La Quinta Ley [Capítulos XIII – XIV] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulos XIII – XIV] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulos XIII – XIV]

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CAPÍTULO XIII

PABLO


Madrid, 6 de febrero de 2332, cuatro días después

Solo era cuestión de tiempo que el caso se convirtiera en mediático y nos estallara en plena cara. Sabíamos que tarde o temprano tenía que suceder y nos habíamos preparado para ello. Pero uno nunca es capaz de prever hasta donde pueden llegar algunas alimañas en busca
de carnaza.

El detonante fue el hallazgo de ocho robots en el interior de los túneles de una vieja línea de metro abandonada. Con las cabezas carbonizadas, vestidos de la misma forma y colgados de una barra oxidada.

El primer caso llama la atención. El segundo abre titulares y el tercero nos coloca indefectiblemente en la picota. Veinticuatro horas después del siniestro descubrimiento ya le habían puesto nombre. Lo apodaron el caso de los robots colgantes en clara alusión a la macabra forma de exhibirlos. Y así es como todo el mundo lo conocería a partir de entonces.

Tengo que reconocer que no fue mérito nuestro dar con los cuerpos. Una llamada anónima nos puso sobre aviso. Un escueto mensaje en el que se nos indicaban las coordenadas del lugar donde se había cometido el droidicidio.

Recibimos suficientes avisos malintencionados con el infame objetivo de hacernos perder el tiempo, por lo que tenemos que ser precavidos y actuar con cautela para no caer en un fastidioso e irritante engaño. Siempre analizamos toda la información de contorno e intentamos obtener algún dato relevante sobre la persona que nos ha puesto sobre la pista, pero en este caso todos nuestros esfuerzos por rastrear la fuente resultaron infructuosos.

En el caso anterior, el de la fábrica abandonada, el anónimo informante tampoco había sido muy prolijo con los detalles. Tan solo nos había proporcionado las coordenadas del lugar. Pero como era de esperar había dirigido el aviso a la centralita de emergencias.

En esta ocasión, curiosamente, la llamada ha tenido como destinatario a un miembro de mi unidad. Antonia no termina de comprender qué relación puede tener con ese desconocido para haber sido ella la elegida. Yo tampoco lo veo claro. Pero en este momento no es lo que más me preocupa. Me inquieta mucho más pensar cómo evolucionará este insólito caso.

Según el informe de la Científica, los robots llevaban muertos en aquellos sombríos túneles unos tres meses aproximadamente. Lo que implicaba que este crimen había sido perpetrado con anterioridad al de la sierra. Y que previsiblemente no sería el último.

Todos estábamos de acuerdo en que la autoría única era muy poco probable. Por múltiples razones. Un número elevado de víctimas, una puesta en escena compleja y ausencia total de huellas, salvo en el caso de la sierra, lo que indicaba un trabajo posterior de exhaustiva limpieza que difícilmente podría realizar una sola persona. Y por si nos quedaba alguna duda, estaban las grabaciones de los videojuegos que simulaban las persecuciones. En todas ellas aparecía un número variable de jugadores que oscilaba entre cinco como mínimo y quince como máximo. Juan nos lo acababa de confirmar en la reunión diaria de checking en la que estábamos enfrascados desde hacía algo más de media hora.

—No nos hemos equivocado con la hipótesis de los juegos, creo que vamos en la dirección correcta —afirma Juan—. El nuevo caso tiene su equivalente en un antiguo videojuego que circuló por la red hace unos quince años. Estuvo de moda un par de años y luego cayó en el olvido. Me ha costado dar con él en su versión original, porque la que ahora se mueve por la red profunda es una versión mucho más sanguinaria que es la que imagino les habrá servido de fuente de inspiración.

Para dar peso a sus palabras nos proyecta en la pantalla una demo de apenas un minuto en la que aparecen unos oscuros túneles apenas iluminados por las cámaras de seguridad de unos viejas líneas de metro claramente abandonadas.

