La Quinta Ley [Capítulos VII – VIII] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulos VII – VIII] – Una novela de Ana Rodríguez Monzón

La Quinta Ley [Capítulos VII – VIII]

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CAPÍTULO VII

PABLO

Madrid, 13 de Mayo de 2344, doce años después

El general Campos deambulaba por la sala nervioso como un gato enjaulado. Hacia mucho tiempo que no lo veía tan alterado. Pero es que la situación no era para menos. El cuerpo de Alberto Cifuentes acababa de ser retirado de la escena del crimen por un par de robots de la científica.
Yo todavía tenía grabada en mi retina la imagen de las líneas carmesí que indicaban sin paliativos que su alma o su consciencia o lo que fuera que nos insuflara la vida y forjara nuestra identidad ya no se encontraba en este mundo.

Cifuentes no era un hombre corriente. Así opinaban tanto sus amigos más próximos como sus más enconados detractores. Transmitía una aura especial que hacia pensar a quienes le conocían que fuese una especie de ser sobrenatural capaz de vencer incluso a la propia muerte. Quizás lo hubiera logrado, gracias a las terapias anti envejecimiento más sofisticadas a las que era adicto según las malas lenguas, de no haberse cruzado en su camino la fatalidad y la premeditación en forma de magnicidio.
Su verdugo había derrochado grandes dosis de planificación para poder colarse en las mismas entrañas de la dirección general con unas medidas de seguridad que rayaban la ciencia ficción. Lo que me inclinaba a sospechar que el ejecutor del crimen fuese alguien de su entorno cercano o al menos alguien sin restricciones de movilidad por nuestras vigiladas dependencias. El juez del Supremo y el ministro de Seguridad Nacional habían decidido regresar a la tribuna presidencial para no llamar demasiado la atención con su ausencia. En estos momentos, era presumible que su salida precipitada de la sala no hubiese pasado desapercibida. Para

Campos, éste era el menor de sus problemas, aunque ganar tiempo y retrasar en lo posible que la trágica e infortunada noticia llegase a los medios de comunicación había sido una de las prioridades del ministro. Aguantar hasta reunir a su equipo. Resistir hasta no haber tomado una decisión consensuada, unánime.

Pero solo era cuestión de tiempo que la tormenta se desatase. Cuando se filtrase que el gabinete de crisis había sido convocado, las especulaciones se dispararían y tendrían que hacer un comunicado oficial. Al menos, el ineludible mensaje estaría para entonces maquillado con el inefable truco de la ambigüedad. De momento, solo se informaría de su óbito, sin concretar si su muerte había sido accidental o provocada. Mi viejo amigo no estaba muy de acuerdo con esta decisión. Opinaba que las conjeturas malintencionadas de la red podían resultar más dañinas que la limpia verdad. Y yo no podía estar más de acuerdo con él.

Un mensaje en su comunicador hizo que me dirigiese una mirada de fastidio tras su lectura. Como era de esperar, era inevitable que surgiese un conflicto de competencias entre nosotros y otras fuerzas de seguridad del estado. Campos tendría que lidiar con sus homólogos para delimitar correctamente el ámbito de actuación de cada parte. Y no sería tarea fácil.
El crimen se había perpetrado en la capital, que siempre fue, sin ninguna duda, jurisdicción policial. Pero para quebradero de mis superiores, se había cometido dentro de nuestras dependencias, en el mismo corazón neurálgico de la Guardia Civil. Nadie decide el día ni el lugar donde va a ser asesinado, pero Cifuentes no podía haber elegido peor la inquietante y confusa forma de abandonar este mundo.

