido ido prolongando hasta llegar a permanecer más de una hora en estado de coma. Cuando despierto solo recuerdo fragmentos confusos, retazos de conversaciones, rostros desdibujados y lugares extraños.

Mi primera sospecha fue que padecía un tumor cerebral, pero los escáneres pronto descartaron esta patología para dar pie a otras posibilidades mucho más alarmantes. Como que sufría algún tipo de psicosis alucinatoria o que realmente era el actor material de los crímenes que recordaba de forma imprecisa y poco coherente al despertar completamente confundido, desorientado y perplejo.

Todos los crímenes tienen un denominador común. Han sido por encargo. En todas las ocasiones recuerdo haber recibido instrucciones precisas con el nombre de la víctima, el lugar y el modus operandi.

Apenas han transcurrido doce días desde que realicé el último trabajo. Me citaron en un bosque de la sierra, en una casa abandonada. Recuerdo el intenso frío, un edificio en ruinas, cristales rotos sobre el suelo, el olor a moho. Y como en una vieja película desgastada por el tiempo, imágenes borrosas que se mezclan y se superponen de forma arbitraria.

Un marco de puerta podrido, un armario polvoriento y un rostro de mujer asustada. Una víctima y un trabajo completado. Y un ruido de pasos a mi espalda.

—Llegas tarde —me oigo decir a sí mismo, dirigiéndome al hombre que tras de mí, me apunta con un arma.

Un disparo, un dolor agudo, y al caer, la certeza de mi propia muerte.

*

CAPÍTULO X

PABLO

Madrid, 27 de enero de 2332, ocho días después

Nos avisaron al alba. Una llamada anónima. Una fábrica abandonada a las afueras de Madrid. Sin dar más detalles. Solo las coordenadas.
Quien hizo la llamada no quería problemas, ni tener que darnos explicaciones, ni justificar qué demonios hacía de madrugada en una propiedad privada. Lo más probable es que fuera un sin techo que se guarecía del intenso invierno bajo la dudosa protección de cuatro paredes maltrechas o uno de los muchos colgados que malvivían en edificios medio en ruinas, enganchados a los programas gratuitos de realidad virtual. O ambas cosas a la vez ya que no eran en absoluto incompatibles. En cualquier caso, alguien que quería pasar desapercibido y no tener que responder a preguntas incómodas e indiscretas.

Antonia y Juan estaban de servicio esa noche por lo que les pedí que me acompañaran. El aspecto de los alrededores de la fábrica era desolador. Una nueva ola de frío asolaba la ciudad dejando a su paso un paisaje cubierto de hielo y escarcha.

Un incendió había destrozado el ala derecha de la nave principal de la fábrica, aunque a decir verdad, la parte que permanecía todavía en pie no presentaba mucho mejor aspecto.

Envié a un par de robots y a un equipo de minúsculos nanobots de avanzada mientras nosotros circunvalábamos el cochambroso edificio. A pesar de su maltrecho estado no amenazaba ruina inminente por lo que nos introdujimos por un agujero lateral que daba acceso a una pequeña sala bajo la bóveda quemada.

La grisácea luz que tímidamente se filtraba por las sucias ventanas apenas dejaba intuir el horror de la escena. Esta vez los árboles habían sido sustituidos por columnas de piedra. Pero de nuevo, los mismos ganchos y la misma barra metálica servían de cadalso a nueve cuerpos inertes con los rostros desfigurados por la acción de un láser de alta potencia. Colgados en la misma postura y con las cabezas carbonizadas, no cabía duda de que detrás de aquella masacre se escondía la misma mano. O un imitador muy convincente.

Ordené que varios guardias virtuales se incorporaran al cruento escenario. En pocos minutos ya habían grabado todos los detalles del macabro acto teatral que se nos había obligado a presenciar y recabado las pertinentes pruebas para ser estudiadas con posterioridad en los laboratorios de la científica.