Se intuyen de forma poco nítida unas siluetas vestidas con unas ropas que desgraciadamente nos resultan familiares. Unos hombres les persiguen, pero no podemos ver sus rostros. Ruidos, disparos, gritos y el silencio. Y unas cifras sobreimpresas con los puntos obtenidos.

—Gracias Juan, buen trabajo —le felicito dirigiéndome a él—. Creo que ya todos tenemos claro que existe una conexión con los juegos. ¿Cuántos candidatos posibles más tenemos circulando por la red?

—Candidatos posibles hay muchos —responde con un gesto de impotencia—. Cuanto más nos sumergimos en la red profunda con más nos topamos.

La mayoría solo son variantes de otros. Algunos tienen un único nivel, pero otros presentan cientos de niveles a los que vas accediendo según tu pericia. Gracias al trabajo de las IA hemos filtrado un buen número de juegos que no se corresponden exactamente con las características de los crímenes. Pero aún así me temo que siguen siendo demasiados. No es por desanimar, jefe, pero pasan de la veintena. Y los escenarios son ambiguos, genéricos. Una casa abandonada, un bosque, unas cuevas. Además, tenemos que contar con el agravante de que son escenarios virtuales, diseñados para el juego. No lugares reales. Solo podemos buscar similitudes, nada más.

—Lo sé —reconozco—, pero es la única pista sólida que tenemos. Seguid trabajando con los patrones de los juegos.

—Quizás —sugiere Ángela con timidez— ahora que estamos en todos los medios, haya alguien que pueda darnos alguna pista.

—A lo mejor el amigo de Antonia nos echa una mano —dice Ramiro provocándola.

—No es mi amigo. Ni siquiera sé quién es y además no me da ninguna buena espina —le replica bastante enojada.

—No creo que los medios nos ayuden a resolver el caso. Más bien todo lo contrario —opina Alfredo con tal cara de enfado que consigue homogeneizar el rojo de su pelo con el color de su rostro.

Esta mañana se ha llevado un buen cabreo cuando nos ha llamado el enlace con la prensa para meternos un buen rapapolvo. Y todavía sigue irritado y molesto.

—La comandante nos dejado bien claro que no podemos dormirnos en los laureles porque el caso se nos está atragantando —les informo—.

Comenzamos cubriéndonos de gloria mediática pero lo cierto es que ya llevamos un mes y todavía no tenemos a ningún sospechoso. Quiere resultados ya y que recemos para que no vuelvan a aparecer más robots carbonizados.

—Es evidente que ahora que estamos en las redes abriendo titulares nos van a crucificar al mínimo tropiezo —profetiza Antonia con una mueca de asco—. Y por mucho que recemos, ojalá me equivoque, tengo la intuición de que van a seguir apareciendo nuevas cabezas quemadas.

—Que estén desapareciendo robots tipo RH2 de gente de clase alta tampoco nos está ayudando precisamente —admite Ángela.

—Y tampoco estamos sacando nada por esa vía —reconoce Antonia con un movimiento negativo de cabeza para enfatizar sus palabras—. No parece que los dueños los hicieran desaparecer por cobrar el seguro, ni hemos encontramos vínculos entre los propietarios, ni tampoco se fortalece la relación del patrón geométrico de los domicilios. Los robots de la fábrica abandonada vivían en el otro extremo de la ciudad. Y los descubiertos hace cuatro días en una urbanización de las afueras. Lo que sí que parece claro es que cada tanda la toman de una zona delimitada por un radio que oscila entre uno y dos kilómetros.

—No todos son robots de gente con pasta —le rebate Juan, volviendo al comentario de Ángela—. Alfredo tiene los datos.