Paradójicamente, había muerto en el despacho en el que, si las predicciones no fallaban, habría sido su lugar de trabajo en los próximos años. El ministro de seguridad nacional nos lo había confirmado hacia tan solo unos minutos, ante su cuerpo frío e inerte. Oficialmente hubiera constado como asesor, una especie de enlace entre seguridad nacional, guardia civil y las diferentes policías tanto nacionales como internacionales, aunque no nos quiso aclarar la naturaleza exacta de su truncado desempeño. Ni Campos ni yo tampoco quisimos hacer preguntas indiscretas. Lo que sí nos aseguró es que la noticia de su nombramiento era cuestión de días. Ahora quedaba por ver quién sería su sustituto. Aunque, por una velada alusión del propio ministro, pudimos intuir que ese puesto llevaba nombre y apellidos y que tan enigmático cargo no tendría sucesor.

Parecía poco probable que su asesinato no estuviera relacionado con la nueva función a desempeñar, pero en una investigación policial nunca se puede dar nada por sentado, ni lo que a priori parece más obvio. Solo se puede confiar en las pruebas. E incluso éstas, en ocasiones, también pueden estar manipuladas.

En cualquier caso, no parecía en ese momento que fuese de mi incumbencia resolver el delito. El tiempo me demostraría lo equivocado que estaba.

Poco podíamos hacer ya de provecho en aquel despacho marcado por la fatalidad. Yo decidí regresar a la ceremonia. Me esperaba una medalla. Aunque no sería Campos quien me la entregase. Tenía cosas más importantes que hacer, como organizar la reunión con el gabinete de crisis a la que por supuesto yo no iba a estar invitado. Sin embargo, algo le debía rondar la cabeza a mi buen amigo. Algo, que intuí y no me equivoqué, solo podría acarrearme nuevos problemas.

No me atreví a preguntarle qué demonios pintaba yo en el escenario del crimen. Mi jurisdicción estaba lejos de allí, ni siquiera residía en España. Desempeñaba un puesto netamente burocrático. Yo era, desde hacía más de diez años, una especie de enlace entre las múltiples e intrincadas ramas de la moderna policía europea. A años luz de mi viejo trabajo de investigador de campo. A años luz de cualquier contacto con la muerte.

Pero no fue necesario que yo le preguntase. Antes de abandonar el despacho me sujetó suavemente por el brazo y me entregó un código de acceso ilimitado. Y me dijo aquello que yo no quería escuchar:

—Reúne a tu equipo dentro de cuatro horas en tu viejo despacho. Para entonces espero haber terminado con el gabinete de crisis. Tenemos que hablar.

Se marchó dejándome con la palabra en la boca. Y yo regresé a la sala en busca de una condecoración que recibí de manos de un ministro de seguridad impertérrito.

Cuando regresé a mi asiento, activé mis lentillas de realidad aumentada y el código de Campos que me facultaba a entrar en la nube corporativa sin restricción ninguna, lo que me proporcionó de forma inmediata un listado de todos los asistentes en la sala y en particular la ubicación de mis viejos compañeros. Comprobé que Antonia no se había movido de su asiento. Ángela no aparecía en la lista, pero en apenas un instante había localizado al resto del equipo. A mi gran amigo el comandante Alfredo Villalba con el que nunca perdí el contacto y que fue un gran apoyo en mis horas más bajas, al capitán Juan Álvarez que seguía tan delgado como yo lo recordaba, y al teniente Ramiro Del Valle convertido en un gran experto en perfiles.
Les envié un mensaje subvocálico con una escueta y desconcertante nota citándolos en mi antiguo despacho. Las explicaciones vendrían después.

*

CAPÍTULO VIII

PABLO

Madrid, 13 de Mayo de 2344

Mi viejo despacho estaba ocupado actualmente por el antiguo cabo de mi extinta unidad, Juan Álvarez, ascendido recientemente a capitán bajo las órdenes del comandante Alfredo Santamaría. Reconozco haber sentido una punzada de nostalgia al franquear su puerta y reconocer, flotando frente a la que fue mi mesa de trabajo, la majestuosa holografía de una de nuestras estaciones espaciales de tránsito suborbital, que nunca visité, pero que por alguna extraña razón me ayudaba a concentrarme cuando mi mente se ofuscaba. Durante estos doce largos años, no sé si la conservaron por desidia y pereza o porque les producía el mismo efecto mental benéfico que a mí, pero en cualquier caso me alegré de que siguiera allí porque la iba a necesitar de inmediato.

