Otro día de playa – Un relato de Tomás Gago Blanco

Otro día de playa – Un relato de Tomás Gago Blanco

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Otro día de playa – Un relato de Tomás Gago Blanco

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Otro día de playa

Hoy llueve.

El rumor continuo de las olas oculta la intensidad del viento al arrastrar impetuoso, monte abajo, con rapidez y sigilo, las nubes enredadas en los arbustos de la cima. La brisa juega solitaria a remolinos de arena y, cómplice de la borrasca, arroja las primeras gotas sobre la ardiente ribera.

Las conversaciones y las risas cesan un instante cuando el sol apaga los destellos de las olas. Bajo la sombrilla veo las gotas formar pompas al golpear el mar en sus crines de espuma fugaces y variables.

Me veo ridículo acurrucado, intentando no mojarme mientras, otros, rota la monotonía por los gruesos goterones, pasean o se bañan disfrutando la novedad atmosférica.

Un niño asustado escupe sobre el pecho de su madre salobres restos de saliva con arcadas que a punto han estado de provocar su vómito.

A mi lado, la costa va quedando vacía de palabras y de gritos infantiles. Estiro las piernas. Un trueno irrumpe en mis pensamientos. El agua salpica los libros apilados al alcance de la mano y me transporta muchos años atrás.

Casi han transcurrido cincuenta. Un pequeño pueblo castellano surge en mi memoria. Cae la tarde. Las puertas de los corrales giran sobre sus goznes con un molesto chirrido. Vacas viejas y temerosas terneras salen perezosas de la siesta. Las calles se llenan de orines y excrementos.  A las afueras del pueblo se agrupa la vacada conducida por jóvenes que apalean inclementes a los animales rezagados. En los tejados, las crías de los pardales reclaman su alimento asomando sus picos amarillos.

Un niño cobrizo, con el torso curtido por el inclemente sol de agosto camina contento junto a su padre, no sabe que recordará ese momento en el futuro. Su padre sonríe bajo el sombrero de fieltro, más aún estos meses del estío en los que las paneras van llenando su vientre fresco con los frutos amorosamente trabajados.

El muchacho anda descalzo, el polvo tibio de las roderas del camino le hace cosquillas al pasar libre entre los dedos y acaricia sus pies como acarician sus oídos las sabias palabras de su padre, como muchas noches, acarician su rostro las manos tiernas y algo bruscas de su madre. El padre le advierte del riesgo de piedras traicioneras escondidas bajo el polvo que las ruedas de hierro de los carros no han podido doblegar.

Sentado a la orilla de la vereda abrocha las sandalias sobre sus pies desnudos. Marchan bordeando el monte ralo de robles y fecundo de jaras olorosas. Siguen el sendero que acompaña la rivera rumorosa alejándose o acercándose según permite el terreno de pizarra.

Van a regar la huerta sembrada de patatas, de melones, y calabazas verdes y amarillas.

El día declina, pero el sol inclemente arranca un sudor amigo que empapa el sombrero del hombre en su marchar erguido bajo el peso de la bomba para extraer agua del pozo, de la manguera, y el sacho para dirigir el caudal por el surco.

El sol se oculta unos instantes tras negros nubarrones que avanzan veloces movidos por un viento cálido de verano.

El chico camina a trompicones sujetando con esfuerzo el caldero de hojalata y unas botas de goma que sentirá frescas en sus pies cuando el riego comience a empapar los surcos agrietados. Él lo verá avanzar con la lentitud que permite la tierra reseca mientras golpea el fondo con sus pasos cortos y firmes para taponar los agujeros que los topos horadaron en busca del frescor cristalino de antiguos riegos.

Abren la cancilla y el día cambia su color diáfano por una luz cenicienta. El motor de la bomba arranca con estrépito y provoca el vuelo de una bandada de tordos que cubría de manchas negras el prado contiguo. La bomba arroja bocanadas frescas sobre la tierra reseca y cuarteada.

El hombre se refresca el rostro con el agua helada que corre veloz sobre la tierra sedienta cuando el primer trueno confirma la tormenta.

—Continuemos —dice mirando el cielo.

Nubes oscuras, antes veloces, parecen suspendidas por invisibles alfileres mientras acumulan sombras y reflejos.

Entre tanto, el padre se protege con la mano encallecida, del viento que arrastra polvo y hojas muertas en remolinos continuos.

De pronto, un relámpago ilumina el ribazo, el trueno inmediato es la señal del aguacero. El padre apaga el motor y coge a su hijo de la mano para cubrirlo con un viejo paraguas junto a una pared formidable.

La lluvia cae espesa y oscurece la tarde como nunca vio el muchacho. Tímido, se acerca a su padre e intenta no mostrar el temor que los truenos le ocasionan.

El padre se acomoda junto al hijo para protegerlo de la lluvia que cae bajo el raquítico paraguas con igual fuerza que en la huerta ya inundada.

Cada trueno retumba en la pared de piedras gruesas que parece próxima a desmoronarse. Muy juntos, sienten filtrarse el agua entre las pizarras libres de argamasa. El niño mira a su padre y le observa mover los labios. Aquel día lo siente más próximo, amansada su energía y su determinación por la tormenta, pero con la mirada serena y apacible. Aquella imagen, ocupa sin saberlo un rincón en su memoria.

Ahora, en la playa, bajo una sombrilla curvada por el peso del chaparrón, lejos de aquellos momentos primitivos y gozosos, el niño, ya hombre, recuerda aquella tarde, a su padre con la barba hirsuta picoteando su rostro cuando lo besaba y, sonríe a los truenos lejanos y a la lluvia poderosa. Una fuerza interior lo levanta de la silla, mira el mar solitario, como él, vacío de voces por el dolor de la ausencia.

Con semblante tranquilo se acerca a la orilla que lo recibe como a un viejo amigo; la mansedumbre de la arena húmeda tranquiliza su espíritu y mueve sus labios para pronunciar bajo el estruendo del oleaje el nombre de su padre.

La caricia de las algas que se demoran ocres y delicadas en sus pies desnudos lo lleva a soñar pasos antiguos y senderos familiares de un tiempo pasado bajo la lluvia generosa al resbalar por los surcos que el tiempo labró en su cara.

A su lado, el golpeteo insistente por el vaivén de las olas de una pala rota le hace bajar la vista.  Es un remo perdido, un viajero incansable que busca en cada playa el tacto de los dedos que tallaron su cuerpo y dejaron un rastro de sudor y esfuerzo en su pértiga y en su pala.

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Tomás Gago Blanco

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