—Cierto. También están desapareciendo robots de las fábri- cas —nos corrobora Alfredo—. Recordad que en el caso de la sierra aparecieron siete robots, a dos los podríamos considerar como casos especiales por la tecnología tan sofisticada que presentan y cinco eran del tipo RH2. De esos cinco, se podría decir que cuatro de ellos fueron secuestrados a familias pudientes. El otro era de catálogo y fue robado de la misma cadena de producción. Sin embargo, en el caso de la fábrica subimos a nueve. Tres como la chica y seis del tipo RH2. Pero de esos seis, tan solo dos estaban hechos por encargo y desaparecieron mientras sus dueños estaban de vacaciones. Los otros cuatro eran clones estándar y de nuevo se esfuman de la nada ante las narices del impasible encargado de la cadena. Pero la cosa no queda ahí —se detiene, haciendo una pausa teatral—, esta maña- na nos ha llegado el informe de los robots del metro. Ocho robots. Dos son del tipo desconocido y de los otros seis RH2, cuatro eran simples clones estándar que también desaparecen misteriosamente durante el turno de noche.

—¿Con el mismo encargado? —pregunta Antonia con un gesto de duda.

—Qué ojo tienes. ¡Cómo lo has adivinado! —asegura Alfredo con una sonrisa burlona—. Y curiosamente, el encargado ha resultado ser un humano con antecedentes penales.

—¿Qué tipo de delitos? —quiere saber Ramiro.

—Pequeños hurtos y trapicheos con sustancias prohibidas por la red —les respondo yo, mostrándoles en la pantalla flotante la ficha que tenemos en nuestros archivos—. Su nombre es Samuel Blasco. Es soltero y vive con dos robots reconocidos legalmente de tipo humanoide. Hembras de tipo RH. No debe tener suficientes recursos para comprarlas RH2. He pedido a la jueza que le intervengan las comunicaciones de su chip neural, pero me conformo con que nos conceda poder acceder a parte de su nube. Ya sabéis que sin una orden de arresto es muy complicado que nos proporcione esa información. Se la estaría jugando ante una denuncia.

—¿Qué opinas de la jueza? —me pregunta Antonia con cierta desconfianza del talante de su señoría—. Nos vendría bien un poco de apoyo o al menos que no nos ponga trabas.

—Es ecuánime y honrada. Muy trabajadora. Algo puntillosa con las formas, pero si la sabes llevar al final suelta la cuerda y te va dando lo que le pides. Sinceramente, creo que hemos tenido suerte de que le hayan adjudicado este caso —apostillo, en parte para tranquili- zarles y en parte para convencerme a mí mismo.

—¿Como crees que se comportará si llamamos a declarar a Ci- fuentes? —me pregunta Antonia con un gesto de recelo.

—De momento solo llamaremos a declarar al encargado. Hoy le tenemos preparada una buena sorpresa para cuando acabe su turno de noche. Lo traeremos a las dependencias para un interrogatorio informal y según lo que saquemos en claro hablaremos con Cifuentes —le respondo sin contestar exactamente a su pregunta.

—Una primera toma de contacto con Samuel para que nos vayamos conociendo —ironiza Alfredo—. A ver por dónde respira. Con un poco de suerte lo ponemos nervioso y da un paso en falso.

Alfredo tiene puestas más esperanzas que yo en este interrogatorio. Aunque no es un sospechoso formal, es lo más parecido que tenemos a una pista. No creo en absoluto que esté involucrado directamente en los droidicidios, pero es muy posible que sea un eslabón más en una larga y compleja cadena de intermediarios de esta sórdida trama.

Si me he abstenido de dar una respuesta a la perspicaz Antonia es porque su pregunta me quema a mí también desde que los últimos cuerpos emergieron de las profundidades de la tierra. Intuyo que tarde o temprano toparemos con algo delicado, espinoso, incómodo, embarazoso. Algo que puede llegar a enervar a gente poderosa. Gente para los que las fuerzas de seguridad solo somos un molesto incordio, una contrariedad en su camino. Y mucho me temo que, si llega ese momento, nuestra jueza no tenga los arrestos suficientes de alinearse con nosotros.

Alfredo todavía no ha terminado con su exposición y permanecemos en silencio mientras nos muestra una nueva pantalla flotante con una web de apuestas.

—Juan y Ramiro la encontraron la semana pasada y llevan trabajando en ello sin descanso desde entonces —nos explica Alfredo mientras comienza a crearse un usuario ficticio para enseñarnos de qué se trata.