Juan fue siempre un investigador nato, incansable, perfeccionista y minucioso, pero desgraciadamente, pecaba de no importarle lo más mínimo que le comiera el desorden. Entrar en aquella habitación me confirmó que seguía manteniendo sus costumbres de antaño.

No era el único en conservarlas. La puntualidad siempre había sido una de las muchas cualidades de mi equipo. Y una vez más, allí estaban todos. Como en un déjà vu, formaban una estampa tan familiar que a punto estuve de emocionarme.

No faltaba nadie, ni siquiera Ángela, a la que habían avisado de urgencia para que asistiese a una misteriosa reunión que en el mejor de los casos les aguaría la fiesta de conmemoración del quinientos aniversario y en el peor de los casos, era todo un misterio.

Habían ocupado las mismas posiciones que en el pasado, como si quisieran con ello recordarme que estaban conmigo, que seguíamos siendo una unidad, un equipo sin fisuras. Un todo compacto, incluso antes de conocer los detalles de la misión que les iba a proponer y que probablemente no les trajese nada bueno, sino más bien todo lo contrario.

Fui el último en llegar a la cita. Por haberme entretenido en cruzar unas palabras de cortesía con el juez del Supremo, al que todavía no había regresado la circulación sanguínea a la cara. Me confirmó que por «órdenes de muy arriba», la prensa todavía no había sido informada del fallecimiento de Cifuentes, aunque ya empezaban a circular rumores.

Como testigo presencial de los hechos y en virtud a su cargo, asistiría al cónclave de los elegidos por el ministro de seguridad nacional. Yo, obviamente, no estaba entre los preferiti, pero gracias a Campos tendría acceso a información privilegiada que de otra forma me hubiera sido institucionalmente vetada.

Después de los saludos y abrazos de rigor y de resumirles en pocas palabras lo que para mí habían sido doce duros años de exilio, me senté en la fue mi butaca de antaño y permanecí en un incómodo silencio que se prolongó hasta convertirse en tenso.

—¿No vas a decirnos qué demonios pasa? —Antonia fue la primera en hablar. Como me suponía, se había fijado en mis idas y venidas tan poco ortodoxas de la sala de ceremonias. Y por supuesto, tampoco le habían pasado desapercibidas las ausencias de Campos—. Nos tienes muy intrigados.

—Y preocupados —añadió Alfredo.

—Conociéndote, ya hemos hecho apuestas sobre cuál será el próximo lío en el que nos vas a meter —bromeó Antonia guiñándome un ojo.

—Han asesinado a Alberto Cifuentes —anuncié, sin suavizar lo más mínimo la noticia.

—Hostia —soltó Juan.

Por sus caras pude adivinar que la revelación había resultado ser una primicia.

—¿Alguna hipótesis? —preguntó Alfredo con expresión seria.

—La verdad, no sé mucho más que vosotros. Campos me envió un mensaje privado para que acudiera a uno de los despachos de los directores. Cuando llegué, me encontré a Salvador, al ministro de seguridad nacional y a un juez del supremo con la cara todavía descompuesta. Y por supuesto, a los robots de la científica revoloteando en busca de pruebas.

—Y después, —quiso saber Ramiro, dejando la frase en suspenso.

—Poco más. Estuvimos unos minutos hasta que se llevaron el cuerpo y luego regresé a la ceremonia para que me dieran la condecoración —les expliqué, tocándome de forma instintiva la medalla fundida holográficamente con mi traje virtual.

—¿Nos quieres hacer creer que nos has reunido en tu viejo despacho después de no vernos en casi doce años, solo para decirnos que han matado a Cifuentes? —preguntó Alfredo sarcástico.