Alfredo también hizo acto de presencia acompañando a los guardias. Se acercó a nosotros silenciosamente, tras materializarse súbitamente. Y afirmó entre susurros, como si no deseara perturbar a los muertos.

—Los han vestido con la misma ropa. No puede ser casualidad.

—Me he dado cuenta —respondí—. Pero habrá que estudiar con calma lo que se hizo público y lo que no.

—Cierto. Tenemos que dejar todo bien atado —me apoyó Alfredo—. Pongo a Ramiro a trabajar en ello.

Alfredo tenía razón. No podíamos permitirnos el lujo de dejar nada al azar. En cuanto saliese a la luz este nuevo caso, la prensa se nos echaría encima y nuestros superiores nos apretarían fuerte. Necesitábamos dar con una pista sólida, con un móvil, con un sospechoso.

Si el autor de aquella matanza era un simple imitador lo sabríamos pronto. Pero en ese momento, deambulando entre los escombros que rodeaban los cuerpos, deseaba fervientemente que no lo fuera, aunque la alternativa fuese enfrentarnos a un asesino en serie. Porque yo solo buscaba un indicio que me condujese a tu verdugo. Y un falseador solo podría confundirnos y desviarnos de tus verdaderos droidicidas.

Cuando los agentes virtuales terminaron de peinar la zona, regresamos al calor de nuestro aerocoche que nos condujo en pocos minutos a las oficinas centrales donde ya nos esperaba el resto del equipo. Alfredo, como de costumbre, sería nuestro portavoz.

—Confirmado jefe. No estamos ante un imitador. Todo parece indicar que nos enfrentamos a los mismos autores materiales.

—Las ropas están confeccionadas con la misma partida de tela, nos lo acaban de confirmar en la científica —nos explica Ramiro—. Llevábamos tiempo sobre la pista y hace una semana que dimos con el fabricante. Es difícil encontrar un tejido manufacturado con una técnica tan arcaica. Ya solo se utiliza para obras de teatro con actores reales y fiestas de disfraces. Sabemos que se hizo un pedido de una buena cantidad de metros. De momento no hemos podido rastrear al comprador. Me temo que esto no ha terminado.

A una orden de Alfredo, la pantalla nos muestra una imagen tridimensional del lugar que hemos abandonado hace escasos minutos. Es tan solo una grabación. En la fábrica, los cuerpos ya han sido retirados y todos nuestros efectivos han regresado a la central pero la sensación de realidad que nos envuelve al movernos entre los cuerpos que se agitan con fuerza a causa del incómodo viento, nos pone los pelos de punta. A diferencia de la realidad virtual y de la realidad aumentada, no podemos experimentarla con la plenitud de los cinco sentidos. Pero la crudeza de las imágenes es suficiente para hacernos sentir nerviosos y especialmente alterados.
Seis hombres y tres mujeres. Todos robots humanoides. Para mucha gente, simples trozos de metal y material pseudo-orgánico sin alma ni consciencia. Pero el subtipo RH2 al que pertenecen los identifica como copias físicas idénticas de un humano real. Al menos en apariencia. En algún lugar existe una persona de carne y hueso con su mismo aspecto exterior. Corren rumores de investigaciones punteras en los que las similitudes no solo se limitan a la carcasa, que van más allá de lo puramente estético. Pero solo son fantasías, elucubraciones de los amantes de la ciencia ficción.
Tres de nuestras víctimas presentan diferencias significativas en la textura de la piel lo que nos induce a pensar que nos encontramos ante el mismo modelo perfeccionado del último crimen. En esta ocasión la tosca vestimenta ya no nos confunde. A falta de una confirmación positiva de la científica, tendremos que barajar esta hipótesis.

Aunque todavía no hemos pillado al culpable que tanto nos demandan los omnipresentes medios de comunicación, en estas últimas tres semanas hemos hecho algunos avances que comienzan a marcarnos una dirección por la que seguir indagando.