—Todavía no hemos podido llegar hasta el final, pero estamos en ello —dice Juan con un deje de orgullo—. No podemos arriesgar- nos a que sospechen quiénes somos y nos la cierren en las narices. Vamos con mucho tiento, pero nuestro usuario ya ha logrado colarse hasta un nivel muy profundo. Un par de niveles de seguridad más y creemos que nos dejarán participar en una de sus cacerías. No os podéis imaginar la pasta que se mueve. Y las similitudes con algunos detalles del caso que no se han hecho públicos por ser secreto de sumario pone los pelos de punta.

Desde que en 2157 se prohibió la caza de robots como deporte, proliferaron los videojuegos de realidad virtual en los que se podían experimentar situaciones similares sin el molesto inconveniente de acabar en la cárcel. A pesar de las fuertes sanciones que se aplicaban a quienes infringían la ley, siempre hubo cazadores furtivos que es- capaban de una u otra forma a los controles policiales. E inevitable- mente, mafias que las organizaban obteniendo suculentas comisiones por permitir participar y por la venta posterior de las grabaciones. Y por supuesto, sumados a ellas, pingües beneficios derivados de las in- decentes apuestas que comenzaron a proliferar hasta convertirse, en nuestros días, en uno de los motores de la economía sumergida.

Alfredo consigue toda nuestra atención mientras nos demuestra lo fácil que es darse de alta y participar en el juego. Al menos en el primer nivel en el que solo está permitido apostar dinero.

Para jugar tan solo hay que ir eligiendo entre una infinidad de opciones, a cuál más variopinta, hasta que decides plantarte. Seleccionamos el número de cazadores, el número de presas, el lugar donde tendrá lugar la cacería, el tiempo que tardarán en ser abatidos, el tipo de arma utilizada, el número de búsquedas en la red cuando se haga público, estadísticas de todo tipo de dichas búsquedas, y hasta el tiempo en que la policía tardará en encontrar a las víctimas. Podríamos seguir apostando durante horas, gastándonos una fortuna, pero ya hemos visto suficiente. Lo anulamos todo y borramos el usuario y las posibles huellas.

Juan y Ramiro toman el relevo de Alfredo y nos cuentan con detalle los diferentes niveles a los que han ido accediendo. Cuanto más profundos, más sórdidos se tornan. Y más macabras son las apuestas que te permiten hacer. Llegados a cierto punto, pasas a la categoría de cazador virtual y ya no solo apuestas en los juegos de otros, sino que participas en las cacerías con tu propio avatar o con otro creado para la ocasión. Cuando demuestras suficiente habilidad en el juego ya estás preparado para convertirte en diseñador. Interactuar con el software te permite generar tus propias apuestas. Tus propias perversiones. Que otros comiencen a caer en tus redes y el ciclo comience de nuevo. Comienzas a ganar puntos y dinero convertible en la red a una velocidad creciente. En una progresión cuyo único límite es tu capacidad para enganchar a nuevos jugadores. Eso te catapulta. Formas parte del grupo de los elegidos. Un ser omnipotente que no se conforma con ser un mero avatar. Y es entonces cuando ellos te lo ofrecen. Dar el paso final y convertirte en uno de los escuadrones de la muerte.

*

CAPÍTULO XIV

MARCOS


Madrid, 3 de febrero de 2332, tres días antes

Estás tan pálida que tu piel se confunde con la nieve. Una fina capa de suaves copos se ha posado sobre ti dándote la apariencia de una diosa vikinga venida desde Äsgard. Tengo la vaga sensación de que nos conocemos. En un universo alternativo.

La puerta está abierta. Podría activar tu pulsera médica y des- aparecer. Sería lo más sensato. Pero hoy no quiero ser ni sensato ni prudente. Y tampoco quiero abandonarte en medio de la calle. Te llevo en brazos hasta el hall donde el software domótico de la comunidad te reconoce al instante. Natalia Romero. Segunda planta.