—Ha sido idea de Campos. —Reconocí—. Me ha pedido que os citara aquí. Cuando termine con el gabinete de crisis tiene pensado reunirse con nosotros.

—Esto no tiene buena pinta —auguró Ángela que todavía no había abierto la boca.

—No, la verdad es que no pinta nada bien—reconocí, mostrándoles la tarjeta de acceso ilimitado que me había entregado Campos.

—Hostia —dijo Juan de nuevo.

Hoy su vocabulario parecía bastante limitado, más bien reducido a una única expresión.

—Lo siento —se disculpó —. Es que nunca había visto una tarjeta de ésas. Solo las manejan algunos generales y altísimos cargos políticos. Es más delgada de lo que imaginaba.


—¿Qué pretende que hagas con ella ?—preguntó Ramiro ligeramente suspicaz.

—No tengo ni idea. De momento me ha servido para localizaros a todos —contesté en tono de broma, en un infructuoso intento de arrancarles una sonrisa.

Yo también me preguntaba qué pretendía Campos otorgándome tanto poder y tanta responsabilidad. Y también me preguntaba, con cierto grado de inquietud, si el ministro estaría al corriente, o si por el contrario, ignoraría que yo, un simple teniente coronel, gozaba de semejante privilegio.

Como si aquella finísima lámina flotante fuera capaz de leerme el pensamiento, se activó iluminándose con una suave iridiscencia y mostrando de improviso una imagen del general Campos a tamaño natural.

—Buenas tardes a todos y muchas gracias por vuestra asistencia. A estas alturas, imagino que Pablo ya os habrá puesto al corriente de la grave situación. Lamento deciros que solo dispongo de unos minutos. Es previsible que el gabinete de crisis siga reunido toda la noche. Cualquier comunicación entre nosotros en el futuro se hará a través de la encriptación de máxima seguridad de la tarjeta de Pablo.

Todos permanecimos en silencio, expectantes, incitándole a continuar.

—Tienes autorización expresa del ministro para utilizarla —añadió dirigiéndose a mí—. Sin restricción ninguna. Os permitirá acceder a archivos clasificados de Cifuentes y del proyecto en el que estaba metido. Es algo gordo, os lo aseguro. Aunque me temo que desgraciadamente, guardaba parte del dossier en una nube privada a la que solo él tenía acceso.

—¿Qué esperas exactamente de nosotros? —le pregunté de forma urgente, directa, haciendo un gesto circular con la mano que nos incluía a todos.
El tiempo apremiaba. Fundamentalmente, necesitábamos saber cuál iba a ser nuestra función en este desafortunado e inesperado caso. En un futuro, ya nos explicarían las razones por las que habíamos sido elegidos para llevar a cabo esta investigación. Aunque era muy evidente que la mano de Campos no andaba muy lejos.

—Necesito que seáis mis cinco sentidos. Que os convirtáis en una prolongación de mí, allí donde yo no pueda llegar.

—De forma extraoficial, por supuesto. —intervino Alfredo.

—Por supuesto —contestó, asintiendo enérgicamente para dar énfasis a su repuesta—. Este caso va a levantar ampollas y va a remover muchos lodos. Sin contar con que tenemos un serio problema de competencias administrativas. Estamos ante un magnicidio en toda regla con repercusiones políticas más allá de nuestro territorio peninsular.
Campos extendió ante nosotros un archivo con el membrete del departamento de formación de la Guardia Civil.

—Esta será vuestra tapadera —nos comunicó con una ligera sonrisa—. A partir de este momento quedáis oficialmente matriculados en un instructivo curso de formación de seis meses de duración. Obviamente con dedicación exclusiva. Si en este tiempo no hemos sacado nada en limpio ya se nos ocurrirá alguna otra artimaña sin tener que enviaros a todos de vacaciones. Sería muy sospechoso.