Ángela y Antonia han encontrado a los propietarios de cuatro de las siete víctimas del caso de la sierra. Como supusimos, robots de protocolo. Una versión de los RH2 muy demandada en la actualidad por las clases adineradas. Dos hombres y dos mujeres copiados físicamente de forma idéntica para disfrute de sus amos. Sus desapariciones habían sido denunciadas unas semanas antes de que aparecieran sus cuerpos.

—Encontrarlos carbonizados y colgados de unos ganchos no los predispuso precisamente a colaborar con nosotros —nos cuenta Antonia—, pero creemos que eran sinceros al decir que no tenían ni idea de qué iba toda esta extraña historia.

Ángela asiente apoyando la opinión de Antonia y nos muestra un plano de un barrio de la periferia de Madrid en el que aparecen marcados cuatro puntos de un azul intenso.

—Fijaos la ubicación de sus domicilios, todos quedan dentro de un círculo de un radio de poco más de un kilómetro. Quizás tengamos un patrón geométrico para rastrear a los robots desaparecidos.

—Buen trabajo, —les felicito—, comprobaremos si los nuevos casos se ajustan a este modelo.

—Quizás solo sea una mera casualidad —añade Ángela dubitativa— pero los cinco droides fueron fabricados y comercializados por la misma empresa. Cuatro por encargo de particulares, y el quinto, al que no le localizamos dueño, era un modelo estándar, un clon de catálogo. Acababa de salir de producción y todavía no había sido puesto a la venta.

—¿Os suena un tal Alberto Cifuentes? —pregunta Antonia sarcástica.

—Es uno de los magnates de la inteligencia artificial de este país. Todo el mundo ha oído hablar de él —responde Ramiro—. Un personaje interesante. O al menos eso dicen quiénes le conocen.

—No es extraño que los cinco hayan salido de sus fábricas —opina Juan—. Controla más del sesenta por ciento de la producción nacional de robots humanoides. No creo que por ahí saquemos nada.

—Yo tampoco creo que podamos tirar mucho más de ese hilo —reconozco con un gesto de duda—, pero no podemos pasar por alto que alguien entró en producción y sustrajo una de las unidades. Vosotras, seguid con ello.

—De acuerdo, jefe —responde Antonia tomando nota en su agenda virtual—. Y de la chica y del otro robot, ¿se sabe algo?

—Los de la científica han confirmado que son claramente distintos. Alfredo y yo hemos entrevistado a varios científicos de las empresas más importantes de robótica de este país y todos han coincidido en que desconocen esa tecnología y en que posiblemente sean prototipos.

—Quizás se hayan fabricado en el extranjero —plantea Ángela.

—No podemos descartarlo pero nuestras fuentes no lo ven probable. Sé que no hay ninguna base que apoye lo que os voy a decir, pero mi instinto me empuja a creer que el ejército está detrás de estos modelos tan sofisticados. Recordad el uniforme de la chica. Y ese tal Cifuentes es el mayor proveedor de robots militares. Solo es una corazonada pero al menos de momento voy a seguir por ahí, a ver si sacamos algo.

—Mi olfato te apoya, jefe —dice Antonia con un guiño descarado—. Y ya sabéis que mi intuición femenina nunca falla.

—Se agradece tu confianza —le respondo con una sonrisa—. ¿Alguna nueva pista? — pregunto, dirigiéndome al grupo.

—Juan ha encontrado lo que puede ser un buen hilo del que tirar —nos informa Alfredo, dando el turno de palabra a este último.

—Como me ordenaste, me he movido por la red profunda y no adivinaréis lo que he encontrado —dice dirigiéndose a mí—. Fijaos en este videojuego.
Juan consigue toda nuestra atención al cambiar la proyección de la fábrica abandonada por un escenario que nos resulta demasiado familiar. La acción transcurre en una hipotética realidad virtual en la que se simula una cacería de robots en una casa abandonada en medio del bosque. Las similitudes son tan obvias que siento que Alfredo está en lo cierto, que hemos atinado con el rastro correcto.