No tengo la más mínima idea de quién eres ni por qué me has estado siguiendo de una forma tan obsesiva y chapucera, pero por alguna extraña razón siento que nos une un singular vínculo.

Tu apartamento es diminuto, pero parece acogedor. Minimalista. Un único habitáculo que hace las funciones de dormitorio, salón y cocina con un pequeño anexo para el baño. Pero las minúsculas proporciones del estudio no resultan agobiantes. Lo expandes jugando con las proyecciones virtuales de las paredes que te transportan a una nave espacial flotando en el vacío. Vives sola, sin mascotas ni robots de compañía. Tan solo me recibe un avatar virtual masculino que me saluda protocolariamente y activa inmediatamente el software médico de la vivienda. Te coloco con cuidado encima de tu cama esperando que el programa concluya su diagnóstico.

Respiro tranquilo. Tu vida no corre peligro. Solo has sufrido un desmayo. Tus constantes vitales están estabilizadas. Un cóctel de sedantes inyectados a través de tu pulsera médica te mantiene en un pseudo-coma inducido, privada de consciencia.

Un informe se despliega ante mí con un montón de datos técnicos. Algunos me resultan incomprensibles y otros demasiado familiares. Todos se resumen en una frase: causa del síncope desconocida. Parece que no es el primero, que lo sufres de forma periódica y recurrente.

Una alerta se enciende en mi cerebro. Ordeno al impávido avatar que me acompaña que me muestre imágenes de ti, de tu rostro. Creo saber quién eres.


a no tengo dudas porque tus ojos te delatan. Te he subestimado. Te has disfrazado bien. Una maestra en el arte del engaño. Eres mi última víctima. Al menos la última que yo recuerdo.

Un sudor frío me recorre el cuerpo. Ahora no puedo perder el conocimiento. Debería marcharme de la casa antes de que despiertes. Permanecer aquí solo puede ocasionarme serios problemas. No puedo perder el control. Por nada del mundo me perdonaría hacerte daño.
Ahora ya sé que tú también sueñas conmigo. Por eso me persigues de forma insistente y ofuscada. Tú también buscas respuestas.

No me resulta complicado colarme en tu nube utilizando algunos trucos. Al menos en la parte más vulnerable de ella. Tu avatar me lo pone fácil. Creo que deberías revisar sus protocolos de seguridad. Si quieres yo podría ayudarte.

Descubro que visitas a Aguilar. No me sorprende en absoluto. Explica muchas cosas. Como que supieras que también soy su paciente. Experta en Psicobiología cognitiva e Inteligencia Artificial. Me gusta. Al menos no te aburrirías demasiado en la conferencia de esta tarde. Lo que no me esperaba es que fueses alumna de Castro. Eso sí que es toda una sorpresa.

Mi amigo Ramón tendrá que ofrecernos respuestas convincentes.

Dentro de poco despertarás y no puedo arriesgarme a que me veas. Todavía no. No creo que estés preparada. Grabo un mensaje en tu nube. Te cito en un lugar neutral. En tu querida facultad de filosofía. Quiero que comprendas que no soy tu enemigo. Yo también necesito saber imperiosamente qué nos está ocurriendo. Sé que debemos colaborar. No debería haber secretos entre nosotros. Pero este asunto nos supera.

Necesitamos ayuda externa. Aguilar es un comienzo, pero no creo que sea suficiente.

Un nombre me cruza la mente. Antonia Hernando, alumna de tercer curso en mi seminario de Teoría de Categorías. Brillante, perspicaz, investigadora nata. Recuerdo haber leído en su ficha que trabaja en un departamento de élite de la Guardia Civil. En delitos robóticos.

Como en un impulso emocional sin deliberación previa de la razón sé lo que debo hacer. Enviarle de forma anónima las coordenadas de los lugares que aparecen en mis pesadillas. Los emplazamientos donde cometí los crímenes.

Abrir la caja de Pandora y esperar.

***

Ana Rodríguez Monzón

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Categories: La Quinta Ley

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