No más sospechoso y extraño que realizar aquel anodino curso. Pero por respeto a mi jefe preferí no decir nada. Al fin y al cabo, lo único que teníamos que hacer era no llamar la atención en los próximos meses. Arduo y complicado si nuestra misión era meter las narices en la trastienda del gobierno, en los oscuros aledaños del poder.

—Siento tener que regresar con el gabinete. Os mantendré informados —se disculpó dando por terminada la breve y concisa reunión—. Os recomiendo que leáis este archivo que os he preparado —añadió con una sonrisa maliciosa a modo de despedida—. Os resultará muy interesante y motivador para comenzar vuestra tarea.

Dicho esto, Salvador Campos desapareció como por arte de magia, dejándonos frente a un prolijo archivo de un apagado tono púrpura que me recordó el color de la sangre seca sobre el rostro de Cifuentes.

Mi relación con el difunto se remontaba al viejo caso de los robots asesinados. Nunca se probó una conexión directa entre los droicidios y su empresa pero cada vez que habríamos una nueva línea de investigación, siempre nos aparecía su nombre de una forma u otra.

Cifuentes era sin paliativos un hombre extraordinario. Algo enigmático e insondable, pero a la vez cercano y accesible. Cordial en el tú a tú directo. Tuve el privilegio de conocerle personalmente y de estrechar su mano. Piel con piel, no a través de los omnipresentes avatares virtuales que nos circundaban permanentemente como espectros ingrávidos.

Él quiso que así fuera. En una ocasión, nos citó a Alfredo y a mí para responder a un interrogatorio informal en su espléndida mansión de las afueras de Madrid. Hizo gala de una educación exquisita, mostrándonos su casa y su galería privada de grabados para disfrute y deleite de Alfredo, gran aficionado al no muy popular arte de la xilografía. Siempre me he preguntado si fue casualidad que compartieran aquella afinidad artística o todo formaba parte de una puesta en escena cuya finalidad se me escapaba.
En dos ocasiones más tuve la oportunidad de conversar con él. Y en ambas, tuve la inquietante sensación de que siempre iba un paso por delante, de que había algo arcano en su mirada y de que no estaba dispuesto a contarnos todo lo que sabía.

Ahora, gracias al archivo que se desplegaba ante nosotros como una cascada de símbolos escarlata, quizás podríamos acceder a parte de sus ignotos secretos.

Necesitaríamos al menos una semana de trabajo para leer y procesar toda aquella cantidad de información. Había informes económicos de las empresas del holding, tediosos aspectos técnicos de proyectos de investigación que se estaban llevando a cabo en la actualidad, junto a veladas alusiones a otros que quizás se desarrollasen en el futuro.
Salvador también nos había preparado un interesante y revelador organigrama con todos los actores, y sus intrincadas conexiones, del nuevo mapa político que se dibujaba para un futuro próximo del que Cifuentes ya no formaría parte.

La última parte del archivo contenía información de su vida privada. Ya pudimos constatar hace años, que apenas circulaban detalles de la misma por la red y que tampoco era un hombre aficionado a mostrarse en público. A diferencia de su esposa, él solo concedía entrevistas sobre algún detalle de su carrera profesional y siempre en programas de carácter puramente científico.

Casado en dos ocasiones, era padre de tres hijos. El mayor, fruto de su primer matrimonio, trabajaba como abogado de la empresa. Parecía mantener excelentes relaciones con sus otros dos hermanos, ambos economistas, y también fuertemente implicados en los negocios familiares. Las dos esposas también parecían congeniar a las mil maravillas. La primera, no solo seguía conservando un buen porcentaje de las acciones sino que participaba en las decisiones técnicas al mismo nivel que el mismo Cifuentes. Se rumoreaba que incluso estaba detrás de buena parte de los últimos avances en inteligencia artificial. Oficialmente, todo parecía indicar que eran una familia de manual, una familia perfecta. Una versión oficial que a grandes rasgos ya conocíamos.