—Es un viejo videojuego de hace más de veinte años, y por lo que he descubierto, no es el único que circula sobre estos temas macabros.

—Cazar robots siempre fue un tema recurrente en los juegos virtuales —nos recuerda Alfredo con un gesto de desprecio—. Y un buen negocio para los que comerciaban con esa basura.

—La novedad es que ahora se han vuelto a poner de moda con una sutileza añadida— ironiza Juan—. Ahora la gente ya no quiere simular la realidad extrema activando un implante, eso es demasiado vulgar. Ahora se busca vivir al límite, experimentando, aunque sea a costa de convertirse en un asesino.

—Si estás en lo cierto —deduzco—, tiene que haber un videojuego que reproduzca el nuevo caso. Conecta las IA a las grabaciones de esta mañana. A ver qué encuentran.

En apenas un par de minutos que se nos hacen eternos, se activa la pantalla y comienza una demo que nos adentra en las entrañas de una conocida fábrica quemada a las afueras de Madrid. Un robot vestido con unas toscas ropas intenta desesperadamente huir de nuestro campo de visión. Finalmente es abatido con un láser que le destroza la cara y la mayor parte de la cabeza.

Ordeno a la pantalla que interrumpa el macabro juego. Ya hemos visto suficiente. Ya no hay duda de que se están perpetrando crímenes por encargo reconstruyendo antiguos videojuegos.

—Hay que seguir el rastro del dinero —afirmo categórico—.Ya sabemos lo lucrativo que puede llegar a ser este negocio.

—Me pongo a mover a todos mis contactos —responde Alfredo—. Tiene que haber mafias sacando tajada.

—No creo que nadie que esté cobrando la renta básica se pueda pagar estos entretenimientos —opina Ramiro—. Voy a establecer un perfil sociológico y psicológico de los posibles consumidores de estos productos. Y me temo —añadió con un gesto de menosprecio—que detrás de todo esto encontraremos a más de uno que seguramente ostenta puestos de responsabilidad en nuestra cínica sociedad.

—Perfecto, ponte a ello con Juan —le animo—. Y quiero también que elaboréis un listado, lo más completo posible, de antiguos videojuegos de temática similar. Esa lista nos puede dar indicios de dónde se pueden cometer los próximos delitos. Porque a estas alturas, estaréis de acuerdo conmigo en que esto no ha hecho más que empezar —confieso preocupado.

A Ángela y a Antonia les encargo que amplíen el círculo con los nuevos robots encontrados. —Investigad a sus dueños, sus domicilios, si han cobrado algún seguro, lo que se os ocurra—les sugiero—. Y no perdáis de vista a los empleados de la empresa donde robaron la unidad. Tenemos que dar con un patrón de actuación. Saber quién les abastece de robots para

las cacerías y cómo se llevan a cabo los secuestros. Y por supuesto, saber quién es la mano ejecutora.

Mi equipo ya se ha puesto en marcha. Les conozco bien y sé que tarde o temprano daremos con los culpables. Siento que comenzamos a dar forma a este oscuro caso con ramificaciones impredecibles. Con bifurcaciones extrañas e inesperadas de difícil conjetura. Pero siento también que tardaremos en dar con tu asesino.

Una idea me sigue rondando la mente de forma obstinada, sin darme tregua ni de noche ni de día. Necesito saber qué te hace diferente al resto. Sé que no formas parte del patrón y eso me inquieta y me obsesiona. Y sé que eres la clave para que todo encaje, que sin ti el cuadro está incompleto, inconcluso, fragmentado. Y mientras tanto, yo sigo perdido, dividido. Sintiéndome culpable por desconfiar de ti. Y sintiéndome un ingenuo por creer en tu inocencia.

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Ana Rodríguez Monzón

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