Pero Campos también nos había preparado la versión extraoficial, una versión menos edulcorada pero mucho más realista. Una versión que nos aproximase a su entorno cercano y nos permitiese descubrir al verdadero Alberto Cifuentes.

Según el informe, durante toda su vida había asistido de forma recurrente a fiestas privadas de dudosa legalidad. Juergas clandestinas vetadas a la mayoría de los mortales. Veladas de carácter elitista, disfrazadas de simples reuniones de amigos, en la que circularían todo tipo de sustancias y de mercancías prohibidas.

En uno de estos encuentros conoció a la que sería la madre de su única hija, Natalia. Apenas tuvo contacto con esta desconocida mujer, aunque parece que financió su costosa enfermedad hasta su prematura muerte. Con la niña, ninguna relación, salvo un encuentro casual el día del entierro. Pero algo tuvo que ocurrir hace doce años para que no solo sus vidas volvieran a cruzarse sino que también le ofreciera un importante puesto en su empresa y dos años después la reconociera legalmente. Pasando Natalia Romero, a transformarse de la noche a la mañana, en Natalia Cifuentes.

A partir de entonces, se convierte en su mano derecha en la sombra. Va escalando puestos de responsabilidad hasta alcanzar un estatus dentro de la multinacional equiparable a sus hermanastros, como atestiguan los informes de Campos. Su nombre aparece por todas partes, en un sinfín de operaciones comerciales y de proyectos tecnológicos. Pero siempre moviéndose en la opacidad de las tinieblas, como un fantasma. Ni una simple foto, ni una referencia en la red, ni una alusión en las redes sociales, nada de nada. Es como si Natalia Cifuentes quisiera permanecer en el más absoluto anonimato. Y hasta el momento lo había conseguido.

—Comenzaremos entrevistando a Natalia Cifuentes —informé a mi recién creado equipo—. Antonia y Ángela os haréis pasar por periodistas. A ver qué podéis sacar en limpio.

—Si se deja entrevistar —dijo Ángela con una mueca de duda.

—A mí antes me gustaría ver qué pinta tiene —añadió Antonia—. Tanto misterio no me gusta nada.

—Tus deseos son órdenes, mi teniente —dijo Ramiro con una sonrisa burlona—. Buscaremos a la tal Natalia Romero. Y rezaremos para que no sea solo un fantasma. En este dossier tiene que haber alguna referencia suya.

Interesante y motivador habían sido las palabras exactas de Campos al referirse al informe. Sin duda alguna. Yo hubiera añadido instructivo y muy esclarecedor. Llamaba mucho la atención la rapidez con la que lo había preparado, habida cuenta del poco tiempo transcurrido desde el fallecimiento. Algo me decía que este informe llevaba ya tiempo escrito. Y que guardaba más de una sorpresa.

Ramiro estaba en lo cierto. El dossier contenía imágenes de la enigmática hija de Cifuentes.

Natalia Romero no era ningún fantasma. Era una mujer de carne y hueso. Pero para mí fue como una aparición venida del más allá. Aquellos ojos de un azul utópico, que tantas noches de insomnio me habían robado en el pasado, me miraban de nuevo. Tú me contemplabas una vez más.

Todos permanecieron en silencio, observándome, esperando una respuesta. Una réplica, un veredicto, una sentencia ante aquel sin sentido. No quise dar mi opinión ni expresar emoción alguna, sin embargo aquella imagen hizo que todo comenzará a cobrar un significado para mí. Comprendí por qué Campos había mostrado tanto empeño en involucrarnos en el magnicidio, por qué padre e hija habían vuelto a encontrarse en aquellas trágicas fechas y por qué nos habían puesto tantas trabas para resolver el viejo caso. Ahora ya podía estar seguro de que siempre había existido una conexión entre Cifuentes y los robots.

Todavía quedaban muchos cabos sueltos, muchas piezas por encajar, muchos interrogantes por aclarar, pero tuve la certeza, que de nuevo tú eras la clave.

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Ana Rodríguez Monzón

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